Los muertos no ven (Juegos de la mente 4) Capítulo 27
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Capítulo 27

REID

E l exnovio de Alex era un camello de poca monta, con unos cuantos arrestos por delitos menores a sus espaldas.

Vivía en la ciudad de al lado, en un bloque de pisos encajado entre una gasolinera y un cine, con un ficus de plástico plantado como un arbusto frente a la entrada.

El hueco de la escalera apestaba a orina.

El pasillo que llevaba al piso de Kelsey tenía un olor más denso, a marihuana.

—Más o menos lo que esperaba de un DJ camello que usa una droga ilegal como nombre artístico —masculló Tristan.

Se apartó para que Reid llamara, pero este apenas había rozado la madera con los nudillos cuando la puerta se abrió de golpe.

Kelsey Thatcher llevaba el pelo corto y rubio, y tenía la camiseta de tirantes espolvoreada con lo que bien podía ser polvo de Cheetos. Tenía un rostro atractivo, bien afeitado, si te iba el tipo de superhéroe de mandíbula cuadrada. ¿Era ese el tipo de Maggie?

—¿Sí?

—¿Kelsey Thatcher?

Frunció el ceño; las arrugas en las comisuras de sus ojos azules se marcaron de un modo que le hacía parecer mucho mayor.

—¿Quién pregunta?

Reid mostró la placa. Kelsey tragó saliva y salió al pasillo. Por el olor que escapaba del interior, probablemente temía que hubieran ido a detenerlo por la marihuana. Spoiler, Kelsey: nos importa una mierda .

Reid retrocedió para dejar que Kelsey cerrara la puerta y apoyó el hombro en la pared de enfrente.

No había nadie más en el pasillo, y el siguiente piso quedaba a unos buenos diez metros.

Tristan se colocó en medio, bloqueándole a Kelsey cualquier posible vía de escape.

Y Reid deseaba que Kelsey fuera el asesino.

Que hubieran terminado de perseguirlo. Que aquello se acabara de una vez.

Pero no creía que fuera a ser tan sencillo.

Cuando Kelsey echó el pestillo a su espalda, Reid dijo:

—Pensé que igual te veríamos en el hospital.

—¿El hospital? —Kelsey entornó los ojos—. ¿Por qué?

—Tu novia, Alex Dahlgren, ha sido atacada esta noche. Alguien la ha tirado desde el puente de Fernborn.

Los ojos azules de Kelsey se abrieron de par en par, inyectados en sangre. Se le descolgó la mandíbula.

—¿Está bien?

—Está viva. Lo cual son malas noticias para quien haya intentado matarla.

—Entonces, ¿vosotros…? —Kelsey se puso rígido—. Quiero decir, que no he sido yo, tío. He estado aquí toda la noche.

—¿Alguien puede confirmarlo?

—Bueno... no. Pero si fuera culpable, ¿no tendría una coartada mejor? —Sonrió como si aquello demostrara algo. ¿Iba en serio?

—La cuestión es que engañaron a Alex para que fuera a ese puente. La llamada salió de tu móvil. Así que entenderás que tengamos algunas preguntas.

La mirada de Kelsey pasó de Reid a Tristan.

—Espera... No, lo estáis entendiendo todo mal...

Reid se despegó de la pared y aprovechó hasta el último centímetro de su estatura para imponerse al DJ.

—Si hiciste esa llamada para otra persona, quizá hasta te pagaron por hacerla... lo entenderíamos.

—Ser DJ es un trabajo duro —convino Tristan—. Pero la condena por asesinato es bastante más larga que la de tráfico de drogas.

Reid consiguió no hacer una mueca; no estaba preparado para revelarle a Kelsey todo lo que sabían de él. Debería haberle dicho a Tristan que cerrara la maldita boca.

Kelsey negó con la cabeza con tanta violencia que el pelo le bailó de un lado a otro.

—¿Esa llamada fue hoy? —El pecho le subía y bajaba a toda velocidad, y le temblaban las manos—. Perdí el móvil hace dos días, tío. Me compré otro ayer. Podéis comprobarlo. Os juro que no llamé a Alex.

—¿Dónde fue la última vez que viste el móvil? —preguntó Tristan.

—Lo tenía... ¿en el trabajo? —Se cruzó de brazos, un poco más erguido, más seguro. Sincero. Sostuvo la mirada de Reid, aunque quien le había hablado era Tristan, seguramente porque Reid era el de la placa—. Tenía un bolo. Supuse que se había perdido entre el ajetreo de recoger el equipo y demás.

Un bolo, una fiesta... Era fácil robar un móvil en un sitio así sin que nadie se diera cuenta. Y uno de prepago sería fácil de utilizar: no habría ninguna compañía telefónica que pudiera darlo de baja.

—Antes de irnos necesito la dirección de ese bolo —dijo Reid.

Le pediría a Tristan que revisara las grabaciones de vídeo y tirara de las cámaras de tráfico. Si algo habían aprendido hasta entonces sobre Dylan era que no encontrarían gran cosa útil: el cabrón era cuidadoso. Pero tenían que intentarlo.

