Los navegantes Tierra roja #3
14%

Tierra roja #3

Lo miré con asombro. No había mencionado nada sobre el hecho de que hubiera estado presente. Vagner no era de los que hablaban de sí mismos; pertenecía a ese raro tipo de personas que prefieren escuchar, así que básicamente sabía poco de él. Por la misma razón no dejaba de sorprender.

—Iba a entrevistar a un ministro —explicó—.

Cuando comenzó el tiroteo, nos encerraron en una habitación durante cuatro horas y no nos dejaron salir.

Todo era ridículo. Dispararon al aire, sin apuntar a nada.

Era obvio para todos los que estábamos allí que no se trataba de un verdadero intento de golpe de Estado.

—El presidente, entonces —empecé a decir, dándome cuenta de lo que él iba a contestar antes de que yo le hiciera la pregunta—, ¿es... eh... popular?

—¿Popular? —Vagner estuvo a punto de escupir con desprecio—. Es el peor hasta ahora. Lo tengo atravesado. Es el mayor traficante de drogas de todos. Así es como se ha hecho rico.

—¿Y qué hay del primer ministro? —intenté.

—¡¿El primer ministro?! ¡Es aún peor! —dijo Vagner a gritos.

Nunca había dicho tanto en tan poco tiempo—.

El primer ministro está vendiendo nuestro país a los chinos.

¡Nuestros políticos solo piensan en enriquecerse!

No les importa lo más mínimo el país ni la gente que vivimos aquí.

Nuestras escuelas llevan cerradas casi cuatro años, por ejemplo.

—¿Por la pandemia? —supuse, aunque no me dio tiempo a terminar la pregunta.

—No, no, los maestros están en huelga porque no se les paga y los políticos no mueven un dedo para resolver la crisis.

El conductor giró hacia una calle lateral polvorienta y se detuvo por enésima vez.

Trepamos por encima de mujeres, niños, bolsas, bolsos y gallinas y salimos al sol.

A Vagner no le gustaba llegar tarde, así que lo hicimos temprano y tuvimos tiempo de sobra para estudiar la vida callejera en esa calle casi sin coches.

Pequeños grupos de mujeres pasaron junto a nosotros.

Algunas vestían túnicas negras hasta los pies, incluso sus rostros y manos estaban cubiertos.

Era común ver mujeres con velo caminando al lado de amigas que llevaban vestidos cortos con un escote pronunciado.

La población de Guinea-Bisáu es pequeña, poco más de dos millones, pero la diversidad es grande.

Un poco menos de la mitad son musulmanes y alrededor de una quinta parte son cristianos, principalmente católicos.

Casi un tercio practica varias religiones tradicionales, y en total son más de treinta grupos étnicos diferentes los que viven en el país.

Vagner pertenecía a los manjaco, uno de los más numerosos.

La mayoría de ellos son cristianos, y Vagner lo era.

Le pregunté si podía decir a qué grupos étnicos pertenecían las mujeres que pasaban junto a nosotros.

—Desde luego. Ella, por ejemplo, es fulani.

—Señaló a una mujer con un gran chal gris sobre la cabeza y una falda larga de color púrpura—.

Ella es manjaca y cristiana. —Señaló a su amiga, que llevaba una minifalda y un top brillante—.

Y ella es balanta. —Hizo un gesto con la cabeza hacia una mujer con trenzas largas y gruesas que venía caminando con un niño en brazos.

El general de brigada Fodé Cassama pertenecía a la pequeña etnia de los biafada, integrada por unas sesenta mil personas en total y presente solo en Guinea-Bisáu.

Tienen su propio idioma y la mayoría son musulmanes suníes, incluido Fodé, que era alto y delgado e iba vestido con una túnica gris y pantalones a juego.

Nos saludó formalmente y nos invitó a pasar al salón de la sencilla casa en la que vivía.

En el patio trasero no se podía hablar, afirmó, porque estaba lleno de mujeres y niños, todos ellos parientes suyos.

Le dije que me gustaría escuchar la historia de su vida.

No necesité decir más. De una manera pedagógica y detallada, el general de brigada retirado me acompañó a lo largo de su impresionante biografía, de todo su currículum.

Ni una sola vez tuvo que detenerse a pensar.

Hablaba francés con fluidez, ya que creció al otro lado de la frontera con Senegal.

A veces los recuerdos lo hacían sonreír, y entonces su serio y severo rostro cambiaba.

Le faltaban algunos dientes en la mandíbula superior; cuando sonreía parecía un niño.

—Nací en 1953 —comenzó—. Tenía seis hermanos y cuatro hermanas, pero crecí con mi tío. Es una tradición africana.

Tras la escuela primaria se formó como electricista.

Su tío era uno de los dirigentes del PAIGC en Senegal.

