Los navegantes Atlántico Norte. Oro negro
11%

Atlántico Norte. Oro negro

Atlántico Norte

Oro negro

Navegamos más allá del fin del mundo sin que me dé cuenta.

El mar sigue en calma, el aire es templado y agradable.

Pequeños peces voladores rebotan a lo largo del barco, miles de ellos; desde lejos parecen enjambres de insectos.

Si no fuera por ellos no habría señales de vida, solo mar azul en todas las direcciones.

Durante mucho tiempo la conexión a internet del barco no ha estado disponible.

Cuando por fin se restablece, el punto en Google Maps indica que ya hemos pasado el cabo Bojador.

La travesía ha transcurrido sin el menor indicio de dramatismo, pero ¿tal vez simplemente hemos tenido suerte?

—¿A veces es difícil pasar el cabo Bojador? —le pregunto al primer oficial durante el almuerzo.

Me mira confundido.

—Perdón, ¿qué cabo?

—Bojador.

Saca su teléfono móvil para ver si puede localizar el cabo en el mapa. Finalmente lo encuentra.

—La verdad es que es la primera vez que oigo hablar de ese cabo, señora —dice—. Nunca hemos tenido dificultades en esta zona. —Se vuelve hacia el capitán, que acaba de sentarse a la mesa—. ¿Ha oído hablar del cabo Bojador, señor?

—¿Qué cabo has dicho?

—Bojador, señor.

—No, nunca he oído hablar de él. ¿Está cerca de aquí?

Los días a bordo son apacibles, como el vaivén del mar.

Desayuno, almuerzo y cena, y desayuno, almuerzo y cena de nuevo.

Durante el día escribo, por la noche duermo como aturdida, el barco me mece hasta dormirme; el casco tiembla con suavidad, como un gato ronroneando.

En cubierta todo está en total silencio, casi como en un velero.

Apenas hay un soplo de viento. El agua es tan tranquila y brillante que se asemeja al terciopelo, solo pequeñas ondas parpadean en la superficie.

El sol se pone temprano y sale tarde; justo antes del amanecer, el cielo es de color fresa.

Una tarde diviso un banco de delfines. Como sombras grises, siguen al barco muy por debajo.

Corro al camarote a buscar mi cámara, pero cuando vuelvo ya no están.

Cada vez más a menudo ceno sola. Los marineros cambian sus monos por ropa de entrenamiento y van corriendo directamente del trabajo a la cubierta de popa, donde se ha pintado una cancha de baloncesto.

Ahí juegan un partido tras otro hasta que se pone el sol.

No entiendo de dónde sacan tanta energía.

La mayoría se pasa los días haciendo trabajos manuales pesados, y ahora que el clima se ha calentado, la sala de máquinas, donde la mayor parte de ellos trabajan, está a temperatura de sauna.

Me siento en el banco lateral y observo cómo la pelota va de un lado a otro por esa cubierta de abrasador metal.

Poco se sabe sobre la vida cotidiana a bordo de los primeros barcos portugueses que navegaron por la costa de África.

Zurara, el cronista de la corte, se preocupaba más por describir hazañas y conquistas que por el trabajo diario de los marineros en las pequeñas carabelas.

La vida en el siglo XV era generalmente difícil; la incomodidad, las plagas, el lodo y la falta de privacidad eran parte de la vida cotidiana de la mayoría de las personas, no había nada especial en ello.

Zurara no se molestó en gastar tinta describiendo que en el mar ocurría lo mismo.

Al principio no había muchas expediciones sobre las que escribir.

Si es cierto que Enrique el Navegante intentó con persistencia conquistar el cabo Bojador durante doce años, como afirma Zurara, hasta que por fin lo consiguió en 1434, sería natural suponer que el príncipe habría enviado una expedición tras otra al sur para explorar aguas hasta entonces desconocidas, pero que ya no eran inaccesibles.

Es verdad que Enrique equipó una pequeña flota de inmediato.

La tripulación tenía instrucciones de encontrar el llamado Río de Oro, que los geógrafos de la época creían que estaba justo al sur del cabo Bojador.

El barco regresó a Portugal completamente cargado con pieles y aceite de foca en lugar de con oro: al sur del cabo se encontraron con una orilla del río en la que abundaban las focas. No vieron oro.

Luego siguieron cinco años sin exploración de ningún tipo.

«En los años siguientes no encontramos nada digno de mención», señala Zurara.

Enrique estaba ocupado en otra parte. En 1437 encabezó un ataque a gran escala contra Tánger.

Su hermano mayor, Eduardo, que entonces se había convertido en rey, criticó el ataque, y Enrique tardó mucho en convencerlo.

El escepticismo del rey resultó estar justificado, ya que la batalla terminó en una derrota humillante para Portugal.

Los marroquíes rodearon a los soldados de Enrique y los mataron de hambre para que se rindieran.

