Los navegantes Sal, arena y lava #2
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Sal, arena y lava #2

La gente en Cabo Verde hablaba del largo camino a Santo Tomé, y es ese largo camino el que Cesária Évora canta en su canción más famosa, Sodade .

Se dice que la canción la cantó por primera vez un joven que se había presentado en el muelle para despedirse de su novia.

Llevaba consigo su guitarra, la sacó y cantó: «¿Quién te mostró el largo camino, el largo camino a Santo Tomé?

Sodade, sodade, sodade de esta tierra...

Si me escribes, yo te escribiré. Si me olvidas, yo te olvidaré. ..».

La sodade es el epítome de Cabo Verde. Se puede traducir como anhelo, añoranza, nostalgia, pero es básicamente intraducible.

Casi ningún otro país tiene una diáspora tan grande.

Ya en la década de 1980 había más caboverdianos viviendo solo en Estados Unidos que en las nueve islas del océano Atlántico.

Pasaron de ser un crisol en miniatura al más grande del mundo, en busca de una vida mejor, en busca de trabajo y aventuras.

Hay que buscar mucho para encontrar un caboverdiano que no tenga parientes cercanos en muchos países diferentes.

Los caboverdianos no son solo un pueblo de migrantes, sino que son en sí mismos el resultado de la migración, voluntaria e involuntaria y con todos los matices intermedios.

Durante el siglo XVI , Cabo Verde se convirtió en un centro neurálgico para el comercio transatlántico de esclavos.

Personas de muchos grupos étnicos diferentes a lo largo de la costa africana fueron llevadas allí, y algunas se quedaron.

Los inmigrantes europeos no solo eran portugueses, sino también españoles, italianos, británicos y holandeses.

Y judíos. En un acantilado azotado por el viento yacían las ruinas de una sinagoga.

Según se informa, los judíos llegaron a la isla en el siglo XVIII .

Se dice que huían de la Inquisición portuguesa y se dirigían a Sudamérica, pero por alguna razón desembarcaron en Santo Antão.

En el norte de la isla hay un pequeño cementerio judío, seis o siete tumbas en total, la más reciente de 1927.

Solo quedaban la mitad de las paredes de la casa de culto.

El techo se había derrumbado hacía mucho tiempo y los recuerdos de quienes una vez vivieron allí se habían borrado.

La minoría judía de la isla se había fusionado con el resto de la variopinta población y ya no se distinguía de los otros caboverdianos.

Casi todos los jóvenes que conocí en Cabo Verde soñaban con irse.

Pero Airton Pina, más conocido por su nombre artístico, Titita, soñaba con quedarse.

Nos vimos en un café vacío de uno de los muchos pueblos tranquilos de la isla.

El hombre, de treinta y seis años, tenía una apariencia roquera, con grandes tatuajes en los brazos, cabello corto, piercings y gorra, pero poseía el carisma de un golden retriever.

Cuando sonreía, todo su rostro se iluminaba.

Cuando cantaba, su corazón estaba en las notas.

—Si no canto con el corazón, no es bueno —explicó—. Tengo que abrir mi corazón a la música.

Su padre también era músico, de la isla de Fogo, y estaba escrito que Titita seguiría sus pasos. Otros miembros de la familia habían seguido otros caminos. Tres de sus hermanos vivían en Francia y su abuelo había emigrado a Estados Unidos.

—Soy músico, tengo que estar aquí —dijo Titita—. Bebo la música de mis raíces. No hay otra manera.

Recientemente había grabado un vídeo musical con el productor de Cesária Évora.

—¡Era la más grande! Ya no vive, pero nunca morirá dentro de mí.

Cesária Évora es considerada la reina de la morna, la banda sonora distintiva de Cabo Verde.

La morna es para los caboverdianos lo que el fado para los portugueses, es la esencia misma del archipiélago.

En 2019 fue incluida en la Lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la Unesco.

Las letras melancólicas suelen cantarse en criollo y se acompañan de guitarra y cavaquinho (precursor del ukelele) y a menudo también de violín, clarinete, piano o percusión.

El estilo recuerda a una mezcla de fado, bossa nova y blues, con un toque de ritmos de África occidental, y los temas son casi exclusivamente tristes.

Trata sobre la sodade, sobre la pérdida, el anhelo de amor, la soledad y la melancolía.

No son precisamente temas exclusivos de Cabo Verde, pero capturan el estado de ánimo del archipiélago.

—¿Te imaginas Cabo Verde sin música? —le pregunté a Titita.

—No. —La respuesta no tardó en llegar—. ¡Cabo Verde sin música es como un líquido sin agua!

Los últimos días en Santo Antão los pasé en un pequeño hotel familiar en un aislado pueblo de pescadores en el lado este de la isla. Iba a pescar, iba a disfrutar de la tranquilidad y de la remota ubicación, iba a encontrar mi pulso de reposo lejos del mundo.

La primera noche soñé que estaba a bordo de un avión que era atacado por drones.

