Zona Liberada #4
Amélia Araújo se había olvidado de que iba a reunirse conmigo, pero por suerte ya estaba en casa y me dejó entrar.
La mujer, de ochenta y ocho años, vivía en una pequeña casa en el centro de la capital; era delgada y canosa, de piel pálida, casi transparente.
Como era sensible a la luz —lo era desde pequeña—, dejamos las lámparas apagadas y las cortinas echadas.
Su voz era ligera y frágil, pero mostraba una facultad retentiva extraordinaria; en su memoria se había quedado grabado cada detalle, y mientras hablaba de su adolescencia era como si sus recuerdos volvieran a cobrar vida.
Cuando contaba una historia divertida se reía como si la estuviera contando por primera vez, y cuando hablaba sobre acontecimientos conmovedores o tristes se conmovía y volvía a estar triste.
Hablaba francés con fluidez, pero a veces se olvidaba y pasaba al portugués; las palabras fluían sin problemas entre los dos idiomas.
De vez en cuando se quedaba atrapada en un recuerdo, como en un bucle, y entonces había que empujarla con suavidad más allá, fuera del círculo.
Durante las siguientes horas, los contornos de una vida extraordinariamente agitada emergieron en la oscura sala de estar.
Amélia nació en Angola y vivió allí hasta los veintiséis años. Su padre era caboverdiano y su madre, angoleña. La familia no era ni rica ni pobre: su madre era sirvienta y su padre, contable, y tenían seis hijos. Cuando Amélia tenía siete años, la llevaron a la escuela pública para matricularla.
—Llevaba ropa bonita y me había adornado el pelo —dijo Amélia con su voz frágil y quebrada pero juvenil—.
En el colegio me preguntaron tres cosas: si hablaba portugués o kimbundu, el idioma local, si comía en la mesa o en el suelo y si dormía en una cama o en el suelo.
Era una escuela grande y pública. Muchos de los otros niños que esperaban conseguir una plaza estaban sucios y vestían ropas feas y andrajosas.
No tenían ninguna posibilidad. Yo solo tenía siete años, pero dije que no quería ir a esa escuela.
Mi padre, afortunadamente, me entendió y me mandó a un colegio privado, a pesar de que no teníamos mucho dinero.
Cuando Amélia tenía ocho años conoció a su futuro esposo.
El hogar de su infancia fue como un centro de acogida para los caboverdianos en el exilio.
Una familia se quedó con ellos durante bastante tiempo, y también tuvieron seis hijos.
Uno de los niños tenía la misma edad que Amélia.
Los dos se hicieron buenos amigos y se volvieron a encontrar en la escuela secundaria unos años más tarde.
Mucho tiempo después, cuando se habían convertido en amantes, él le dijo: «Vamos a vivir una gran aventura».
Pero no le quiso decir en qué consistía esa aventura.
Amélia se trasladó a Portugal, donde estudiaba su marido.
Él todavía no había dicho de qué se trataba la aventura imaginada.
Tuvieron una hija. Cuando esta tenía tres meses, anunció que había llegado el momento, que la aventura había llegado.
Le preguntó si quería unirse a él. «Por supuesto», respondió Amélia.
Lo siguiente fue un largo, arduo y peligroso viaje.
La pareja fue primero a Francia y luego a Alemania.
De allí volaron a Casablanca y después a Ghana, antes de llegar finalmente a su último destino: Conakri, la capital de Guinea, donde el movimiento de liberación de Amílcar Cabral tenía su cuartel general.
Guinea llevaba varios años siendo independiente, pero en la Guinea portuguesa, unos kilómetros más al norte, se libraban sangrientas batallas contra la potencia colonial.
En Conakri, Amélia dio a luz otra hija. Era tan menuda y hermosa que las enfermeras la llamaban la poupée, la muñeca.
Cuando ambas niñas aún eran pequeñas, Amílcar Cabral envió a Amélia a Moscú.
La Unión Soviética apoyó muchos de los movimientos de liberación en África y ayudó tanto con armas como con entrenamiento.
En el Kremlin vieron la oportunidad de difundir la ideología comunista en el continente africano, así como de obtener una ventaja sobre Occidente. Dos pájaros de un tiro.
—Estuve en Moscú seis meses, en invierno, mon dieu, ¡fue duro!
—exclamó Amélia—. Los rusos nos entrenaron en el uso de la radio.
Todos los días teníamos que desmontar la antena bajo la nieve.
Mis hijas estaban en casa, en Conakri. No fue fácil, pero debíamos llevar a cabo la misión, no había forma de evitarlo.
Las autoridades soviéticas les dieron transmisores de radio y otros equipos, pero los aparatos no eran lo suficientemente potentes.
En Moscú habían asumido que los programas de radio se emitirían desde la Guinea portuguesa, desde la zona de guerra, pero Cabral no lo permitió.
Allí solo corrían el riesgo de ser bombardeados.
Por fortuna, los suecos acudieron en su ayuda.
