Los navegantes Estrellas extraviadas #2
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Estrellas extraviadas #2

Nada parecía ser urgente, cada cosa llevaba su tiempo. Los isleños hacían honor a su propio lema: leve-leve, calma, calma.

De allí salía el mejor chocolate del mundo.

Los cacaoteros crecían en laderas empinadas en compañía de palmeras de plátano desordenadas, vigorosos árboles de brasil, fruta del pan, aguacates y anacardos.

El fruto del cacao era alargado y de color amarillo canario, sorprendentemente grande, con un peso de al menos medio kilo.

Rodeadas de una pulpa dulce y jugosa estaban las semillas, cacauatl, hasta cincuenta en cada fruto, y con ellas el chocolatero Claudio Corallo obraba milagros.

En una colina se alzaba una gran casa blanca. Las ventanas estaban cerradas y no parecía que alguien hubiera vivido en ella durante generaciones, pero era allí donde Claudio se quedaba cuando estaba en Príncipe, e iba tan a menudo como podía para estar cerca de sus amados granos.

La plantación de cacao estaba rodeada de colinas boscosas y de mar; verde y azul en todas las direcciones: toda la isla era una postal típica.

—Esto es tan hermoso —dije a José, mi guía local—, creo que esta debe de ser la isla más hermosa que he visitado.

—¡Chis! —dijo, llevándose un dedo a la boca—. ¿Oyes a los pájaros?

Me quedé en silencio y escuché. Había pájaros por todas partes, felices, arrullando, silbando, seduciendo, picoteando, chirleando, trinando, y cuanto más escuchaba, más intenso parecía volverse su canto.

Me encontré en medio de una enorme sala de conciertos y escuché una sinfonía atonal sin principio ni fin, una cacofonía chirriante de semitonos endémicos.

—Tenemos que irnos —exclamó de pronto José, mirando el reloj con impaciencia. Se acabó el leve-leve, teníamos que ponernos a trabajar porque, a diferencia de las personas de la isla, las tortugas sí tenían prisa.

Praia Grande estaba escondida en una bahía remota de esa también remota isla.

Varios kilómetros de arena sedosa y mar tibio, sin una sola sombrilla ni un gramo de plástico a la vista.

Esto último se debía a los esfuerzos de Walton Fernández, el protector de las tortugas.

Ese hombre de treinta y nueve años pasaba todos los días en esa playa, y lo había hecho durante gran parte de los últimos catorce años.

Era más bajo que yo, llevaba una gorra en la cabeza y una gran mochila a la espalda.

—Tiene usted suerte —dijo mientras sonreía—. Hay una camada lista para adentrarse en el mar. Van a hacerlo hoy.

Caminamos descalzos por la paradisiaca playa. Walton recogió los cocos que habían caído durante la noche y los metió en la mochila, sin bajar el ritmo.

—Eliminamos todos los obstáculos para las tortugas para que no tengan problemas en su camino hacia el mar —explicó.

El cielo se había despejado después de la tormenta. Una bandada de halcones patrullaba por encima de nosotros.

El nido estaba marcado con dos palos. Todos los nidos de tortugas eran monitoreados de cerca por la organización para la que trabajaba Walton. Su objetivo es salvar y preservar a las tortugas de la isla.

—En otoño, a partir de septiembre, las hembras vienen aquí a poner huevos —recordó Walton—.

La puesta continuará hasta abril. Todo es natural aquí, solo tratamos de proteger los huevos y a las crías de las tortugas de los pájaros, de las personas y, sobre todo, de los perros.

Dos perros pueden acabar con una camada entera.

Antes la gente de la isla comía tortugas y hacía joyas con ellas.

Intentamos hacerles entender que una tortuga viva vale más que una muerta.

El suelo comenzó a moverse y aparecieron unas aletas diminutas.

Poco después salieron de la arena las primeras tortuguitas.

Medían apenas unos centímetros y se lanzaron decididamente a atravesar la playa, rumbo al mar.

Un par de ellas tropezaron en las laderas más empinadas y se quedaron allí, contorsionándose, pero no podíamos ayudarlas, tenían que encontrar el camino por sí mismas para que algún día, dentro de unos veinte años, pudieran regresar a ese mismo lugar a poner sus huevos.

Segundos después, las tortuguitas volvieron a ponerse de pie y se precipitaron hacia el mar.

Los halcones volaban más bajo, pero se mantenían a distancia porque estábamos allí.

Las diminutas tortugas corrían sin miedo hacia el mar, las olas las alcanzaban y las lanzaban fuera. Ese era el momento que los halcones habían estado esperando. Se abalanzaron a la velocidad del rayo sobre la superficie del agua y se fueron volando, cada uno con una tortuguita atrapada en el pico.

—La lucha por la supervivencia —señaló Walton—. Así es la naturaleza. Los halcones también tienen que comer.

Las crías de tortuga no tienen de su lado más que la cantidad.

Cada camada está formada por un centenar de tortuguitas.

Casi ninguna sobrevive a la infancia. Solo una o dos de cada mil viven lo suficiente como para continuar con la especie, quizás incluso menos.

Las primeras horas y días son los más críticos.

Hay muchos peligros. Corren el riesgo de ser atrapadas por pájaros, devoradas por peces grandes o simplemente de ingerir alimentos inadecuados, ya que todavía son muy inexpertas.

—¡Corramos! —Walton tiró la mochila con los cocos y echó a correr.

A unos cientos de metros de distancia, las aves rapaces descendieron a la playa, casi en bandada.

Una nueva camada de tortugas habían salido de su agujero y se dirigían hacia el mar.

Walton agitó los brazos y logró ahuyentarlas.

Los hoyos en la arena daban testimonio de que no todas habían llegado ilesas al agua.

Pasaron por nuestro lado unas pocas tortuguitas rezagadas que mantuvieron un rumbo constante hacia las olas, guiadas por su instinto. Las olas atraparon sus pequeños cuerpos y los condujeron al horizonte, que se dobló y se unió con el cielo.

A partir de ese momento tendrían que valerse por sí mismas.