Los navegantes La frontera #3
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La frontera #3

La ciudad era la terminal septentrional de muchas de las caravanas comerciales que cruzaban el Sáhara, y los mercados de Ceuta abundaban en oro, esclavos y marfil.

Además, el sultanato era un importante productor de trigo, un producto que los portugueses necesitaban con urgencia.

El ataque también era fácil de defender moral y religiosamente.

Piratas y ladrones utilizaban Ceuta como base, y la población era musulmana.

Al igual que España, gran parte de Portugal había estado sujeta a varios califatos musulmanes desde el año 700.

El primer rey de Portugal, Alfonso I, reconquistó Lisboa en 1147, y cien años después, en 1249, los últimos gobernantes moros fueron expulsados del Algarve.

Para los portugueses, la reconquista quedó completa.

¿O no? ¿A qué distancia deberían ser expulsados los odiados musulmanes?

La flota de guerra tenía previsto poner rumbo a Ceuta el 10 de julio de 1415, pero su partida se pospuso en el último momento.

Durante los últimos cien años, el país se había visto afectado por una serie de epidemias de peste.

La peste negra, en particular, había golpeado con dureza.

En 1300, Portugal tenía aproximadamente un millón y medio de habitantes; cien años después, el número se había reducido a alrededor de un millón.

En el verano de 1415, la peste volvió a asolar Lisboa, y esa vez la reina se convirtió en una de sus muchas víctimas: Felipa de Lancaster murió el 19 de julio.

1 Justo antes de que la reina diera su último aliento, se dice que el viento comenzó a soplar con fuerza.

La reina preguntó de dónde venía, y cuando escuchó que era del norte se alegró mucho, ya que ese viento era favorable para la conquista planeada.

En otras palabras, no había que cancelarla.

Seis días después de la muerte de Felipa, el 25 de julio de 1415, la flota de invasión portuguesa se puso en marcha.

El objetivo se mantuvo en secreto hasta el último minuto.

Era la primera vez que Portugal atacaba una ciudad de África, y el factor sorpresa fue decisivo.

La historia consta de una larga serie de coincidencias.

La invasión no salió según lo planeado. Justo antes de que los portugueses estuvieran a punto de asaltar Ceuta, el viento sopló bruscamente y los barcos se desviaron de su curso.

Algunos de ellos acabaron en el nordeste de Málaga.

En Ceuta, el gobernador local dispuso de tiempo suficiente para prepararse para el ataque, y llamó a hombres de cerca y de lejos para defender la ciudad.

Unos días más tarde, los portugueses intentaron de nuevo tomarla, pero otra vez los planes se vieron frustrados por las condiciones del viento y los barcos volvieron a desviarse de su curso.

Suponiendo que el peligro había pasado, los marroquíes enviaron los refuerzos de vuelta a casa.

Cuando los portugueses desembarcaron a primera hora de la mañana del 21 de agosto de 1415, casi un mes después de haber salido de Lisboa, tenían el elemento sorpresa de su lado.

Se abrieron paso entre los pocos defensores de la ciudad, que tenían poco más que piedras a su disposición, y lograron atravesar la Puerta Califal antes de que los moros, que huían, pudieran cerrarla.

Los portugueses se lanzaron a las calles desiertas de la ciudad.

El ataque, que se había planeado durante tanto tiempo y que había costado tanto, terminó en menos de un día, a un costo casi milagrosamente bajo.

Los portugueses solo perdieron ocho hombres.

Nadie sabe cuántos integrantes de la población local tuvieron que pagar con sus vidas durante el ataque y el saqueo subsiguiente.

La historia del Imperio portugués en todo el mundo comenzó ahí, en la Puerta Califal, con forma de ojo de cerradura, de las murallas de la ciudad de Ceuta en agosto de 1415.

En ese momento, por supuesto, nadie tenía idea de lo que traerían los próximos siglos en términos de triunfos marítimos.

No había un plan general; una cosa llevó a la otra, que a su vez condujo a una tercera y a una cuarta, a veces paralelas y a veces huecas hasta la médula, porque la historia no es una línea recta, sino un delicioso caos.

Más a menudo de lo que nos gustaría pensar, el destino de un país, y en alguna ocasión incluso el futuro de todo un continente, cambia por los caprichos y órdenes de un solo individuo.

La persona en cuestión rara vez es capaz de prever las consecuencias de sus actos, por no hablar del alcance de su propio legado, del que se informa con posterioridad y que también está en constante cambio.

En esta historia, ese individuo es Enrique el Navegante.

Durante la invasión de Ceuta, Enrique tenía veintiún años y era el tercero en la línea de sucesión al trono portugués.

Se le ha dado un lugar permanente en la rotonda más transitada de Ceuta: el príncipe portugués explora el tráfico hacia el mar, anclado en el tiempo y en su propio mito.

Muchos de esos mitos fueron creados mientras él estaba vivo, a menudo por él mismo, pero se dice que el joven príncipe mostró un gran heroísmo (al límite de lo temerario) durante la conquista de Ceuta.

Atravesó en primera línea la puerta de la ciudad y resultó levemente herido durante el combate.

Por un breve periodo, la familia creyó que estaba muerto.

Si eso hubiera sido cierto, la historia del mundo habría sido diferente.

