Los navegantes Ecuador. La muerte de Enrique
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Ecuador. La muerte de Enrique

Ecuador

La muerte de Enrique

El aire es húmedo y pegajoso, y los chubascos llegan de forma repentina y violenta.

No hay nada de viento; solo en la parte delantera de la proa hay una ligera brisa.

Cuanto más al sur vamos, más calor hace, lo cual provoca que los insectos salgan de sus escondites en las llantas de los coches; en sus ratos libres, la tripulación inspecciona cada agujero y cada rincón con linternas, en busca de chinches con vetas marrones.

Por cada plaga que encuentran, viva o muerta, reciben una bonificación de veinticinco dólares.

Los inspectores australianos son despiadados, según me dijeron.

Si descubren chinches a bordo, aunque estén muertas, el barco ha de ponerse en cuarentena, y en el mundo del transporte marítimo el tiempo es dinero.

Los miembros más observadores de la tripulación llegan continuamente tirando de bolsas de plástico con escarabajos grises y secos, y de ese modo obtienen buenas bonificaciones.

A mí se me da fatal cazar insectos. Durante las semanas que estoy a bordo no veo ni una mosca.

Llegan el fin de semana y los días laborables y de nuevo el fin de semana, y nos acercamos al ecuador.

The Doldrums llamaron los ingleses a ese cinturón sin viento junto al ecuador, mientras que los marineros noruegos hablaban de kalmer .

Más de un marinero sucumbió allí, bajo el sol ardiente, en el aire húmedo e inmóvil.

Los veleros podían permanecer estancados en la zona durante semanas mientras los suministros se pudrían y los tripulantes contraían escorbuto, uno tras otro, sin que el barco se moviera del sitio.

Los meteorólogos hablan de «zona de convergencia intertropical».

Allí, en el centro de la Tierra, los rayos del sol inciden en el mar en un ángulo de unos noventa grados.

El aire caliente se eleva en la atmósfera, se enfría y luego vuelve a descender, sin crear ni un mísero soplo de viento.

Pero avanzamos hacia el sur a una velocidad constante y en línea recta.

Desde Sierra Leona, más o menos —tan al sur como llegaron los exploradores de Enrique el Navegante—, vamos directamente hacia el cabo de Buena Esperanza siguiendo una línea oblicua en el mapa que han calculado los ordenadores del barco: la ruta más rápida y eficiente de A a B.

En el puente, los timoneles tienen días tranquilos.

De vez en cuando intentan evitar un chaparrón por el bien de los mozos de cubierta que quitan el óxido de las barandillas durante el día, y por los partidos de baloncesto de la tarde, de lo contrario mantienen un rumbo constante hacia Sudáfrica.

Rara vez nos encontramos con otros barcos, un mar solitario nos rodea durante días y días.

Hasta ahora ningún pescador local se ha aventurado tan lejos mar adentro, y la mayoría de los buques de carga toman el atajo a través del canal de Suez en lugar de emprender el largo viaje alrededor de África: en la industria naviera, como he dicho antes, el tiempo es dinero.

El segundo sábado que estoy a bordo, los cadetes montan la piscina portátil.

Se bombea agua de mar tibia mientras los chefs preparan una barbacoa con gran cantidad de marisco, salchichas, tocino y costillas, así como una amplia variedad de púdines filipinos demasiado dulces.

Hemos pasado Halloween y el Día de Todos los Santos, y el clima es agradable; además, hay mucho que celebrar, siempre hay algo que celebrar.

Resulta que el equipo de karaoke es extraíble; navegamos hacia el sudeste en línea recta, ululando al ritmo de Careless Whisper y With or Without You en una cálida noche de noviembre.

Ya nadie hace bautismos al cruzar la línea del ecuador.

Ya en la época de Mark Twain dejaron de hacerse, al menos en el barco del que Twain fue pasajero, para gran alivio suyo: «En épocas anteriores, un marinero disfrazado de Neptuno venía por la proa de la cubierta con su séquito y enjabonaba y afeitaba a todos los que cruzaban el ecuador por primera vez, y luego limpiaba a los desafortunados colgándolos de las vergas de las velas y sumergiéndolos tres veces en el mar», describe en Viaje alrededor del mundo, siguiendo el ecuador.

«Algo así nunca sería divertido en tierra», señala, «pero los marineros de agua dulce cambiarían de opinión al respecto en el mar, durante un viaje largo.

En ese viaje, con su perpetua monotonía, se produce una decadencia en el intelecto de las personas; los dueños de esos intelectos pronto llegan a un punto en el que casi parecen preferir el infantilismo a las actividades más maduras.

A menudo uno se sorprende del tipo de tonterías que los adultos pueden permitirse cuando están en el mar, y de lo interesados que se muestran en ellas y la alegría inmersiva que les provocan. » 1

Realmente no sé a qué se refería Twain con «un viaje largo».

