Los navegantes Con Hitler en Paraíso #2
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Con Hitler en Paraíso #2

Una vez dentro se nos unió José, un vecino de Paraíso.

Tenía veintiocho años y ya presentaba profundos surcos en la frente.

Sin José nunca hubiéramos hallado el camino, difícilmente habríamos encontrado la salida.

Un grupo de niños ocupados se habían puesto chalecos reflectantes y se encontraban en la cima de una colina imperceptible.

Allí se aseguraban de que el tráfico llegara de modo seguro a ambos lados.

Nos adentramos en el laberinto de casas sencillas y bajas, construidas con el ladrillo más barato y gris que se podía encontrar.

Por todas partes había niños, gallinas, cochinillos, cabras y perros.

Y basura. Avanzamos a través de verdaderas montañas de basura y pasamos por pequeños campos que parecían colchas de retazos, completamente cubiertos de plástico de colores.

—Aquí nadie tiene agua corriente —dijo José—.

Recogemos agua en nuestras propias cisternas, y tenemos que pagar por ello, el agua no es gratis.

Muchos de los habitantes de la zona no pueden permitirse una casa propia.

Solo alquilan. Tal vez paguen ochocientos kuanzas al mes, un poco más de dos dólares.

—¿Y qué pasa con los que no pueden pagar el alquiler? —pregunté, y en ese mismo momento me di cuenta de lo estúpida que era la pregunta.

—Duermen en la calle —respondió José.

Nos detuvimos frente a una puerta. José la abrió y nos hizo pasar a un pequeño patio. Dos coches desguazados ocupaban la mitad del espacio. Un par de mujeres jóvenes estaban sentadas inclinadas sobre sus tablas de lavar, restregando la ropa. José vino corriendo con sillas de plástico para nosotros.

—La violencia es lo peor —dijo—. Las pandillas.

Están peleándose ahí fuera. Se pelean con botellas, con palos, con lo que tienen.

Si no perteneces a una pandilla no tendrás a nadie que te defienda, así que tienes que formar parte de una.

Se pelean por diversión, porque no tienen otra cosa que hacer.

Y luego da la casualidad de que alguien resulta gravemente herido o incluso muere.

¿Has visto la comisaría de policía que hay calle arriba?

Aquí hay tres pequeñas comisarías como esa, compartidas entre un millón de personas.

—Deberíamos tener una biblioteca —dijo Hitler—. Libros gratis. Para que la gente pueda leer en lugar de pelear.

—La pobreza aquí es extrema —continuó José—.

Los hombres venden sus cuerpos, trabajan como porteadores o estibadores, por ejemplo.

Casi nadie tiene un trabajo fijo, por lo que todos intentan ganar unos céntimos aquí y allá.

Las mujeres también se venden. Hace unos meses encontramos un bebé muerto en la basura, justo al final de la calle.

Fue al fundador del distrito a quien se le ocurrió el prometedor nombre: Paraíso . Como si el nombre por sí solo pudiera hacer milagros.

—Lo llamamos Para-Isso —dijo José con una sonrisa irónica. Detén-Eso .

—Hablando de nombres... —dije yo, y me volví hacia Hitler, que comprendió de inmediato lo que venía a continuación.

—A mi padre le gustaba la política y la polémica —explicó—. La gente aquí no asocia muchas cosas a mi nombre, no se ve como algo controvertido. La mayoría piensan que es un nombre hermoso que suena bien. Pero durante la guerra civil mi familia buscó asilo en Alemania. Fueron rechazados.

Hitler y José discutieron brevemente si era seguro para mí hablar con la gente de fuera.

Luego salimos por la puerta y nos dirigimos a una pequeña licorería que había al otro lado de la calle.

La vendedora tenía cuarenta y tantos años y cinco hijos.

Vendía pequeñas bolsas de plástico de ginebra, de cinco centilitros y a cincuenta kuanzas cada una, alrededor de un céntimo.