Una cosa es conquistar una ciudad y otra muy distinta es conservarla. Los portugueses habían invertido tanto dinero, tantos hombres y tanto prestigio en tomar Ceuta que no les quedó más remedio que aferrarse a ella, costase lo que costase.

Y tuvo un costo. Los benimerines musulmanes intentaron en varias ocasiones recuperar Ceuta.

Los portugueses construyeron murallas y fortalezas y se atrincheraron en la pequeña ciudad, que de la noche a la mañana había dejado de ser una importante y animada ciudad comercial.

Los lugareños habían escapado, y las lucrativas caravanas comerciales ya no se detenían en Ceuta, sino que continuaban hacia el oeste, hacia Tánger.

Los portugueses se asentaron allí, completamente solos, gobernando la ciudad que habían usurpado.

Toda la comida, todos los suministros debían enviarse en barco desde Portugal porque los vecinos musulmanes se negaban a vender ni un grano de trigo a los invasores cristianos.

Hace ya seiscientos años, Ceuta era un puesto de avanzada europeo fuertemente subvencionado.

Los portugueses no se dieron por vencidos en Ceuta.

Aunque Portugal tendría las manos llenas en los siglos siguientes con conquistas y guerras en climas más lejanos, también dedicó considerables recursos a tratar de subyugar a Marruecos.

A lo largo de la costa marroquí, los fuertes portugueses siguen siendo numerosos, signos visibles de la ocupación portuguesa.

El hecho de que Ceuta ya no sea portuguesa, sino que haya acabado en manos españolas, se debe a otra de las muchas casualidades de la historia.

Doscientos años después de que Juan I fuera coronado rey, una vez más no había un heredero varón directo de la Corona portuguesa.

El último heredero del trono, el rey Sebastián, murió en el campo de batalla de Marruecos en 1578, con solo veinticuatro años, soltero y sin hijos.

Gracias a su imparable afán de conquista, Portugal gobernaba en ese momento gran parte del mundo, desde Brasil, en el oeste, hasta Macao, en el este; sin embargo, el joven rey había arriesgado su vida para hacer realidad el viejo sueño de la victoria sobre los musulmanes en Marruecos.

El rey Felipe II de España se lanzó a la disputa por la sucesión al trono portugués.

Era nieto de un antiguo rey portugués y, por lo tanto, uno de los candidatos al trono con el pedigrí mejor cualificado.

Desgraciadamente, también era rey de España.

Los portugueses no solo habían perdido a su joven rey, sino también a decenas de miles de soldados durante la última batalla en Marruecos y no tenían ninguna posibilidad contra el ejército español.

En 1581, Felipe II de España fue coronado con el nombre de Felipe I de Portugal.

Cuando Portugal se separó de España durante la llamada guerra de Restauración sesenta años más tarde, Ceuta se había convertido, en efecto, en una ciudad española, y sus habitantes estaban del lado de España.

Solo la bandera y el escudo de armas siguen siendo portugueses, sin cambios desde 1415.

El día que estaba a punto de salir de Ceuta, pedí a Óscar que me llevara de nuevo a la frontera, a un lugar donde pudiéramos ver la cueva de Benzú.

Óscar no había oído hablar de esa cueva antes, pero logramos encontrar la roca donde debía de estar ubicada.

Los arqueólogos creen que la cueva fue habitada por humanos desde hace doscientos cincuenta mil años y hasta hace setenta mil.

Las cifras son tan grandes que resultan difíciles de comprender: durante ciento ochenta mil años, miles de generaciones, la gente debió de vivir en esa cueva que, con un poco de buena voluntad, creímos vislumbrar en la loma de la montaña.

Quizás algunos de ellos viajaran más allá atravesando el estrecho, hacia Europa.

Tal vez comerciaron con la gente del otro lado.

Como se quedaron tanto tiempo, debieron de prosperar ahí, a medio camino entre el Mediterráneo y el océano Atlántico, en el extremo de África.

Cuatro muchachos bajaron la colina caminando hacia Óscar y hacia mí.

Estaban en la adolescencia tardía y vestían con ropa demasiado fina para el sombrío clima de enero.

Los cuatro eran de aldeas del otro lado de la valla.

Cuando el año anterior los guardias fronterizos miraron de repente hacia otro lado, soltaron todo lo que tenían en las manos y huyeron.

Durante años habían hablado maravillas de Europa, y de pronto la oportunidad estaba ahí.

Por el momento, estaban atrapados en el centro de acogida de Ceuta.

La vida llevaba en suspenso siete meses, pero seguían aferrados al sueño de una nueva vida al otro lado del estrecho de Gibraltar.

Fantaseaban con ser carpinteros y mecánicos, con construir una casa y labrarse un futuro en la Península prometida.

—En Marruecos no hay futuro para nosotros, así que nuestros padres nos apoyaron para que viniéramos aquí —explicó uno de los chicos. Llevaba sandalias en los pies descalzos.

—¿No es difícil estar lejos de la familia? —pregunté.

Óscar vaciló. No sabía muy bien cómo traducir la pregunta al árabe. Finalmente encontró una manera, y de repente los adolescentes parecían niños.

—Sí, claro que es difícil —dijo el más alto, fijando los ojos en el suelo—. Llamo a mi madre todos los días. Pero ella puede venir después. Cuando tengamos un trabajo y una casa.

Enrique el Navegante había soñado con África. Los chicos soñaban con Europa.