Los navegantes La frontera
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Los navegantes

Los navegantes

Por Erika Fatland

© inepub.com

La frontera

La frontera

El único paso de la ciudad fronteriza estaba cerrado.

Había un policía sentado solo en un pequeño puesto mirando a la playa, donde la valla fronteriza continuaba unos metros hacia el mar.

Al otro lado estaba Marruecos, con sus apenas cuarenta millones de habitantes.

Y más allá, el resto de África, casi mil quinientos millones de personas.

La industria fronteriza pasa por buenos momentos.

El optimismo de la época en torno a la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética es cosa del pasado.

Hoy en día, las fronteras nacionales del mundo se están afianzando a un ritmo vertiginoso, en todos los continentes, con la ayuda de muros anticuados y alambre de púas, pero también de drones y muros virtuales custodiados por inteligencia artificial.

Es cierto que se puede viajar con libertad entre los países de la Unión Europea una vez que se ha entrado, pero, por otro lado, las fronteras exteriores están cada vez más celosamente guardadas.

Y ninguna lo está más que esa, la frontera exterior entre Europa y África, una España en miniatura rodeada por Marruecos y el Mediterráneo.

Ceuta tiene una superficie de algo menos de veinte kilómetros cuadrados.

Ahí se juntan más de ochenta mil ciudadanos de la Unión Europea protegidos por una doble valla fronteriza de seis metros de altura rematada con alambre de púas y consolidada con cámaras y sensores que registran el movimiento, el calor y el sonido.

Además, varios centenares de guardias fronterizos trabajan día y noche para mantener la frontera bajo vigilancia.

—Antes aquí siempre había mucho trabajo —dijo Óscar, el taxista que me llevó por el pequeño enclave.

Señaló un complejo de almacenes desiertos—.

Allí se vendía ropa de segunda mano y otras cosas viejas de Europa —explicó—.

Las mulas, como las llamamos, cruzaban la frontera, compraban montones de artículos de segunda mano y los llevaban a Marruecos.

Los funcionarios de aduanas hacían como que no lo veían.

En el lado marroquí manda la mafia. Se llaman a sí mismos guardias fronterizos, pero hacen el agosto.

Óscar entrecerró los ojos ante el pálido sol de enero. Un puñado de hombres de unos cincuenta años, vestidos con mallas de licra negra y gafas de sol iridiscentes, fueron en bicicleta hacia el puesto fronterizo abandonado, dieron media vuelta y regresaron a la ciudad.

—Tendrías que haber venido el año pasado —dijo Óscar—. Fue una locura. Los centros de recepción estaban llenos, había refugiados por todas partes, en las calles, en las playas, había inmigrantes ilegales sentados en cada piedra.

Antes de la afluencia de refugiados el año anterior, en 2021, un activista del Sáhara Occidental había sido ingresado en un hospital de España con una identidad falsa.

El incidente derivó en una crisis diplomática entre Madrid y Rabat.

Pocas semanas después de la hospitalización se extendió el rumor de que las fronteras con Ceuta estaban abiertas.

Un mar de gente cruzó la frontera arrastrándose y nadando mientras los guardias fronterizos marroquíes miraban hacia otro lado.

En poco más de un día, ocho mil personas llegaron al enclave español.

—Casi todos han sido devueltos —dijo Óscar—. Quedan unos pocos menores de edad. Sí, por supuesto que todavía hay varios ilegales aquí, que pasan el rato merodeando por los supermercados y el muelle; así es siempre aquí en Ceuta. ¿Los has visto?

Negué con la cabeza. Los había buscado, pero no los había visto.

Los hombres de mediana edad vestidos con licra volvieron a acercarse a nosotros.

Al llegar a la frontera cerrada, dieron otra vuelta en U y se dirigieron de nuevo al centro de la ciudad.

Óscar y yo fuimos por el mismo camino y luego subimos por una colina, hacia uno de los centros de recepción de refugiados.

Fuera del centro nos encontramos con una de las personas a las que no podían devolver, Mariam, una chica de dieciocho años con el pelo castaño, largo y grueso, y ojos grandes.

Había huido aquí el año anterior desde un pueblo costero marroquí a pocos kilómetros de distancia.

Toda su vida había soñado con ir a la Península, que es como la gente llama a España.

Cuando un día vio en Facebook que la frontera estaba abierta, aprovechó la oportunidad sin dudarlo.

Para llegar al lado español de la valla fronteriza tuvo que nadar.

—Estaba muy muy asustada —dijo en árabe. Óscar tradujo al español—. Marruecos es un país imposible, una tierra de abuso. Allí todo el mundo te maltrata: las autoridades, la policía, la familia. Se está mucho mejor aquí que en Marruecos.

Su familia aún vivía en el pueblo. Su padre y su hermano solían golpearla.

—Mi sueño es vivir en España, encontrar un trabajo y comprar una casa —dijo Mariam con una sonrisa soñadora—. Cuando compre una casa, traeré a mi madre para que podamos vivir juntas.

