La antigua capital #2
El propio Beaver fue noqueado por la fiebre durante largos periodos y abandonó Bolama al cabo de tan solo un año.
Una vez más, la isla quedó deshabitada, pero los británicos no se dieron por vencidos y, durante un breve espacio de tiempo, Bolama fue la capital de la efímera Guinea británica.
Los portugueses, por su parte, creían que la isla era suya, aunque no tenían asentamientos ni en Bolama ni en ninguna de las otras islas Bijagós.
Los isleños eran considerados tan tercos y difíciles que incluso los traficantes de esclavos se mantenían alejados.
Según las fuentes portuguesas, solo los niños de allí eran válidos como esclavos.
Los adultos escapaban, se rebelaban o se suicidaban.
Durante las negociaciones sobre Bolama, el presidente de Estados Unidos finalmente se puso del lado de los portugueses. Los autóctonos, como de costumbre, no tuvieron nada que decir. Desde 1879 hasta 1941, Bolama fue la capital de la Guinea portuguesa.
Hoy en día, la ciudad es un monumento a una época pasada de grandeza europea.
Bolama no estaba abandonada, solo lo parecía.
Todavía había gente allí, gente que vivía en sencillas chozas de adobe y se ocupaba de sus asuntos, como si las magníficas ruinas no los preocuparan.
Del hospital, que en otro tiempo había sido el mejor de toda la Guinea portuguesa, solo quedaba el armazón.
Todas las piezas de ladrillo habían sido retiradas minuciosamente.
El suelo luchaba contra la insistente vegetación de la selva, en varios lugares había cedido.
Los árboles y las raíces se abrían paso por las paredes, formando patrones elaborados.
Sentado en el suelo de una sala abandonada, un anciano clasificaba frutas y nueces.
Preguntó si yo hablaba criollo. Cuando negué con la cabeza se ofreció a casarse conmigo para que pudiera aprenderlo.
La gran plaza de Bolama parecía extrañamente mal dimensionada al no ser ya el corazón del país. Al fondo se encontraba el Palacio de Justicia. Su opulenta fachada amarilla, decorada con columnas y estatuas griegas, había sobrevivido, pero el techo podía derrumbarse en cualquier momento.
Vagner y yo caminamos hacia el puerto, pasando por delante de un cine que, según una placa, fue restaurado con fondos de la Unión Europea en 2007, pero que en ese momento parecía tan deteriorado como debió de estarlo en 2006.
De repente, Vagner se detuvo. Al principio no entendí por qué, pero luego me di cuenta: todos llevaban mascarilla.
Como la mayoría de los países africanos, Guinea-Bisáu, con una población muy joven (la media de edad es de dieciocho años), había escapado fácilmente a la pandemia.
En 2020, el país solo tuvo ciento setenta y siete muertes registradas por coronavirus.
Las pocas personas que había visto usar mascarilla lo hacían, en general, para protegerse del polvo de la carretera, no de los virus.
Pero en el puerto de Bolama absolutamente todos llevaban mascarilla.
Las mujeres que estaban sentadas en el suelo vendiendo verduras, los hombres que jugaban a las cartas, los escolares que pasaban en pequeños grupos.
Vagner se acercó a dos policías que tenían las mascarillas bien bajadas hasta la barbilla para preguntarles si existía alguna ley local que exigiera su uso en ese lugar y, de ser así, dónde podíamos comprarlas.
—Venid con nosotros —dijo bruscamente uno de los policías.
Pensamos que nos mostraría dónde podíamos comprar mascarillas, pero en lugar de eso nos llevó a su puesto, que estaba al otro lado de la calle.
Detrás de una mesa de escritorio estaba sentado un hombre con vaqueros rotos.
Él también se había bajado la mascarilla con fuerza para que sus fosas nasales tuvieran paso libre.
A su alrededor había un grupo de hombres con el uniforme caqui de la Guardia Nacional. Hacía calor y estaba oscuro.
»¡Tomad asiento! —El policía que nos había llevado señaló con la cabeza hacia dos sillas.
El hombre sentado tras la mesa de escritorio sacó un folleto con copias impresas de las leyes y reglamentos nacionales, y allí decía, en blanco y negro (señaló la disposición con un dedo tembloroso), que era obligatorio usar mascarilla, así lo había decidido O Presidente da República y no había nada que ellos pudieran hacer al respecto.
Su trabajo, explicó con gravedad el hombre, era simplemente hacer cumplir las leyes y regulaciones del país, y cualquiera que desobedeciera o infringiera las normas, a sabiendas o no, tendría que pagar una multa de mil francos de África occidental.
Cuando terminó su estruendoso discurso, un policía se acercó a nosotros con dos mascarillas. Nos las pusimos obedientemente.
