Los navegantes Caballeros del cementerio
28%

Caballeros del cementerio

Caballeros del cementerio

Sónia Ferreira entró tambaleándose y con una gran sonrisa en el bar del hotel de Lobito.

Sus dientes frontales estaban entrecruzados, al igual que sus cortas y salvajes trenzas.

Llevaba una minifalda vaquera y medias de rejilla; debajo del suéter vislumbré unos tatuajes.

Sónia corrió directamente hacia mí y me dio un gran abrazo, a pesar de que nunca nos habíamos visto antes.

Luego se dejó caer en uno de los sillones.

A tiro de piedra, las olas rompían contra la orilla.

El viaje desde Luanda hasta allí había durado todo el día.

—¿Quieres algo? —pregunté a Sónia.

—¡Sí! ¡Una cerveza y un café! —Volvió a sonreír y encendió un cigarrillo.

—Lobito es la ciudad más bonita de toda Angola —afirmó Sónia—.

Es una joya intacta. ¡Una verdadera joya!

Aquí todavía hay seguridad y tranquilidad.

He estado enferma durante casi dos años, he tenido problemas neurológicos en la cabeza, no sé exactamente cómo se llama.

Necesitaba descansar. Pero ahora tengo que trabajar, sí, ¡y aquí se trabaja!

Tengo un coche, es mi gran tesoro en este mundo; lo utilizo como taxi de largo recorrido para ir a cualquier sitio.

La contraté en el acto como asistente de investigación y conductora de larga distancia. Más que nada por cortesía, le pregunté si tenía hijos, y contaba con que me diera una larga lista.

Ella negó con la cabeza sonriendo.

—Tampoco tengo marido, ¡pero sí novio! Es diez años más joven que yo.

—Sónia llamó al camarero y pidió otra cerveza—.

No sé si durará, pero en este momento es fantástico.

Estamos completamente en la misma onda. No es tan fácil encontrar un hombre que pegue conmigo y que me aguante.

He organizado un festival de rock y soy un espíritu libre.

Además de organizar un festival de rock, ser un espíritu libre y conducir un taxi, Sónia trabajaba en un proyecto sobre democracia junto con Hitler y otros jóvenes activistas.

Habían tratado de determinar quién votaba realmente a qué partido, y habían descubierto que el de la oposición, Unita, era en realidad el más popular.

—Ahora las provincias se niegan a cooperar con nosotros. —Sónia pidió otra cerveza—. ¿Por qué no nos han traído nueces? —se quejó cuando poco después llegó el camarero con la botella—. Este es un buen sitio, de verdad, pero en ese punto tienen margen de mejora.

Dio un gran sorbo y sonrió con ironía.

—Solo bebo los viernes, sábados y domingos —dijo—. Antes bebía a todas horas, pero he tenido que moderarme debido a mi salud. Después de todo, pronto tendré cuarenta y nueve, ¡imagínate! Entre semana me porto bien, pero los findes bebo y fumo todo lo que quiero.

El camarero se acercó a nosotras y quiso tomarnos nota por última vez antes de que cerrara el bar. Sónia pidió otra cerveza y yo, un coñac. La copa la servían a la manera portuguesa, colocada en diagonal sobre un vaso más grande lleno de agua caliente y granos de café.

—Maldita sea, tiene pinta de elegante —dijo Sónia—. Yo también quiero uno de esos.

Con pies aún más temblorosos y una sonrisa aún más grande en el rostro, Sónia navegó a través del vestíbulo del hotel y se adentró en la noche.

A la mañana siguiente llegó dos horas tarde.

No fue difícil distinguir su coche entre los relucientes todocaminos y Mercedes del aparcamiento.

El Toyota de Sónia parecía haber recorrido toda África y retumbaba y temblaba como una locomotora de vapor.

El parabrisas estaba destrozado, partes de la esquina trasera estaban pegadas con cinta adhesiva y la parte trasera se había convertido en un taxi con bancos hechos en casa.

—He pensado llevarte primero a un barco histórico para que veas cómo tratamos nuestros monumentos en este país —dijo Sónia.

Unos minutos después nos detuvimos ante un barco pintado de blanco, el Barco Zaire .

Con ese barco, el futuro presidente perpetuo del país, José Eduardo dos Santos, se hizo a la mar el 7 de noviembre de 1961 junto con un pequeño grupo de nacionalistas angoleños.

Todos eran miembros del MPLA, que en ese momento era una pequeña organización clandestina que luchaba por la independencia.

Los jóvenes se dirigieron al país vecino para liderar desde allí el movimiento independentista.

En Angola y Portugal eran vigilados por la policía secreta y corrían el riesgo de ser arrestados.

El líder del MPLA, Agostinho Neto, poeta, médico y revolucionario, fue encarcelado en Portugal cuando los jóvenes miembros del partido huyeron hacia el mar.

