Los navegantes Zona Liberada #3
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Zona Liberada #3

En 1932 también se convirtió en primer ministro.

Pero conservó el cargo de ministro de Finanzas.

Y, finalmente, el primer ministro se convirtió en ministro de Defensa, de Marina, de Colonias, de Relaciones Exteriores y de Guerra, y durante dos cortos periodos fue además presidente de Portugal.

Salazar logró mantener a Portugal fuera de la Segunda Guerra Mundial.

El país tenía un estatus de neutralidad, pero permitió a las fuerzas británicas y estadounidenses establecer bases en el archipiélago de las Azores, de gran importancia estratégica y situado en medio del Atlántico Norte.

En un importante reportaje de 1940 de la revista Life, Salazar fue descrito como «el mejor dictador del mundo» y «el más grande portugués desde Enrique el Navegante».

2 Los dos héroes de Portugal fueron solteros toda su vida: al igual que el príncipe Enrique, Salazar nunca se casó y no dejó hijos.

Como dictador, Salazar destaca entre el montón de matones con medallas.

No vestía uniforme y no pronunciaba discursos encendidos ante grandes multitudes.

Había un culto a la personalidad, pero en formas relativamente modestas.

Tenía poca consideración por otros dictadores como Franco, Mussolini en Italia y Hitler en Alemania: pensaba que eran tontos.

El dictador soltero vestía trajes oscuros, rara vez sonreía, siempre trabajaba y vivía con sobriedad con su ama de llaves.

Se dice que en invierno ahorraba en calefacción y se dejaba el abrigo puesto mientras trabajaba.

Escribió libros y artículos y, por supuesto, pronunció discursos, pero siempre en un tono tranquilo y práctico.

Incluso sus oponentes más feroces tuvieron que admitir que era un estilista brillante.

Pero era un dictador. Gobernó Portugal a su antojo, y lo hizo con mano de hierro. Para ello contaba con la ayuda de la policía secreta, la PIDE, que poco a poco se volvió omnipresente e impidió brutalmente cualquier forma de oposición.

En 1933 estableció el Estado Novo como nueva forma de gobierno del país, bajo el lema Deus, Pátria, Familia .

El Estado Novo difería en algunos aspectos de los sistemas fascistas de Italia y Alemania, pero también tenía muchas similitudes con ellos.

La sociedad estaba organizada de manera corporativa, con una economía planificada, y los valores católicos conservadores eran primordiales.

Había algo un poco clerical en el exseminarista, profundamente influido tanto por la Iglesia como por los valores básicos del campo.

El divorcio estaba prohibido y las mujeres necesitaban un permiso escrito de sus maridos para abrir una cuenta bancaria o viajar al extranjero.

Los encendedores estaban sujetos a una estricta regulación, supuestamente para proteger la industria de fósforos del país, y se prohibió la Coca-Cola.

Pero el santo grial de Salazar fue y siguió siendo la economía y el equilibrio presupuestario.

De hecho, la economía de Portugal se recuperó, y durante la «edad de oro» de las décadas de 1950 y 1960, el país experimentó un crecimiento de cuento.

Una de sus fuentes de ingresos más importantes era su imperio colonial, que en ese momento comprendía las colonias en África, de las cuales Angola y Mozambique eran las más grandes, así como algunos enclaves en la India y un par de pequeñas colonias en el Lejano Oriente.

Salazar era frío, y calculó que, si desaparecían los ingresos procedentes de las colonias, la economía de Portugal también fracasaría.

Mientras que los otros imperios coloniales fueron desmantelados gradualmente después de la guerra, Portugal se negó a desprenderse del suyo.

En 1951, Salazar otorgó a todas las colonias el estatus de «provincias de ultramar» para que el sistema apareciera bajo una luz mejor y más democrática.

Pero seguían siendo colonias, y el dictador portugués resistió con uñas y dientes cualquier intento de secesión.

Si la oposición era sistemáticamente reprimida y perseguida en la madre patria, esos métodos no eran nada comparados con los que utilizaban la PIDE y el ejército portugués en las colonias.

Salazar, el Estado Novo y el imperio colonial portugués cayeron casi de manera simultánea.

En 1968, Salazar sufrió una hemorragia cerebral y terminó en coma, y los médicos pensaron que nunca volvería a despertar.

Aunque el dictador se recuperó y siguió adelante durante casi dos años más.

Todos los días firmaba documentos gubernamentales y tomaba decisiones, pero no era consciente de que todo era engaño y teatro.

Los documentos no eran auténticos y las decisiones no se llevaban a la práctica.

Los nuevos gobernantes habían encontrado un modo de emplear al viejo dictador.

