Tierra roja #2
Un joven periodista, Vagner Barbosa, me ayudó en Guinea-Bisáu.
Tenía veintisiete años, pelo corto y encrespado y hombros anchos.
Había dejado de lado sus esperanzas de desarrollar una carrera en el fútbol, en ese momento su sueño de convertirse en documentalista pesaba más.
No hablaba si no era necesario y rara vez sonreía, pero al mismo tiempo era terco, perseverante, servicial y confiable.
Sin él difícilmente habría conseguido una sola cita para una entrevista.
Vagner también tuvo dificultades. Todas las personas a las que llamaba estaban ocupadas y no tendrían tiempo para reunirse conmigo hasta dentro de varios meses, cuando el congreso del partido ya hubiera pasado, o estaban tan ocupadas que ni siquiera contestaban al teléfono.
La gente de Guinea-Bisáu es la más ocupada que he conocido jamás, especialmente los veteranos del PAIGC, el Partido Africano para la Independencia de Guinea y Cabo Verde.
(Mientras que, en Cabo Verde, Guinea ha sido eliminada del nombre del partido, en Guinea-Bisáu se ha mantenido el nombre original, quizás por razones nostálgicas, quizás como expresión de la esperanza de que algún día ambos países se unan.)
Vagner sugirió que fuéramos a la sede del PAIGC y viéramos si podíamos encontrar a alguien que tuviera tiempo para hablar con nosotros.
La oficina central estaba ubicada cerca del palacio presidencial.
De hecho, casi todo estaba cerca del palacio presidencial.
Bisáu debe de ser una de las capitales más modestas del mundo.
Las casas eran bajas y sin pretensiones, la mayoría de los edificios datan de la época colonial y no parecían haber sido conservados desde entonces.
Las calles estaban cubiertas de tierra roja y una nube de polvo se cernía sobre la ciudad, de modo que esta parecía estar envuelta en una eterna bruma enrojecida.
En los bordes de las zanjas cercanas al palacio presidencial pastaban pequeños rebaños de cabras.
Aquí y allá, dispersas por las aceras, las mujeres se sentaban con pequeños montones de verduras ante sí, pero casi siempre de solo una verdura, y en su mayoría eran pilas muy pequeñas, a menudo de solo tres o cuatro tomates o dos o tres cebollas.
A pesar de que la mayor parte de la gente es pobre (Guinea-Bisáu es uno de los países más pobres del mundo), las mujeres de la capital iban vestidas como si fueran a una fiesta.
Algunas llevaban vestidos largos hasta el suelo o una falda cruzada tejida tradicional, otras vestían vaqueros y una blusa corta, siempre de colores brillantes y llamativos.
Había peinados con todo tipo de variantes, con y sin trenzas, pero eran casi sin excepción pequeñas obras de arte, con frecuencia rematadas con una diadema o un pañuelo que combinaban con el atuendo.
El PAIGC estaba situado en uno de los edificios más grandes de todo el país.
Había mucha gente allí, y todos parecían muy ocupados.
Recorrimos los pasillos. Vagner trató de persuadir a todos los que conocimos para que hablaran conmigo; no aceptaba un «no» sin motivos, pero tampoco le dijeron que sí.
«Tal vez mañana, ahora no.» En el sótano tuvimos suerte y nos topamos con un hombre hablador que resultó ser estadounidense, Imani Na Umoja.
De hecho, él también estaba ocupado; se suponía que debía enseñar ideología política a un grupo de chicos, pero tuvieron que esperarse.
Imani vestía una túnica ancha y estampada.
En la cabeza llevaba un gorro de punto azul y blanco, similar al que siempre usó el padre del partido, Amílcar Cabral.
Sesenta años antes, Imani había visto la luz en San Luis, Misuri.
Era afrodescendiente: sus bisabuelos fueron todos esclavos.
Tan pronto como terminó sus estudios de derecho, ciencias sociales, administración pública y bioquímica, se fue a África.
La elección recayó en Guinea-Bisáu. No porque sus antepasados fueran de allí, sino porque había llegado a la conclusión de que allí, entre los discípulos de Amílcar Cabral, podría servir mejor a la humanidad.
—Sueño con un África unida y socialista —dijo Imani, y siguió con una larga conferencia sobre las raíces del panafricanismo. Los jóvenes discípulos escuchaban con devoción, aunque no entendían el inglés.
Cuando terminó, le pregunté cómo había sido ir de Estados Unidos a uno de los países más pobres de África en la década de 1980. «Debió de haber sido una gran transición», agregué con tono capcioso.
—No, en absoluto, la transición de Estados Unidos a Bisáu no fue tan grande —afirmó Imani—.
Pero la gente es más amable aquí. Si un hombre se emborracha y se queda dormido en la calle, la gente lo deja en paz.
O tal vez lo llevan a su casa y lo dejan dormir la mona.
En Estados Unidos y el mundo occidental las cosas van en la dirección equivocada.
Estados Unidos se está convirtiendo en un país en desarrollo.
