Capítulo 29
REID
E l ardor que sentía Reid en el pecho era como una quemadura de sol. Le picaban las entrañas, en un lugar tan hondo que no podía rascarse. Ya había establecido un perímetro alrededor del hospital y pedido refuerzos, pero ¿permitirían por fin las cámaras de seguridad que viera al asesino?
Atravesó la entrada de Urgencias con paso furioso, escuchando rechinar sus muelas ahora que su hermano no estaba allí para darle la tabarra.
Tristan había recibido una llamada mientras Reid aparcaba, y Reid no pensaba esperarlo en el parking.
Esta vez no iba hacia la habitación de Alex, sino al despacho de seguridad de la planta baja.
Porque Alex ya no estaba en su habitación.
Desaparecida .
Recorrió el hospital a zancadas, sin apenas reparar en lo que lo rodeaba. ¿Dónde coño estaba Alex? ¿Cómo había podido pasar aquello? Había dos guardias apostados en el pasillo. No lograba imaginarse a Dylan entrando tan campante y sacando a Alex en brazos, pero si era policía...
¿Habría regresado Billy-Dylan, todavía de uniforme? Reid empujó una puerta de acero inoxidable cuya placa exhibía la palabra SEGURIDAD en unas letras absurdamente pequeñas.
El despacho de seguridad del hospital era más lujoso de lo que Reid habría imaginado: un largo sofá capitoné contra la pared del fondo y docenas de monitores de pantalla plana ocupando la de enfrente.
No tenía nada que ver con el montaje de Tristan en su casa moderna de formas cúbicas, pero serviría. Tenía que servir.
La enfermera de la planta —pijama quirúrgico verde, pasador morado, voz de fumadora— levantó la vista al entrar Reid, con los ojos entornados, y señaló un monitor en el centro de la pared.
Desde su posición, junto a la puerta, Reid no alcanzaba a verlo; la cabeza cuadrada del vigilante se lo tapaba.
Pero el hombre echó hacia atrás la silla con ruedas cuando Reid se acercó al escritorio.
—Aquí la tiene —dijo el vigilante—. Dentro de las habitaciones no hay cámaras, claro, pero aquí se la ve salir.
Reid entrecerró los ojos ante la pantalla y frunció el ceño cuando la cabeza de Alex asomó al pasillo. Está despierta. Había supuesto que el asesino había entrado y se la había llevado, pero... ¿le estaban diciendo que había salido por su propio pie?
La enfermera frunció el ceño.
—Bueno, sí. Como le dije por teléfono: estaba despierta y ha desaparecido.
—¿Dónde está el agente? —preguntó Reid.
La enfermera señaló un punto más arriba en el pasillo, un letrero cerca del techo. Aseos.
—¿En serio?
—El otro agente sigue apostado al otro lado del pasillo. El suyo llevaba cuatro horas sin ir a mear —dijo la enfermera—. Pero siga mirando.
—La puerta estuvo entreabierta bastante tiempo —intervino el vigilante.
Reid por fin lo miró. Vista de frente, su cabeza cuadrada no resultaba tan cuadrada; tenía la hendidura de la barbilla torcida y una cicatriz profunda le cruzaba la mejilla.
Durante un instante se limitó a mirarle la cara.
La mejilla. ¿Así se le había quedado a Dylan después de que Maggie le rajara la cara? ¿Podía ser él Dylan?
Pero entonces señaló la puerta con una mano a la que le faltaban tres dedos. Heridas de metralla en el dorso de la muñeca. Dylan jamás habría servido en el ejército: demasiado narcisista, demasiado preocupado por su propio pellejo.
El vigilante, confundiendo la atención de Reid con interés por su opinión, continuó:
—Parece que dejó la puerta entreabierta y estuvo vigilando durante media hora, hasta que el agente se alejó.
El suyo no se ausentó ni dos minutos. Además, hay otro tipo apostado aquí, junto a los ascensores; habría visto a alguien sacándola en brazos.
—Señaló el extremo opuesto del pasillo—.
Estaban buscando a alguien sospechoso, no a la propia chica intentando escapar.
Claro. Los agentes creían que Alex estaba inconsciente; ¿por qué iban a vigilar su puerta si se suponía que la amenaza venía de fuera?
—Solo necesitaba diez segundos —concluyó el hombre.
Todos observaron cómo Alex salía con cautela de la habitación.
Pero el vigilante se equivocaba: solo tardó cinco segundos en recorrer la distancia que la separaba de una puerta sin rótulo más arriba en el pasillo, pasada la de los aseos.
Se deslizó dentro. El agente salió del baño y retomó su puesto frente a la puerta de Alex, de espaldas a la habitación donde ella había desaparecido.
—¿Qué es eso? —preguntó Reid.
