La isla secreta #2
Cuando me vieron los pies, los aldeanos enseguida pidieron a una niña que nos mostrara el camino a la enfermería, que estaba a media hora andando, cerca de la escuela.
La enfermera del lugar, una joven amable, me limpió las heridas y me puso vendajes.
No había médico en la isla, solo tres enfermeras.
La enfermería era sencilla y tenía una habitación para los enfermos, una sala de partos dirigida por parteras y otra, pequeña, de tratamiento.
En una hielera guardaban las vacunas. El problema más común en la isla era la malaria, dijo la enfermera, además de la diarrea.
Tenían pocos medicamentos, porque por lo general la gente no podía permitirse pagar los que les daban y, por lo tanto, nunca tenían suficiente dinero para comprar otros nuevos.
El lugar adonde íbamos a pasar la noche estaba a casi una milla de distancia.
Por unos pocos miles de francos, Vagner organizó una excursión a dedo con uno de los pocos motociclistas de la isla.
Avanzamos a toda velocidad por el estrecho y arenoso camino de la selva a treinta kilómetros por hora.
Cada vez que pasábamos por un pueblo, una bandada de niños venían corriendo detrás de nosotros mientras, saludando y riendo, gritaban «Branco, branco! ». «¡Blancos, blancos!»
Los asentamientos en la isla estaban muy separados, y la mayoría lejos del mar, jungla adentro.
Aquel en el que íbamos a pasar la noche era de los más grandes, uno casi podía perderse en él entre tantos techos de paja.
Una mujer se acercó corriendo con sillas de plástico.
Nos sentamos a la sombra, junto a un hombre llamado Sana, que estaba cosiendo.
En realidad vivía en otro pueblo, pero había hecho el viaje para visitar a su esposa.
Niños risueños con ropas sucias y andrajosas se arremolinaban a mi alrededor, algunos de ellos se atrevían a tocar mi piel pálida.
Había gallinas, perros, cerdos y gansos paseando por allí.
A tiro de piedra había sentado un anciano pescando con red. No hablaba ni criollo ni portugués, como casi ninguna de las personas mayores del lugar, así que Sana se acercó como intérprete.
—Ahora todo es diferente —dijo lacónicamente el anciano—. Ahora la gente se está yendo de aquí y va a la escuela. Ya nadie se aferra a las tradiciones.
Se llamaba Cumprido da Costa y desconocía su edad. Tampoco sabía cuántos hermanos tenía, tal vez tres. Su padre tuvo un hijo con cada esposa.
—Yo he seguido todas las reglas desde pequeño —dijo el anciano con orgullo.
Las reglas eran complicadas y no se parecían a nada de lo que yo había oído antes, ni siquiera durante mis estudios de antropología social.
Cumprido pasó por varias etapas, y en cada una de ellas tuvo que soportar pruebas y desafíos.
Primero se convirtió en canhocan, luego en cabari y camabi antes de hacerlo en casuca y, por último, en regulo, rey.
—El rito de iniciación más difícil fue el camabi —recordó—.
Para ser camabi tienes que pasar nueve años en el monte, completamente solo.
Durante ese tiempo no se te permite hablar con las mujeres, ni siquiera con tus propias hijas.
Tienes que vivir solo en el bosque. Solo entonces podrás convertirte en rey.
Pensé que había oído mal o que había habido un malentendido durante la traducción. ¿Nueve años solo en el monte? ¿No nueve semanas o nueve meses?
Pero no me había equivocado. Ninguno de los intérpretes había entendido mal nada.
Para convertirse en camabi, un hombre tenía que pasar nueve años solo en el monte.
«¿Cómo surge un rito así?», me pregunté.
Cumprido no tenía respuesta. Siempre fue así, creía.
Él solo hizo lo mismo que hizo su padre, y lo que el padre de este hizo antes que él.
—¿Qué fue lo más difícil que experimentaste durante tus nueve años en el monte? —pregunté.
El rostro del anciano se cerró.
—No puedo hablar de eso —dijo brevemente—. Está prohibido. Si hablo de ello moriré.
Cuando Cumprido se fue al monte a vivir solo durante nueve años, tenía nueve hijos con tres esposas, pero nunca había vivido con ninguna de ellas.
Los hombres de la isla no podían alejarse de sus padres para vivir con una de sus esposas hasta que se hubieran convertido en casuca . Esas eran las reglas.
—Cuando era joven era fácil ser hombre —dijo Cumprido con una sonrisa—.
Las esposas lo hacían todo. Cocinaban y trabajaban para uno.
Un hombre podía tener veinte esposas, estaba bien.
Las mujeres también criaban a los hijos, y a veces el padre no las visitaba hasta después de cuatro o cinco años.
Ahora todo es diferente. El hombre tiene que ayudar más. Los hijos deben ir a la escuela.
Mientras que los hombres podían tener veinte esposas, las mujeres podían tener dos maridos, uno viejo y otro joven, explicó Cumprido más tarde.
El más joven, el cabaro, tenía prioridad sobre el casuca, que era con el que vivían.
