Las islas del chocolate #3
El 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, por el contrario, no era festivo.
El día no parecía conmemorarse de ninguna manera, ni con flores y dulces ni con manifestaciones.
Probablemente las mujeres estaban demasiado ocupadas haciendo girar las ruedas, sacando adelante la vida cotidiana, llevando comida a la mesa.
El 40 % de los hogares de Santo Tomé y Príncipe están a cargo de mujeres solteras.
Mujeres como Guilhermina, de cuarenta y seis años, que vivía de alquiler en una casa cerca de la plantación Monte Café.
La casa estaba sobre pilotes, como es costumbre en las islas, tal vez una herencia de los esclavos importados de África occidental.
Guilhermina me invitó a subir a la terraza.
Tenía el pelo largo y la voz ronca, un cuerpo musculoso y delgado y parecía infinitamente enérgica e infinitamente cansada al mismo tiempo.
—¡Oh, mi vida es dura! —se quejó—. Tengo que alimentar a mis hijos, pero no es fácil. El padre de los dos primeros murió, estaba enfermo de la cabeza. El de los dos últimos vive aquí en el pueblo, pero no le importan los niños. No tengo ayuda de él.
Además, cuidaba a la hija de tres años de su hijo mayor.
La novia de este solo tenía dieciocho años cuando fueron padres, y ninguno de los dos tenía estudios ni trabajo, por lo que la responsabilidad había recaído sobre Guilhermina.
El salario del jardín de infancia en el que trabajaba, poco más de cuarenta euros al mes, no era suficiente.
Para complementar sus ingresos lavaba ropa para la gente y trabajaba en las parcelas de otras personas.
—He peleado mucho, ¡tengo la cabeza completamente saturada! Pero no tengo otra opción, he de cuidar a los niños. Una madre es una madre. Tengo que alimentar a mis hijos.
—¿Qué piensas de los hombres de Santo Tomé? —pregunté.
—¿Qué pienso yo de los hombres de Santo Tomé? —dijo con la voz elevada—. ¡Son todos unos mentirosos! No quiero más hombres en esta casa, eso he decidido. Soy demasiado mayor. No quiero más problemas.
Durante los últimos dos meses no le habían pagado el salario del jardín de infancia.
El antiguo banco estaba cerrado y había problemas con el nuevo.
Los dos hijos menores seguían en la escuela.
El segundo mayor había terminado la secundaria, había estudiado agricultura, pero no había trabajo.
El mayor trabajaba como ayudante en un minibús de la capital.
—Ha aprendido a conducir, por lo que también podría trabajar como conductor, pero no tenemos el dinero para la licencia.
—Guilhermina se llevó las manos a la zona lumbar y se quejó—.
Ay, me duele la espalda de tanto trabajar.
Trabajo y trabajo, pero no logro nada. Lo único que quiero es que los niños tengan una vida mejor que la que yo he tenido.
Pero dime, ¿por qué me preguntas todas esas cosas? ¿No podrías habernos ayudado un poco?
Entrecortadamente, le expliqué que mi trabajo era escribir, contarle al mundo cómo se sentía la gente, y que yo no podía pagar las entrevistas.
Si periodistas y escritores empezáramos a pagar por ellas, no podríamos saber si la gente habla con nosotros por el motivo correcto.
Pero cuando me fui, sin haberle dado ni siquiera un céntimo, mis principios me parecieron vacíos y teóricos.
El ecuador atraviesa la pequeña isla de Ilhéu das Rolas, justo al sur de Santo Tomé.
Fui allí con George, un alegre guía de unos cincuenta años.
Cuando no hablaba, cantaba para sí en el asiento trasero.
De camino hacia el sur atravesamos docenas de aldeas pobres.
Las pequeñas casas de madera se balanceaban sobre postes hundidos en el suelo, la gente tenía cortinas en lugar de ventanas.
La mayoría parecían pasar el tiempo al aire libre, en la calle, en la playa, en los porches.
Había niños por todas partes, corrían libremente, aullando, gritando, llorando, riendo.
Aunque la población de las islas es pequeña, está aumentando con rapidez: la mitad de los isleños tienen menos de dieciocho años.
Era raro ver mujeres jóvenes que no llevaran un niño pequeño a la espalda.
—Aún no es demasiado tarde, nunca es demasiado tarde —me consoló George cuando le dije que no tenía hijos.
Como los vendajes no debían mojarse, dos hombres me subieron a bordo de la pequeña lancha motora. Luego nos dirigimos hacia el ecuador. Podría haberme metido yo en el agua sin problema, porque de todos modos todo estaba empapado del rocío del mar cuando llegamos, poco más de media hora después.
La marca ecuatorial estaba situada en el centro de la isla, señalada con un globo terráqueo y una línea.
Sobre la línea de vida de la Tierra se abrieron las compuertas del cielo.
George y yo volvimos corriendo al puerto y nos refugiamos en uno de los bares locales.
Ya había dentro un puñado de hombres empinando el codo.
La chica que los atendía parecía una niña, pero era madre de tres hijos.
—Voy a parar ya —afirmó—. Solo tengo diecinueve años. Tres hijos son suficientes.