Amnistía Internacional se había fundado ese mismo año y había elegido a Neto como su primer preso de conciencia.

El año 1961 fue cuando todo empezó en serio, no solo para Amnistía Internacional y el futuro presidente de Angola, sino para todo el movimiento de liberación angoleño.

O, mejor dicho, los movimientos. En el país hubo tres y todos lucharon entre sí, cosa que continuaron haciendo mucho después de que los portugueses se fueran.

Uno era el MPLA, formado predominantemente por jóvenes instruidos de la zona de la capital.

En la década de los cincuenta del siglo pasado surgió un movimiento de liberación en el norte que al final tomó el nombre de FNLA, Frente Nacional de Libertação de Angola.

Ese movimiento tuvo apoyo sobre todo en el norte y en las provincias centrales.

Unos años más tarde nació otro, Unita, União Nacional para a Independência Total de Angola.

En cualquier caso, no se podía negar el grado de ambición.

Uno de los críticos más fuertes del régimen colonial en Angola fue el portugués Henrique Galvão.

Al principio había sido un gran defensor de las reformas económicas del dictador Salazar.

A finales de la década de los veinte del pasado siglo, Galvão fue enviado a Angola, donde se convirtió en gobernador de una de las provincias del sur.

Tras la Segunda Guerra Mundial pasó a ser el representante de Angola en la Asamblea Nacional en Lisboa.

En 1947, durante una reunión a puerta cerrada, presentó un informe sobre las condiciones de trabajo de la población local en las colonias.

Galvão señaló que el trabajo forzado estaba muy extendido en Angola y que muchos de los trabajadores estaban en peor situación que los esclavos de propiedad privada, ya que, al fin y al cabo, el propietario de un esclavo tenía un interés personal en mantenerlo vivo.

El Estado no tenía ese afán. Las condiciones sanitarias eran pésimas y la atención médica, a menudo inexistente.

Galvão afirmó que en algunas plantaciones hasta un tercio de los trabajadores morían durante el periodo de contrato y que la mortalidad infantil en el país había alcanzado el 60 %.

El informe se guardó en un cajón y unos años más tarde Galvão fue arrestado y encarcelado.

En 1959 escapó y logró llegar a Venezuela.

Dos años después, en 1961, reapareció en el radar, literalmente.

En el año 1961 fue cuando el enfrentamiento entre el poder colonial y los pueblos colonizados llegó de verdad a un punto crítico en Angola.

El 4 de enero de ese año, los trabajadores de una plantación de algodón del norte del país se hartaron.

Trabajaban como esclavos las veinticuatro horas del día, pero ni siquiera se les permitía comer hasta saciarse.

Desesperados y hambrientos, quemaron sus cédulas de identidad y atacaron a los blancos de la plantación.

Al igual que muchas potencias coloniales, Portugal tenía el objetivo de ser autosuficiente en algodón, pero este es una planta exigente.

Su cultivo puede fallar fácilmente. También había ocurrido unos años antes, en 1945, con el resultado final de hambre, sufrimiento y muerte.

Cuando el informe sobre la hambruna llegó al escritorio de Salazar, este desestimó la crisis.

Creía que el hambre solo existía en la mente de los africanos, y ordenó que se obligara a los perezosos nativos a trabajar más.

En 1961, la respuesta de Salazar fue aún más despiadada. Decretó el bombardeo inmediato de las aldeas de la zona en la que se estaba produciendo la rebelión algodonera. La estimación del número de muertos oscila entre los cuatrocientos y los siete mil. El 4 de enero es hoy día festivo en Angola.

Un par de semanas después de la carnicería en los campos de algodón, Henrique Galvão subió a bordo del crucero portugués Santa Maria en Venezuela, al otro lado del Atlántico.

Había escondido armas en su maleta, y en su equipo había dos docenas de radicales de izquierda de España y Portugal, también con armas ocultas en sus maletas.

El barco llevaba casi mil personas entre pasajeros y tripulantes, y era uno de los más grandes y lujosos de toda la flota de cruceros portuguesa.

Tras unos días en el mar, Galvão y sus hombres tomaron el control de la nave y cortaron todos los canales de comunicación excepto la radio, que utilizaron para generar revuelo en torno al secuestro y difundir información sobre los regímenes fascistas en la península ibérica.

El objetivo, según Galvão, era derrocar las dictaduras de Portugal y España.

El plan optimista era agregar tierras a Angola y crear allí una alternativa al régimen de Salazar.

Los periodistas internacionales acudieron en masa a Luanda para formar un comité de bienvenida para los secuestradores radicales, pero el Santa Maria nunca llegó tan lejos.

Durante varios días nadie supo dónde estaba el barco.

Después de una semana y media en el mar, finalmente fue encontrado por la Marina de Estados Unidos, y los secuestradores se vieron obligados a ir a puerto en Brasil.

Todo terminó con Galvão y sus cómplices liberando a los rehenes a cambio de asilo político.