Los navegantes Atlántico Norte. Oro negro #2
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Atlántico Norte. Oro negro #2

Al año siguiente, en 1445, los portugueses establecieron el primer puesto comercial permanente en África, una llamada feitoria, una factoría, en la isla de Arguin, frente a la costa de Mauritania.

Las siguientes expediciones esclavistas se encontraron con una gran resistencia por parte de la población local, y varios capitanes portugueses fueron asesinados.

En 1448, Enrique ordenó el fin de las redadas de esclavos.

En lo sucesivo, estos debían comprarse, no robarse, una forma mucho más segura, y en muchos sentidos más fácil, de adquirirlos.

La gente que los portugueses encontraron a lo largo de la costa africana no desconocía el comercio de esclavos, y los caballos, en particular, eran populares como medio de intercambio.

Un buen caballo podía intercambiarse por hasta catorce esclavos.

Hacia el sur, los barcos portugueses iban cargados de caballos aterrorizados y chillones; hacia el norte, las mismas bodegas estaban llenas de gente aterrorizada y llorosa.

A mediados de la década de 1450, entre ochocientos y mil esclavos eran enviados a Portugal cada año desde el puesto comercial de Arguin con la bendición del papa.

Una serie de bulas papales emitidas durante ese periodo aseguraron el monopolio de Portugal sobre el comercio, la navegación y el proselitismo desde el cabo Bojador hasta Guinea, e incluso más allá, ad ultram, «hacia lo desconocido», porque nadie sabía dónde terminaba África.

1 Las bulas dieron a los portugueses el derecho a «conquistar, perseguir, capturar, derrotar y someter a todos los sarracenos y a toda clase de paganos, así como a otros enemigos de Cristo, dondequiera que estén, y a todos los reinos, ducados, principados, feudos y estamentos con todos los bienes muebles e inmuebles que posean, y a degradar sus personas a la esclavitud eterna». 2

Los registros de Zurara terminan en 1448, pero los viajes de descubrimiento no habían hecho más que empezar. Las carabelas portuguesas continuaron avanzando con dificultad hacia el sur.

Uno de los pocos relatos contemporáneos de esas primeras expediciones es el del veneciano Alvise Cadamosto.

Los relatos se publicaron por primera vez en italiano en 1507, veinticinco años después de la muerte del autor.

Mientras que Zurara se preocupa más por las hazañas heroicas de los portugueses y por retratar al príncipe Enrique de la mejor manera posible, Cadamosto es un curioso viajero mercante y una entretenida fuente de información.

Como buen italiano, y por lo tanto auténtico entusiasta de la gastronomía, siempre está dispuesto a probar nuevos platos, que van desde tortugas gigantes («no menos buenas que la ternera, sabrosas y fragantes») hasta carne de elefante («no la mejor»), y describe sus encuentros con la población local con una mente abierta y más o menos libre de prejuicios.

3 A diferencia de Zurara, quien sin cesar enfatiza la preocupación de Enrique por salvar almas, probablemente en un intento de impresionar al papa, Cadamosto nunca oculta que busca sobre todo aventuras y riquezas, a ser posible oro.

Cadamosto participó en dos expediciones al servicio de Enrique el Navegante.

El joven, de veintidós años, se dirigía a Flandes en busca de trabajo cuando su barco tuvo que buscar refugio en el cabo de San Vicente, el punto más al suroeste de Portugal.

Enrique tenía una de sus residencias cerca, en el pueblo de Raposeira.

El príncipe reclutó al joven veneciano y le consiguió una carabela nueva.

Las carabelas portuguesas son «los mejores veleros que existen, porque están equipadas con todo lo necesario para la navegación», señala Cadamosto en su diario de viaje.

Sin ellas difícilmente habría existido un Imperio portugués.

La carabela se desarrolló en la península ibérica en el siglo XIII , primero como barco de pesca oceánica.

Las embarcaciones tenían un espejo de popa alto y plano y velas latinas triangulares, y no se hundían demasiado en el agua.

Las carabelas portuguesas eran ampliamente conocidas por ser los barcos más ágiles y rápidos de su época, y en el siglo XV se perfeccionaron aún más para que fueran más adecuadas para expediciones largas.

