Los navegantes Zona Liberada #2
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Zona Liberada #2

En Rincão, la policía los estaba esperando. Todos fueron detenidos. Habían caído en una trampa.

Tuvieron que pasar los tres primeros días en la letrina, en medio de la mierda.

Durante los interrogatorios tenían que estar de pie en una silla que se tambaleaba.

Fueron golpeados y pateados. La policía hizo todo lo posible para que dieran los nombres de otros camaradas.

Al final comenzaron a inventar respuestas.

Al cabo de unos meses los llevaron a la temida prisión de Tarrafal.

El trayecto desde la ruinosa casa de la infancia de Cabral hasta Tarrafal duró solo media hora.

Aunque Santiago es la isla más grande de Cabo Verde, nada está lejos.

La entrada era casi acogedora, estaba recién restaurada, pintada de un alegre color amarillo.

En la recepción se mostraban en pantallas de televisión entrevistas con exprisioneros. Primero, Luís. Después, Arlindo.

—¿Qué se siente al estar de vuelta? —pregunté.

—¡Ahora siento alegría de estar aquí! —exclamó Luís—. ¡Ahora somos independientes! ¡Somos libres!

—¡Recuerdo cuando vinimos aquí por primera vez!

—intervino Arlindo en voz alta. Como siempre, sonrió ampliamente, a pesar de que sus palabras eran oscuras—.

No sé qué día fue, porque llevábamos meses cautivos en la capital.

Habíamos perdido la cuenta de los días y las fechas, pero recuerdo que era a primera hora de la tarde.

Habíamos oído hablar de Tarrafal, como todo el mundo.

No era un lugar en el que uno quisiera acabar.

No había habido juicio ni veredicto. El director nos recibió y nos dijo que nunca saldríamos de aquí.

Tarrafal se abrió en 1936 y en sus primeros años sirvió principalmente como prisión para presos políticos de Portugal.

A medida que los movimientos de liberación en las colonias crecían en alcance, Tarrafal también se convirtió en el destino final de los nacionalistas africanos de Guinea-Bisáu, Angola y Mozambique.

Los prisioneros se mantenían separados unos de otros, cada nacionalidad tenía su celda y el contacto entre ellos estaba estrictamente prohibido.

Entramos en el campo y nos dirigimos a la celda que compartieron los prisioneros de Cabo Verde.

Estaba vacía y era del tamaño de un aula.

Ahí, dieciséis hombres lo compartieron todo durante varios años.

La comida que les servían era pobre y monótona.

La carne estaba rancia y el pescado, también. Produjo disentería a todos.

—¡Recuerdo pensar en el futuro, día y noche, sin cesar! —exclamó Arlindo, todavía sonriendo—. Mi esposa y yo acabábamos de tener una hija. Aquí no había carreteras en esos días, así que ella tenía que caminar bajo el sol para visitarme, con la pequeña a cuestas.

—Nuestras familias sufrieron por nuestra culpa —dijo Luís—. Así son las cosas. Tenía tres hijos cuando me arrestaron, y otro estaba en camino. Mi esposa tuvo que vender la casa mientras yo estaba sentado aquí.

El primer médico de Tarrafal fue célebre.

No llevaba consigo ningún tipo de medicinas.

Su trabajo consistía, según su propia declaración, en emitir certificados de defunción.

Con el tiempo, las condiciones mejoraron ligeramente.

En la enfermería, los prisioneros recibían medicamentos sencillos, pero ningún tratamiento avanzado.

Cuando Luís salió de prisión tuvo que ser operado del estómago en dos ocasiones.

Durante los interrogatorios en Praia se protegió la cabeza y la cara con las manos, por lo que los agentes de policía le propinaron patadas en el estómago.

—Nunca perdimos la esperanza —afirmó Luís—. ¡Cuanto peor nos trataban, más fuerte se hacía nuestra convicción de que ganaríamos y seríamos libres de la dictadura de Salazar!

Salazar. António de Oliveira Salazar. El dictador más longevo de Europa. Nadie influyó más en el Portugal del siglo XX que él.

Hace casi cien años, en 1926, Portugal estaba al borde de la bancarrota.

El costo de la vida se había multiplicado por veinticinco, el nivel de vida había caído dramáticamente y la moneda, el escudo, tenía cada vez menos valor.

En los dieciséis años transcurridos desde la abolición de la monarquía y la proclamación de la Primera República portuguesa en 1910, se había producido un caos político sin precedentes.

