Los muertos no ven (Juegos de la mente 4) Capítulo 28
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Capítulo 28

E l detective Clark Lavigne, uno de los amigos más íntimos y queridos de Reid y, al parecer, el único en quien confiaba en esos momentos, llevó a Maggie y Owen de vuelta a casa.

Al mantenerlos dentro de un coche patrulla, ninguno de los dos podía volver a escabullirse de la escolta de seguridad.

Además, el propio Owen prácticamente había suplicado que asignaran todos los agentes que pudieran, y nadie iba a llevarle la contraria.

Él y Alex eran los únicos que habían visto al asesino.

Con suerte, cuando Alex despertara —si es que despertaba—, podría dar una mejor descripción.

Owen había hecho lo que había podido, pero el sospechoso lo había atacado por la espalda.

Ni siquiera recordaba haber salido a la terraza trasera.

Lo más probable era que hubieran oído algo fuera, pero no podía asegurarlo; si el agente McGuire era Dylan, le habría resultado muy fácil sacar a Owen al jardín.

Lo último que Owen recordaba era haber entrado en la habitación de Alex, donde guardaba el portátil.

Lo había encontrado junto a la cama, no tirado ante la puerta como un gato muerto.

Reid aún lo tenía en su poder. Pero el asesino lo había mencionado, le había pedido a Owen que fuera a buscarlo, lo que significaba que casi con toda seguridad no serviría de nada a las autoridades.

Alex tenía razón. Dylan era listo.

Echaba de menos a su amiga. La echaba muchísimo de menos.

Owen no dijo una palabra durante todo el trayecto hasta su casa.

Gillian iba pegada a su costado en el asiento trasero, Rachel sentada en su regazo y Maggie aplastada contra la puerta del otro lado.

Gillian, sobre todo, no parecía nada encantada de que Maggie estuviera allí; de vez en cuando le lanzaba una mirada asesina.

Pero la niña tendría que acostumbrarse. Maggie iba a seguir cerca, especialmente ahora que Katie ya no estaba.

Owen siempre había quedado un poco al margen del grupo, sin terminar de encajar con las amigas de infancia de Maggie: era demasiado estirado para sus bromas. Pero se adaptaría.

Las necesitaba. La necesitaba a ella. Y Maggie no iba a fallarle.

Se le encogió el corazón. Esas pobres, pobres niñas. Pero eran supervivientes. Igual que su padre.

A menos que hayan salido a su madre. Maggie apartó aquel pensamiento.

El coche entró en el camino de acceso a la casa de Owen y se detuvo junto a un coche patrulla sin distintivos. Owen le pasó las llaves de casa a un agente uniformado apostado en la entrada y se rascó el esparadrapo que le rodeaba la garganta. Aquello tenía que doler. Con razón hablaba tan poco.

Clark permaneció sentado, estoico, con los puños cerrados sobre el volante.

Los demás observaron desde el asiento trasero mientras tres agentes entraban en la casa y pasaban lo que pareció una eternidad revisando las habitaciones.

Cuando volvieron a salir y asintieron a Clark, Maggie no paraba de mover frenéticamente la rodilla, pero habría pasado horas en aquel coche si eso significaba que estarían a salvo entre aquellas paredes.

Clark los condujo por el césped hasta el porche con la energía de un portero de discoteca con alma de pitbull.

—Estaré justo al otro lado de esta puerta —dijo, haciéndoles un gesto para que entraran en el salón—. Phoebe y su compañero estarán por detrás. Si necesitáis algo...

Maggie le apretó la mano. Era un gesto un poco atrevido, pero menos incómodo que abrazarlo para darle las gracias.

—Muchísimas gracias. Reid tiene suerte de contar con un amigo como tú. Y yo también.

Clark sonrió con una tensión evidente en las comisuras.

—Aquí estáis a salvo. Nadie entrará sin que nos demos cuenta. Todo va a salir bien.

Maggie lo observó hasta que cerró la puerta tras de sí. En presencia de Clark se le habían relajado los hombros, pero, en cuanto pasó el cerrojo, sintió el silencio hasta la médula: espeso, viscoso, pesado. Owen fue a acostar a las niñas. Aquello probablemente le llevaría horas.

Se puso a fregar los pocos platos que había en el fregadero, como debería haber hecho en su propia casa, muchas gracias .

Calentó agua para una infusión, convencida de que tendría que preparar otra tanda antes de que Owen terminara con las niñas.

Pero cuando el hervidor silbó, Owen ya había vuelto a la cocina con ella.

—¿Cómo están?

Owen se palpó el cuero cabelludo y luego el vendaje del cuello. Hizo una mueca.

—Tan bien como cabría esperar. Las he puesto a las dos en la habitación de Gillian; querían dormir juntas.

Tenía la voz ronca, apenas un susurro. Miró hacia la ventana lateral, y Maggie captó un movimiento por el rabillo del ojo: un agente patrullaba el perímetro.

—Siempre odiaste que trabajara con la policía, y mira dónde estamos ahora, rodeados de ellos. Siento que tu socia sea una chalada con una vida de locos.

Siento que la madre de tus hijas esté muerta.

Sacó una segunda taza del armario con manos temblorosas y la dejó frente a él. Después vertió el agua y cogió otra bolsita de té de la caja sobre la encimera.

