Los navegantes Estrellas extraviadas
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Estrellas extraviadas

Estrellas extraviadas

Me despertó una violenta tormenta. Los truenos eran tan fuertes que por un momento parecía que la pequeña isla se iba a resquebrajar.

La lluvia caía a cántaros y el cielo nocturno se volvió blanco por los relámpagos.

Salí de la grande y cómoda cama y me senté en la terraza para observar la ira del cielo.

La antigua plantación de cacao había sido comprada por un rico inversor y convertida en hotel. Yo era la única huésped.

Por debajo de mí, la lluvia percutía sobre las palmeras, los árboles de cacao y los cafetales. Por encima tenía una vista del cielo más importante del siglo pasado. Allí mismo, ciento tres años antes, el universo y nuestra comprensión de él cambiaron radicalmente.

Asimismo, hubo muchas cosas que podrían haber salido mal por el camino.

El hecho de que el experimento se llevara a cabo era en sí mismo más improbable que probable.

El padre de la relatividad, Albert Einstein, vivía en Berlín cuando se publicó su innovadora teoría, en plena Primera Guerra Mundial.

La teoría atrajo poca atención, pocos la entendieron y fue difícil de demostrar.

¿Que el tiempo es relativo? ¿Que el tiempo es espacio, el llamado espacio-tiempo?

¿Que la luz es partícula y onda al mismo tiempo? ¿Que el espacio se curva?

El astrónomo británico Arthur Stanley Eddington logró hacerse con un ejemplar del tratado de Einstein a pesar de la estricta censura.

Gran Bretaña estaba en guerra con Alemania, y los científicos alemanes no eran muy valorados.

Eddington era cuáquero y pacifista y, por lo tanto, tal vez menos dogmático.

Era profesor de astronomía y director del Observatorio de Cambridge, por lo que también era uno de los pocos que realmente entendían la teoría de la relatividad y su alcance, en caso de que resultara ser cierta.

Y comprendió cómo se podía demostrar. Si la teoría era correcta, la luz de las estrellas tenía que desviarse del campo gravitatorio del Sol.

Durante el día, la luz de las estrellas cambiaba, haciendo que pareciera que estaban en una posición ligeramente diferente de la que en realidad tenían.

Pero ¿cómo se podía ver la posición de las estrellas a plena luz del día?

Se necesitaba un eclipse solar completo.

El del 29 de mayo de 1919 era ideal. Sería de larga duración, de más de cinco minutos en total, y el cúmulo estelar de las Híades se vería inusualmente cerca del Sol.

Dadas las condiciones ideales, debería ser posible tomar una fotografía de ellas, comparar las estrellas con su posición en el cielo nocturno y así demostrar (o refutar) la teoría de Einstein.

En la balanza estaba nada menos que la ley de la gravitación de Newton, en la que se había basado toda la comprensión del universo desde el siglo XVIII .

El eclipse solar sería total en una estrecha franja que se extendería desde el Amazonas y el nordeste de América del Sur hasta el interior de África, atravesando el océano Atlántico.

En medio de esa estrecha franja se encontraba la pequeña isla atlántica de Príncipe, que pertenecía a Portugal, un país neutral.

Pero Gran Bretaña no lo era. En 1916 se ordenó la movilización absoluta y todos los jóvenes tuvieron que ir a la guerra.

Eddington se libró por razones de conciencia y porque era un científico importante: en ese momento era mucho más famoso que Einstein, de quien casi nadie había oído hablar.

En el verano de 1918, la conciencia ya no era suficiente.

La patria necesitaba a todos sus jóvenes, incluido Eddington.

El eclipse solar fue su salvación. Dado que iba a embarcarse en una expedición a Príncipe para llevar a cabo un experimento científico crucial, se le concedió un aplazamiento de su movilización durante un año más, hasta el verano de 1919.

Entretanto, la guerra terminó, pero Europa todavía se veía profundamente afectada por ella: las líneas de suministro estaban cortadas, todos los barcos de guerra estaban ocupados.

En resumen: ¿cómo iba a llegar Eddington a Príncipe?

A principios de marzo de 1919, él y su asistente, el relojero Edwin Turner Cottingham, abordaron el barco que los llevaría a Madeira.

Se dirigía a Brasil, y a bordo también había otro grupo de expedición.

Iban a fotografiar el eclipse solar desde Sobral, en el nordeste del país.

Menos de dos semanas después, Eddington y Cottingham desembarcaron en Madeira sin tener la menor idea de cómo avanzar.

Durante varias semanas estuvieron varados allí.

No fue hasta finales de abril cuando él y el relojero encontraron un barco con destino a Príncipe.

Un mes antes de que se produjera el eclipse llegaron a la isla.

Se alojaron en una de las plantaciones más grandes del lugar, Roça Sundy, y comenzaron los preparativos.