Vagner objetó que no sabíamos nada de esas normas.
En Bisáu nadie usaba mascarilla, y no teníamos intención de infringir ninguna regla, al contrario, habíamos acudido a la policía para averiguar cuáles eran las normas allí y, si su uso era preceptivo, dónde podíamos comprar mascarillas.
En medio de su argumentación, los dos policías que nos habían llevado hasta allí entraron arrastrando a una mujer y luego a un hombre, ambos jóvenes, y después a dos hombres más.
La chica estaba furiosa. El chico afirmó que no podía usar mascarilla por motivos de salud, no podía respirar con ella puesta.
El hombre que estaba sentado detrás de la mesa de escritorio se mantuvo firme.
Señaló las regulaciones, que todavía tenía delante: las reglas eran las reglas.
Vagner se alteró, alzó la voz para hacerse oír; en ese momento todos hablaban igual de alto y nadie prestaba atención.
Los diferentes argumentos rebotaban en el hombre de los vaqueros rotos.
Él tenía de su lado a O Presidente y una pila de papeles arrugados.
Pasó el tiempo. Los policías dejaron ir a la joven porque tenía que coger un barco, pero los demás tuvimos que quedarnos.
—¿No podemos pagar? —susurré a Vagner—. Al fin y al cabo tampoco es tanto dinero.
Negó con la cabeza. No se trataba de dinero, entendí. Los hombres seguían discutiendo, repetían los mismos argumentos una y otra vez, pero el que ocupaba la mesa de escritorio se limitaba a señalar los papeles con la cabeza. La situación estaba en punto muerto.
De repente, a Vagner y a mí nos permitieron irnos.
—¿Qué les has dicho? —le pregunté cuando estábamos en la calle.
—Que no tenemos dinero en este momento, pero que volveremos esta tarde y pagaremos —dijo sonriendo—. Por supuesto que no lo haremos —añadió.
Paseamos un rato más por las calles de esa extraña ciudad.
Apenas había tiendas porque poca gente tenía dinero para comprar.
Las iglesias, en cambio, abundaban. Era solo cuestión de elegir y rechazar, allí las había para todos los gustos, ya se prefirieran los servicios protestantes de tono bajo o hablar extasiado en lenguas raras.
La iglesia católica estaba tan llena que gran parte de la congregación tenía que seguir la misa desde la calle.
Decenas de miles de murciélagos volaban sobre nosotros formando un manto negro y abigarrado, nunca había visto tantos en toda mi vida.
Cuando por fin regresamos al puerto, nos aseguramos de ponernos las mascarillas.
La Guardia Nacional, ya lo entendíamos, controlaba una zona que se extendía un par de cientos de metros en cada dirección desde su cuartel general.
Todos los que se encontraban dentro de esa zona tenían que usar mascarilla.
Los policías estaban sentados en unas sillas junto a la puerta principal observando atentamente.
Fuera de esa zona nadie la llevaba, ni siquiera los representantes de la otra policía, la POP, la Polícia de Ordem Pública, la policía del orden.
Nos dijeron que la gente de Bolama odiaba a la Guardia Nacional, con tanta intensidad que habían cortado el suministro de electricidad y de agua a su cuartel general.
Por eso estaba tan oscuro allí. Y probablemente también por eso estaban todos de tan mal humor.
Pero habían encontrado una fuente de dinero fácil.
Nos sentamos en un pequeño bar junto al puerto a esperar el barco que transportaba a la gente de un lado a otro del estrecho. Cuando por fin apareció, la Guardia Nacional estaba lista en el muelle, lista para arrestar a los pasajeros que llegaran a Bolama sin mascarilla.
Tan pronto como salimos del muelle nos la quitamos. Unos minutos después estábamos al otro lado, en tierra firme, y habíamos abandonado oficialmente el archipiélago de Bijagós. A partir de entonces todo sería mucho más fácil, creía Vagner.
El resto del viaje a través de Guinea-Bisáu pareció una etapa larguísima del periplo.
Arriesgados recorridos en motocicleta por la selva a una velocidad vertiginosa.
Atajos por caminos estrechos y arenosos.
Dos veces, con cinco minutos de diferencia, nos paró la policía de tráfico y nos multó por no llevar casco.
Vagner se enfadó en las dos ocasiones, no quería pagar a pesar de que la policía tenía toda la razón: en efecto, conducíamos sin casco.
Además, también nos habíamos montado tres en una motocicleta, pero a nadie parecía molestarle esa infracción, aunque estaba estrictamente prohibido.
Después de largas negociaciones, nos salimos con la nuestra pagando un tercio de la multa original en ambos casos.