Aquí construimos hospitales y universidades. En Estados Unidos se están cerrando.
—Guinea-Bisáu no es precisamente un ejemplo —objeté.
—No, va despacio, es verdad —admitió Imani—. Todavía tenemos un largo camino por recorrer. Y en este momento las cosas van peor de lo que han ido durante mucho tiempo. Tomemos, por ejemplo, el supuesto intento de golpe de Estado de la semana pasada.
—¿El «supuesto»?
—Sí, sin duda fue una puesta en escena, of course, eso es lo que todo el mundo entiende aquí. Hay que decir que el caso no se ha investigado a fondo, pero hasta ahora hay muchas cosas que parecen extrañas. Muchísimas.
Hizo una pausa y se inclinó hacia mí.
—Por ejemplo, el ejército está cerca. ¿Por qué no intervino?
El cuartel general de la Armada se encuentra a poca distancia del palacio presidencial, a solo tres kilómetros.
Tampoco intervino, a pesar de que los golpistas estuvieron disparando dentro del palacio durante cuatro o cinco horas.
Otra cosa extraña es que el Gobierno de repente tuvo una reunión un martes.
Por lo general se reúnen los jueves. ¿Y a quién mataron?
¡Solo a guardias de seguridad! Y a uno de los golpistas.
Todos los demás escaparon. No se mató a ningún ministro, ni tampoco al presidente o al primer ministro.
Después, el presidente parecía casi alegre.
No se comportó como alguien que acababa de estar en peligro de muerte.
Al igual que Cabo Verde, Guinea-Bisáu puso en práctica un sistema unipartidista en la etapa posterior a su independencia de Portugal, siendo el PAIGC el único partido legal del país.
En 1994 se legalizaron varios partidos, pero, a excepción de un periodo alrededor del cambio de milenio que se caracterizó por la guerra civil y los intentos de golpe de Estado, el PAIGC ha dominado el Parlamento y ha ocupado en gran medida la presidencia.
En los últimos años, sin embargo, un exmiembro del partido ha gobernado el país.
En las elecciones de 2019, Umaro Sissoco Embaló fue elegido presidente.
El año anterior había dimitido del partido matriz y fundado el suyo propio, Madem G15, que estaba formado por quince miembros descontentos del PAIGC.
En la segunda vuelta, Embaló obtuvo el 53 % de los votos.
Su oponente fue Domingos Simões Pereira, líder del PAIGC.
Resultó ser un mal perdedor. Impugnó los resultados de las elecciones y quiso acudir a los tribunales, pero antes de que el Parlamento o el Tribunal Supremo tuvieran tiempo de pronunciarse, Embaló ya había organizado una ceremonia de toma de posesión en un hotel de Bisáu.
El autoproclamado presidente no era particularmente apreciado en el PAIGC. Imani, sin embargo, vivía con la esperanza de que el partido recuperara pronto la presidencia y que a ello siguiera una revolución socialista mundial.
—Según Amílcar Cabral, solo alcanzaremos nuestra meta cuando el pueblo controle los medios de producción —proclamó—. ¡Y aún no hemos llegado a ese punto!
Señalé que las flechas no iban exactamente en la dirección correcta.
Después de la caída de la Unión Soviética, el proyecto era como una pipa que se estaba apagando.
Imani no estaba de acuerdo. Se refirió a países como Venezuela, Cuba, China y Corea del Norte.
Cuando le dije que había estado en Corea del Norte, se le iluminó el rostro.
Él nunca había estado allí, pero siempre había soñado con ir.
—Es un lugar horrible —dije—. Todo el país es como una gran prisión.
El rostro de Imani se cerró.
—Antes cooperábamos mucho con Corea del Norte, pero eso terminó cuando introdujimos un sistema multipartidista —explicó—. Ahí es cuando comenzaron nuestros problemas, ahora que lo pienso.
—¿No cree usted en la democracia?
—¡Sí, sí, estoy absolutamente a favor de la democracia!
—aseguró Imani—. Pero el sistema de partido único es mejor.
La verdadera democracia significa que cada persona puede decidir por sí misma, que todos y cada uno de los individuos han despertado.
Cuando llegue el socialismo ni siquiera habrá necesidad de un Estado. El pueblo decidirá por sí mismo.
Los representantes de la nueva generación se volvieron impacientes. Me di cuenta de que era hora de irme y le agradecí la charla. Los chicos sacaron bolígrafo y papel y miraron fijamente al profesor.
—¡El neocolonialismo es la última etapa del camino hacia el socialismo! —gritó Imani. Luego se puso a hablar en criollo y continuó con la lección del día para la siguiente generación de revolucionarios.
El minibús se detenía todo el tiempo. La gente iba de un lado a otro mientras nos abríamos paso a través de la pavimentada calle principal. Dentro de aquel cacharro probablemente estábamos a cincuenta grados.
—Cree que el golpe fue organizado por el presidente —señalé.
—Por supuesto que fue una puesta en escena —resopló Vagner—. ¡Yo estuve allí!