Aunque los marineros ya no hacen bautismos formales a bordo, no pasan muchos minutos antes de que empiecen a echarse cerveza en la cabeza unos a otros mientras chapotean entre risas en la pequeña piscina.

El capitán lo observa todo con una pequeña sonrisa.

«Necesitan quitarse de encima la tensión», explica casi en tono de disculpa.

Le preocupa mucho el manejo del estrés. Pero todo tiene un límite, incluida su gestión, y a las once y media anuncia que la fiesta ha terminado.

Al momento todos salen de la piscina y comienzan a llevarse altavoces, sillas y restos de comida.

Pronto estaré sola bajo las estrellas. La luna está llena, rodando, pero una nube parece cubrir un poco el fondo, como si alguien le hubiera dado un mordisco.

La nube no se mueve. Más tarde leí en un periódico en línea que esa noche había un eclipse lunar parcial.

Cuando me despierto a la mañana siguiente, ya hemos pasado el ecuador. Todavía no hay viento y hace un calor pegajoso. Las pesadas y tibias gotas de lluvia golpean la cubierta y forman arroyos torrenciales. Dos cadetes ya están limpiando la piscina de cerveza y agua salada.

El explorador emisario de Enrique el Navegante nunca llegó tan lejos.

Enrique murió en 1460 a los sesenta y seis años, soltero y sin hijos.

No se sabe por qué no se casó jamás. Aunque era el líder de la Orden de Cristo, nadie esperaba que el príncipe viviera tan monásticamente como sus súbditos.

En el primer testamento que dejó, de 1436, declaró que no tenía herederos ni esperaba tenerlos, pero no dio ninguna explicación de por qué.

Las fuentes no dicen nada sobre las circunstancias de su muerte.

Lo más probable es que falleciera en su residencia de la costa del Algarve después de una breve enfermedad.

Diecisiete días antes de morir redactó un nuevo testamento.

Su sobrino de veintiocho años, el rey Alfonso V, heredó la mayoría de las cosas, incluida Madeira, el único de los proyectos de descubrimiento de Enrique que dio beneficios durante su vida.

Fuera de eso, en gran parte dejó deudas.

Antes de fallecer, Enrique logró participar en una última expedición de guerra a Marruecos.

En realidad, el joven rey Alfonso ansiaba una gran y heroica cruzada contra Constantinopla, que había sido conquistada por los otomanos en 1453.

El entusiasmo también era grande en otras partes de Europa, en especial en las ciudades-Estado italianas, pero en el fondo no eran más que palabras.

Nadie estaba preparado para enviar un gran ejército hacia el este, excepto Alfonso.

Presumiblemente, fue Enrique quien convenció a su sobrino para que usara sus poderes en Marruecos.

En 1458, un ejército de veinticinco mil hombres cruzó el estrecho de Gibraltar y atacó Ksar es-Seghir, conocida como Alcácer-Ceguer en portugués (y Alcazarseguir en español), una pequeña ciudad portuaria entre Tánger y Ceuta.

La ciudad cayó después de un bombardeo de corta duración.

Nunca fue una conquista importante: como mucho vivían allí ochocientas personas.

Después de noventa años, los portugueses desmantelaron la fortaleza y se fueron.

Simplemente se volvió demasiado caro mantenerla a largo plazo.

En su época, Enrique fue una celebridad. Fue elogiado por sus viajes de descubrimiento, pero al mismo tiempo la terrible derrota en Tánger en 1437 lo acompañó el resto de su vida. Muchos de sus críticos pensaron que pretendía abarcar demasiado. ¿Qué iban a hacer los portugueses tan lejos de casa?

Enrique el Navegante fue en muchos sentidos un hombre protorrenacentista, apasionado por las hazañas heroicas y los ideales medievales de la guerra santa contra los infieles, pero a la vez debió de ser curioso, abierto, expansivo e innovador.

Su firme convicción de que se podía ir más allá del cabo Bojador fue el preludio de la aventura mundial portuguesa.

En 1460, esta apenas había comenzado. Pero sin principio no hay continuación: si no hubiera sido por las expediciones que Enrique financió a lo largo de la costa de África, Vasco da Gama o Cristóbal Colón difícilmente serían hoy nombres de fama internacional.

Cuando Enrique murió, todo se detuvo por completo.

El rey Alfonso V permitió que los viajes de descubrimiento navegaran por su propio mar, es decir, por ninguna parte, y lo mismo ocurrió con la administración y la economía del país.

En un momento dado, sin embargo, continuó con el legado de su tío: el joven rey estaba tan obsesionado con Marruecos como lo había estado Enrique.

Después de dos intentos fallidos en los años sesenta del siglo XV , logró conquistar Tánger en 1471.

Ese mismo año, los portugueses también tomaron el control de la ciudad portuaria de Arcila, un poco más al oeste.