En 1970 preguntó a su sobrino si quería participar en la lucha.

«Sí», respondió el joven, de diecisiete años, sin dudarlo.

Su tío lo llevó a la base principal de Conakri, donde recibió formación militar y política.

Fodé ascendió con rapidez en el escalafón y aprendió a usar artillería pesada.

Después de dos años, junto con un grupo de otros veintitrés artilleros, fue enviado a la Unión Soviética, a la península de Crimea, para recibir entrenamiento especial.

Siguiendo la tradición, fueron recibidos personalmente por Cabral el día antes de su partida.

—Nos dijo que íbamos a la Unión Soviética, pero no quiso decir qué íbamos a hacer allí —recordó Fodé—. «El PAIGC os espera.» Eso fue todo lo que quiso decir. «Toda Guinea-Bisáu os espera. Sois mi grupo.» Tres veces repitió que éramos su grupo.

En Crimea, Fodé recibió entrenamiento en el uso del Strela-2, un cañón antiaéreo portátil, una de las armas más avanzadas de la Unión Soviética. Sin embargo, lo que más impresionó a Fodé, de diecinueve años, fue el clima.

—¡Imagínese ir de Guinea-Bisáu a Crimea en noviembre! —Tiritó al recordarlo—. ¡Hacía mucho frío! Después de tres semanas de teoría tuvimos que subir a la montaña. Practicábamos al aire libre todos los días desde las ocho de la mañana hasta las cinco de la tarde.

Un frío día de enero, cuando bajaron del ejercicio en las montañas, se enteraron de que Cabral había sido asesinado.

—Nuestro comandante nos ordenó terminar el ejercicio por la tarde. Porque los revolucionarios no lloran.

A principios de marzo de 1973, los artilleros fueron enviados de vuelta a Conakri.

Veinte días después de regresar a casa, Fodé derribó el primer avión portugués.

Al poco, los pilotos portugueses se negaron a volar.

La guerra había dado un giro y Fodé fue nombrado comandante a los diecinueve años.

Muchos de los guerrilleros protestaron por tener que recibir órdenes de un mocoso como él, hasta que se enteraron de que había derribado un avión.

—Entonces todo se volvió más fácil. —Fodé sonrió y aparecieron sus desdentadas encías—.

O más bien fácil. Una vez tuvimos que caminar hasta un pueblo en el extremo oriental del país.

Eran casi setenta kilómetros, y el armamento y todo el equipo pesaban 19 kilos.

Además, yo tenía que llevar cinco litros de agua, porque no había ríos cerca.

Los demás tenían menos que cargar, pero yo tenía que hacerlo.

Y lo consiguió. Esa vez y todas las demás. Golpe tras golpe. Recordaba cada uno de ellos con detalle y podía decir el número exacto de soldados, quiénes habían estado dónde y habían hecho qué, qué armas tenían, cuántos misiles habían disparado y de qué tipo eran; lo recordaba todo.

Después de la guerra, Fodé continuó su carrera militar.

Primero en Cabo Verde, donde se encargó de que los portugueses abandonaran el país.

En la década de 1980 estudió en la Academia Militar Soviética de Odesa.

Unos años más tarde se trasladó a Portugal para continuar sus estudios en la Academia Militar Portuguesa.

—Me trataron bien en Portugal, pero siempre me cuidé de decir quién era —confesó—.

El piloto al que derribé tenía tres hijos, dos niños y una niña.

Un ejército es enemigo mientras dura la guerra, pero, una vez que las negociaciones de paz han terminado, es amigo.

Siempre es la política la que está detrás de la guerra.

Cuando la política se resuelve, ya no se es enemigo.

Fodé continuó sus estudios en China y tuvo una carrera militar internacional, pero siempre al servicio de la paz, subrayó. Participó en operaciones especiales de las Naciones Unidas en los países africanos más conflictivos. En 1994, durante el genocidio de Ruanda, estaba en la capital, Kigali.

—Fue terrible —dijo en voz baja—. No dormí mucho en esa época.

En casa también había disturbios. La euforia tras la victoria sobre los portugueses se calmó rápidamente.

Ya en 1980 se produjo el primer golpe militar.

El presidente, Luís Cabral, hermanastro de Amílcar Cabral, fue depuesto y encarcelado por su propio primer ministro, João Bernardo Vieira.

Los hermanos Cabral, de padres caboverdianos, siempre habían trabajado para unir Cabo Verde y Guinea-Bisáu.

En el momento en que Luís Cabral también estaba fuera de acción, esa ambición murió en todo menos en el nombre del partido.

El presidente depuesto estuvo cautivo durante trece meses y luego fue enviado al exilio en Cuba.

Después de unos años se trasladó a Portugal, donde vivió con su familia hasta su muerte, en 2009.

