Cabo Bojador. Camino del fin del mundo
Cabo Bojador
Camino del fin del mundo
X MAR PORTUGUÉS
¡Oh mar salado, cuánta de tu sal
son lágrimas de Portugal!
Para que te cruzáramos, ¡cuántas madres lloraron,
cuántos hijos en vano rezaron!
¡Cuántas novias quedaron por casar
para que fueses nuestro, oh mar!
¿Valió la pena? Todo vale la pena
si el alma no es pequeña.
Quien quiere pasar allende el Bojador
ha de pasar más allá del dolor.
Dios al mar el peligro y el abismo dio,
mas fue en él donde el cielo se reflejó.
F ERNANDO P ESSOA 1
—Espero que no te hayas mareado.
El capitán me mira ansioso desde el otro lado de la mesa.
—No, en absoluto —le aseguro.
—Me alegra oír eso. —Obviamente no me cree, porque añade reconfortante—: Lo peor habrá pasado pronto. Esta noche saldremos al Atlántico, y el mar estará más tranquilo.
Mis compañeros de mesa me hablan de su estado civil y del número de hijos, y me entero de qué parte de Filipinas son, porque todos son filipinos, algo que rara vez dejan de señalar. Si hay silencio alrededor de la mesa, solo hay que hacer una pregunta sobre Filipinas y se salva la conversación.
Tomo unos bocados de pescado frito y vuelvo tambaleándome a mi camarote y al oscilante escritorio.
Son solo las seis y media, pero es como si el barco ya se hubiera convertido en una bella durmiente.
Los marineros se sientan solos en sus propios camarotes, con la lenta conexión a internet del barco como única compañía.
Llaman a la puerta. Uno de los oficiales quiere mi pasaporte y mi cartilla de vacunación; ya está preparando mi llegada a Port Elizabeth, Sudáfrica, donde cambiaré de barco.
Son casi tres semanas más, una eternidad para mí, pero nada para ellos, que pasan al menos seis meses seguidos a bordo.
Los cadetes y tripulantes de rango inferior tienen contratos de nueve meses.
Después de un par de meses en tierra, suben otra vez a bordo de otro barco, y pasan otros nueve en el mar.
Por la noche, camino hacia el comedor para servirme una taza de té.
Sigue tambaleándose. Ya en el pasillo oigo gritos, cantos.
La puerta de la sala está entreabierta, y dentro están todos, el capitán, los ingenieros, los cadetes y los oficiales.
Todos excepto May, tercera oficial y única mujer de la tripulación, que está de servicio en el puente a pesar de que es su cumpleaños lo que se está celebrando.
Las luces se atenúan y un sistema de iluminación separado garantiza un ambiente de discoteca.
Los altavoces son tan grandes como un poni mediano.
Hay latas de cerveza en las mesas. Tomo asiento en un sofá vacío con un catálogo de canciones, grueso como una Biblia, en mi regazo.
Uno tras otro, los marineros cogen el micrófono y lo dan todo.
Hay canciones de amor melancólicas, de pérdida, perdón y pasión.
Los altavoces sueltan temas sensibles de Bryan Adams, Take That y Backstreet Boys; algunos chicos tienen voces impresionantes, otros tienen voz pero no oído, y algunos no tienen ninguna de las dos cosas, pero eso no importa mientras la entrega sea impecable.
Uno de los maquinistas toca regularmente en bares musicales cuando está en casa, en Filipinas.
Ha subido su violín electrónico a bordo y acompaña a los brillantes cantantes con solos improvisados.
A intervalos regulares, todos me miran expectantes.
Después de tomar un par de cervezas, empiezo a hojear la biblia de las canciones.
Al final aterrizo en una canción que creo conocer, pero resulta que solo conozco el estribillo, y tampoco tengo voz para cantar, pero al menos soy lo suficientemente musical como para darme cuenta de que desafino al cantar.
No importa; he pasado el bautismo de fuego.
Por fin llega también May, y la cumpleañera canta a los hombres, tiene la voz más grande de todas.
El capitán le ofrece un bonito discurso por su trigésimo cumpleaños.
Cuando termina la parte oficial de la celebración, sacan dos cajas de cartón.
En ellas se suben dos cadetes con pantalones oscuros, corbata y gafas de sol.
Comienzan a moverse de una manera seductora, no particularmente sutil.
Otro se arranca la camisa y se une al baile mientras Sex Bomb retumba en los altavoces.
El barco se ha transformado en un espectáculo flotante de Chippendales, sección de Manila.
A medianoche, la cumpleañera se retira. Mi compañero se vuelve cada vez más hablador, el violinista se queda dormido en la habitación de al lado y hay que traerlo de vuelta; sigue tocando, medio dormido.
Después de cinco horas de karaoke continuo, tiro la toalla.
