Con Hitler en Paraíso
Con Hitler en Paraíso
Hitler era un tipo discreto. Me costaba oír lo que decía.
Tenía el pelo corto, denso y rizado y una barba poblada; era delgado, larguirucho y un poco torpe.
Nos reunimos en el restaurante que él había elegido, un restaurante caro, pero eso era Luanda: las cosas eran o muy caras o increíblemente baratas, no había término medio.
La clientela consistía en hombres de negocios de hombros anchos con relojes caros, mujeres bien arregladas con vestidos hasta el muslo y zapatos de tacón alto, un par de jóvenes con elaborados vaqueros rotos y Hitler y yo.
Fuera esperaban los conductores privados.
Nadie iba a Luanda a menos que fuera absolutamente necesario, en la calle los ricos eran una presa codiciada, incluso durante el día; todas y cada una de las puertas de entrada estaban custodiadas por guardias armados.
—Ahora es peor que con el presidente anterior —dijo Hitler en voz baja.
Su apellido era Samussuku y tenía treinta y un años—.
Hoy solo nos queda un periódico autónomo, y solo sale una vez a la semana.
Los canales de televisión independientes muestran exclusivamente entretenimiento.
Internet es gratis, pero te pueden condenar por publicar cosas.
A mí, por ejemplo, me condenaron por un vídeo en el que critiqué al presidente.
Hitler soltó una risita.
—De hecho, ahora estoy bajo arresto domiciliario.
En realidad no se me permite salir y me pueden citar ante el tribunal en cualquier momento.
Tienen abierto un proceso en mi contra para taparme la boca.
Salgo de todos modos, pero ya no puedo grabar vídeos y se ha vuelto más difícil organizar manifestaciones, sobre todo ahora que se acercan las elecciones.
La última que organicé fue hace casi dos años, en noviembre de 2020.
Nos manifestamos a favor de los comicios locales y en contra del aumento del costo de la vida.
Tragó saliva, miró hacia abajo, miró hacia arriba, se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Mataron a un muchacho. —Susurró las palabras—. Inocêncio de Matos. Recibió un disparo en la cabeza. Me siento responsable. Fui yo quien organizó la manifestación, ¿no? Después entré en su cuenta de Facebook. Tenía fotos mías allí. Me admiraba. Murió por mi culpa.
Al igual que su homónimo austriaco, Hitler había estado en prisión, acusado de golpe de Estado.
Pero, a diferencia del primero, Hitler Samussuku solo había sido culpable de leer un libro.
La obra en cuestión se titulaba De la dictadura a la democracia, de Gene Sharp, una especie de manual sobre cómo derrocar regímenes totalitarios con resistencia no violenta.
Un pequeño grupo de jóvenes, quince hombres y dos mujeres, habían leído y analizado el libro juntos.
Corría el año 2015 y Angola llevaba siendo gobernada por el mismo presidente, José Eduardo dos Santos, desde 1979.
Los diecisiete jóvenes fueron condenados a largas penas de prisión.
—Me condenaron a cuatro años y medio. —Hitler volvió a reírse—. ¡Por un libro! En la cárcel seguimos luchando. Para un activista, una sentencia de prisión es como una medalla, ¿verdad? Cuando se acercaron las elecciones nos dejaron salir.
En los comicios de 2017, Dos Santos no se postuló como candidato presidencial por el partido gobernante.
Al ser uno de los presidentes que más años llevaba en el cargo, ya no era un chaval.
Además de con su mala salud, lidiaba con sus delicadas finanzas.
Después de la guerra civil, en la primera década del siglo XXI , Dos Santos presidió un país que experimentaba un crecimiento de cuento de hadas.
Los precios del petróleo estaban por las nubes y Angola era el segundo mayor productor de África.
Durante varios años consecutivos, su economía creció en promedio más del 11 %. Solo la de China lo hizo más rápido.
Luego llegó la resaca y la crisis financiera.
Los precios del petróleo se hundieron como una piedra, pero la corrupción seguía siendo igual de grande.
La hija mayor del presidente, Isabel dos Santos, tenía participaciones significativas en bancos angoleños y portugueses, así como en los sectores de la alimentación, las telecomunicaciones, la energía, los bienes inmuebles y los diamantes.
En su apogeo, según Forbes, su imperio empresarial valía más de tres mil millones de dólares, y se la consideró la mujer más rica de África.
El año antes de que su padre se jubilara, la hija del presidente consolidó su influencia al asumir la dirección de Sonangol, la petrolera estatal de Angola.
