La frontera #2
Hablaba sin parar de virus, de las autoridades, de China.
¿Cuánto tiempo se tarda en beber tres centilitros?
Fuera ya había comenzado a oscurecer. César seguía hablando, en ese momento de los indios de América.
Se mostró escéptico en cuanto a que la mayoría de ellos hubieran sido infectados con virus en aquel entonces, hace muchos cientos de años.
Finalmente, el compañero se materializó, y César y yo nos dirigimos a la Puerta Califal. César se ajustó la mascarilla y se puso en modo guía:
—La zona portuaria es más plana que el resto de Ceuta, ¿se nota? Hicieron vertederos aquí en la época de Franco, porque había muy poco espacio. Y con ello desaparecieron todas las playas de arena...
Cruzamos la calle. César abrió una puerta y entramos en un patio donde había una enorme higuera antigua. Una estrecha escalera empinada conducía a la muralla de la ciudad. Había oscurecido tanto que César tuvo que encender su teléfono para que no tropezáramos con las escaleras.
—Antes, el límite de la ciudad estaba aquí —dijo—. Toda la zona al oeste del canal, aproximadamente la mitad de la actual Ceuta, se convirtió en territorio español después de la guerra contra Marruecos en 1860.
Desde lo alto de las gruesas murallas defensivas teníamos una vista de toda la ciudad. César señaló hacia una gran fábrica. El humo que salía de las ruidosas chimeneas era visible incluso en la oscuridad.
—Ahí es donde se produce nuestra electricidad —dijo—. Obtenemos la electricidad de generadores diésel.
—¿De dónde sacáis el agua?
—De la planta desalinizadora, donde purifican y desalinizan el agua del mar. Nuestra basura se transporta en barco a Europa, porque los marroquíes se niegan a aceptarla.
—¿A qué se dedica realmente la gente aquí? —pregunté, escuchando con claridad el eco de mis tíos del oeste de Noruega en la pregunta.
—Aquí hay muchos militares —respondió César—.
Muchos guardias fronterizos. También disponemos de una gran administración, por lo que tenemos muchos empleados del Gobierno.
Reciben un 25veinticinco por ciento más de salario como compensación por estar tan lejos de la madre patria.
Además, aquí hay exención del IVA, porque Ceuta no forma parte del espacio Schengen, por eso es bastante barato vivir aquí.
Casi todos los españoles aquí tienen criadas de Marruecos.
Cruzan la frontera por la mañana y vuelven a salir por la noche. Cuando está abierta, claro.
César alzó la vista hacia el pálido cielo estrellado.
—Imagínate lo que cuesta todo —dijo pensativo—. Solo el guardia... Es probable que España venda pronto Ceuta a los marroquíes.
Dudé, pero no dije nada. Marruecos reclama tanto Ceuta como Melilla, otro enclave español situado a poco más de doscientos kilómetros al este de Ceuta y que es aún más pequeño.
Las autoridades españolas afirman que esos dos exclaves no pueden compararse con las colonias europeas posteriores, ya que tanto Ceuta como Melilla han sido territorio español durante muchos siglos.
Además, ¿qué estado se deshace voluntariamente de parte de su territorio?
Al menos Marruecos no, que se aferra al Sáhara Occidental.
Ni el Reino Unido, que no tiene ninguna intención de desprenderse de Gibraltar.
Y tampoco lo ha hecho España, que ha gastado millones de euros para fortificar los dos exclaves del continente africano.
Puede que Ceuta no tenga tanta importancia estratégica como Gibraltar, pero es un buen número dos, sobresaliendo como una espita justo al este del estrecho, a la entrada del Mediterráneo.
Sin duda, un proyecto con pérdidas financieras, pero, en la ponderación entre economía y masa de tierra, esta última casi siempre pesa más.
César volvió a sacar las llaves y abrió una nueva puerta.
Apareció ante nosotros una escalera de caracol que conducía a las cámaras interiores de la fortaleza.
Juntos descendimos a través de los escombros, paso a paso, atravesando capa tras capa de historia, hasta que llegamos tan atrás en el tiempo como los arqueólogos habían excavado.
Habían retrocedido a la época romana. El suelo y las paredes estaban llenos de rastros de los hornos donde los romanos cocían ánforas de cerámica y de las cubas donde almacenaban el garum, una salsa de pescado fermentada de la que la gente de la época no se cansaba y que probablemente se parecía a la salsa de pescado utilizada en la cocina vietnamita actual.