João Bernardo Vieira se consideraba un regalo de Dios para su patria y permaneció como presidente durante diecinueve años.

En el transcurso de la guerra civil de finales de la década de 1990, finalmente se vio obligado a dimitir.

La guerra estalló en la primavera de 1998, después de que Vieira despidiera al jefe del Estado Mayor.

Los partidarios de este se volvieron contra el presidente y el Gobierno, y se produjo una breve pero sangrienta guerra civil.

Varios cientos de miles de personas se vieron obligadas a huir durante los caóticos meses que duró.

—Intenté que los partidos depusieran las armas, pero el presidente y su gente no me escucharon —dijo Fodé—.

En 1999, al final me rendí y me fui, pero primero me aseguré de enviar a las fuerzas del otro lado en la dirección equivocada para que el presidente tuviera la oportunidad de escapar. Se fue a Portugal.

En 2005, Vieira regresó de su exilio en Portugal y fue reelegido presidente.

Durante su último mandato presidencial, el país pasó de ser un Estado pobre y fallido con una vida política desordenada a convertirse en el primer narco-Estado de África.

Durante esos años, los cárteles colombianos de la cocaína abrieron de verdad los ojos al pequeño y empobrecido país.

Guinea-Bisáu tiene una situación estratégica, muy al oeste de la costa africana, y apenas tenía policía, un país de tránsito perfecto en la ruta ilegal de Sudamérica a Europa.

Oficialmente, la principal fuente de ingresos de Guinea-Bisáu son los anacardos, pero en realidad es el contrabando de cocaína.

Vieira vivía de manera peligrosa. En 2009, su archienemigo, el nuevo jefe del Estado Mayor, fue eliminado con una bomba en el cuartel general.

Unas horas más tarde, el propio Vieira fue asesinado por soldados cuando intentaba huir de su casa.

Un desilusionado Fodé abandonó la carrera militar e internacional y se convirtió en ministro de los Veteranos de Guinea-Bisáu.

Unos años después, en medio de las elecciones presidenciales de 2012, el pequeño país vivió otro golpe de Estado. Fodé fue arrestado y torturado por los golpistas.

—Temían un contragolpe, y yo trabajaba para las autoridades, así que se me llevaron —explicó Fodé con naturalidad, sin dar mucha importancia a los malos tratos que casi acabaron con él—.

Escapé con vida, por fortuna, y pude evacuar a mi esposa y a cinco de nuestros hijos a Oporto, Portugal.

Todavía viven allí. ¡Una de mis hijas juega al fútbol de alto nivel allí!

Él no disfrutó de su paso por Oporto. En cuanto fue razonablemente seguro, regresó a casa.

—Me gusta mi vida africana. En Portugal todo el mundo estaba muy ocupado. Mi esposa y mis hijos estaban en el trabajo. Me sentaba solo en casa y veía la televisión.

—¿Cómo cree que le irá a Guinea-Bisáu en el futuro? —le pregunté al final.

—Probablemente el país estará bien —respondió Fodé con brevedad.

Permaneció en silencio durante un buen rato—.

Pero no creo que llegue a experimentar la paz que quiero —concluyó—.

Ha pasado mucho tiempo desde que dejé de creer en la guerra.

Durante las guerras las familias mueren.

Si una familia ha perdido a un miembro, siempre odiará a la familia de la que proviene el asesino.

Es un círculo vicioso. Creo en el diálogo, la gente necesita hablar entre sí.

Intentamos llegar a una solución pacífica también con Portugal, pero Cabral nunca recibió respuesta a las cartas que envió.

Durante mucho tiempo lo intentamos por medios no violentos, pero después de la masacre de 1959 nos dimos cuenta de que la lucha era, por desgracia, la única solución.

El 3 de agosto de 1959, los trabajadores portuarios de Bisáu se declararon en huelga.

Cuando las negociaciones se estancaron, el capitán del puerto portugués llamó a la Policía Militar.

Los trabajadores se atrincheraron en el lugar, armados con remos y arpones.

La policía comenzó a disparar contra los huelguistas.

Nadie sabe con exactitud cuántas personas murieron esa tarde.

Actualmente, el 3 de agosto es festivo en Guinea-Bisáu.

—Los jóvenes no saben lo que nos ha costado la libertad. Caminamos por el monte con bayonetas, nos abrimos paso metro a metro.

Nueve combatientes de la resistencia recibieron la Medalla Amílcar Cabral por sus heroicos y valientes esfuerzos después de la guerra. Fodé fue uno de ellos.

—Ahora solo quedamos tres. —El general de brigada sonrió melancólicamente y de repente pareció viejo—. Es difícil para mí cada vez que muere un veterano. Una biblioteca entera arde con ellos y desaparece para siempre.