Zona Liberada
Zona Liberada
«¡Bienvenidos a la Zona Liberada!»
La zona liberada, el pequeño pueblo de Arlindo, estaba situado en el centro de la isla de Santiago, a una hora en coche de la capital, Praia.
El envejecido luchador por la libertad me llevó a hacer un recorrido rápido.
En el bar local, que también servía de tienda, un par de jóvenes habían conseguido servirse una botella, a pesar de que solo eran las diez de la mañana.
Pasamos deprisa y entramos en el patio trasero de Arlindo, donde el espacio era reducido.
Cerdos gordos, un toro musculoso que valía su peso en euros, un burro, gallinas, gansos, cabras y perros.
El recorrido era interrumpido constantemente por personas que se acercaban a saludar. Esposa. Hijas. Nietos. Primos. Primas.
— ¡Toda a família vive aquí en el pueblo! —dijo Arlindo, sonriendo orgulloso—. ¡Toda la familia vive cerca!
Se acercó a nosotros un hombre de la edad de Arlindo, también vestido de manera formal:
—¡Bienvenidos a la Zona Liberada! —gritó, levantando el puño—. ¡Luchamos contra la esclavitud, contra el abuso, y ganamos! Vitória!
El vencedor fue Luís Furtado Mendonça y era cuñado de Arlindo. Tenía exactamente el mismo aspecto que yo imaginaba que tenía alguien que luchaba por la libertad.
— A luta continua! —convino Arlindo—. Tan pronto como salimos de la cárcel, continuamos la lucha, Luís y yo.
Seguimos la conversación en el coche. Los dos libertarios se gritaban el uno al otro, obviamente contentos de tener una audiencia.
Los cuñados provenían de entornos humildes.
Luís era uno de los afortunados que recibieron cuatro años de educación, mientras que Arlindo fue educado en casa por su padre y luego, aprendiz de un sastre local.
Ambos hablaban un portugués correcto y claro.
En la década de 1960, cuando tenían poco más de veinte años, ambos se unieron al movimiento de resistencia.
Se organizaba por carta y era tan secreto que los miembros a menudo no se conocían entre sí.
El trabajo consistía en hablar con la gente, hacerlos conscientes de las condiciones injustas en las que vivían y apoyar la lucha por la independencia de Portugal.
Durante varios años recibieron cartas secretas, asistieron a reuniones clandestinas y trataron de abrir los ojos a la gente.
Las cartas que recibían siempre estaban firmadas por Amílcar Cabral .
Unos minutos más tarde nos detuvimos frente a una casa en ruinas rodeada de matorrales. AMÍLCAR CAbrAL PASÓ PARTE DE SU INFANCIA EN ESTA CASA , decía el pequeño cartel que estaba clavado junto a la puerta principal.
Amílcar Cabral fue uno de los luchadores por la libertad y pensadores políticos más importantes de África, pero es poco conocido fuera del mundo lusófono.
1 Nació en Guinea-Bisáu, o Guinea portuguesa, como se llamaba entonces, en 1924, pero sus padres eran ambos de Cabo Verde.
Como tantos caboverdianos, tuvieron que abandonar las islas para alimentarse, y eligieron esa pequeña colonia portuguesa de la costa occidental de África.
En Guinea-Bisáu había muchos otros problemas, pero al menos tenían frutas y verduras en abundancia.
A pesar de la escasez de agua y alimentos, Cabo Verde se encontraba en una posición única entre las colonias portuguesas.
Dado que las islas estaban deshabitadas en el momento de su descubrimiento, la mayor parte de la población era mestiza, una mezcla de esclavos africanos importados y colonos europeos.
Los portugueses a menudo afirman que no eran racistas, ya que muchos de los colonos portugueses tuvieron hijos con mujeres locales y no pocas veces también se casaron con ellas.
Esos acontecimientos se debieron principalmente a razones prácticas: Portugal es un país pequeño, y la gran mayoría de los que se dirigían al sur en los pequeños y mortíferos barcos eran hombres.
Debido a su población mixta, Cabo Verde era visto como la «más portuguesa» de las colonias: los caboverdianos eran civilizados.
El sistema escolar estaba relativamente bien desarrollado: en 1950, el 22 % de los isleños sabían leer y escribir.
Puede que no suene impresionante, pero no estaba tan mal para los estándares portugueses: antes de la Segunda Guerra Mundial, dos tercios de los habitantes de Portugal eran analfabetos.
En las otras colonias la situación era mucho peor.
En Guinea-Bisáu, solo el 1 % de la población sabía leer y escribir.
En Mozambique y Angola, el 2 y el 3 % de la población, respectivamente, estaba alfabetizada.
El padre de Amílcar Cabral fue uno de los pocos de su generación que recibieron educación: abandonó el seminario y se convirtió en maestro de escuela primaria.
Cuando Amílcar tenía cinco años, sus padres se divorciaron, y un par de años después, en 1931, su padre se lo llevó a él y a sus hermanas gemelas a Cabo Verde.