No se quedó allí mucho tiempo.
El partido gobernante, el MPLA, el Movimento Popular de Libertação de Angola también ganó las elecciones en 2017.
Esa fuerza política llevaba en el poder desde la independencia del país en 1975.
Cuando el primer presidente, Agostinho Neto, murió en 1979, el vicepresidente Dos Santos ascendió al primer puesto.
En ese momento el partido había encontrado un nuevo número uno, el ministro de Defensa, João Lourenço, de sesenta y tres años.
La formación siguió gobernando, pero con un nuevo presidente.
Dos Santos continuó al frente del partido durante un tiempo, pero la monarquía dual no funcionó bien.
En 2018, Lourenço también asumió el liderazgo del grupo.
Para los hijos, la jubilación de papá tuvo consecuencias importantes.
Apenas dos meses después de la toma de posesión, el nuevo presidente destituyó a Isabel dos Santos al frente de Sonangol.
Isabel se fue a Londres. Su padre también huyó hacia el norte, a Barcelona.
En Angola se abrieron investigaciones por corrupción y se congelaron los activos de Isabel en su país de origen.
Poco después, la hija del expresidente desapareció de la lista de Forbes de los más ricos de África.
En 2020, su hermanastro, Zenu, fue condenado a cinco años de prisión por corrupción y blanqueo de capitales tras la autorización de una transferencia de 500 millones de dólares del banco estatal de Angola a un banco británico.
—El nuevo presidente es aún peor que el anterior —repitió Hitler en voz baja, casi en un susurro.
Antes de salir del restaurante cogió con disimulo las monedas que había dejado como propina, alrededor de un euro y medio.
Hitler y yo paseamos por las ligeramente caóticas calles de Luanda.
Los desgastados bloques de los años setenta del siglo pasado convivían con imponentes edificios de cristal.
El paseo marítimo, epítome del éxito del petróleo de la Angola moderna, se asemejaba a una especie de Dubái africano, rodeado de delgadas fachadas de vidrio que albergaban de todo, desde hoteles de lujo y bancos hasta centros comerciales, varios de los cuales habían pertenecido a la hija del expresidente.
En los últimos años, Luanda ha encabezado a menudo la lista de las ciudades más caras del mundo para los llamados expatriados, término que suele utilizarse para referirse a los trabajadores migrantes occidentales, principalmente debido a los demenciales alquileres, que aguantan el pulso con los precios en Nueva York y Londres.
Los bienes importados también son caros, la mayoría tienen que traerlos de fuera porque el país produce poco más de lo que se puede bombear o extraer de la tierra.
El sector petrolero representa casi la mitad del producto interior bruto de Angola y el 90 % de sus exportaciones.
Alrededor del 85 % de la fuerza laboral está empleada en el sector agrícola, pero la mayor parte de esa fuerza solo produce alimentos para su propio consumo.
Por otro lado, los bienes importados están disponibles en abundancia para los ricos.
En los elegantes restaurantes de la playa de Ilha, esa estrecha península que sobresale de la capital, es posible degustar langosta local, champán francés y puros cubanos mientras se disfruta de la puesta de sol sobre el Atlántico Sur.
Si uno se lo puede permitir, claro.
En el lado positivo, desde el punto de vista de los expatriados, está que la inflación galopante de los últimos años ha hecho que Luanda sea mucho más asequible. En 2023 superó el 20 %.
Para los lugareños, en cambio, todo se ha encarecido aún más. La tasa de interés de los préstamos es ahora del 19 %.
Unos días después de nuestro primer encuentro, Hitler me llevó a Paraíso. Quería mostrarme la verdadera Luanda.
Pero primero teníamos que encontrar la puerta de entrada.
Fue más fácil decirlo que hacerlo. El principal camino de acceso estaba cerrado y tuvimos que dar un largo rodeo pasando por un concurrido mercado donde las mujeres vendían frutas, verduras, pescado, pollos vivos, zapatos y ropa para niños; caminaban con enormes bultos en la cabeza.
Un hombre solitario estaba sentado en un pequeño puesto vendiendo boletos de apuestas.
—Esa es la única esperanza del pueblo —dijo Hitler lacónicamente.
Me había dado instrucciones precisas de que alquilara un coche grande, y debía tener una buena distancia con respecto al suelo.
Cuando por fin encontramos la entrada a Paraíso entendí por qué.
Los caminos en el interior estaban cubiertos de polvo, arena y tierra, llenos de baches y socavones.
Durante la temporada de lluvias se convertían en un lodo intransitable.