Los navegantes Atlántico Sur. La delegación del Congo #2
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Atlántico Sur. La delegación del Congo #2

Diogo Cão posiblemente murió en Namibia, pero las dos expediciones a lo largo del sur de África están ensombrecidas por incertidumbres y fuentes incompletas y divergentes.

La única evidencia tangible que tenemos son los pilares de piedra que dejaron atrás, así como una inscripción en un acantilado en las cataratas de Yellala, a unos ciento setenta kilómetros de la desembocadura del río Congo.

La breve inscripción, que también incluye una cruz y el escudo de armas portugués, fue descubierta en 1911: AQUÍ LLEGARON LOS BARCOS DEL LUMINOSO REY J UAN II DE P ORTUGAL: D IOGO C ÃO, PERO ANES, P ERO D A C OSTA.

Sin saberlo, los portugueses se habían adentrado en uno de los reinos más grandes y poderosos que existían en África en ese momento.

El monarca local resultó ser Nzinga a Nkuwu, rey del Congo.

Reinaba sobre gran parte de las zonas costeras de lo que hoy son Angola, la República del Congo y la República Democrática del Congo.

Seguramente el contacto inicial con Portugal debió de dejarlo con ganas de más, porque, poco después de que devolvieran a los cuatro rehenes, se dice que el rey envió una nueva delegación a Portugal, esa vez compuesta por enviados voluntarios.

La delegación del Congo se reunió con el rey Juan II, quien dispuso que los exóticos extranjeros fueran alojados en un monasterio.

Allí, los enviados congoleños recibieron formación en cristianismo, así como en portugués y latín, y fueron bautizados.

Se afirma que habían llevado consigo regalos exclusivos como marfil y hermosas y coloridas telas hechas con fibras de hojas de palma.

A cambio, el rey Nzinga a Nkuwu quería que Portugal enviara sacerdotes que pudieran hablarles sobre el cristianismo y enseñarles a leer y escribir en latín.

Además, pidió al rey de Portugal que les mandara albañiles y carpinteros que pudieran ayudarlos a construir casas como las que tenían en Europa, así como personas que pudieran instruirles en el cultivo del cereal y el horneado del pan.

En 1491, la delegación regresó a casa. A bordo de las carabelas también había albañiles y carpinteros, según lo demandado, además de soldados e, incluso, agricultores, que debían ayudar en el cultivo de los cereales y la cocción del pan.

Tanto el rey Nzinga a Nkuwu como su esposa fueron bautizados con entusiasmo, al igual que gran parte de la nobleza.

El rey tomó el nombre portugués de João y así se convirtió en el rey Juan I del Congo.

Los artesanos que los acompañaban se pusieron inmediatamente a trabajar en la construcción de una iglesia, mientras que los soldados portugueses, equipados con armas de fuego, ayudaron al rey recién bautizado a ganar una batalla contra una de las belicosas tribus vecinas.

La fraternidad parecía perfecta. (La cocción del pan, sin embargo, no tuvo éxito.

El trigo no crecía, y las mujeres que habían sido enviadas para enseñar a los congoleños a hornear padecieron enfermedades tropicales.)

Las fuentes sugieren que el rey Juan I del Congo pudo haber comenzado a flaquear en su fe hacia el final de su vida, pero su hijo, Afonso, siguió siendo un católico devoto hasta su muerte y durante su reinado el Congo se convirtió en un reino cristiano.

Afonso fue rey de 1509 a 1542 o 1543 y gobernó un país más grande que Portugal.

Los congoleños, entre setecientos u ochocientos mil, eran casi tan numerosos como los portugueses, que en ese momento eran alrededor de un millón.

Afonso cambió el nombre de la capital, Mbanza Kongo, por el de São Salvador, e hizo construir iglesias y escuelas.

En los colegios, a los hijos de la élite se les enseñaba catecismo, portugués y latín.

Se les ponían nombres portugueses, y algunos de ellos fueron enviados a Portugal para recibir educación.

El propio hijo de Afonso, Enrique, terminó como obispo.

No obstante, la colaboración con los portugueses no fue todo diversión y juegos.

En las cartas que escribió al rey de Portugal, el monarca Afonso se mostraba cada vez más preocupado por el comercio de esclavos.

El Congo tenía una larga tradición de esclavitud, pero, al mismo tiempo, su práctica estaba sujeta a normas estrictas: ningún hombre ni mujer libre podía ser vendido como esclavo.

Los comerciantes portugueses eludían las normas aliándose con nobles locales y reyezuelos de poca monta, a quienes compraban esclavos directamente.

Muchos de ellos acabaron en las plantaciones de azúcar de Santo Tomé.

Un problema recurrente en el Congo era que no había reglas claras sobre quién debía convertirse en el nuevo rey cuando el antiguo moría.

Eso condujo a una larga serie de crisis sucesorias, y pocos reyes permanecieron en el trono durante mucho tiempo.

Afonso fue una excepción en ese sentido, al igual que Álvaro I, que reinó de 1568 a 1587.

El reinado de este último tampoco estuvo exento de problemas: poco después de ascender al trono, el Congo fue atacado por una tribu guerrera vecina, y Álvaro tuvo que recurrir a la ayuda de los portugueses para repelerlos.

Como agradecimiento, se dice que dio permiso a los portugueses para que se establecieran en el istmo de Luanda, unos cientos de kilómetros más al sur, a lo largo de la costa que el Congo controlaba, al menos en teoría.

La lengua de tierra era casi un banco de arena, pero era importante económicamente, porque allí se encontraba el pequeño caracol marino Olivella nana .

Las conchas de ese molusco se usaban como dinero en el Congo.

En el invierno de 1575, Paulo Dias de Novais, primer gobernador portugués de Angola, desembarcó en Luanda.

Llegó acompañado de nueve naves cargadas con setecientos soldados y cuatro sacerdotes.

Los portugueses, fieles a su costumbre, se pusieron enseguida a construir una iglesia.

A partir de entonces, la ciudad fue el centro de las actividades portuguesas en la región, sobre todo por el lucrativo comercio de esclavos.

Con el tiempo, Luanda se convirtió en la capital del África occidental portuguesa, la actual Angola.

Las relaciones entre Portugal y el Reino del Congo se deterioraron gradualmente después de que los portugueses se establecieran allí.

Siguieron años turbulentos marcados por la guerra y el conflicto.

Al mismo tiempo, el reino congoleño comenzó a desmoronarse desde dentro debido a las disputas por la sucesión y las facciones hostiles.

En 1655, los portugueses ganaron una batalla decisiva contra el rey congolés, y luego el Reino del Congo se desintegró.

En 1888, durante la «carrera por África» europea, lo que quedaba de ese histórico reino se convirtió de manera formal en un Estado vasallo portugués.

Tras una revuelta en 1914, Portugal abolió la monarquía congoleña e incorporó ese Estado vasallo a la colonia de Angola, dejando así de existir formalmente el Reino del Congo.

Angola siguió siendo colonia portuguesa hasta 1975.