—La manzanilla me ha parecido la mejor opción dadas las circunstancias. No es que el té vaya a arreglar nada.

Owen parpadeó ante la taza humeante antes de decir:

—¿Crees que Alex… va a estar bien? No quería hablar en el coche con los niños delante, pero no puedo dejar de pensar en ella. No puedo dejar de pensar que la golpearon igual que a mí, igual que a Katie…

La voz se le quebró en la última palabra.

Se le cerró la garganta.

—Siento muchísimo lo de Katie. Todo esto.

Rodeó la taza con los dedos, como si el calor pudiera aliviar la presión que emanaba de él, aquella tensión punzante que le erizaba el vello de la espalda. Los ojos le ardían más que las palmas apoyadas en la taza.

—Justo eso —dijo—. Debería sentirme mucho peor, pero estoy…

Le sostuvo la mirada. El tictac del reloj de pie se mezclaba con el murmullo apagado de los agentes en el jardín.

—Me siento una persona horrible.

—Ay, Owen.

Dejó la taza sobre la encimera. Katie le había hecho la vida imposible; casi había perdido a sus hijos. Y ahora… ya no podía hacerle daño.

—Los dos hemos tratado a personas en divorcios conflictivos. Tener sentimientos encontrados, incluso desear que le ocurra algo malo a la expareja… es normal. Lo sabes. Eres psicólogo, ¡por Scooby-Doo!

Él arqueó una ceja y después hizo una mueca, como si el gesto le hubiera dolido en la cabeza. Y seguramente le dolía.

—¿Por… Scooby-Doo?

Ella se encogió de hombros.

—No sé. Me ha parecido apropiado. Con todos estos misterios que se supone que tenemos que resolver.

Owen parpadeó al mirarla. Después bajó la cabeza.

Maggie se acercó a él. Owen seguía de pie junto a la encimera, de espaldas a ella, mientras Maggie le rodeaba los anchos hombros con sus delgados brazos y apoyaba la mejilla en su bíceps.

—Has pasado por muchísimo últimamente. Nada de esto es culpa tuya.

—¿No? —murmuró—. Estaba allí mismo cuando golpearon a Katie. Cuando le clavó aquella rama en la garganta.

Maggie se puso rígida.

—Creía que solo te habías despertado después. Después de que muriera.

—No vi quién me golpeó. Pero ahora estoy empezando a recordar algunos fragmentos, y sé que no… intervine.

Maggie se quedó inmóvil, con los brazos tensos a su alrededor.

Había algo raro en su voz. La falta de tristeza podía entenderse; incluso la falta de culpa, después de todo lo que Katie le había hecho pasar.

Pero había algo más en aquel timbre que no encajaba.

Quizá era demasiado agudo, un quiebro apenas perceptible, pero lo había oído suficientes veces en consulta.

Como si estuviera… mintiendo. Diciendo medias verdades.

Él se estremeció y luego se volvió para devolverle el abrazo. Tenía las manos frías y secas. Le acarició los hombros con los pulgares, erizándole la piel a lo largo de la columna.

—Sabía que lo entenderías. Tú siempre entiendes.

Eso, al menos, sonaba sincero.

—Me alegro de que por fin estemos solos. Necesitaba de verdad procesar todo esto y, hasta ahora, siempre había algo que nos impedía hablar; tener una conversación de verdad.

Maggie parecía incapaz de moverse. No, aquello no estaba bien. Él no estaba bien. ¿Sería el golpe en la cabeza, que le estaba alterando la personalidad, aunque solo fuera temporalmente?

—Owen, hablamos constantemente.

—No de las cosas que importan. Siempre tengo la sensación de que te guardas algo. Y, si te digo la verdad, yo también me he estado guardando cosas.

La estrechó más; el roce de sus dedos hizo que se le encogieran las carnes.

—Llevamos mucho tiempo siendo compañeros, y aún más siendo amigos. Desde la universidad. Nos hemos apoyado mutuamente en momentos de trauma, desamor y dolor. Y creo que ya va siendo hora de admitir lo que significamos el uno para el otro.

¿Qué estaba diciendo? Le estaba… tirando los tejos , ¿no? Pero la noche de un trauma no era momento de tomar grandes decisiones vitales. Ni de acostarse con un viejo amigo ni de llamar borracha a tu ex. Pero la gente lo hacía.

Todo el tiempo.

Para distraerse.

—Owen, yo…

Se sobresaltó al oír un golpe seco en la parte delantera de la casa.

¿Se estaba abriendo la puerta principal?

Pero estaba cerrada con llave. Maggie se volvió, escurriéndose del abrazo de Owen, pero…

no, se había equivocado. La puerta principal seguía cerrada.

También la trasera; podía verla a través del lavadero, al otro lado de la cocina.

Aquel ruido no procedía de ninguna de las salidas. El ruido era el de una puerta interior al cerrarse. Y no había venido de la zona de las habitaciones de los niños.

Maggie se quedó mirando el pasillo trasero, el que llevaba al despacho de Owen. ¿Tenía aquella habitación una puerta al exterior? No lo recordaba, pero el crujido de una tabla del suelo era inconfundible.

Debería haber sido imposible: había policías por todas partes.

Pero había alguien más dentro de la casa con ellos.