En 1970, Salazar murió a los ochenta y un años. Había gobernado el país durante casi cuarenta, más que cualquier otro dictador europeo. Cuatro años después, la dictadura también murió. Se durmió tranquilamente, casi sin convulsiones.

Fueron las guerras coloniales en África las que al final derrocaron al régimen.

Le habían costado caro al país: se gastó la mitad del presupuesto nacional en la guerra.

En el Ejército, muchos empezaban a estar hartos, y en la madrugada del 25 de abril de 1974 los tanques entraron en Lisboa.

El golpe, cuidadosamente planeado, fue dirigido por oficiales de menor rango y casi no encontró resistencia por parte de los soldados del Gobierno.

Cuando la gente se enteró de lo que estaba pasando, más de cien mil personas se unieron a los golpistas en las calles.

A primera hora de la mañana, se dice que un vendedor de flores arrojó un clavel rojo a los soldados de uno de los tanques, y a lo largo del día cada vez más chaquetas de uniforme se fueron decorando con un clavel rojo.

Los claveles se convirtieron en el símbolo mismo de la revolución pacífica.

El primer ministro, Marcelo Caetano, declaró que estaba dispuesto a rendirse, pero se negó a hacerlo ante un oficial de menor rango.

Los golpistas llevaron al general António de Spínola, que había sido el comandante en jefe de las tropas portuguesas en Guinea-Bisáu.

A las cinco de la tarde, Caetano se rindió y fue trasladado a Madeira esa misma noche junto con el presidente depuesto y algunos ministros.

El golpe fue inusualmente poco sangriento.

Solo cuatro personas fueron asesinadas por soldados progubernamentales.

Y así, de la noche a la mañana —no, en el transcurso de un día de trabajo—, más de cuarenta años de dictadura fueron reemplazados por la democracia.

Al principio, el general Spínola no participó en el golpe, pero, como al final se le había dado un papel tan decisivo, fue elegido presidente del Gobierno de transición.

Dimitió en septiembre del mismo año debido a las disputas con la izquierda sobre lo que debía suceder con las colonias: Spínola era partidario de mantenerlas.

En marzo del año siguiente apoyó el intento de la derecha de recuperar el poder, pero el golpe fracasó y huyó a Brasil.

Los años que siguieron a la estela de la pacífica Revolución de los Claveles fueron caóticos, pero en las colonias hubo celebración. La gente entendió que era cuestión de tiempo que la libertad fuera un hecho.

Para Luís y Arlindo, era solo cuestión de días. Cuando los habitantes de la isla se enteraron de la revolución en Portugal, comenzaron a manifestarse fuera de las murallas de Tarrafal para exigir la liberación de los presos políticos.

El 1 de mayo de 1974, Luís y Arlindo salieron por el portón amarillo de Tarrafal.

En el viaje de regreso al pueblo me senté al lado de Arlindo, que iba mirando soñador por la ventanilla.

—Todo esto —dijo, extendiendo el brazo hacia las calles, las casas, las escuelas, los campos—, todo esto es fruto de nuestro trabajo. Nada de esto estaba aquí bajo el dominio de los portugueses.

—Al parecer, muchos jóvenes de hoy creen que fue un error separarse de Portugal —dije con cautela—. Cabo Verde es un país pobre, y algunas personas piensan que tendrían más oportunidades si Cabo Verde siguiera siendo parte de Portugal, como Madeira o las Azores. ¿Tú qué piensas?

Yo esperaba que los dos héroes libertarios dieran una breve conferencia sobre la gratitud y la libertad, que dijeran que los jóvenes no sabían lo que había costado esta última y que no tenían idea de lo que significaba vivir sin ella.

—Somos una democracia —afirmó Luís—. ¡Los jóvenes pueden pensar lo que quieran!

En total, él y su esposa, que era hermana de Arlindo, tuvieron ocho hijos juntos. Arlindo y su mujer tuvieron nueve. La mayoría de ellos vivían ahora en el extranjero.

—Uno de ellos es abogado... ¡en Portugal! —gritó Arlindo con orgullo—. ¡Imagínate!

Frente a la casa de Arlindo estaba todo repleto de parientes y ganado, igual que cuando nos fuimos. El conductor detuvo el coche delante de un curioso grupo de niños y salimos al polvoriento patio.

— Chegamos à Zona Liberada! —gritó Arlindo, con el puño en el aire. ¡Llegamos a la Zona Liberada!

— A luta continua! A vitória é certa! —respondió Luís con voz de barítono. ¡La lucha continúa! ¡La victoria está asegurada!

Así hablaron —no, gritaron— dos luchadores por la libertad.