No se han permitido ni siquiera un descanso de diez segundos; han ido seguidas, una balada tras otra.
Los cadetes siguen un rato más; los más jóvenes todavía tienen algo de longing y love que dar antes de regresar a sus solitarios camarotes.
No hay más diversión que la que uno mismo se inventa, me digo.
¿Con qué se divertían a bordo de las pequeñas carabelas en la época de Enrique el Navegante?
¿Cantaban? Es probable. Seguramente también bebían mucho.
Pero ¿qué más? ¿Qué bautismos de fuego hacían?
Al respecto, las fuentes no dicen nada. Y guardan casi el mismo silencio respecto al propio Navegante.
En Portugal hay imponentes monumentos conmemorativos en su honor aquí y allá, ya que Enrique fue una figura ideal prominente en la construcción de la identidad portuguesa en los siglos XIX y XX , cuando se suponía que todos los países de Europa tenían héroes ejemplares, pero, estrictamente hablando, sabemos más bien poco sobre él.
Él mismo encargó una obra sobre sus exploraciones en África, y esa obra es una de las pocas fuentes contemporáneas que tenemos sobre su vida.
El manuscrito lo escribió Gomes Eanes de Zurara, que trabajaba en el Archivo Real y que con el tiempo se convirtió en cronista de la corte del rey portugués.
La obra se tituló Crónica do Descobrimento e Conquista da Guiné, y era descaradamente hagiográfica.
Zurara se prodigó en descripciones grandilocuentes de su patrocinador:
Y su cuerpo combativo parecía creado por una naturaleza distinta.
Tan incansable era su esfuerzo, y tan pesada su carga, que así como los poetas imaginaban que Atlas, el titán, sostenía el cielo sobre sus hombros —porque tenía un vasto conocimiento sobre los movimientos de los cuerpos celestes—, así dice el pueblo de nuestro reino que las hazañas de ese príncipe fueron tan grandiosas que ni siquiera las cumbres de las montañas pueden compararse con ellas.
Lo que para otros parecía imposible, gracias a sus incansables fuerzas, le resultaba la tarea más sencilla. 2
Durante mucho tiempo, la crónica de Zurara desapareció sin dejar rastro, pero en 1839 se encontró un manuscrito intacto en la Biblioteca Real de París.
El manuscrito parisino incluía un retrato de Enrique.
La imagen es idéntica a la de un retablo de mediados del siglo XV .
En ese retrato, que está abundantemente poblado, el príncipe está de pie a la izquierda, detrás del rey Alfonso, que aparece arrodillado.
En la cabeza, Enrique lleva un chaperon, el último grito en la moda de sombreros para señores de clase alta en ese momento.
Chaperon quiere decir «capucha» en francés, y originalmente significaba eso, capucha.
En el siglo XIV se puso de moda separar la capucha del resto de la capa y enrollarla hasta formar una especie de corona amplia alrededor de la cabeza.
De la parte superior de esa corona colgaba la punta de la capucha, que podía acomodarse sobre los hombros o alrededor del cuello.
Una especie de turbante con cola, por así decirlo.
Enrique es el único en la imagen que lleva un chaperon, y por ello aparece como el miembro de la familia más consciente de la moda.
En la parte superior del cuerpo lleva una chaqueta roja, adornada con un sencillo cuello negro.
El artista ha logrado plasmar las arrugas en la frente y los ojos cansados, preocupados, pero aun así curiosos y decididos, que miran más allá del espectador, hacia un punto desconocido en el horizonte.
Parece sabio y amable. El retrato hace tiempo que se volvió icónico; retrata tanto una época como a una persona.
Aunque quizás no sea Enrique el Navegante el que se representa a la derecha del santo.
El retrato, que forma parte de un retablo mayor, fue descubierto en Lisboa en la década de los ochenta del siglo XIX después de haber estado escondido en un monasterio durante muchos años.
El retablo se ha atribuido al artista Nuno Gonçalves, que fue pintor de la corte a mediados del siglo XIV , pero nadie sabe con certeza quién pintó la tablilla o quiénes son las personas que aparecen en la imagen.
Una teoría alternativa es que Enrique no es el misterioso hombre moreno con gran sombrero negro de la izquierda de la imagen, sino el tipo rubio con gran mordida de la derecha.
Detrás de ese posible Enrique están probablemente sus hermanos.
Todos ellos llevan sombreros —ordinarios y aburridos, chaperonas que no entran en las modas—, mientras que Enrique, si es que es él, está con la cabeza descubierta y se arrodilla frente a ellos, como para pedir perdón.
Ese posible Enrique tiene unas cejas grandes y pobladas y unos ojos muy juntos que irradian terquedad y fuerza de voluntad, pero no ingenio ni amplitud de miras; más bien parece un poco ingenuo, y definitivamente no da la sensación de ser sabio ni amable.