Tierra roja
Tierra roja
A través de la pequeña ventanilla del avión vislumbré una jungla plana como un sapo y una tierra roja como el óxido.
El piloto, que había sido parco en palabras, cosa inusual, murmuró algo acerca de que aterrizaríamos dentro de unos minutos.
Por mí, el viaje en el aire podría haber durado fácilmente varios días; no tenía el menor deseo de abandonar la carcasa protectora del fuselaje.
Todos los vuelos son similares, los procedimientos son repetitivos hasta el aburrimiento, todo se repite con solo ligeras variaciones locales; son seguros y familiares.
En el caso de Guinea-Bisáu ocurrió justo lo contrario.
No sabía nada del país en el que iba a pasar las siguientes semanas.
En la guía de África occidental de Lonely Planet, Guinea-Bisáu ocupa doce paginillas; solo a Níger, que los autores desaconsejan encarecidamente visitar, se le dedica menos espacio.
No existen otras guías turísticas sobre Guinea-Bisáu.
En una librería en línea había encontrado un par de libros sobre la guerra de independencia y una colección de artículos científicos publicados con el ominoso título de Guinea-Bisáu. De microestado a «narcoestado» .
Pocos han oído hablar de Guinea-Bisáu, y aún menos pueden situarla en el mapa, pero solo unos días antes el país había sido noticia de manera excepcional en los medios de comunicación internacionales.
El motivo era el de siempre: intento de golpe de Estado.
Un grupo de hombres armados habían irrumpido en el palacio presidencial disparando.
Según los informes, once personas habían muerto en el conato de golpe, que formaba parte de una larga serie de atentados.
Esa vez el intento había fracasado, pero hasta cuatro veces antes los golpistas habían triunfado.
Hasta ahora, solo un presidente ha cumplido todo el mandato.
Guinea-Bisáu dejó rápidamente de acaparar la atención de los medios de comunicación.
El intento de golpe se había frustrado, y el presidente se sintió tan seguro, o inseguro, como antes.
En otras palabras, la situación había vuelto a la normalidad, signifique lo que eso signifique en un país donde la crisis y el estado de emergencia son parte de la vida cotidiana.
Las azafatas dieron una última vuelta por la cabina, y a través de la ventanilla alcancé a vislumbrar cobertizos derrumbados, techos de hojalata y un mar plateado.
Entonces las ruedas tocaron el suelo, y ya solo quedaba la última rutina: esperar de pie en el pasillo.
Una pared de aire cálido y húmedo me golpeó al salir del avión.
A la entrada de la sala de llegadas, personal sanitario con equipos completos de control de infecciones inspeccionó los resultados de las pruebas PCR y midió la temperatura de los pasajeros.
Todos pasaron. Presenté el visado electrónico y me sellaron el pasaporte; todo había transcurrido de una manera ejemplar, casi milagrosa.
De camino a la cinta transportadora de equipajes, un empleado uniformado me detuvo y me llevó a una estrecha oficina, donde cuatro enormes sillones ocupaban la mayor parte del espacio.
Había otros tres extranjeros de pie delante del mostrador.
Una mujer adulta hojeó pensativamente sus pasaportes.
A su lado había un hombre con extremidades infantiles contando billetes.
—Son ochenta y cinco euros —dijo en portugués.
—Ya he pagado —expliqué—. Tengo un visado electrónico.
—Imposible —respondió el hombrecillo—. Dejamos de usarlos hace tres años.
Le entregué la copia impresa. La examinó con cuidado, se rascó la cabeza y le pasó el papel a la autoritaria mujer. Esta, después de analizar con detenimiento el comprobante, llamó a un tercer hombre, un veterano del servicio alto y con el pelo gris y encrespado, que estudió a fondo el visado.
—Nunca he visto un visado como este, y realmente no sé qué significa, así que es probable que tengas que pagar —concluyó.
—Pero yo ya he pagado por todo —objeté.
—Es mejor que te quejes después ante la instancia adecuada y te reembolsen el dinero.
—¿Cuál es la instancia adecuada? —pregunté peleona.
—No lo sé —admitió—. Tienes que pagar de todos modos.
Uno de los extranjeros, un hombre mayor con el pelo blanco y salvaje, vestido de caqui de la cabeza a los pies, intervino en la discusión. Le entregué la copia impresa, ya bastante arrugada. La miró rápidamente.
—Tienes un visado para el país equivocado —afirmó—. Tienes un visado para Guinea. Esto es Guinea-Bisáu.
Es cierto que me pareció un poco extraño que el enlace para el visado electrónico para Guinea-Bisáu me redirigiera a un formulario de solicitud para la República de Guinea, pero tenía prisa y pensé que probablemente utilizaban el nombre abreviado en ciertos contextos.