Con el fin de garantizar una retirada libre, Enrique tuvo que prometer que los marroquíes recuperarían Ceuta.

Estos tomaron como rehén al príncipe Fernando, hermano menor de Enrique, para asegurarse de que su hermano mayor cumpliera su palabra.

El rey Eduardo, también conocido como «el rey filósofo», murió de peste al año siguiente, en 1438, a los cuarenta y seis años. Muchos creyeron que en realidad murió de pena por su hermano menor, Fernando, que languidecía en Marruecos.

Enrique no cumplió su palabra. Los marroquíes no recuperaron Ceuta. Fernando murió en Fez después de seis años de cautiverio marroquí.

El hijo mayor de Eduardo, Alfonso, tenía solo seis años cuando su padre murió.

Según el testamento de este, la reina, Leonor de Aragón, gobernaría el país hasta que su hijo alcanzara la mayoría de edad, pero era extranjera e impopular.

Al final, el hermano mayor de Enrique, Pedro, gobernó en nombre de su sobrino hasta que Alfonso subió al trono a los catorce años. Leonor se fue a Castilla.

Enrique había apoyado a Pedro en la lucha de poder contra Leonor.

Como recompensa, se le otorgó el monopolio de todas las expediciones al sur del cabo Bojador.

Los capitanes que deseaban navegar hacia el sur a lo largo de la costa de África tenían que obtener una licencia de Enrique antes de poder zarpar, y una quinta parte de las ganancias iba a parar a Enrique y a la Orden de Cristo.

Los portugueses se dirigieron al sur en busca de oro, pero regresaron a casa con esclavos. Eran casi igual de valiosos.

A lo largo de la historia de la humanidad, el comercio de esclavos ha sido una de las formas más lucrativas de negocio, y en la época de Enrique muchas sociedades existían gracias a su trabajo gratuito.

Los llevaban a la guerra, y los traficantes de esclavos profesionales se especializaban en robar niños, mujeres y hombres.

Los desafortunados eran vendidos en los mercados internacionales de esclavos y transportados lejos de su lugar de nacimiento.

En el siglo XV , los comerciantes del sur de Europa habían tenido acceso a esclavos negros en las ciudades portuarias marroquíes.

Los marineros castellanos capturaban guanches en las islas Canarias y los vendían como esclavos en su país, en tierra firme, mientras que los comerciantes genoveses transportaban esclavos desde los puertos de Crimea y el este del mar Negro hasta el Mediterráneo en barcos completamente cargados.

En Portugal, en cambio, la esclavitud había sido una rareza. Pero la cosa estaba cambiando.

En la primavera de 1444, una flota de seis carabelas navegó hacia el sur desde la costa del Algarve.

La flota estaba dirigida, entre otros, por Gil Eanes, el capitán que había cruzado el cabo Bojador por primera vez diez años antes.

Las carabelas navegaron más allá del cabo sin ningún problema y continuaron hasta el golfo de Arguin, en la actual Mauritania.

Durante varias incursiones esclavistas a lo largo de la costa, los portugueses lograron capturar un total de 235 personas.

El 7 de agosto, la flota regresó a Portugal, y el valioso cargamento se vendió al día siguiente en la primera subasta de esclavos del país.

Zurara describe el evento con detalle y da una descripción inusualmente sensible del estado de ánimo:

[...] porque entre ellos había algunos que eran bastante hermosos de piel, y hermosos a la vista y bien formados; otros eran menos blancos y recordaban a los mulatos con su piel castaña; otros eran negros como los etíopes, y tan abominables tanto en el rostro como en el cuerpo que, para los que los custodiaban, parecían imágenes del vientre del mundo.

Pero ¿qué corazón, por petrificado que esté, no conoció una punzada de lástima al ver a ese rebaño?

; porque algunos permanecían de pie con la cabeza baja y las mejillas llorosas y se miraban unos a otros, mientras que otros se quejaban desgarradoramente de su angustia al tiempo que miraban al cielo y gritaban como si estuvieran suplicando ayuda al Padre de la Naturaleza.

Otros se golpeaban en la cara con las manos y se tiraban al suelo, y otros cantaban lamentos que, aunque cantados en un idioma que no hablábamos, contenían una desesperación que todos entendíamos.

Zurara describe, además, la desesperación que surgió cuando los esclavos fueron divididos en grupos y a los niños se les separó arbitrariamente de sus padres:

[...] las madres apretaban a los otros niños contra sus pechos y se tiraban al suelo con ellos, y allí se dejaban golpear y patear sin darse cuenta de su propio dolor, ¡con tal de que no les quitaran a los pequeños!

Después de esas conmovedoras descripciones del sufrimiento de los esclavos, Zurara asegura que se convirtieron al cristianismo tan pronto como aprendieron el idioma y que todos tuvieron una buena vida y fueron tratados casi como miembros de la familia por sus nuevos dueños.