Hace unos dos mil años, el pescado se salaba y se producía garum en grandes cantidades en Ceuta, que entonces se llamaba Septem y era un puesto de avanzada romano con una población predominantemente cristiana y de habla latina.
El olor a pescado podrido debía de flotar sobre la ciudad como una niebla permanente.
La Puerta Califal se construyó muchos siglos después de la caída del Imperio romano.
Antes de que Ceuta fuera tomada por califatos musulmanes, la ciudad fue invadida a su vez por vándalos, bizantinos, visigodos y bereberes.
En el año 900, el califato omeya conquistó Ceuta.
A los omeyas les siguieron los almorávides, a los que siguieron los almohades y los hafsíes, y finalmente los benimerines, que conquistaron la ciudad en 1387 y que serían los últimos musulmanes en gobernar Ceuta.
La abertura en forma de ojo de cerradura en la muralla de la ciudad permaneció como una huella de aquellos tiempos pasados.
La puerta en sí había desaparecido hacía mucho tiempo.
Durante los seis siglos transcurridos desde la entrada portuguesa, las defensas se habían reforzado, ampliado y perfeccionado con trincheras, torres, fosos y puentes levadizos: la industria fronteriza tiene una larga tradición.
Poco a poco, la Puerta Califal había ido desapareciendo bajo nuevas capas de piedra y grava, y solo recientemente había sido excavada de nuevo con minuciosidad.
La invasión portuguesa de 1415 se había planeado durante más de dos años.
El pequeño país había logrado reunir un ejército impresionante.
Las tropas de invasión constaban de hasta cincuenta mil hombres en total, de los cuales un poco menos de veinte mil eran combatientes, divididos en más de doscientos barcos, pequeños y grandes.
A la cabeza del ataque estaban el rey Juan I y sus tres hijos mayores: Eduardo, Pedro y Enrique.
El rey Juan fue el primer rey portugués de la Casa de Avís.
Había llegado al poder treinta años antes en lo que fue, efectivamente, un golpe de Estado.
En 1383, el rey Fernando I murió sin haber tenido hijos legítimos, dejando a Portugal sin un heredero directo varón del trono.
La hija de Fernando, Beatriz, se casó con otro Juan, el rey Juan de Castilla.
Castilla fue uno de los precursores de lo que más tarde se convertiría en España (y en el enemigo hereditario de Portugal).
Si Beatriz se hacía cargo del trono portugués, en la práctica significaría una unión dinástica con Castilla, pero apareció otro Juan.
Era el hijo ilegítimo del rey anterior y gran maestre de la Orden de los Caballeros de Avís.
Con el apoyo de Inglaterra, ese Juan y sus seguidores portugueses obtuvieron una aplastante victoria sobre Castilla en la batalla de Aljubarrota, una batalla que hasta el día de hoy es asignatura obligatoria para los escolares portugueses.
La independencia de Portugal estaba asegurada.
El hijo ilegítimo del rey ascendió al trono como Juan I, y durante los siguientes doscientos años la Casa de Avís convertiría a Portugal en uno de los países más poderosos del mundo, hasta que el país volvió a quedarse sin herederos al trono.
La guerra con Castilla continuó hasta 1411 y dejó a Portugal empobrecido.
La tesorería estaba vacía y había gran escasez de todo, incluso de grano, porque, además, las cosechas habían fracasado.
Uno pensaría que, en tal situación, el rey Juan se concentraría en reconstruir el país en lugar de gastar en una conquista arriesgada el dinero que, estrictamente hablando, no tenía.
Pero, al mismo tiempo, el rey dependía de mantener a la nobleza de buen humor.
¿Adónde enviarían a sus hijos una vez hecha la paz con Castilla?
Miles de caballeros y soldados estaban desempleados.
Los propios hijos del rey también estaban ansiosos por una nueva guerra.
Al igual que muchos jóvenes de aquella época, soñaban con lograr grandes hazañas en el campo de batalla.
La dinastía a la que pertenecían era nueva y vacilante; una conquista exitosa contra los infieles inspiraría respeto.
Era la época de las cruzadas, y la lucha contra los musulmanes se consideraba una cuestión existencial.
Los príncipes habían contemplado tomar Granada, el bastión de los moros en Andalucía, pero el rey se había resistido.
Atacar Granada, o Gibraltar, equivalía a enfrentarse de nuevo a Castilla.
Tánger, en Marruecos, acababa de ser saqueada por Castilla, por lo que allí apenas había mucho más que ganar.
La vecina ciudad de Ceuta, por su parte, destacaba como objetivo prometedor.