La antigua capital
La antigua capital
Cansados y acalorados, Vagner y yo desembarcamos en la isla de Bolama tras otro largo y arriesgado viaje en barco.
Una mujer y un puñado de hombres estaban sentados debajo de un árbol escuchando música.
Había botellas verdes vacías de ginebra esparcidas por la arena.
Después de mirar a su alrededor durante un rato, el más joven se levantó y se acercó tambaleándose a nosotros.
Preguntó si necesitábamos ayuda para encontrar una moto.
Dijimos que sí. A pesar de que habíamos acabado en la isla correcta, todavía quedaba un largo camino por recorrer hasta llegar a la antigua capital de los portugueses.
Debido a la marea baja, el conductor del barco había insistido en desembarcar en la primera y mejor playa.
El joven caminó con dificultad hacia el poblado y regresó en compañía de otro hombre.
—Nos vamos pronto —gruñó—. Solo tenemos que preparar las motos.
Vagner y yo nos sentamos en la arena a esperar.
Por encima de nosotros revoloteaban mil murciélagos.
El bosque de manglares se extendía hacia el mar, los troncos estaban medio cubiertos de agua.
A lo lejos oímos el ruido del motor, pero el estruendo no se incrementó. La pila de botellas verdes creció.
—Probablemente llegarán pronto —dijo Vagner.
—Están borrachos —contesté.
—Solo uno —replicó Vagner—. Puedes sentarte con el que no lo está.
Caminamos hasta el poblado. Las casas tenían techos de hojalata, no de paja, pero las paredes estaban hechas del mismo material que en otras partes de las islas: tierra, arena y agua.
Un grupo de chicos jugaban al fútbol. Tenían balón, pero no portería.
Las mujeres de la aldea estaban ocupadas barriendo, lavando ropa y acarreando agua.
Un puñado de niños intentaban que cayera fruta de un gran árbol de mango lanzando piedras y nueces a las ramas.
No aparecieron las motos y empezaba a hacerse de noche.
Estábamos a unos tres kilómetros de la ciudad, demasiado lejos para ir caminando.
Finalmente, Vagner llamó a un amigo del centro de Bolama.
Se las arregló para encontrarnos un conductor, uno muy caro, pero teníamos malas cartas para negociar.
Mientras esperábamos a que llegara el costoso conductor apareció un anciano en una motocicleta.
Había oído que allí había un branco y quería llevarnos a la ciudad.
Pagando, por supuesto. Acordamos que viajaríamos con él hasta que nos encontráramos con el otro motociclista.
El anciano no estaba sobrio, pero algunas personas conservan la capacidad de conducir cuando tienen un nivel de alcohol en la sangre, conducen por instinto y rutina, y nuestro conductor era una de ellas.
Conocía el camino a la perfección y nos llevó con seguridad por baches, curvas y tramos arenosos, a través de pueblos y campos de fútbol.
Luego, desafortunadamente, nos encontramos con el motociclista de la ciudad.
Por alguna razón, tanto Vagner como yo nos cambiamos a su motocicleta.
Vagner pensó que era mejor así, de lo contrario habría sido demasiado caro; tres personas en una motocicleta se consideraba lo natural, cualquier otra cosa era un desperdicio.
Mientras tanto, el sol se había puesto. Dejando aparte el cono de luz danzante de la motocicleta, estaba completamente oscuro.
El nuevo conductor estaba al menos tan borracho como el anterior, pero no conocía la carretera a la perfección.
A menudo disminuía la velocidad y se balanceaba con las piernas en la arena.
Estuvo a punto de caerse varias veces. Siempre iba todo bien, hasta que dejó de hacerlo.
De repente estábamos tirados en el suelo, uno de mis pies estaba encima de la motocicleta y el otro, debajo.
Vagner se había hecho un rasguño en el brazo, yo me había raspado la piel de la parte inferior de la pantorrilla hasta el tejido subcutáneo, unos pocos centímetros cuadrados en total.
No me dolió lo más mínimo, ni siquiera lo sentí.
No tuvimos más remedio que volver a subirnos a la moto.
Estábamos demasiado lejos para ir caminando y no podíamos dormir en el monte.
Avanzamos tambaleándonos hacia Bolama. Estuvimos a punto de volver a volcar varias veces, y noté cómo Vagner se ponía rígido detrás de mí.
En un momento dado, el motor se descompuso, pero después de algunos forcejeos, patadas y mecánica, el conductor volvió a ponerlo en marcha.
