Los navegantes Atlántico Sur. La delegación del Congo
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Atlántico Sur. La delegación del Congo

Atlántico Sur

La delegación del Congo

«Abandon ship! Abandon ship!»

El capitán vuelve a abrir la escotilla y salimos al aire libre. Uno de los cadetes lo filma todo con su teléfono móvil. Los simulacros de seguridad deben documentarse, registrarse y notificarse de acuerdo con unas estrictas reglas.

Son días ajetreados a bordo del carguero.

La tripulación se prepara para la inspección anual a su llegada a Sudáfrica.

El capitán y el jefe de máquinas también pasarán revista en Port Elizabeth y querrán dejar el barco en óptimas condiciones.

Cuentan los días para desembarcar; el capitán ya ha empezado a hacer las maletas.

Por las noches, los oficiales se sientan solos en sus oficinas a hacer papeleo.

Durante las comidas se superan unos a otros con historias de terror de los puertos de África occidental.

Hablan de armas apuntando a la sien, de secuestros, asaltos, robos y escandalosas demandas de soborno.

Una vez desnudaron a un compañero y lo ataron a un poste con cinta adhesiva.

Navegamos en línea recta, lejos de la costa y de los puertos corruptos; el barco mantiene un rumbo constante hacia la punta de África.

Cuanto más al sur vamos, más fresco hace.

El oleaje provoca que el barco se balancee perezosamente de un lado a otro.

Los bancos de peces voladores saltan en arcos largos y suaves lejos del casco, se sumergen y vuelven a emerger.

El mar es azul acero, azul oscuro, azul verdoso, azul grisáceo.

Algunos días se asemeja al petróleo, negro y brillante.

El cielo forma una línea ovalada de color azul claro entre el agua oscura y la capa de nubes bajas.

En alguna rara ocasión vislumbro los contornos de un petrolero en el horizonte. No estamos solos aquí, simplemente me lo parece a mí.

Tras la muerte de Enrique el Navegante, las exploraciones fueron pausadas durante mucho tiempo.

El rey Alfonso V estaba más preocupado por las disputas vecinales en la península ibérica que por los viajes experimentales.

Después de muchos años de guerra y conflicto, las partes finalmente llegaron a un acuerdo: dos años antes de la muerte de Alfonso, Portugal y España firmaron un tratado de paz, el llamado Tratado de Alcáçovas.

Alfonso V renunció a cualquier pretensión al trono español y se estableció de una vez por todas que las islas Canarias pertenecían a España.

En todos los demás puntos, Portugal salió victorioso de las negociaciones: se concedió a los portugueses la soberanía sobre todos los mares y tierras al sur del cabo Bojador, incluidas las zonas que aún no habían sido descubiertas.

Las Azores y Madeira también pasaron a manos de Portugal.

En otras palabras, Juan II tenía buenas cartas en la partida de la política exterior cuando se hizo cargo de la Corona portuguesa en 1481.

En casa, sin embargo, había mucho que limpiar.

El rey, de veintiséis años, heredó un erario vaciado y un país en el que la nobleza había ganado gradualmente una amplia influencia y poder.

El joven Juan se arremangó y mató dos pájaros de un tiro: al recortar buena parte de los privilegios de los nobles, llenó las arcas a la vez que acumulaba más poder.

El rey Juan II pasó a la historia como o Príncipe Perfeito, tanto por haber vuelto a encarrilar el país como por haber eliminado del camino a sus oponentes políticos de una manera casi maquiavélica.

También fue conocido por sus contemporáneos como «el Tirano».

El rey apuñaló y mató a su propio primo sin ayuda de nadie cuando llegó a sus oídos que había planeado una conspiración contra él.

Bajo el reinado de Juan II se reanudaron los viajes de descubrimiento.

Ya al año siguiente de su ascenso al trono una gran flota de expedición se dirigió hacia la costa guineana cargada de soldados, carpinteros, albañiles y ladrillos.

El objetivo era construir una base permanente para el comercio de oro, y el resultado fue la fortaleza de São Jorge da Mina, más conocida como Elmina, en la actual Ghana.

Esa fortaleza es el edificio europeo más antiguo del África subsahariana que sigue en pie.

A principios del siglo XVI , Elmina representaba alrededor de una décima parte del comercio mundial de oro.

La fortaleza también se utilizaba para el almacenamiento y tránsito de esclavos procedentes de Benín y del interior de África.

En 1637, los Países Bajos se apoderaron del fuerte.

Los neerlandeses continuaron utilizando Elmina como depósito de esclavos hasta que el rey holandés prohibió su comercio transatlántico en 1814.

A lo largo de los años, cientos de miles de esclavos fueron hacinados en las mazmorras del sótano de la fortaleza en condiciones indescriptibles, a menudo durante meses.