Un tablón ancho hacía de barra. La madre de cinco hijos también vendía cigarrillos; no paquetes, sino cigarrillos sueltos.

Un cigarrillo costaba lo mismo que una bolsita de ginebra.

El bar estaba abierto desde las seis de la mañana hasta las ocho de la noche.

Los primeros clientes solían estar listos cuando abría.

—¿Vendes principalmente a mujeres o a hombres? —pregunté.

—Más o menos por igual.

Hitler y José se miraron atónitos el uno al otro.

—Nunca he visto beber a una mujer —objetó José.

—Ellas también beben, solo que a escondidas —respondió la madre de cinco hijos.

—¿También vendes a los niños? —pregunté.

Se encogió de hombros.

—A veces.

Seguimos caminando y pasamos por un río de agua fangosa y basura.

Niños vestidos con harapos se agachaban y recogían plástico.

Algunos estaban tan absortos jugando con las bolsas que habían encontrado que no se dieron cuenta de que estábamos allí, pero un par de ellos me miraron con curiosidad. «¡Albina!», se susurraron emocionados.

Fuera de una pequeña casa de ladrillo había un hombre lavando zapatillas desgastadas en un balde. Se presentó como el señor António y tenía treinta años. Era como si hubiera estado todo el día esperando que pasáramos y le preguntáramos por su vida.

—Llevo viviendo aquí siete años —dijo—. Durante esos siete años, el desarrollo ha ido en la dirección equivocada.

¡Mira toda la basura que hay en las calles!

Aquí no hay guardería. Yo tengo seis hijos, el mayor tiene doce años, el menor es recién nacido.

Ninguno de ellos va a la escuela. No podemos permitírnoslo.

Cuesta dos mil kuanzas al año por cada niño, imagínate.

No siempre tenemos dinero para aceite y arroz.

Ahora tengo dolor de espalda, así que me cuesta trabajar.

Limpio y ordeno aquí en casa, y a veces salgo y consigo algún trabajo como porteador o algo así.

No tenemos internet, solo tengo un teléfono muy sencillo, el más barato.

¡Pero tenemos una radio! Por lo demás, mis hijos no tienen nada.

Estamos de alquiler en esta casa. Espero conseguir algún día un trabajo para poder dar a mis hijos una vida mejor.

En el exterior de la casa de al lado, una anciana estaba sentada masajeándose las hinchadas piernas, que había estirado frente a sí.

—No me interesa la política —advirtió cuando nos vio—. ¿Sois de algún partido? ¿Quizás del MPLA?

Le aseguramos que no éramos de ningún partido.

—No me interesa la política —repitió—. ¿Sois de alguna iglesia, entonces? Yo ya tengo una. Es suficiente para mí. No tengo intención de cambiar. Dios lo sabe todo. Todo depende de Dios. No necesito más.

Le aseguramos que tampoco éramos de ninguna iglesia.

La mujer tenía setenta años y hablaba un portugués claro y correcto. Fue criada por monjas y antes de la guerra trabajó como maestra. Se llamaba Filomena Jamba y era originaria de Huambo, en el centro del país.

—Huambo iba a ser la segunda capital de los portugueses —dijo—.

Era mucho mejor con ellos, he de decirlo.

No nos faltaba de nada. Teníamos escuela, comida y ropa.

¡Mira cómo vivimos ahora! La gente pobre como yo no tiene oportunidades.

Hoy no he comido porque no tengo qué comer.

Si los portugueses hubieran estado aquí, mis hijos al menos habrían terminado la escuela.

En cambio, están muertos... Cuando estalló la guerra me mudé a Zambia con once hijos.

Solo tres siguen vivos. Ninguno tiene un trabajo fijo. Venden cosas para sobrevivir.

Se acarició con las manos las pantorrillas hinchadas.

—Me duelen mucho las piernas. Apenas puedo caminar. A menudo no puedo dormir durante varias noches seguidas porque me duelen muchísimo. La vida aquí es una lucha.