El casco se hizo más delgado, tenía una bodega de carga cerrada y hasta cuatro mástiles.

A lo largo del siglo XV se desarrollaron las llamadas caravelas redondas, con velas más avanzadas.

Estaban equipadas con una vela cuadrada en la proa, además de con las velas latinas triangulares en la popa, para que también pudieran navegar contra el viento.

Según los mitos que rodean a Enrique, la carabela se perfeccionó en su escuela marítima de Sagres, aquella que apenas existía.

Ni siquiera se sabe con certeza si el propio Enrique llegó a poner un pie a bordo de una carabela, pero sin duda comprendió su valor y financió una serie de expediciones de carabelas, incluida la de Cadamosto.

Los dos debieron de compartir las ganancias a partes iguales.

Enrique solía contratar a jóvenes marineros como Cadamosto.

Eran físicamente fuertes, enérgicos y aventureros, y también menos prejuiciosos y supersticiosos que la vieja guardia.

El hecho de que Cadamosto fuera veneciano también jugaba a su favor, ya que los venecianos eran conocidos como buenos marineros.

Cadamosto se convirtió en el primer italiano en navegar al sur del cabo Bojador, pero no fue el último: muchos venecianos y genoveses harían carrera en las carabelas portuguesas en los años posteriores.

La primera expedición, en 1455, pasó por Madeira y las islas Canarias hasta la costa del actual Senegal.

Cadamosto tampoco dedicó muchas líneas al viaje en sí, estaba más preocupado por todas las cosas exóticas y emocionantes que experimentó en tierra.

Anclaron a poca distancia al sur del río Senegal.

Cadamosto fue invitado de inmediato a saludar al rey local, a quien llama Budomel.

El rey le dio una cálida bienvenida y encargó a su sobrino, Bisboror, que cuidara de ese huésped que había llegado de tan lejos.

El veneciano permaneció en la aldea de Bisboror durante más o menos un mes y observó con fascinación la vida cotidiana a su alrededor.

Nadie llevaba una vida particularmente lujosa, pero el rey siempre estaba rodeado de al menos doscientas personas y se le mostraba el máximo respeto.

Además de sus cuidadoras, tenía ocho o nueve esposas, y estas a su vez tenían cinco o seis sirvientas cada una.

Budomel era libre de acostarse con todas ellas, tanto con las esposas como con las sirvientas.

«Así, el señor cambia de pasto todas las noches», señala Cadamosto.

«Esos hombres y mujeres negros son muy lujuriosos.

Una de las preguntas que Budomel me hizo con mayor urgencia fue si nosotros, siendo tan eruditos, conocíamos algunos secretos que pudieran aumentar su lujuria y así satisfacer sin cesar a sus numerosas mujeres, secretos por los que me recompensaría abundantemente. »

Durante su estancia, Cadamosto visitó varias veces el mercado local.

El veneciano no estaba muy impresionado con los productos que se ofrecían: algodón en bruto, aceite, verduras y otros alimentos, siempre en pequeñas cantidades.

Sin duda, la gente de allí era pobre. Por otro lado, el joven aventurero se dejó seducir por las mujeres del lugar, que estaban «muy alegres y contentas y les gustaba cantar y bailar, sobre todo a las jóvenes; pero solo bailan de noche, a la luz de la luna».

Y añadía, sin dar más detalles: «Sus bailes son muy diferentes a los nuestros».

Durante su estancia en el pueblo, Cadamosto también desarrolló un gusto por el vino de palma, que pensó que era «más sabroso» que el suyo.

Después de unas agradables semanas juntos en la aldea de Bisboror, Cadamosto y su séquito se dirigieron al sur, hacia Gambia, donde esperaban encontrar oro.

Cuando llegaron a un río que creían que estaba en Gambia, enviaron a un intérprete a tierra para que se presentara y sondeara el ambiente.

La pobre criatura fue literalmente masacrada por los lugareños.

Cadamosto se dio cuenta de que lo más seguro era seguir adelante, pero ni siquiera en el siguiente estuario tuvieron la suerte de su lado.

Allí fueron perseguidos por hombres en canoas que les dispararon flechas envenenadas, y los portugueses decidieron tomar represalias contra el ataque.