Los que sobrevivieron fueron obligados a subir a barcos abarrotados y enviados al Nuevo Mundo, a un nuevo sufrimiento.

Pero eso es anticipar el curso de los acontecimientos.

Por el momento, el mundo consistía solo en lo viejo, y era lo suficientemente misterioso.

Los marineros portugueses lucharon por navegar al sur del ecuador, donde ya no podían ver la estrella polar, el punto fijo en el cielo nocturno que guiaba a los marineros europeos de la época.

Midiendo el ángulo entre esa estrella y el horizonte se puede calcular la latitud: cuanto menor sea el ángulo, más al sur se estará.

Pero ¿qué pasa cuando se ha llegado al sur del ecuador y el punto fijo ha quedado por debajo del horizonte?

Para resolver el problema, Juan II envió a Guinea un comité formado por los principales expertos en matemáticas y astronomía de la época.

Los científicos desarrollaron tablas y mejoraron los instrumentos de navegación, lo que permitió a la gente de mar determinar la latitud con al menos cierta precisión a partir de la posición del Sol.

Mientras todo eso sucedía, una expedición se dirigía a aguas desconocidas, liderada por un tal Diogo Cão.

Ha sobrevivido poca documentación sobre ese viaje, ni siquiera se sabe si Cão capitaneó varios barcos o solo uno.

Presumiblemente, se fue de Lisboa en el verano de 1482.

Fue el primer explorador que llevó consigo los llamados padrões: pilares de piedra coronados con una cruz, el escudo de armas de Portugal y una inscripción.

Los exploradores anteriores se habían contentado con colocar simples cruces de madera o tallarlas en los troncos de los árboles para marcar lo lejos que habían llegado.

El primer pilar se erigió en la desembocadura del poderoso río Congo en 1482.

Ningún europeo había llegado nunca tan al sur.

En la ría, los portugueses entraron en contacto con un puñado de representantes de la población local, que debieron de quedarse atónitos al ver ese gran velero y esos marineros de piel clara.

Los intérpretes africanos de a bordo no entendían el idioma que se hablaba en esos lugares, pero, con la ayuda del lenguaje de señas, los lugareños lograron transmitir que su rey vivía más al interior.

Cão envió un contingente de cuatro africanos cristianos al encuentro del soberano local.

Accedió a recogerlos de nuevo a la vuelta.

Él continuó más al sur, hasta llegar al cabo de Santa María, a unos ciento treinta kilómetros al suroeste de Benguela, en la actual Angola.

Allí erigió un pilar de piedra con la siguiente inscripción: EN EL AÑO 6681 DESPUÉS DE LA CREACIÓN DE LA TIERRA, EN EL AÑO 1482 DESPUÉS DEL NACIMIENTO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, EL NOBLE, GLORIOSO Y PODEROSO REY J UAN II DE P ORTUGAL ORDENÓ DESCUbrIR ESTAS REGIONES.

ESTA CRUZ DE PIEDRA FUE ERIGIDA POR DIOGO CÃO, SU SIERVO Y ESCUDERO .

No se sabe qué sucedió después en el viaje, pero los cuatro enviados no estaban en el lugar cuando los portugueses volvieron al río Congo, pese a haber estado fuera más tiempo del acordado.

Se dice que Cão tomó como rehenes a cuatro lugareños de alto rango y dejó claro que regresaría quince lunas llenas más tarde.

Si sus enviados no estaban en el lugar para entonces, los mataría.

Es posible que eso sea cierto, pero probablemente Cão se habría asegurado de llevarse a un par de representantes de la población local a Portugal de todos modos.

Desde los tiempos de Enrique el Navegante, los portugueses solían llevarse a dos o tres personas cuando se encontraban con pueblos completamente nuevos.

Era una estrategia deliberada. En Portugal, los prisioneros aprendían portugués y se les pedía información sobre el país del que procedían.

Cuando los portugueses regresaban, tenían intérpretes bilingües.

Cão volvió a Lisboa a principios de 1484.

Recibió una cálida bienvenida por parte del rey Juan II, quien de inmediato lo nombró caballero y le dio una generosa recompensa.

Poco después, Cão se embarcó en una nueva expedición al sur.

Sabemos aún menos de ese viaje que del primero.

Él y su tripulación avanzaron un poco más por el río Congo, y es probable que aprovecharan la oportunidad para intercambiar rehenes.

En 1486, la expedición llegó a la inhóspita costa atlántica de Namibia.

«Las puertas del infierno», llamarían luego los marineros portugueses a ese tramo de costa.

Los lugareños la llamaban «la tierra que Dios creó con ira».

En un cabo árido y rocoso habitado solo por focas, los portugueses erigieron un padrão, un pilar de piedra, y de ahí el nombre del cabo: Cabo da Cruz, Cape Cross.