Se mudaron a la casa donde «Cabral pasó parte de su infancia».
—¡Queremos que sea un museo! —gritó Luís.
—¡Un centro para la lucha de Cabo Verde! —agregó Arlindo con el mismo volumen.
La casa parecía abandonada, pero no lo estaba.
Al fondo había una anciana inclinada sobre unas tinajas de agua.
Saludó a los dos libertarios, a quienes obviamente conocía de antes, y nos condujo a una habitación desnuda que olía a enfermedad y medicamentos.
Junto a una pared había una cama, y en ella yacía una mujer diminuta y longeva.
Por un momento pensé que estaba muerta, pero luego tosió, dolorida y entre estertores. Volvimos a salir.
En 1932 o 1933, nadie lo sabe con certeza, porque poco se sabe de la primera infancia de Amílcar, su madre llegó de Guinea-Bisáu y se hizo cargo del cuidado de los niños.
Mientras tanto, su padre tenía una nueva esposa y varios hijos.
Su madre llevó a Amílcar y a sus hermanas gemelas a la capital, Praia, para que pudieran ir a la escuela allí.
Después de unos años se mudaron a la isla de San Vicente.
Allí, a Amílcar se le dio la rara oportunidad de continuar su escolarización más allá de los cuatro años de primaria.
Su madre trabajaba largas horas en una planta local de procesamiento de pescado y complementaba sus ingresos lavando ropa para los soldados portugueses destinados en la isla.
Durante esos años, esta fue azotada por una de las peores sequías que se recuerdan; la gente caía muerta de hambre en la calle.
Se cree que más de una cuarta parte de la población, unas cuarenta y cinco mil personas, murió durante la hambruna de la década de 1940.
Los que tuvieron la oportunidad abandonaron las islas: miles de personas firmaron contratos de trabajo y se dirigieron a Santo Tomé.
En 1945, Amílcar también se fue, pero viajó hacia el norte.
Los muchos sacrificios de su madre para que su hijo pudiera recibir una educación dieron sus frutos: Amílcar recibió una beca para estudiar agronomía en Lisboa.
Era el único estudiante africano de todo el departamento.
En Lisboa, Amílcar entró en contacto con círculos panafricanos y grupos revolucionarios que trabajaban en secreto por la liberación del dominio colonial.
Se graduó con las mejores notas y, al mismo tiempo, logró pasar desapercibido para la PIDE, la policía secreta, que vigilaba de cerca todo tipo de agrupaciones políticas.
Apenas se hubo graduado, Cabral fue destinado a su Guinea-Bisáu natal, como el primer y hasta entonces único agrónomo del país.
Cuatro años más tarde, en 1956, fundó lo que se convirtió en el PAIGC, el Partido Africano da Independência da Guiné e Cabo Verde.
En África, un país tras otro se independizaron del dominio colonial en esa época, pero en Portugal las autoridades creyeron que podían seguir como antes.
La lucha por la liberación, que al principio no fue violenta, se convirtió en un infierno de violencia que duró diez años.
El Imperio portugués estaba en llamas y también estalló la guerra en Angola y Mozambique. La gente luchó y murió por la libertad.
Luís y Arlindo, en cambio, en ese tiempo no hacían otra cosa que escribir cartas y hablar con la gente. Pero ansiaban hacer más.
Un día se presentó la oportunidad. Un hombre al que no conocían, aunque era primo del padre de Arlindo, apareció en el pueblo y dijo que era el coronel de Amílcar Cabral.
Propuso un plan a los jóvenes padres: secuestrarían juntos un barco de pasajeros e irían a Conakri, en Guinea.
Guinea se había independizado de Francia en 1958, y la capital, Conakri, se había convertido en una importante base para el movimiento de liberación en la vecina Guinea-Bisáu.
Los dos jóvenes ardían de entusiasmo. Era exactamente el tipo de cosas que habían querido.
Ambos estaban dispuestos a dejar todo lo que tenían, esposa, hijos y hogar, para luchar por la libertad.
Se consiguieron armas y Arlindo, que era sastre de formación, cosió uniformes militares para todos los involucrados.
No sabía quiénes eran los demás, pero sí que eran catorce en total.
Y llegó el día. Los cuñados compraron un billete y subieron a bordo.
Cuando avanzaron un poco, se pusieron el uniforme y desenfundaron las armas.
Uno de ellos apuntó el cañón de una pistola al cuello del capitán: «Vamos a Conakri», declaró.
«Estas son las coordenadas.» Uno de los miembros de la tripulación se asustó tanto que saltó al mar.
Lo buscaron sin éxito durante mucho tiempo.
El capitán mantuvo la calma, pero explicó que no tenía suficiente combustible para llevarlos hasta tierra firme.
Antes de partir tenían que llenar el tanque de gasolina.
Ninguno de los secuestradores había pensado en eso.
El capitán sugirió que regresaran a Santiago, a un lugar llamado Rincão.