Sal, arena y lava #3
Salté a la siguiente isla, al siguiente mundo en miniatura.
De Sal a Fogo, de la sal al fuego.
La lava negra parecía un mar quemado. Kilómetros y kilómetros de piedra negra y dentada cubrían el paisaje.
Esos kilómetros marcaban tragedias; el mar de lava llegó por etapas.
Primero pasamos por la lava de la erupción de 1951, que no causó muchos daños, luego por la de 1995, que destruyó un pueblo entero, y por último por la de la erupción más reciente y devastadora, la de 2014.
El conductor señaló las rocas retorcidas con gesto de experto, pero no pude distinguir la lava antigua.
El pequeño hotel en el que me iba a alojar había resurgido literalmente de sus cenizas.
Los funcos redondos, que se inspiraron en las casas de piedra tradicionales de la zona, se construyeron con piedra de lava.
Conseguí la llave de uno de ellos, aunque lo mejor era dejar la puerta de entrada abierta.
Un calor seco se elevaba de la piedra y había un intenso olor a azufre en el interior.
Si cerraba la puerta, se calentaba como una sauna.
Desde la ventana tenía vistas al Pico do Fogo, el Pico de Fuego, que se elevaba 2.
829 metros sobre el nivel del mar y dio nombre a la isla.
Sin embargo, no fue ese el origen de los océanos de lava, sino su hermano pequeño, un insignificante cráter adyacente y discreto que apenas sobresalía del suelo y no parecía que pudiera lastimar a nadie.
En 2014 estuvo arrojando lava y cenizas durante setenta y siete días.
Las aldeas circundantes quedaron sepultadas bajo cien millones de toneladas de lava.
Escuela, tiendas, oficinas, graneros, hoteles, casas, huertos, viñedos.
Sin prisa, la masa de lava al rojo vivo fue rodando ladera abajo, metro a metro.
Poco a poco, destrozó a toda la comunidad local.
Nunca había tenido unas vistas tan tristes.
La lava solidificada llenaba el campo visual en todas las direcciones, hasta la pared de roca ovalada que rodeaba el pueblo.
Estaba en un cráter volcánico, al pie de un volcán activo, rodeado por los restos de un volcán mucho más antiguo, y no podía entender por qué alguien querría vivir allí, donde nada era más seguro que una nueva erupción, y luego otra, y luego otra.
También muchos se habían ido para siempre.
Con la última erupción de 2014 ya habían tenido suficiente.
Por toda la lava sobresalían los cascotes de lo que una vez fue un hogar, los restos de una existencia.
En una ladera me encontré con una casa que aún estaba intacta.
La lava había atravesado las ventanas y llegado a la cocina, la sala de estar, el dormitorio, hasta el suelo, y allí se había solidificado, una catástrofe congelada en el tiempo.
La casa no tenía muebles ni entrañas, no quedaba ni una cucharilla.
Desde las ventanas rotas se veían paredes de lava y nada más.
La casa vecina también estaba rodeada de lava, solo sobresalía el techo: una isla cuadrada de hormigón entre la negritud.
De la casa salía música pop brasileña. Una joven emergió de la lava.
Cuando me vio me invitó a visitarla con una sonrisa.
Se llamaba Jennifer y tenía treinta y dos años.
La casa pertenecía a su tío, pero él se había ido de la isla.
Habían pasado seis años desde que Jennifer y su esposo se mudaron.
Al principio solo una de las habitaciones era habitable, y para entrar tuvieron que hacerlo a gatas por una ventana.
El marido de Jennifer había retirado minuciosamente la lava, habitación por habitación, con la ayuda de brochetas de hierro.
En ese momento tenían cuatro habitaciones disponibles.
—Antes vivía en una casa normal —dijo Jennifer—. Esta es un poco especial. Pero es más fácil ahora que han llegado los niños. Y podemos vivir aquí gratis.