Antes de partir les habían dicho que el momento era ideal para las observaciones del cielo, que la temporada de lluvias había terminado y se esperaba un tiempo seco y agradable.

Sus anfitriones estaban realmente asombrados por esas expectativas tan poco realistas.

Sabían que el cielo nublado era lo normal en esa época del año.

Las predicciones de estos se cumplieron.

Estaba nublado casi todos los días. Eddington y su ayudante hicieron sus preparativos, no podían evitar esperar lo mejor.

Al menos la temperatura era uniforme, hacía tanto calor por la noche como durante el día, lo cual era beneficioso para el sensible equipo fotográfico.

En la mañana del 29 de mayo se desató una tormenta eléctrica. Llovía a cántaros y el sol quedó cubierto por una gruesa capa de nubes. Solo faltaban unas horas para esos cinco minutos cruciales en los que la Luna daría sombra al Sol. El ambiente alrededor de los telescopios debía de ser sombrío.

Cerca del mediodía la tormenta amainó y el sol apareció detrás de una delgada capa de nubes.

A las dos y trece minutos la Luna cubrió el Sol, como se había predicho, y oscureció en mitad del día.

Eddington no tenía tiempo de mirar al cielo, no tenía tiempo que perder; ese momento era lo importante, esos pocos minutos, todo dependía de ellos.

El sol todavía estaba cubierto de nubes ligeras, pero con suerte sería posible ver las estrellas a través de ellas.

En Sobral, Brasil, las condiciones eran mejores.

El cielo estaba despejado y sin nubes, pero a posteriori resultó que casi ninguna de las imágenes que se tomaron allí era utilizable.

El equipo que los astrónomos consiguieron durante la guerra no era de la mejor calidad, y presumiblemente los cambios de temperatura hicieron que el enfoque no fuera estable; por lo tanto, casi todas las fotos eran borrosas.

En las primeras fotografías de Príncipe, la capa de nubes era demasiado gruesa para ver las estrellas, pero en los minutos finales el cielo se despejó y en las dos últimas placas de vidrio se pudieron ver con claridad las Híades.

Pero ¿qué mostraron?

Pues bien, tal como había predicho Einstein, la posición de las estrellas se modificó ligeramente. El campo gravitatorio del Sol había hecho que la luz se curvara. Así que la teoría de la relatividad era correcta: el espacio se curva y se expande a la velocidad de la luz.

Eddington regresó a casa, y el 6 de noviembre del mismo año, en una concurrida reunión de la Royal Society en Londres, se hicieron públicas esas observaciones que marcaron una época.

Los periodistas que estuvieron presentes no escatimaron en pólvora: R EVOLUCIÓN EN LA CIENCIA.

N UEVA TEORÍA DEL UNIVERSO. I DEAS NEWTONIANAS DERROCADAS fue el titular de The Times al día siguiente.

Albert Einstein se convirtió de repente en uno de los hombres más famosos del mundo.

La pequeña isla de Príncipe, por el contrario, sigue siendo uno de los secretos mejor guardados del planeta.

A mediados del siglo XVIII , la capital colonial se trasladó temporalmente de Santo Tomé a la vecina isla de Príncipe y a la pequeña ciudad de Santo António, donde las condiciones de vida en ese momento eran aún peores que en Santo Tomé.

Pero los portugueses no tenían el control, había constantes revueltas de esclavos y disturbios.

En la nueva capital no había sistema de alcantarillado y el agua potable provenía de ríos contaminados.

Además de las afecciones tropicales comunes como la malaria y la difteria, la enfermedad del sueño se propagó allí en el siglo XIX .

La infección se transmite a través de la mosca tsé-tsé y, si no se trata, la dolencia, para la que todavía no hay vacuna, es mortal al cien por cien.

En 1852, la capital se trasladó de nuevo a Santo Tomé.

A principios del siglo XX quedaban menos de mil habitantes en Príncipe. Solo entonces, unos años antes del famoso eclipse solar, los portugueses tomaron cartas en el asunto y aseguraron el drenaje y la erradicación de la peligrosa mosca.

Todo Príncipe es hoy en día un espacio natural protegido y está incluido en la Red Mundial de Reservas de Biosfera de la Unesco.

La población es mayor que nunca, pero todavía hay menos de diez mil personas viviendo en la pequeña isla, que tiene menos de ciento cuarenta kilómetros cuadrados de extensión.

Aunque la enfermedad del sueño se erradicó hace mucho tiempo, Santo António, la antigua capital, parecía tan somnolienta como el resto de la isla.

Nadie daba la impresión de tener prisa, y apenas había coches o motos en las pocas calles, todas impecablemente limpias.

Los barcos de pesca estaban anclados en el puerto; el de suministros procedente de Santo Tomé se había retrasado y la isla se había quedado sin gas.

No había pescado por ninguna parte. Todo el mundo esperaba los suministros, que podrían llegar ese mismo día, tal vez el siguiente, tal vez la otra semana.