El país había tenido ocho presidentes y cuarenta y cuatro cambios de gobierno; solo un Gobierno estuvo en el poder durante más de un año.

El caos también reinaba en las calles. Asesinatos, enfrentamientos, terrorismo y asaltos estaban a la orden del día. A veces prevalecían condiciones similares a las de una guerra civil, con intentos de golpe de Estado, revolución y contrarrevolución.

Portugal era una potencia colonial, pero la madre patria era pobre y estaba atrasada, con una población de poco más de seis millones de habitantes.

La riqueza que periódicamente había llegado al país desde las colonias se había gastado en enormes palacios y otros lujos perecederos.

La independencia de Brasil en 1822 fue un duro golpe para la economía portuguesa, y el país nunca se recuperó del todo.

La Revolución Industrial se extendió por Europa, pero Portugal se quedó atrás.

A finales del siglo XIX , los portugueses eran los que menos crecían de toda Europa.

No seguían el ritmo del desarrollo. La mayoría de la gente todavía vivía de las industrias básicas de la agricultura y la pesca.

La población era católica y profundamente devota, a pesar de que el poder y la influencia de la Iglesia habían sido recortados en varias ocasiones.

El analfabetismo estaba por las nubes, la pobreza era honda.

La entrada de Portugal en la Primera Guerra Mundial en 1916 no mejoró las cosas, con todos los costes y tensiones que ello conllevaba.

El 28 de mayo de 1926 se produjo el golpe de Estado militar, se abolió la república y se instauró en el país una dictadura castrense.

El golpe fue muy bien recibido; la gente estaba cansada del caos y la anarquía.

Los nuevos gobernantes se habían dado cuenta de que lo primero que tenían que hacer era poner en orden la economía, y solo cinco días después nombraron a un nuevo ministro de Finanzas.

La elección recayó en un joven profesor con un doctorado en economía, António de Oliveira Salazar, de treinta y siete años.

Salazar provenía de un entorno bastante humilde.

Su padre fue propietario de algunas tierras y también trabajó como administrador para una adinerada familia de terratenientes en el interior.

Cuando António tenía once años recibió una beca para ingresar en un seminario, en el que permaneció durante ocho años.

Ya había dado su primer sermón en su pueblo natal cuando cambió de opinión y comenzó a estudiar derecho y economía en la Universidad de Coímbra.

Después de graduarse en 1914 se convirtió en profesor universitario, y en 1917 fue nombrado jefe del Departamento de Economía de la universidad.

Al año siguiente terminó su doctorado sin haber llegado aún a cumplir los treinta.

El joven profesor fue recogido en coche en la universidad y conducido a Lisboa para reunirse con el nuevo régimen.

Salazar creía que tenía la receta para dar la vuelta a la economía portuguesa.

Pero las propuestas que hizo y las condiciones que impuso para convertirse en ministro eran demasiado duras incluso para un gobierno dictatorial, por lo que a los pocos días lo obligaron a volver a la universidad.

Permaneció allí durante dos años mientras la economía de Portugal se tambaleaba aún más.

En varias ocasiones, el régimen militar se arrepintió y volvió a pedirle que se hiciera cargo del ministerio.

Salazar se negó todas las veces; decía que prefería la vida académica.

Afirmaba que su salud no era la mejor y que sus padres eran ancianos y lo necesitaban.

Lo mismo hizo el Tesoro de Portugal. En 1928, las cosas estaban tan mal que la bancarrota del Estado volvió a ser inminente.

A Salazar se le volvió a preguntar, y esa vez dijo que sí, pero solo después de que el Gobierno aceptara su condición absoluta: debía tener las manos completamente libres y pleno poder sobre todo el gasto público, no solo en su propio ministerio, y nadie podría vetar sus decisiones.

El Gobierno accedió a sus demandas. Salazar se había vuelto indispensable.

No se quedó de brazos cruzados, sino que implementó una serie de medidas drásticas.

Ya al año siguiente las cuentas mostraban no solo un balance, sino un pequeño beneficio.

El mundo entró en la Gran Depresión tras el desplome de la Bolsa de Nueva York en 1929, pero la economía de Portugal creció.

Al amenazar con renunciar, Salazar recibió más poderes para administrar las finanzas y se convirtió en una especie de incondicional de la dictadura, que resultó ser tan inestable y pendenciera como lo habían sido los Gobiernos de la república: los jefes de Gobierno iban y venían. Salazar permanecía.