Cuando el humo de la pólvora se disipó, uno de los intérpretes logró persuadir a un grupo de hombres para que se acercaran pacíficamente a la carabela.

Los portugueses explicaron que habían ido en son de paz y que solo querían comerciar con ellos.

Cuando se les preguntó por qué habían atacado, los hombres respondieron que estaban muy al tanto del comercio portugués con los negros en Senegal.

Habían oído que los cristianos comían carne humana y compraban negros para comérselos, y por lo tanto no querían tener nada que ver con los blancos. Lo único que querían era que murieran.

Tras oír eso, Cadamosto decidió que lo más sensato era seguir adelante. A él le hubiera gustado continuar hacia el sur, pero la tripulación se había hartado y exigía volver a casa.

Al año siguiente, en 1456, Cadamosto se embarcó en su segunda y última expedición para Enrique.

Tuvieron suerte con las condiciones del viento y decidieron pasar de largo por las islas Canarias.

Poco después navegaron más allá de Cabo Branco, una península en la frontera entre el actual Sáhara Occidental y Mauritania.

Luego los azotó una violenta tormenta. Durante tres días y dos noches, la carabela estuvo a merced de las fuerzas de la naturaleza.

Al final del tercer día, para su sorpresa, la tripulación divisó dos grandes islas: «Después de ese gozoso descubrimiento, dimos gracias al Señor Dios, porque sabíamos que esas islas eran desconocidas en España». 4

Armados hasta los dientes, desembarcaron en la primera isla.

No encontraron más señales de vida que una gran cantidad de palomas que se dejaron atrapar con las manos porque aún no habían aprendido a temer a los humanos.

En total, descubrieron cuatro islas. Presumiblemente, escribió Cadamosto, había algunas más en el este, pero no tuvieron tiempo de explorarlas, y además él asumió que estaban «desoladas y cubiertas de bosques», al igual que las islas que acababan de descubrir.

A la primera isla en la que desembarcaron, el capitán italiano la llamó Buona Vista, y a la segunda, que supusieron que era la más grande, la llamaron Santiago.

Como la mayoría de los archipiélagos, Cabo Verde fue descubierto por accidente. 5

Cadamosto continuó hacia Gambia. Esa vez tuvieron más suerte con los lugareños.

Fueron recibidos con amabilidad por el rey e intercambiaron oro y esclavos.

Cadamosto también obtuvo una pata de elefante, parte de una trompa y carne de elefante salada que llevaría a Portugal y regalaría al príncipe Enrique, «quien recibió el regalo con mucha gratitud, ya que eran las primeras cosas que veía de esa tierra, y también porque quería poseer esos extraños objetos que venían de tierras lejanas y que habían sido descubiertos por su impulso y gracias a su firmeza».

Varios miembros de la tripulación enfermaron y desarrollaron fiebre alta durante su estancia en Gambia, y Cadamosto decidió continuar hacia el sur.

Al cabo de unos días llegaron a la desembocadura de un río grande y ancho.

Los lugareños acudieron a recibirlos en botes largos y estrechos.

Levantaron una rama con un trozo de tela blanca para mostrar que tenían intenciones pacíficas, y los portugueses hicieron lo mismo: «Entonces empezaron a mirarnos, atónitos por nuestra blancura.

También observaron la forma de nuestro barco, el mástil y los remos, cosas que les eran desconocidas y extrañas».

Cadamosto trató de averiguar más sobre esas extrañas gentes, pero ninguno de los intérpretes que iban a bordo pudo hacerse entender.

Se dieron cuenta de que habían llegado a un nuevo país y consideraron inútil continuar.

Antes de dar la vuelta, intercambiaron algunos botes y brazaletes de oro con los lugareños usando el lenguaje de señas.

Durante el camino de regreso navegaron por un grupo de islas bajas que estaban cubiertas de árboles altos y hermosos. Tampoco allí los intérpretes lograron hacerse entender por los lugareños, y se fueron más al norte, «con rumbo a tierras cristianas».

El río por el que Cadamosto y su tripulación habían navegado era el Geba, y el archipiélago bajo y boscoso era el Bijagós. Así, Cadamosto no solo fue el primer europeo en descubrir Cabo Verde, sino también el primero en visitar Guinea-Bisáu. No sería el último.