En 1967 recibieron de Suecia equipos de radio de última generación y pudieron comenzar a transmitir desde Conakri.
Las transmisiones eran en portugués, criollo guineano y los idiomas locales más comunes, para que todos pudieran escucharlas.
Uno de los programas más importantes estaba dirigido a los soldados portugueses y se llamaba simplemente El programa del soldado portugués .
Amélia era su voz, bajo el seudónimo de Maria Turra:
—En los periódicos portugueses encontramos los nombres de los soldados que habían muerto en Guinea.
Los leíamos, sencillamente. Murieron en una tierra que no era la suya, lejos de sus familias.
Los enviaron aquí a morir. Queríamos concienciarlos, hacerles entender que ellos también estaban expuestos a la injusticia.
No teníamos nada en contra de los portugueses ni de ningún soldado.
Era contra el régimen de Lisboa contra lo que luchábamos.
Amélia trabajaba muchas horas, desde las siete de la mañana hasta, a menudo, altas horas de la noche.
Cuando no preparaba programas de radio, trabajaba directamente para Amílcar Cabral como secretaria.
Las niñas iban a un internado de lunes a viernes y solo estaban en casa los fines de semana.
Pero, incluso entonces, Amélia tenía que trabajar.
—Recuerdo que un sábado, bien entrada la noche, estaba preparando el programa que se emitiría en vivo a las siete de la mañana siguiente —recordó, ya riéndose—.
Las niñas no se habían acostado porque querían estar conmigo el mayor tiempo posible.
Cabral entró y preguntó qué hacían despiertas tan tarde.
Y se las llevó a la cama. Primero les dio un baño, luego les puso el pijama y las acostó.
¡Lloré! Ay, lloré... ¡Porque Cabral era así!
Todo lo que hacía contenía una moraleja, un ejemplo que seguir.
Le preocupaba la disciplina. Los niños tenían que acostarse temprano.
Era un hombre increíble, Cabral. Era un niño y un adulto al mismo tiempo.
Podía jugar y ser un amigo, pero también podía ser un comandante.
El 20 de enero de 1973, Joaquim Chissano, líder del Frelimo, el movimiento de liberación mozambiqueño, visitó la escuela piloto de Conakri para informar sobre la situación en Mozambique. Todos se reunieron para escucharlo, incluida Amélia. De repente oyeron disparos.
—Al principio pensamos que eran los guardias, pero luego hubo más disparos.
—Amélia tenía lágrimas en los ojos—. Mi esposo logró poner a Chissano a salvo en el hotel.
A mí me llevaron en un pequeño jeep. Dejé a mis hijas en casa de una amiga en la que confiaba y fui a la oficina para averiguar qué había pasado.
En el camino me encontré con un amigo y me contó que habían matado a Amílcar Cabral.
De pronto nos vimos rodeados por un gran grupo de hombres armados.
Uno de ellos me apuntó a la espalda con un arma.
Vasco Cabral, hermanastro de Amílcar, acudió a su rescate. «¡Nos van a matar!», gritó Amélia al verlo. Vasco Cabral estaba armado y, sin dudarlo, disparó al hombre que sostenía el arma apuntando a su espalda. Los demás se asustaron y huyeron.
Amélia se secó las lágrimas del rabillo del ojo.
—Le habían advertido varias veces que planeaban matarlo —dijo—.
Yo estaba entre los que lo habían avisado.
Pero no prestó atención. No quería creerlo.
No deseaba seguridad a su alrededor. Spínola, el comandante de las fuerzas portuguesas, lo perseguía.
Fueron los nuestros quienes le dispararon, pero estoy segura de que los portugueses estaban detrás.
El hombre que mató a Amílcar Cabral era un antiguo rival del PAIGC.
El grupo estaba dividido en ese momento entre una rama caboverdiana y otra guineana.
La inteligencia estadounidense concluyó que no se podía descartar que las autoridades portuguesas hubieran estado involucradas de alguna manera en el asesinato.
Amélia y sus compañeros continuaron con las transmisiones radiales hasta la liberación un año y medio después, en 1974.
—Cuando terminó la guerra lloré —dijo Amélia. Su voz brillante casi estalló al recordarlo—. Mis camaradas lloraron. Pedro Pires lloró. Mi esposo, también. Todo el mundo lloró. ¡Porque tuvimos que declarar nuestra independencia sin Amílcar Cabral!
Pedro Pires, o senhor presidente, ya no tenía las piernas muy bien y se apoyaba en un bastón.
Tenía casi noventa años, pero estaba completamente lúcido y tenía una risa alegre y contagiosa.
En medio de un razonamiento podía intercalar algo que le parecía gracioso y reírse a carcajadas.
Nos reunimos en el centro Amílcar Cabral, que era tan nuevo que aún no estaba del todo terminado, en el corazón de Praia.
El expresidente llegó a tiempo, acompañado de un pequeño equipo que corría a nuestro alrededor.