La lluvia seguía cayendo a cántaros. El mar y el cielo se fundieron, todo era agua. Nos sentamos en el pequeño bote y nos dirigimos al hemisferio norte.
Una vez de vuelta en el coche, tuvimos que subir las ventanillas para evitar que se inundara.
El conductor limpiaba frenéticamente el parabrisas empañado y trataba, lo mejor que podía, de mantenerse alejado de los baches sin salirse, al mismo tiempo, de la carretera.
En el asiento trasero, George habló con acaloramiento sobre el primer presidente de la nación:
—¡Destruyó el país! —afirmó—. Era mejor con los portugueses.
Pinto da Costa nacionalizó las plantaciones y el Estado se apoderó de las mejores tierras.
Cuando era pequeño me encarceló. A pesar de que era un niño, fui responsable de una celebración solemne en la que se suponía que él debía participar, pero alguien robó la bandera.
Solo tenía once años. Mis padres fueron a la cárcel y cumplieron la condena en mi lugar.
Estuvieron allí dos días. ¿O fueron cuatro?
Unos años más tarde, su padre fue encarcelado de nuevo tras participar en manifestaciones contra las autoridades. Hasta 1991, Santo Tomé y Príncipe fue un Estado de partido único gobernado por un solo hombre, Manuel Pinto da Costa.
—Cuando mi papá volvió a casa tras su paso por la cárcel, era todo piel y huesos —dijo George con una risa extraña y ronca—. En prisión todos los días lo golpeaban y maltrataban.
En las tres décadas que han pasado desde que Santo Tomé y Príncipe alcanzara una democracia real, esa pequeña nación insular ha estado plagada de problemas económicos, escándalos de corrupción e intentos de golpe de Estado.
—Tuve que dejar la escuela cuando tenía catorce años —recordó George, riendo de nuevo, con la misma risa extraña y ronca—.
Tuve que ayudar a mi mamá y a mi papá, que ya eran mayores.
Desde los catorce años trabajé en la plantación de cacao.
Los días eran largos. Estaba totalmente destrozado cuando llegaba a casa por la noche.
El parabrisas estaba blanco, el conductor no podía ver nada, pero continuó sin inmutarse por el estrecho e irregular camino de grava.
Era tarde cuando llegamos a la aldea angoleña. El sol se había puesto y la noche ecuatorial había comenzado; allí la oscuridad llegaba de repente, el día terminaba de sopetón. Pero la lluvia caía a cántaros con un entusiasmo inagotable.
São João dos Angolares es el pueblo con más angoleños de toda la isla.
Se afirma que son originarios de Angola, descendientes de supervivientes de un naufragio.
Sin embargo, investigaciones recientes sugieren que descienden más bien de esclavos liberados, o tal vez fugados.
Aunque solo son ocho mil en total, tienen idioma propio.
Durante el periodo colonial se negaron a trabajar en las plantaciones y finalmente se les permitió vivir en paz a cambio de suministrar pescado a los portugueses.
Un grupo de hombres bebían apretados en un pequeño cobertizo para protegerse de la lluvia.
Me acerqué a ellos con la esperanza de saber más sobre los misteriosos orígenes de los angoleños.
Los hombres, que estaban todos en mayor o menor grado intoxicados por el alcohol, tenían opiniones firmes.
Un anciano con una barba larga y encrespada declaró que eran descendientes de supervivientes de un naufragio, el barco había estado lleno de personas del sur de Angola, que habían abordado la embarcación para escapar de los portugueses, que querían esclavizarlos.
«¿Cuándo sucedió eso?», quise saber. «En 1286», respondió el hombre de la barba.
«Pero ¿cómo puede ser eso cierto?», pregunté.
«Los portugueses no estaban en África en ese momento, bastante tenían consigo mismos y con sus vecinos.
» «Sí», insistió el hombre, y recibió el apoyo de los compañeros de borrachera que tenía alrededor, «el barco iba de camino a Guinea-Bisáu, o tal vez era Cabo Verde.
» «Pero Cabo Verde aún no había sido descubierto», refuté.
«Sí, sí, entonces quizás iba camino de Brasil», corrigió el hombre de la barba y dio un gran trago a la botella que sostenía en la mano.
«En esa época nadie sabía que Brasil existía», argumenté, pero los hombres ya estaban cansados de mi terquedad.
«El hundimiento tuvo lugar en 1286», repitió el hombre de la barba, y sus amigos asintieron con entusiasmo: «Sí, sí, en 1286; sobrevivieron doscientos, llegaron a la playa y formaron dos grupos, eligieron a su propio rey, y cuando los portugueses llegaron aquí doscientos años después, ya había diez mil angoleños en la isla».
—He leído —dije— que los angoleños no son descendientes de supervivientes de un naufragio, sino de esclavos fugitivos.
Los hombres del cobertizo protestaron con tanta vehemencia que el techo de hojalata se levantó y se fue volando bajo la lluvia.
—Somos descendientes de supervivientes del hundimiento —repitió el hombre de la barba sin darse cuenta de las pesadas y cálidas gotas de lluvia que caían sobre él, sobre mí, sobre todos nosotros—. Todo lo demás está mal. Lo sabremos mejor los que vivimos aquí, ¿no?