Cabo Bojador. Camino del fin del mundo #2
El verdadero Enrique es difícil de comprender, no importa cuál de los hombres del retablo fuera.
A lo largo de los siglos, muchos historiadores se han basado de un modo demasiado acrítico en las descripciones admirativas de Zurara, por lo que los mitos sobre los méritos de Enrique se han hecho más grandes que él; eclipsan al hombre de carne y hueso.
Uno de los más persistentes es que, unos años después de su victoria en Ceuta, Enrique estableció una escuela marítima en Sagres, en el extremo suroeste de Portugal.
Allí se dice que reunió a las mejores mentes de la época en astronomía, navegación, cartografía y marinería y trabajó diligente y sistemáticamente para explorar el océano Atlántico y la costa occidental de África.
No hay pruebas de la existencia de una escuela de ese tipo o de un centro de enseñanza marítima en Sagres.
Ni siquiera hay pruebas de que Enrique tuviera un palacio allí.
El fuerte, que hoy se alza de forma tan dramática sobre los acantilados de un extremo de Portugal, no se erigió hasta finales del siglo XVII , mucho después de la muerte de Enrique.
Es cierto que este recopilaba informes sobre las mareas y las direcciones del viento, y tal vez los discutió con los científicos de la época.
También contrató cartógrafos para hacer mapas de los nuevos lugares a los que navegaban los marineros portugueses, que era un procedimiento más o menos estándar.
Sin embargo, no se trataba de una escuela marítima organizada: los marineros portugueses aprendían el arte de la navegación a la antigua usanza, en el mar.
Según Zurara, Enrique estaba extraordinariamente interesado en el cielo estrellado, y no solo como herramienta de navegación: se dice que el príncipe puso gran énfasis en la influencia de las estrellas sobre la vida humana.
Incluso escribió un libro sobre el tema: El secreto del secreto de la astrología .
Por desgracia, el manuscrito se ha perdido.
Zurara escribe que, según el horóscopo, Enrique estaba destinado a lograr «grandes y nobles conquistas y a descubrir secretos que hasta entonces habían estado ocultos a los hombres», en los que el propio príncipe creía con firmeza.
Al parecer, las grandes y nobles conquistas fueron lo que más pesó: mientras vivió, Enrique estuvo maniáticamente preocupado por librar una guerra santa contra los musulmanes en Marruecos.
Las cruzadas contra estos fueron siempre su prioridad.
Tal vez imaginó que eran las guerras contra los incrédulos las que le traerían gloria y fama para la posteridad, o la salvación eterna.
Al mismo tiempo, quizás inspirado por el horóscopo, financió una serie de expediciones a lo largo de la costa de Marruecos y más al sur, hacia lo desconocido.
De ese modo sentó las bases de lo que sería el comienzo de una nueva era en Europa: la era de los descubrimientos.
Ese término tampoco es preciso, porque los marineros de Enrique (y las generaciones de marineros que vinieron después) desembarcaron en lugares que habían sido en gran parte «descubiertos» antes —al fin y al cabo la gente ya vivía allí—, pero ningún europeo había puesto nunca un pie en ellos.
Antes de la época de Enrique, el mundo se entendía fragmentado y dividido.
Nadie en Europa sabía dónde terminaba África, y solo tenían una vaga idea de dónde estaba China.
De que había un continente entero en el oeste, entre Europa y Asia, nadie tenía ni idea, y los que vivían allí, en ese continente aún «no descubierto», no sabían nada del resto del mundo.
Cuando la era de los descubrimientos llegó a su fin, un par de cientos de años más tarde, todo el globo terráqueo había sido cartografiado de manera precisa, con la excepción de los polos.
El mundo ya no era local, sino global, y el pequeño Portugal fue durante un tiempo el centro de todas las miradas.
Los días en el mar pasan como destellos y de repente se encadenan hasta formar toda una pequeña semana.
Pasamos por Oporto, Lisboa y el cabo de San Vicente, en la desembocadura del estrecho de Gibraltar.
Pronto tendremos África a babor. El mar está más tranquilo, el aire es más cálido.
Una noche hace tan buen tiempo que subo a la cubierta superior.
El barco se desliza silenciosamente a través de la noche, iluminado solo por media luna.
Allá abajo está el agua, tan negra como el cielo nocturno.
Me acuesto boca arriba en el frío suelo de acero y dejo que mis ojos se acostumbren a la oscuridad.
El resplandor de miríadas de soles lejanos es visible en el firmamento.
Esos mil diminutos puntos luminosos han viajado durante millones de años, a 300.