Me desperté al abrirse de golpe la puerta.

Fuera había una tormenta impresionante. Apenas logré cerrar la puerta antes de que se rompiera.

Tan pronto como volví a meterme bajo las sábanas, la ventana del baño se abrió de repente.

Me levanté, la cerré y me quedé dormida en medio del estruendo.

Soñé con insectos carnívoros y picaduras de pulgas.

Cuando me desperté por la mañana todo estaba cubierto de arena.

La cocina. El suelo. El baño. El lavabo.

Las sábanas. La mosquitera. El edificio temblaba y crujía una y otra vez, había cobrado vida durante la noche.

Bajé las escaleras para desayunar, pero me hicieron subirlas de nuevo.

Era demasiado peligroso desayunar a cielo abierto.

En su lugar, a todo el mundo se le serviría el desayuno en su habitación.

Y en la habitación nos quedamos todos. El techo de paja que cubría la terraza de la azotea se soltó, brizna a brizna.

Quité la arena del colchón y me acosté bajo la mosquitera para leer.

Las horas pasaban a la velocidad del caracol.

El viaje de pesca no lo hicimos; nadie se molestó siquiera en cancelarlo; la mayoría estaban ocupados remedando techos rebeldes.

El viento derribó los árboles. Por la tarde me di cuenta de que me habían mentido un poco e hice el torpe intento de salir a dar un paseíllo.

Enseguida me pararon los vecinos. «¿Adónde vas?

», me preguntaron. «¿Vas a salir a caminar?

» «Sí, eso pensaba», respondí, y di unos pasos vacilantes hacia la calle.

La arena me azotó las piernas, una pequeña rama me golpeó en la parte superior del brazo y me retiré rápidamente. Los vecinos se rieron a carcajadas.

Por la noche, el viento por fin amainó. La gente salió de sus casas y empezó a barrer, a ordenar, a arreglar y a reparar.

Salí en busca de comida y al final encontré un pequeño restaurante familiar que estaba abierto.

Mientras las olas acariciaban con suavidad la orilla, comí un plato de pescado sencillo pero sabroso y lo regué con una cerveza fría y refrescante.

Una cigarra solitaria se dedicaba a sus asuntos, y el mundo había vuelto a calmarse.

La isla de Sal ofrece un baño de hedonismo en estado puro.

Los vuelos chárter desde Europa transportan a los congelados nórdicos en servicios lanzadera a playas de arena y agua con temperaturas agradables, restaurantes con nombres como Leonardo o Praia y trescientos cincuenta días de sol al año.

Si uno se cansa de nadar, un mar de diferentes operadores turísticos lo atrae con tirolinas, motos acuáticas, windsurf y recorridos en quad por el desierto.

Grandes partes de la isla estaban en construcción y existían proyectos de varias instalaciones hoteleras ambiciosas.

Cogí un autobús lanzadera desde el aeropuerto hasta el hotel.

El autobús estaba abarrotado de jubilados alemanes pálidos como el invierno.

El hotel era tan grande que tuve que pedir ayuda para encontrar mi habitación.

La playa, por el contrario, era sorprendentemente pequeña.

Encontré un hueco vacío, desdoblé la toalla y me quedé allí tumbada escuchando el golpeteo de las motos acuáticas.

Un bote bananero zarpó de la orilla. Cada vez que levantaba la vista me encontraba con la mirada ansiosa de un vendedor de playa.

Por suerte solo iba a estar allí dos noches.

Hasta que el turismo de masas se impuso, la sal y el pescado eran, en una hermosa combinación, la fuente de ingresos más importante de la isla.

Los lagos salados estaban ubicados en su lado norte, lejos de los barcos bananeros, en un cráter volcánico que era tan antiguo que casi se había erosionado.

Un túnel conducía a través de la pared del volcán hacia la mina en desuso, donde se revelaba un paisaje lunar rojizo.

Los primeros cuatro estanques seguían llenos de agua, mientras que los otros estaban secos, cubiertos por pirámides de sal aplanadas y puntiagudas.

Una espuma blanca como la tiza explotó en mis sandalias y manchó el cuero.

En una de las piscinas, el nivel del agua era lo bastante profundo como para que fuera posible nadar. Me puse el traje de baño, me sumergí en el agua tibia y pegajosa e inmediatamente volví a flotar, ingrávida como un mosquito en una copa de vino.

Pringosa por el agua salada solidificada, regresé al balneario.

El camino casi no tenía curvas; una negra línea recta de asfalto atravesaba el paisaje y dividía en dos la isla desierta, que era plana como un sapo.

El conductor se dirigió hacia el sur, hacia los hoteles.

Más de dos tercios de los turistas que visitan Cabo Verde se alojan ahí, cerca de las playas, de las motos acuáticas y de las entradas de los restaurantes.

Cuerpos blancos hambrientos de sol y pobres en vitamina D bajo un cielo tropical con garantía de sol.