—El cuarto de limpieza.
—Ah.
Alex salió unos instantes después con una chaqueta marrón sobre los hombros y capucha de tela de sudadera gris. Llevaba un pijama quirúrgico dos tallas más grande. Repitió la misma maniobra: asomarse, echar un vistazo, largarse. Caminaba con inestabilidad, pero seguía siendo lo bastante rápida.
—Sube por ese pasillo y consigue llegar a las escaleras sin que nadie de la planta se dé cuenta. —El guarda de seguridad pausó la imagen del pasillo y puso otra grabación en el monitor de al lado: la planta baja. Todos vieron cómo Alex atravesaba urgencias y salía a la noche.
—Esto no tiene sentido —dijo Reid con voz hueca—. ¿Ha... salido andando? Ni siquiera sabía que pudiera caminar al recobrar el conocimiento. Otra vez. Había huido de custodia protectora otra vez . La tercera vez en un día. ¿Qué coño le pasaba a esta chica?
—Va a tener problemas —dijo la enfermera, muy seria—. Dolores de cabeza, mareos, episodios de desmayo, vómitos. Tiene que volver para que la tengamos en observación. Si esa fractura de cráneo le provoca una hemorragia cerebral, podría morir, y corriendo de un lado para otro así...
—Tiene que saber que no está bien —dijo Reid, señalando la pantalla, donde el guarda había congelado el vídeo a media zancada—. ¿Ha visto cómo andaba? No guarda bien el equilibrio.
—Pero ha tenido la presencia de ánimo de robar esa chaqueta y un pijama quirúrgico —replicó la enfermera—. Puede que esté confusa, pero no tan confusa. Su voz ronca sonaba casi impresionada. Preocupada, pero impresionada.
Reid también lo estaba. Sobre todo, preocupado. Los movimientos de Alex habían estado muy bien calculados. Eran deliberados. Y para arriesgar su salud, abandonar el hospital sin protección, sabiendo que corría peligro... tenía que tener un motivo.
La puerta se abrió con un golpe seco. Todos se volvieron al entrar Tristan, pero Reid ya estaba expresando en voz alta lo que acababa de pensar.
—Sabe quién es el asesino. Sabe exactamente quién la tiró de aquel puente.
Iba de camino a por él. Pretendía acabar con esto aquella misma noche.
—Yo también —soltó Tristan, atropellando las palabras—. Tengo una coincidencia de ADN.
Reid asintió hacia la enfermera, que había abierto mucho los ojos, y después hacia el guarda.
—Llamaré si tengo más preguntas.
Se dirigió a la puerta, indicándole a su hermano que lo siguiera.
—Venga, suéltalo, tío —dijo mientras salían al pasillo, al estrépito de las camillas, los pitidos de los monitores y el trajín del personal sanitario que ni siquiera había advertido al entrar—. Solo han pasado unas horas. ¿Cómo has conseguido una coincidencia de ADN, aunque sea medio coincidencia?
—Porque no he tenido que elaborar un perfil nuevo —dijo Tristan, apresurándose tras él—. A algunos niños se los hacen en el colegio. Huellas dactilares, muestras de ADN, todo el lote.
Claro. Antes se hacía para prevenir secuestros, pero ahora era habitual por los tiroteos escolares: resultaba útil para identificar cadáveres cuando un arma había reventado por completo la cara.
—¿Es Billy McGuire?
—Está muerto. Han encontrado su cadáver en un cobertizo de herramientas, tres casas más allá de la de Alex.
Pues se acabó esa posibilidad.
—Tenemos que...
Tristan le agarró el brazo con tanta fuerza que Reid se detuvo en seco, con las suelas chirriando sobre el linóleo.
—¡Reid! ¡Escúchame de una puta vez! Los hijos de Owen... tienen una coincidencia familiar con Alex.
El ruido del pasillo se apagó. El oxígeno desapareció. Entonces el corazón de Reid volvió a martillearle el pecho, y consiguió decir:
—¿Me estás diciendo que...?
—Owen es el hermano de Alex. No sé cómo, pero ha estado aquí todo el tiempo. Vigilándola desde la universidad. Se convirtió en el hombre perfecto para ella, y ahora se ha cansado de esperar. Está eliminando todo lo que se interpone en su camino.
Y... mierda. Maggie estaba a solas con él en ese preciso instante.
Reid le sostuvo la mirada.
—¿Qué ocurrirá cuando se dé cuenta de que todo ha sido para nada? —Tenía la voz tensa, áspera en la garganta—. ¿Y cuando ella lo rechace?
Tristan no respondió. Los dos sabían la respuesta.
En cuanto Owen comprendiera que Maggie no iba a ser suya, estaría tan muerta como si ya la hubiera matado.