000 kilómetros por segundo, para ser registrados en mi retina, al revés, en un atisbo de la eternidad en un carguero en el Atlántico Norte.
A medida que la noche fluye hacia el mañana, otras luces golpean la retina; estas no han viajado ni una millonésima de segundo.
Pasamos por Las Palmas de Gran Canaria; detrás de la franja horizontal de luz, la isla misma se eleva como una sombra abultada.
Hasta la época de Enrique el Navegante, el mundo conocido terminaba ahí, justo al sur de las islas Canarias.
El príncipe Enrique estaba casi tan obsesionado con las islas Canarias como con Marruecos, y era lo suficientemente rico y poderoso como para convertir su obsesión en acción.
Con el fin de consolidar la posición de la Casa de Avís, esa flamante dinastía, el rey Juan I había dado a sus hijos posiciones influyentes.
Tras la conquista de Ceuta, Enrique fue nombrado duque del distrito de Viseo, en el interior septentrional de Portugal, y cuatro años más tarde se convirtió en jefe de la rica y poderosa Orden de Cristo, heredera de los templarios.
Durante treinta años, Enrique se esforzó por subyugar las islas al dominio portugués, pero llegó demasiado tarde.
El explorador normando Jean de Béthencourt ya había desembarcado en Lanzarote en 1402, y en los años siguientes también conquistó un par de islas vecinas y recibió el título de rey de las islas Canarias.
Sin embargo, el verdadero señor de las islas era Carlos III, rey de Castilla, que había financiado la expedición.
Una vez más, no se trató de ningún descubrimiento real, pues las islas se conocían desde la antigüedad y ya estaban habitadas.
Los pueblos indígenas, que fueron llamados colectivamente «guanches», habían vivido en esas islas en el mar durante tanto tiempo que ya no hablaban el mismo idioma, porque estaban aislados en islas separadas y no tenían barcos, a pesar de que en algún momento tuvieron que cruzar el océano desde el continente africano.
Los castellanos tardaron casi cien años en hacerse con el control de todo el archipiélago, ya que los guanches opusieron una feroz resistencia pese a vivir en una cultura de la Edad de Piedra y no disponer de metal.
Los guerreros de Enrique fueron recibidos con la misma combatividad.
Los europeos del sur fueron entrenados para librar batallas heroicas en el campo de batalla, no para la guerra de guerrillas.
En 1424, Enrique envió un ejército de varios miles de hombres a Gran Canaria, supuestamente porque tenía un fuerte deseo de convertir a los paganos al cristianismo.
La expedición terminó en una derrota tan humillante que el cronista de la corte, Zurara, solo la menciona en única sola frase, casi de pasada, y guarda silencio sobre el resultado.
Además de la feroz resistencia de los indígenas, hubo violentas protestas del archienemigo Castilla cada vez que los portugueses intentaban conquistar «sus» islas.
Estos, en cambio, reclamaron las suyas propias.
Alrededor de 1419, dos de los marineros de Enrique salieron en medio de una tormenta y desembarcaron en una isla a la que llamaron Porto Santo, Puerto Santo, agradecidos como estaban de haber escapado con vida.
La isla vecina, mucho más grande, se llamó Madeira porque estaba cubierta de un denso bosque de laurel: madeira significa «madera» en portugués.
Enrique se atribuyó el mérito del descubrimiento del pequeño archipiélago, aunque tampoco en ese caso se trató de un descubrimiento real, puesto que las islas ya estaban marcadas en los mapas genoveses a mediados de 1300.
Pero Portugal tomó posesión de ellas y comenzó a poblarlas.
A diferencia de las islas Canarias, Madeira estaba deshabitada, y tal vez eso explique por qué nadie se había molestado en reclamarla antes.
Una de las principales razones del gran interés de los íberos por Canarias fue la posibilidad de capturar guanches y venderlos como esclavos.
Al frente de la colonización de Madeira estaba Enrique, y probablemente fue él quien la financió.
El hijo del rey nunca visitó ese pequeño y espectacular archipiélago en cuyo dueño se convirtió, sino que lo administró todo desde Portugal.
Si bien la colonización de Madeira, en contraste con las campañas contra Marruecos y las islas Canarias, fue un gran éxito, no todas las medidas fueron igual de exitosas.
Para tener fácil acceso a la carne, los primeros colonos de Porto Santo llevaron consigo conejos.
Dado que los conejos no tenían enemigos naturales en la isla, la población se descontroló rápidamente y se hizo imposible cultivar nada.
Los colonos tuvieron más suerte con la viticultura y, no menos importante, la caña de azúcar.
A finales de siglo, Madeira era la mayor productora de azúcar del mundo.