Además, recibí el visado, a pesar de haber presentado documentación de billetes de avión y reservas de hotel en Bisáu, la capital de Guinea-Bisáu, el país vecino de Guinea.
Mientras que Guinea-Bisáu solía llamarse Guinea portuguesa por haber sido una colonia portuguesa, el país que hoy se llama simplemente Guinea, sin ningún prefijo ni sufijo, se conocía como Guinea francesa, ya que había sido una colonia francesa.
Hoy en día, a Guinea la suelen llamar Guinea-Conakri, por su capital, para evitar confusiones con la vecina Guinea-Bisáu, pero de todos modos las debí de confundir.
Los filólogos no se ponen de acuerdo sobre el origen de la palabra «guinea».
Algunos creen que proviene del término tuareg aginaw, que significa «persona negra», otros creen que se origina en la ciudad comercial de Djenné, que se encuentra en el actual Mali.
Los portugueses usaron la palabra guiné para designar la zona cuando a mediados del siglo XV llegaron a ella navegando: «Y la gente de esta tierra verde es toda negra, y por eso se llama la tierra de los negros o la tierra de Guiné», escribe Zurara, el cronista de la corte.
Con el tiempo, el nombre se utilizó para referirse a grandes partes de la costa oeste de África, también por parte de otros europeos.
Guinea era conocida por sus yacimientos de oro y, por lo tanto, también daba nombre a la moneda de oro británica.
A mediados del siglo XVI , un explorador español desembarcó en una isla al norte de Australia.
Pensó que los isleños eran tan similares a la gente de África occidental que llamó a la isla Nueva Guinea.
También hay una cuarta Guinea, situada entre Camerún y Gabón, en la cabecera del golfo de Guinea: Guinea Ecuatorial, antes conocida como Guinea española.
Los portugueses también fueron los primeros en establecerse allí.
Hicieron algunos intentos de implantar la producción de azúcar en un par de islas frente a la costa, sin mucho éxito.
En 1778, Portugal otorgó a España esas islas, así como derechos comerciales en el continente, a cambio de grandes zonas de lo que hoy es el sur de Brasil.
En otras palabras, todo estaba preparado para una confusión total, pero gracias al hombre de caqui se resolvió el misterio del visado electrónico. Avergonzada, busqué dinero para pagar un visado de turista, que obtuve sin más preámbulos. ¿Y si no hubiera sido posible obtener un visado a la llegada?
El trayecto hasta el hotel duró más de media hora, pese a que estaba a pocos kilómetros del aeropuerto.
—Solo tenemos una calle pavimentada —explicó el conductor en un francés fluido—. Es por eso por lo que el tráfico está completamente paralizado.
El tráfico lo constituían casi en su totalidad taxis azules y minibuses cansados, abollados y abarrotados.
Nadie se movía de su sitio. En las aceras, en cambio, había ambiente.
Mujeres con vestidos coloridos sentadas con montones de artículos cuidadosamente apilados ante sí: tomates, cebollas, zanahorias.
Jóvenes que deambulaban con toda la tienda colgada del hombro: cables de carga, fundas de teléfonos móviles, mascarillas, agua potable en pequeñas bolsas de plástico.
Para pasar el tiempo le conté al conductor el problema con mi visado.
—¿Guinea-Conakri? —repitió con interés—. ¿Tienes visado para ir allí? Es precioso. Mucho más bonito que esto.
Nos movimos unos metros y le dije que acababa de llegar de Cabo Verde.
—Cabo Verde —dijo el conductor ensimismado—. Es precioso. Mucho más bonito que esto.
—¿En qué otros países has estado? —pregunté.
—No he ido a muchos lugares, pero he estado en Mali.
—¿Cómo es?
—¡Oh, es precioso! Mucho más bonito que esto.
El tráfico se disolvió un poco. Detrás de nosotros, los taxis tocaban la bocina con impaciencia.
Le pregunté sobre el intento de golpe, si había estado en la ciudad mientras ocurría.
— Oui, oui, estaba cerca —respondió—. Hubo muchos disparos. Los oí todos. Pero ahora todo vuelve a la calma, relájate. Los intentos de golpe de Estado son una especie de tradición aquí. Estamos acostumbrados.
El concurrido mercado había quedado atrás, y el camino se extendía recto y casi desierto frente a nosotros. Unos minutos más tarde giramos hacia el hotel.
—Dijiste que eras de Noruega, ¿verdad?
Asentí con la cabeza.
—Tengo un amigo que vive allí. Está casado con una noruega. Dice que es precioso. Mucho más bonito que esto.
Me registré, subí a mi habitación e inmediatamente me sentí abrumada por los dolores de estómago. Los siguientes dos días los pasé a poca distancia de la taza del inodoro.
Un último saludo desde Cabo Verde.