—¿Tienes nietos? —pregunté.

—Sí, pero muchos están muertos. Mueren de camino al hospital, o bien no reciben ayuda con la suficiente rapidez cuando por fin llegan a él.

El último nació con fiebre y murió poco después.

Nuestras vidas están en las manos de Dios.

Cuando Dios me llame estaré preparada. El amor de Dios es mi única esperanza. Estoy lista.

Metro a metro fuimos saliendo de Paraíso.

—Nunca habría venido aquí sin coche —dijo Hitler—. Como hombre corres el riesgo de que te golpeen a plena luz del día. Te ven como un intruso si no eres de aquí.

José nos guio a través del laberinto de casas grises, de los coloridos campos de plástico y las montañas de basura, de los niños con chalecos reflectantes, hacia el concurrido mercado, hacia el tráfico, hacia el asfalto.

Nos dirigimos hacia el norte, lejos de la capital, lejos de los polvorientos suburbios, los musseques, como se les llama, los barrios informales, en los que se estima que viven el 80 % de los casi diez millones de habitantes de Luanda.

En 1975 vivían en toda Angola solo siete millones de personas.

Desde entonces la población se ha más que quintuplicado.

En ningún lugar del mundo crece tan rápido como en África.

Para 2050, una de cada cuatro personas del planeta será africana.

La edad media en el continente africano es de diecinueve años.

En la India, el país más poblado del mundo, es de veintiocho. En Angola es de dieciséis.

El último tramo se convirtió en un camino de grava, luego en uno de tierra, y finalmente desapareció por completo.

Un intenso olor a pescado, sal y mar nos golpeó cuando bajamos del coche.

Un puñado de mujeres clasificaban pequeños peces, que ponían a secar al sol en pilas de un metro de altura.

Palmeras azotadas por el viento rodeaban el pequeño pueblo, que consistía en casitas dispersas y chozas con techo de paja.

—Se pueden encontrar pueblos de pescadores como este en todas las playas —explicó Hitler mientras caminábamos hacia el mar.

La playa tenía varios kilómetros de largo, apenas podía ver el final de la arena o de todo el plástico desgastado y deforme que el mar había regurgitado.

Entre las bolsas y los restos de cuerda se deslizaban pálidas serpientes marinas.

Hitler afirmó que eran completamente inofensivas.

Los pescadores acababan de regresar a casa con la pesca del día.

Saltaron de pequeñas y coloridas barcas de madera, que luego empujaron a tierra.

Más allá de las barcas se alzaban un puñado de pecios oxidados.

Como barcos fantasma, yacían en la orilla, despojados de todo menos del casco.

Algunos de los restos se hallaban tan lejos que estaban a punto de desaparecer entre las olas.

Ese era el cementerio de los barcos. Esa era la playa a la que las autoridades habían enviado los barcos a morir.

Un bote de madera lleno de jóvenes atracó en la orilla y estos comenzaron a caminar hacia el pueblo. Entre todos llevaban partes de una escalera de uno de los naufragios.

Poco a poco, los cascos desaparecen. Poco a poco, el cementerio de barcos muere. Poco a poco, el agua y la arena se llenan de plástico.

De regreso a la capital pedí al conductor que me dejara en el paseo marítimo del centro.

Para llegar tuvimos que pasar por el puerto de contenedores.

Al borde de la cuneta había mujeres y hombres encorvados con escobas bajas en la mano.

Al principio pensé que barrían arena, que eran barrenderos, pero luego me di cuenta de que recogían los granos de arroz que habían caído de los remolques completamente cargados en su camino hacia el puerto.

Minutos después llegamos al paseo marítimo, la imagen misma de la Angola moderna, uno de los milagros económicos de África.

Residentes de la capital y expatriados corrían de un lado a otro bajo el dorado sol de la tarde para evitar las colas, flanqueados por palmeras y relucientes edificios de cristal, y pronto yo también sería una de ellos.