Este último tenía que ayudar al joven, y si estaba allí cuando el cabaro iba de visita, tenía que irse de la casa.
Para llevar a cabo el ritual camabi, Cumprido tuvo que romper con sus esposas.
Durante los preparativos lloraron, pero nadie protestó, entendieron que él tenía que irse, esas eran las reglas.
Cuando regresó, nueve años después, no pudo irse a vivir con ninguna de ellas, sino que tuvo que buscar nuevas esposas. Esas eran las reglas.
—Me fui al monte porque mi padre y mi hermano lo hicieron —explicó Cumprido—. No quería romper la tradición. Pero no fue fácil. Nuestra cultura no es fácil.
En el monte sobrevivió gracias a la red.
Pescaba, cazaba y elaboraba su propio vino de palma.
Casi todo el tiempo estaba solo, excepto durante la temporada de lluvias.
Luego se mudó a una casa en las afueras del pueblo, junto con los otros hombres que hacían el mismo rito de iniciación.
A nadie más del pueblo se le permitía subir a su casa.
—Ahora las cosas han cambiado —repitió Cumprido—. Hoy en día, nueve años es demasiado tiempo. Aquí ya nadie permite que sus hijos pasen nueve años solos en el monte. Prefieren que estudien. Todos mis hijos han ido a la escuela. Nada es como antes.
Una mujer nos llamó, la comida estaba lista.
Vagner, Sana y yo nos acercamos a las sillas y a la improvisada mesa que alguien había llevado al patio, seguramente en honor a mí, la blanca.
Nos dieron arroz con ostras. Tenía un sabor salado y un poco gomoso.
La comida se sirvió en un cuenco común, pero nos dieron una cuchara a cada uno, sin duda también en mi honor.
Aunque el té fuerte y dulce, que se hacía de acuerdo con todas las reglas del arte, lo bebimos todos de la misma taza. La pandemia parecía eternamente lejana.
Cuando hubimos comido, Cumprido se acercó a nosotros.
—Los jóvenes de hoy tienen la suerte de poder ir a la escuela —dijo—. Yo también quería ir, pero mi padre no me dio permiso. Necesitaba mi ayuda aquí. Eso le sucedió a la mayoría de la gente.
La luna llena había subido al cielo nocturno y arrojaba un tinte lechoso sobre el pueblo, que seguía lleno de vida. Los niños corrían de acá para allá, algunos se habían quedado dormidos en el regazo de sus padres. No había electricidad, pero salía música pop africana de una radio solar.
—¿Qué piensas de los misioneros y de las iglesias? —pregunté a Cumprido.
—¡No sé qué pasa en la iglesia, porque nunca he estado allí! —Se rio de tal manera que toda su cara se agrietó debido a las arrugas—. Mi hijo va, pero no sé qué hace. Nunca viene cuando lo invito a los rituales tradicionales. Tal vez sea por la iglesia.
A las once, la gente comenzó a prepararse para la noche.
A Vagner y a mí nos llevaron a una casa en el otro extremo del pueblo.
Todavía estaba animado. Un grupo de jóvenes bailaban con energía al ritmo del pop cristiano de Nigeria, un género que es popular en gran parte de África; los muchachos tocaban instrumentos rítmicos sencillos y gritaban al ritmo de los versos de aleluya.
La habitación que me asignaron era sorprendentemente cómoda. La cama estaba equipada con mosquiteras y la pared la habían decorado con pósteres de Beyoncé. Fuera, la pandilla de Jesús seguía adelante. «Jesus is the Lord!», bramaron los altavoces. «¡Aleluya!», gritaron los jóvenes.
Cuando me desperté a las siete, las mujeres del pueblo ya estaban ocupadas barriendo el patio.
Vagner negoció un trato con el joven motociclista que nos había llevado hasta allí.
Era el único en el pueblo que tenía una motocicleta, por lo que en la práctica tenía el monopolio, pero Vagner logró un acuerdo decente.
La moto era de marca japonesa, pero tenía decoración estadounidense, barras y estrellas azules y rojas y «Yes, we can! ».
—¿Tienes planeado completar los nueve años en el monte? —le pregunté antes de que se marchara con Sana, nuestro intérprete local.
El motociclista negó con la cabeza, incrédulo.
—Ni se me ha pasado por la cabeza. ¡¿Dejar esposa e hijos durante nueve años?! ¡Jamás!
Mientras esperábamos a que volviera a recogernos pudimos hablar con una de las mujeres más ancianas del lugar, Teresa N’depina. Era rainha, reina, y estaba en el umbral de la puerta de su casa observando la vida del pueblo.
—Todo era mejor cuando era joven —dijo Teresa. Hablaba en voz baja y pensaba durante mucho tiempo antes de decir algo—. Los jóvenes pueden creer que ahora los tiempos son mejores, pero no es cierto. Nos lo pasábamos bien.
Teresa era tan mayor que recordaba las batallas con los portugueses cuando conquistaron las islas Bijagós. Estas quedaron bajo control portugués en 1936, en parte debido a su remota ubicación, en parte debido a los tercos isleños, que no veían el sentido de pagar impuestos a extranjeros blancos.