La antigua capital #3
Los minibuses eran como saunas sobre ruedas.
Esos vehículos pasaron su juventud y edad adulta como furgonetas en Europa occidental.
En el territorio africano pasaban su jubilación, sin entrañas, con la carrocería oxidándose, con puertas que solo se podían abrir desde fuera, o solo desde dentro, o únicamente con la ayuda de cuerdas.
Esas tartanas estaban equipadas con bancos duros y estrechos en los que se apretujaban un número inimaginable de personas.
El conductor se detenía todo el tiempo para que los pasajeros subieran y bajaran.
El estado de las carreteras era un capítulo aparte.
Los pocos caminos pavimentados que había estaban en tan mal estado que el conductor conducía con dos de las ruedas al borde de la cuneta para evitar los baches.
En el primer pueblo que visitamos nadie quiso cocinar para nosotros. Fuimos de restaurante en restaurante mendigando, teníamos hambre, llevábamos todo el día sin comer, pero era domingo, era tarde, ya se había comido, nadie se molestó en cocinar más.
Hambrientos, nos dirigimos al parque nacional más nuevo y remoto del país.
Sus bosques y humedales son tan ricos en vida y diversidad que se les llama la Amazonia de África occidental.
Por la mañana temprano vimos a tres chimpancés cobrar vida en lo alto de los árboles, se estiraron, se golpearon el pecho y gruñeron a la manera de los chimpancés.
Luego desaparecieron a la velocidad del rayo por el tronco y se adentraron en la jungla.
En Bafatá, lugar de nacimiento de Amílcar Cabral, apenas encontramos un albergue para pasar la noche, porque las habitaciones del hotel estaban llenas de cooperantes de varias organizaciones que se habían reunido en una conferencia conjunta para discutir los muchos desafíos del país.
Al día siguiente fui a una farmacia; la herida del accidente de motocicleta se había inflamado y no mejoraba.
El farmacéutico me diagnosticó quemaduras de tercer grado por el tubo de escape incandescente y me vendió vendajes baratos y fibrosos y blísters de unos antibióticos que en Noruega se usan generalmente para las ovejas.
A diferencia de Cabo Verde, allí la casa de la infancia de Amílcar Cabral fue convertida en museo.
Las paredes estaban decoradas con fotografías de su carrera militar, y en una de las habitaciones había un par de sencillas estanterías con libros: la Biblioteca Municipal de Bafatá.
Eso era todo. El guardia del museo apagó las luces y cerró la puerta tras nosotros cuando salimos.
El camino no solo estaba lleno de baches, sino que también era polvoriento, porque nos acercábamos de nuevo a la capital y, por lo tanto, nos veíamos abrumados por el tráfico en sentido contrario.
No había muchos vehículos, pero levantaban unas nubes de polvo que nunca parecían asentarse.
Cerrar las ventanillas no era una opción, nos desmayaríamos por el calor.
Las bolsas, la ropa, las manos, el pelo, la nariz, el asiento del coche, todo estaba cubierto de polvo rojo.
Me picaba la garganta, me picaban los ojos, y todavía faltaban mil horas para llegar.
Uno de los últimos días en Guinea-Bisáu me desperté con noticias de guerra.
Era el 24 de febrero de 2022, los misiles sobrevolaban ciudades ucranianas y columnas militares de kilómetros de largo se dirigían hacia Kiev.
Me senté a leer las noticias hasta que apareció Vagner, alegre y fresco por la mañana.
—¿Guerra? —Repitió, confundido—. ¿Ucrania?
Abrí Google Maps y le mostré dónde se encuentra Ucrania y cómo de grande es.
—Es grande, sí —dijo pensativo. Luego fuimos a desayunar.
En las calles arenosas, el ambiente era festivo, todos los días.
Recorrimos el mercado local, donde mujeres vestidas con colores alegres y brillantes vendían camisetas, ropa para niños, vaqueros, sandalias de plástico, gafas de sol, baldes, utensilios de cocina, todo made in China, así como cocos, pescado, cebollas, tomates, cereales, vino de palma y todo lo imaginable.
Durante dos siglos, en el mercado de Cacheu se vendió un tipo de mercancía completamente diferente.
La ciudad, situada en el noroeste del país, recibe su nombre del río que la atraviesa y que en su día atrajo a los traficantes de esclavos portugueses.
Desde el pequeño puerto bajo el encalado fuerte de la ciudad sacaron a miles de esclavos en botes que los estaban esperando. Nunca volvieron a ver África.
A tiro de piedra del puerto se encontraba la iglesia más antigua de Guinea-Bisáu, erigida en 1670.
El modesto edificio de ladrillo amarillo pálido había sido restaurado tan recientemente que parecía del todo nuevo.
Llevaban a los esclavos a la iglesia, los bautizaban a la fuerza en el río y luego los marcaban con una cruz en la frente para que todo el mundo viera que desde ese momento eran cristianos.
Sus almas se salvaban y al final eso era lo más importante.
Así tenía que ser más o menos esta vida terrenal.
El cementerio estaba lejos de la iglesia, escondido detrás de matorrales y caminos cubiertos de maleza. En él había británicos y portugueses e incluso un alemán, Emil Fritz Wilhelm Steenbock, de Hamburgo, que murió en la zona el 5 de diciembre de 1901 a los veintidós años.
Los miles de esclavos que murieron allí no dejaron nombres ni fechas. Sobre sus tumbas se construyó un gran hotel. No fue hasta los trabajos de excavación cuando se descubrieron los huesos, y para entonces el dueño del establecimiento pensó que era demasiado tarde para dar marcha atrás.
El pequeño fuerte encalado de Cacheu es uno de los edificios europeos más antiguos que aún quedan en pie en el África subsahariana.
Los portugueses comenzaron los trabajos de construcción en 1588.
Los lugareños lo atacaron varias veces, por lo que fue constantemente reconstruido y reforzado.
Dentro de sus desgastados y bajos muros había un montón de estatuas mutiladas.
Varias se colocaron en su momento en lugares destacados de la capital.
Después de 1974 fueron trasladadas al recinto fortificado, a un par de horas en coche al norte, medio destruidas: navegantes y gobernadores portugueses tambaleantes.
En un rincón había otro montón de botas y piernas apiladas unas encima de otras, héroes descartados sin cuerpo ni cabeza.