La mitad de la casa todavía estaba llena de lava.
Obtenían la luz de velas y pequeños paneles solares y, como tantos otros en el pueblo, iban a buscar el agua a la cisterna comunitaria, que estaba a poca distancia.
Jennifer me llevó al porche, que el marido había excavado recientemente.
Escarpadas paredes de retorcidas masas de lava nos rodeaban; solo se veía una estrecha franja de cielo azul.
Seguí caminando por el paisaje solidificado.
Fuera de una pequeña casa, una casa normal, construida con ladrillos grises ordinarios, estaba sentado un aburrido anciano.
Cuando me vio se levantó de un salto de la silla y me saludó eufórico.
Todo el mundo lo llamaba senhor Fatinho, el señor Rebaño, pero su verdadero nombre era Caetano Veloso.
El aspecto de ardilla de su cara se realzaba con la fina perilla.
Era más bajo que yo, pero lo compensaba saltando enérgicamente de un lado a otro mientras hablaba.
—La vida aquí en Fogo no es como en cualquier otro lugar —proclamó—. No bebo, no fumo, no bailo. ¡Mi única alegría, mi único pecado, es tener hijos!
El senhor Fatinho tenía una larga lista de pecados.
Con su primera esposa había tenido veintidós hijos, pero solo diecisiete habían sobrevivido.
El resto de los polluelos se dividieron entre cuatro madres más.
En total, engendró cuarenta y cinco hijos: la hija mayor tenía treinta y cinco años; el hijo menor, tres.
—¿Puedes seguirles la pista a todos? —le pregunté.
—¡Sé dónde viven todos y cada uno de ellos, pero no puedo recordar sus cumpleaños! —Soltó una risita—. Conozco sus apodos, pero no siempre recuerdo sus nombres completos. Solo las madres llevan el control.
El senhor Fatinho hablaba con entusiasmo de su tema favorito.
Las mujeres estaban más cerca de Dios, creía, eran algo muy especial.
Antes de dejarme seguir caminando por la lava, tenía una pregunta que lo quemaba por dentro.
Había leído que los hombres europeos solo lo hacían tres o cuatro veces al mes. ¿Era realmente cierto?
—Es probable que sea cierto —dije, murmurando algo sobre el estrés y el exceso de trabajo. El senhor Fatinho escuchó con atención.
—Yo soy fuerte —dijo—. Puedo hacerlo todos los días con mis esposas. Después el trabajo es mucho más fácil. Este volcán de aquí... —hizo un gesto por si no entendía a qué se refería— es mi fuerza. ¡Obtengo mi energía del volcán!
Volvió a reír y dio un pequeño salto.
Fui hasta la última isla. El viaje en lancha rápida a Santiago, la isla más grande y poblada, duró cuatro estoicas horas.
Los otros pasajeros miraban fijamente al frente, nadie hablaba.
El agua del mar salpicaba contra las ventanas, que estaban manchadas de sal.
Las bolsas para el vómito que nos habían dado al salir se hicieron notar casi de inmediato.
Una niña vomitó en el suelo. De todas partes llegaban extraños sonidos guturales.
Cuatro horas encerrada en una lata que se balanceaba y olía a vómito. En los altavoces estalló la voz lúgubre de Cesária Évora: «Nha fé nha esperança é di bai pa longe, é di bai pa terra grande, terra di felicidade...», «Mi fe, mi esperanza, es ir lejos, ir a un gran país, a un país feliz...».
Cerré los ojos y los abrí. Cien veces, doscientas, mil. Inspiré, espiré, respiré por la boca, inhalé, exhalé, trescientas veces, mil veces.
Abrí los ojos, y entre las salpicaduras vislumbré por fin los riscos de las montañas marrones chamuscadas. La niña volvió a vomitar. Luego lo hizo su hermanito. Respiré por la boca. Inspiré, espiré.
Entonces el barco disminuyó la velocidad.