Ceuta se adentra en el mar Mediterráneo como un apéndice. Incluso en el lado norte, donde no hay ningún puesto fronterizo, solo una playa desierta, la valla continúa adentrándose en el mar.

—De vez en cuando viene gente nadando con kilos de hachís en las mochilas —dijo Óscar—. Siguen llegando cadáveres a la playa.

Al otro lado de la valla vimos un pequeño pueblo. Casas bajas de hormigón blanco, un burro, huertos. El burro me hizo pensar en la ciudad de Cardamomo. Thorbjørn Egner encontró inspiración para su pueblo justo en Marruecos. Pero ahí no estaba Bastian, el jefe de policía.

Continuamos subiendo una empinada cuesta a lo largo de la valla fronteriza de alta tecnología.

Sentado debajo de un naranjo, un chico delgado y larguirucho leía el Corán.

Según el documento de identidad que llevaba colgado del cuello, se llamaba Aliou, tenía diecinueve años y procedía de Senegal.

Hablaba un francés murmurado y entrecortado.

En casa había vivido con su madre y cinco hermanos; su padre ya había viajado a Europa.

—¿Por qué viajaste tú también? —le pregunté.

—No hay futuro en Senegal. —Miraba al suelo mientras hablaba—. Allí no hay trabajo. Es imposible ganar dinero.

Habían pasado dos años desde que dejó su patria.

El itinerario había pasado por Mali, Argelia y Marruecos, en coche, en autobús, en tren, a pie.

Algunos de sus amigos se metieron en problemas con extremistas en Mali y Argelia, pero él escapó, alhamdulillah!

Había estrictas medidas de seguridad en las fronteras, a menudo era difícil pasar.

—Lo peor —dijo en voz baja— es cuando te pegan. Es mejor que te manden de vuelta a que te golpeen.

—¿Te han pegado? —pregunté.

—Muchas veces.

—¿Quiénes? ¿Los marroquíes o los españoles?

—Los marroquíes, los españoles. Todo el mundo —respondió, pareciendo de repente cansado—. Todos golpean con la misma fuerza, no hay diferencia.

Desde Marruecos, desde un lugar que él llamaba «la zona gris», había saltado la valla hasta llegar a Ceuta. Durante los últimos seis meses había estado viviendo en un centro de acogida, a la espera de ser trasladado a la Península, donde le comunicarían el veredicto final.

—¿Crees que te quedarás? —pregunté.

—Son los de la Península los que deciden —murmuró.

Mientras esperaba la sentencia, trató de aprender español y leer el Corán. Ayudaba leer el Corán, pensó. Soñaba con ir a Alemania y esperaba conseguir un trabajo de peluquero, porque ya había hecho ese trabajo en casa.

—También puedo construir casas —añadió— si alguien me enseña.

Le deseé suerte. Asintió con gravedad sin mirarme a los ojos y se acercó al naranjo para seguir leyendo el libro sagrado.

Había venido a Ceuta para ver un agujero en la pared, literalmente. Una puerta. Solo se podía ver bajo la supervisión de un guía autorizado.

—Tenemos un recorrido por los baños árabes a las cuatro y media —dijo César, que estaba de pie detrás del mostrador de la oficina de turismo—. Mañana por la tarde tenemos una visita guiada a la Puerta Califal. Puedes unirte entonces.

—Pero mañana por la tarde ya me habré ido —objeté—. ¿Hay alguien apuntado para el tour de hoy?

Negó con la cabeza.

No dije nada. Él tampoco.

El silencio creció entre nosotros.

—Vale —dijo finalmente César—. Podemos ir hoy a la Puerta Califal en vez de a los baños.

Pero tenemos que esperar hasta que vuelva mi compañero.

Aunque en este momento no hay más turistas en Ceuta, no puedo dejar la oficina de turismo sin personal.

Volverá dentro de cinco minutos. Solo ha ido a tomar un café.

¿Cuánto tiempo se tarda en tomar un café?

Y por «café» allí se entiende un café solo, es decir, un espresso, alrededor de tres centilitros de líquido, tal vez un poco de azúcar.

Mientras esperábamos a su colega, supe que César era originario de la Península.

Sus padres se mudaron allí cuando él era pequeño.

Se sentía bien en el exclave, dijo; allí todo era simple y claro.

Luego, por alguna razón, empezó a hablar de la pandemia.

No creía en eso del virus. Solo usaba mascarilla en el trabajo, porque tenía que hacerlo, pero nunca en ningún otro sitio, aunque seguía siendo obligatoria, también al aire libre.

Le pregunté si estaba vacunado, más que nada por preguntar algo, porque sabía lo que iba a responder.

—No hace falta que te lo diga —dijo César, mirándome desafiante—. Pero si es absolutamente necesario saberlo, la respuesta es «no». La gente se enferma más por la vacuna que por el supuesto virus.