La isla secreta
La isla secreta
La mayor atracción turística de Guinea-Bisáu son las islas Bijagós, si es que se puede hablar de algo así en un país casi sin turismo.
Con solo unos cincuenta mil visitantes al año, Guinea-Bisáu es uno de los países menos visitados del mundo.
Las Bijagós constan de ochenta y ocho islas y pueden seducir con playas de arena desiertas, aguas cristalinas, bosques de manglares y sabanas.
El archipiélago es el lugar de reproducción más importante de África para las tortugas marinas verdes y también es el hogar de cocodrilos enanos, hipopótamos, delfines y una amplia gama de aves migratorias.
El problema es que casi no hay barcos que vayan allí.
A menos que uno esté dispuesto a desembolsar varios miles de euros por una lancha rápida privada, está a merced del transporte público.
A Vagner le habían dicho que el barco zarparía a las nueve y que, por lo tanto, teníamos que estar en el puerto a las ocho.
Estábamos en el lugar a las ocho y cuarto, compramos los billetes y nos registramos con nuestros respectivos nombres y edades.
El de Bisáu debe de ser el puerto metropolitano más modesto que he visitado.
Parecía que las casas de madera que había en tierra podían derrumbarse en cualquier momento.
Por todas partes había restos de naufragios, enormes botes con grandes heridas, varios de los cuales parecía que iban a hundirse de un momento a otro.
Sin embargo, había actividad en los pecios, las cabinas estaban llenas de gente.
Vagner creía que esos restos posiblemente se utilizaban como graneros, había visto vacas y cerdos allí.
El barco que nos transportaría a las islas era una simple embarcación de madera con un techo plano y una gran bodega de carga.
Subieron a él sacos de arroz y cebollas, barras de refuerzo, cemento, cubos de plástico, latas de cerveza y de cola, botellas de agua y sillas altas.
El sol se elevaba cada vez más alto en el cielo mientras esperábamos a que el barco estuviera listo.
Lo único que sucedió durante la larga espera fue que dos policías uniformados se acercaron y exigieron ver mi pasaporte.
Eran de la Policía de Migración y registraban a todos los extranjeros que iban a las islas.
Probablemente por si no volvían, no lo sé.
Las remotas y apenas pobladas islas Bijagós son populares entre los traficantes de cocaína, y la mayoría de las drogas que entran en el país llegan a través de ese archipiélago.
Si uno se encuentra con paquetes misteriosos y abandonados, debe mirar hacia otro lado y escapar lo antes posible.
A las diez, Vagner pensó que debíamos abordar el barco y asegurarnos un hueco.
Como había marea baja, tuvimos que subir desde el borde del muelle hasta el techo y más adentro de la bodega.
Encontré un asiento libre encima de un saco de arroz y apoyé la espalda en uno grande de cebollas.
Detrás de mí había dos brasileñas parlanchinas, ambas misioneras.
Poco a poco, el barco se fue llenando de mujeres, hombres y niños, tanto en cubierta como en bodega; en cada saco de arroz había un pasajero.
Uno de los miembros de la tripulación repartió chalecos salvavidas, pero apenas alcanzaban para la mitad.
Los jóvenes pasajeros masculinos se apoderaron ansiosamente de todos y el resto nos quedamos sin.
Alrededor del mediodía, el motor arrancó y todo el bote de madera comenzó a temblar.
Entonces nos adentramos en mar abierto. Empezó a entrar agua y hubo que achicarla de vez en cuando.
Bajo mis pies, el agua salada se balanceaba de un lado a otro.
En la quilla, atrapado entre dos tablones, se movía un embrión de cerdo blanco como la tiza, de apenas unos centímetros de tamaño.
Aunque era muy pequeño, ya tenía cola, cuatro patas y hocico.
La gente se echó a dormir en todo tipo de posturas.
Encima de maletas y sacos de cebollas y en los bancos de los lados, donde los tablones estaban a punto de romperse por algunos puntos.
No fue hasta bien entrada la tarde cuando vislumbramos tierra.
Islas verdes, boscosas, planas como sapos.
Un pedazo del Caribe en la costa de África.
Pero la isla principal, Bubaque, recordaba decepcionantemente a Bisáu, solo que sin los taxis azules.
La mitad de los habitantes de Bijagós viven en esa isla, unos quince mil en total.
Niños, cerdos y gallinas paseaban por las polvorientas calles, flanqueadas por pequeñas tiendas, iglesias sencillas, algunos hoteles espartanos y una farmacia.
Vagner y yo nos alojamos en un pequeño hotel en el centro de la isla.
El establecimiento contaba con su propio bar y pista de baile, en la que la misma canción pop insípida se repitió durante toda la noche.
Los jóvenes lugareños bailaron una y otra vez al ritmo de esa canción.