Animado por el éxito en el campo de batalla en el sur, AlfonsoV dirigió su atención hacia el este, hacia su archienemiga Castilla.

Hoy en día, España y Portugal se reparten el área de la península ibérica, con el pequeño Portugal en el oeste y España, más de cinco veces más grande, en el este y el norte.

Pero en aquella época el mapa se veía distinto y consistía en un puñado de reinos diferentes; Portugal era uno de ellos.

Entre los otros se encontraban el de Castilla y León y el de Aragón.

Las partes más meridionales de la España de hoy todavía estaban gobernadas por un califa musulmán, así había sido desde que los moros conquistaran la península ibérica en el 718.

En los últimos siglos el califato había estado en declive, pero todavía conservaba el emirato de Granada, en la actual Andalucía.

En 1474 murió el rey de Castilla, Enrique IV.

No dejó ningún heredero varón del trono, solo una media hermana, Isabel, y una hija pequeña, Juana.

Enrique era conocido por el apodo de «el Impotente», y había rumores persistentes de que Juana no era hija suya.

La mayoría de los castellanos consideraban a Isabel, su hermanastra, la heredera legítima.

A los diecisiete años, esta se escapó y se casó con su primo Fernando, que era heredero del trono de Aragón.

El rey portugués, Alfonso V, intentó colarse en la Corona castellana casándose con Juana, de trece años, que también era su sobrina.

A ello siguió una breve guerra entre Portugal y Castilla.

El enfrentamiento terminó más o menos en empate, pero al final el papa intervino en la disputa sucesoria y anuló el matrimonio entre Juana y su tío portugués.

A Juana se le dio a elegir entre casarse con el hijo de Isabel y Fernando, que apenas tenía un año, o entrar en un convento. Optó por lo segundo.

Con el rey Alfonso V y Juana fuera de escena, Isabel ya no tenía rivales con los que competir por la Corona castellana.

El matrimonio entre Isabel y Fernando unificó los reinos de Aragón y Castilla y León.

El reino resultante se convertiría en la potencia dominante en la península y conduciría a la unificación de España y al desmantelamiento de los últimos vestigios del dominio musulmán en el sur.

Alfonso V fue apodado «el Africano», pero ese apodo, al igual que el de «Navegante», es engañoso.

Es cierto que conquistó algunas ciudades del norte de Marruecos, pero al sur del cabo Bojador hizo más bien poco.

En vida del príncipe Enrique, Alfonso apoyó los viajes de descubrimiento, pero tras la muerte de su tío las cosas se estancaron durante nueve años. Al final delegó también toda África.

En 1469, el rey Alfonso concedió al comerciante Fernão Gomes el monopolio de todo el comercio en Guinea a cambio de una suma anual de 200.

000 reales y el compromiso de explorar cien leguas cada año, equivalentes a 300 millas náuticas o poco más de quinientos cincuenta kilómetros.

No hay pruebas de que Gomes navegara hasta la costa de Guinea, ya que, tal como hizo Enrique, solo financió las expediciones.

En 1471, el velero de Gomes llegó a la costa de la actual Ghana, y allí los marineros finalmente encontraron lo que Enrique el Navegante había buscado toda su vida: un próspero comercio de oro.

Los portugueses llamaron a la zona Mina, y los ingleses la llamarían más tarde la Costa de Oro.

Gomes estableció allí una pequeña casa comercial y se lo conoció como Gomes da Mina.

Casi al mismo tiempo, dos exploradores llamados João de Santarém y Pedro Escobar se encontraron con dos islas volcánicas deshabitadas en el ecuador.

A la primera, que también era la más grande, la llamaron Santo Tomé en honor al apóstol Tomás, dado que fue descubierta el 21 de diciembre, día de su festividad.

La segunda se llamó primero Santo Antão, pero en 1502 se cambió el nombre por el de Príncipe como homenaje al príncipe de Portugal, que tenía derecho a una décima parte de las ganancias de la producción de azúcar en la isla.

En ese momento la producción azucarera ya estaba en marcha y las islas estaban pobladas, principalmente por condenados, esclavos y niños judíos.

Después de que los ya mencionados Isabel y Fernando, también conocidos como Reyes Católicos, expulsaran de España a los musulmanes y los judíos en 1492, miles de refugiados hebreos cruzaron la frontera hacia Portugal.

El rey portugués los recibió, pero les impuso fuertes impuestos.

Los que no podían pagar corrían el riesgo de tener que renunciar a sus hijos.

A finales del siglo XV , unos dos mil niños judíos de entre dos y ocho años fueron «secuestrados» por los hombres del rey y enviados a Santo Tomé, donde fueron obligados a convertirse al catolicismo y trabajar en las plantaciones de azúcar.

No obstante, mientras vivió Alfonso V, Santo Tomé permaneció deshabitada.