Por fin llegamos. Durante el día, Bolama había adquirido dimensiones utópicas para mi yo interior; había tenido puras fantasías febriles sobre todas las cosas maravillosas que me esperaban allí: comida, cerveza, cabinas de ducha y camas limpias y recién hechas.
Pero la antigua capital colonial recordaba más a un gran pueblo que a una ciudad, con calles polvorientas y llenas de baches, chozas de tierra, alguna que otra motocicleta y unos pocos miles de habitantes.
Vagner me llevó al mejor hotel de la ciudad.
El aire acondicionado no funcionaba, y la habitación que me asignaron, la más bonita, no tenía ventilador ni ventanas.
Hacía un calor sofocante. Hambrientos y cansados, caminamos a duras penas hasta el segundo mejor hotel de la ciudad.
Las habitaciones estaban cubiertas por una gruesa capa de polvo, y la pintura verde se desprendía de las paredes en grandes escamas, pero al menos había ventiladores.
Me quedé dormida tan pronto como me acosté en la cama y me desperté a la mañana siguiente con la ropa puesta.
Aunque los portugueses llegaron a la costa de la actual Guinea-Bisáu a mediados del siglo XV y poco después comenzaron el comercio de esclavos a gran escala, el país no se convirtió de inmediato en una colonia portuguesa.
En esa época, el continente africano era un mosaico de reinos que a su vez estaban habitados por una miríada de diversos grupos étnicos, todos con lenguas y religiones diferentes.
Algunos eran nómadas, otros estaban asentados, algunos comerciaban pacíficamente entre sí, otros tenían conflictos y guerras.
Cuando llegaron los primeros portugueses, la actual Guinea-Bisáu estaba sujeta al Imperio de Mali, que en ese momento estaba a punto de caer.
De sus cenizas surgió el Imperio songhai, que poco a poco conquistó la región, hasta que ese reino también cayó y fue sucedido por el Imperio kaabu y los mandinga, que dominarían la región durante varios siglos.
Al igual que los portugueses, los mandinga nunca lograron un control total sobre los pueblos que vivían en las islas más remotas o en lo profundo de la selva.
En ese paisaje movedizo y voluble, los europeos hambrientos de ganancias hicieron su entrada.
Al principio, los portugueses prefirieron atrincherarse en las zonas costeras.
Construyeron fuertes y fortalezas, al igual que los holandeses, los británicos, los escandinavos y todos los demás que al final siguieron la estela de los marineros portugueses.
La mayoría de ellos se quedaron a lo largo de la costa: el vasto interior africano permaneció intacto por parte de los europeos durante mucho tiempo.
No fue hasta finales del siglo XIX cuando África se dividió formalmente entre las potencias coloniales europeas, y la competencia por los restantes puntos blancos en el mapa se intensificó.
Para evitar una gran guerra por África, las potencias occidentales se emplazaron en Berlín en 1884 para acordar cómo repartirse el pastel colonial.
Los gobernantes se reunieron y África fue dividida y distribuida entre los jefes de Estado europeos.
Ningún africano estuvo presente en la conferencia.
Durante mucho tiempo, Bolama fue un arma arrojadiza entre las grandes potencias.
En 1792, Philip Beaver, oficial de la Armada británica, intentó formar en la isla una colonia de poco menos de trescientos esclavos liberados.
El objetivo era introducir furtivamente la civilización occidental en el continente: «Adquirir tierras en su país, cultivarlas con la ayuda de nativos libres contratados para ese propósito, y así acostumbrarlos a la diligencia y a los buenos hábitos de trabajo, con la idea de que eso, con el tiempo, podría conducir a la alfabetización, la religión y la civilización en el corazón mismo de África». 1
Se creía que Bolama era perfecta para ese objetivo, porque la isla estaba deshabitada y debía de ser fácil de defender.
Sin embargo, el proyecto terminó en desastre.
Los esclavos liberados apenas habían abandonado los barcos cuando fueron atacados por guerreros de las islas vecinas.
Muchos fueron asesinados, algunos fueron robados.
Al final, Beaver logró hacer un trato con el rey local, que estaba detrás del ataque, y simplemente le compró Bolama.
Para entonces, el entusiasmo entre los colonos había disminuido de manera considerable, y la mayoría optaron por unirse a los barcos que se dirigían a Sierra Leona.
A los cerca de cincuenta que se quedaron no les fue bien.
Uno tras otro cayeron enfermos y murieron.
En su diario, Beaver lamentaba que murieran con tanta facilidad: «Cuando enferman, se acuestan y dicen que saben que van a morir, y, sorprendentemente, todavía no he visto a ninguno de ellos recuperarse después de rendirse de ese modo».