El baile estaba cuidadosamente coreografiado, con pasos y movimientos ensayados, tan mecánicos como los ritmos del bajo.
Vagner se enteró de que el barco del día siguiente también salía a las nueve, así que de nuevo estuvimos en el lugar un poco antes de la hora de salida indicada y conseguimos los billetes.
Nos dirigíamos a la vecina isla de Canhabaque, que es la de mayor superficie, pero con solo unos dos mil quinientos habitantes.
El barco, un pequeño bote de madera sin techo, estaba tirado en la orilla.
La gente estaba desparramada por piedras y cubos esperando a que estuviera listo para partir.
Mientras esperábamos, el único oficial de policía de la isla se acercó a mí.
—¿Dónde está tu visado? —preguntó enojado.
Era alto y delgado, vestía botas de cuero y uniforme de cuerpo entero en el calor de la mañana.
Le entregué mi pasaporte y le mostré el visado, pero negó con la cabeza muy molesto.
No era a eso a lo que se refería, quería ver el sello con acceso a Bijagós.
Sin sello no podía ir a Canhabaque ni a ninguna de las otras islas, ni tampoco podía quedarme donde estaba, ¿por qué no tenía sello?
Vagner protestó. Ya había estado allí antes con extranjeros y nadie había pedido nunca un sello, no existía tal regla, argumentó.
Pero el oficial de policía fue inflexible.
Sin sello no había viaje en barco. Finalmente, Vagner lo acompañó a la oficina; me dijeron que me quedara sentada, que las negociaciones funcionarían mejor sin mí.
Media hora más tarde, Vagner regresó, 5000francos, unos siete euros, más pobre.
Todavía no me habían sellado el pasaporte, ni me habían dado un recibo, aunque ya estaba todo bien y me permitían subir al barco.
Pero a este no se le permitió zarpar. El oficial de policía creía que el viento era demasiado fuerte, aunque no lo había en absoluto.
No fue hasta tres horas después cuando obtuvimos el visto bueno para partir.
El pequeño bote de madera estaba cargado con todo, desde motocicletas hasta sacos de arroz y pollos.
Esa vez había suficientes chalecos salvavidas para todos, aunque de diferente calidad.
La gente se los ponía sobre la cabeza para protegerse del sol o se sentaba sobre ellos.
Más de cuarenta hombres, mujeres y niños se apiñaban en el pequeño bote; estaba tan lleno que tenían que sentarse unos encima de otros.
La embarcación estaba cubierta de agua. El conductor tiró de la cuerda con persistencia, una y otra vez, hasta que el motor cedió y comenzó a toser y a rugir.
Un puñado de hombres sacaban, litro tras litro, el agua que se acumulaba en el suelo; se filtraba por agujeros y grietas invisibles, y volvía a ser expulsada con resolución por fuertes brazos.
Si naufragábamos, quizás podría nadar hasta la orilla, razoné, pero mi pasaporte definitivamente quedaría destruido, al igual que la cámara.
No nos hundimos, pero tampoco llegamos. Un canal natural conducía al pueblo en el que deberíamos haber desembarcado, pero el barco tocó fondo ya en la entrada del canal.
Era demasiado tarde y la marea estaba baja.
Siguieron fuertes discusiones. ¿Qué íbamos a hacer?
En realidad, solo teníamos dos opciones.
O bien podíamos sentarnos al sol y esperar a que subiera la marea, cosa que no sucedería hasta la noche, o bien podíamos saltar y vadear el pueblo.
Alrededor de la mitad eligió lo segundo, incluidos Vagner y yo.
Caminamos en una larga fila, mujeres con cubos y barriles en la cabeza, un niño con una caja de huevos en la suya, Vagner hacía lo propio con nuestras dos mochilas, mientras que yo tenía suficiente conmigo misma.
El agua a menudo me llegaba hasta los hombros, pero lo peor era el barro.
El fondo cedía con cada paso que dábamos, a veces me hundía en él hasta los muslos.
A lo largo de los bancos de arena cerca de la costa, uno se hundía aún más profundamente; estábamos rodeados de arenas movedizas.
Había más de un kilómetro hasta el puerto, pero por fortuna el canal se volvió más estrecho y menos profundo tras un rato.
Al mismo tiempo, el fondo se volvió más irregular, lleno de piedras y conchas afiladas.
Solo me caí una vez; ninguno de los otros se cayó, sino que caminó penosamente tierra adentro con la carga a salvo sobre sus cabezas.
Cuando llegamos al pueblo, mis pies estaban llenos de cortes y heridas sangrantes.
Como había querido viajar lo más ligera posible, había dejado mi botiquín de primeros auxilios en Bisáu. No tenía ni una tirita en la mochila.