—¿Conoces bien a los amigos de Alex? —preguntó Reid.

—La verdad es que no. Conocí a Sam una vez. Y hace unos meses vi a Alex hablando con una pelirroja en el aparcamiento.

¿Una pelirroja?

—¿Y qué opinas de la pelirroja? De Maggie Connolly.

Se encogió de hombros, despreocupado. Demasiado despreocupado para ser un hombre obsesionado.

—No sé. Está buena, pero es un poco estirada.

Tristan frunció el ceño. A Reid se le dilataron las aletas de la nariz y notó que el pecho le ardía.

Gilipollas . Pero no habían encontrado a su hombre, solo otro eslabón.

Otra persona a la que habían manipulado.

Dylan había usado a aquel tipo como cabeza de turco, o había llevado a la policía hasta allí a propósito. Pero ¿por qué?

—¿Alex mencionó alguna vez a su hermano? —preguntó Reid.

Kelsey asintió.

—Antes tenía pesadillas con él. Decía que fue él quien le cortó un pecho. —Hizo una mueca—. Aunque le hicieron una buena reconstrucción. No era una cosa tipo... Frankenstein .

Reid parpadeó. ¿Frankenstein? Aquel tío era un auténtico capullo. A Tristan también se le había torcido el gesto.

—¿Por qué preguntáis por su hermano? —dijo Kelsey—. Yo nunca lo conocí ni nada, si es por eso...

—Creemos que podrías ser él —soltó Tristan.

Reid tuvo que resistir el impulso de empotrarlo contra la pared. ¿En serio, Tristan?

A Kelsey se le abrió la boca en una pequeña o de asombro.

—¿Creéis que intentaba follarme a mi hermana? Esto es Indiana, no la Alabama profunda...

—¿Llevas lentillas, señor Thatcher? —preguntó Reid.

Asintió.

—Sí. —Las mejillas seguían sonrojadas, y tenía las sienes perladas de sudor.

—¿Podemos verlas?

Kelsey frunció el ceño, pero se encogió de hombros. Se llevó los dedos al ojo izquierdo y despegó del iris la diminuta pieza de plástico. Transparente. Sus ojos azules eran de verdad. Podrías cambiarte la cara, pero no el color de los ojos.

—Una prueba más —dijo Reid.

Kelsey parpadeó, se quitó la otra lentilla y sostuvo ambas flojamente en la palma de la mano.

—¿También quieres mis gafas?

—Quiero tu sangre.

A Kelsey se le abrieron los ojos, pero después se dejó caer contra la puerta, comprendiendo. Extendió la mano que no sujetaba las lentillas y le ofreció un dedo, como si creyera que Reid pudiera llevar una aguja en el bolsillo.

—Si quieres mi sangre para demostrar que no soy el tipo que buscáis, para demostrar que no soy pariente de mi ex, es tuya. Puede que Alex y yo no tengamos la mejor relación del mundo, pero yo no le hice daño.

—¿Puedes venir a comisaría? Quisiera tomar tu declaración oficialmente y, de paso, recoger la muestra de ADN.

Se encogió de hombros.

—Sí, vale. Dime cuándo. No tengo nada que ocultar.

Reid se puso al volante de su Bronco más inquieto que cuando habían llegado.

—¿Tú qué crees?

Tristan se pasó el cinturón por el pecho.

—He leído el perfil que hizo Maggie del asesino y... no es nuestro hombre.

—¿Dónde lo has leído?

—En tus notas. En el expediente.

Reid frunció el ceño. ¿Cómo había conseguido hacerse con el expediente?

Pero ¿acaso importaba? Eran del mismo equipo y, además, tenía razón.

Si Dylan quería a Maggie, intentaría transformarse en alguien a quien ella pudiera ver como pareja.

¿Y Kelsey? Ni de coña. Maggie no saldría con un pinchadiscos que iba tirando a base de chapuzas y de vender marihuana de vez en cuando. No era estable.

—Es que ni siquiera es guapo —soltó Reid con acritud mientras arrancaba el coche.

—No como tú, ¿eh?

—Solo digo que no es una estirada, pero, por citar a las filósofas de nuestra generación, no quiere a ningún pringado. Y nuestro asesino lo sabe.

Reid se incorporó a la carretera principal, absorto en sus pensamientos.

—No se limita a intentar acostarse con ella; eso podría conseguirlo en el club, y puede que ya lo haya hecho. Quiere que ella... lo quiera.

Esa era la parte que le llevaba rondando la cabeza desde que Maggie lo había dicho en el hospital. Si ha decidido que vamos a tener una vida juntos, intentará demostrar su valía. Una nota de amor retorcida.

Pero para conquistar a una mujer como Maggie hacía falta mucho más que una nota.

El zumbido de los neumáticos llenó el coche. El silencio se prolongó hasta que Tristan dijo:

—Entonces, ¿cómo le demuestras a una mujer que puedes ser la pareja que necesita?

Reid parpadeó, sin apartar la vista de la carretera.

—Dylan habrá pasado este tiempo lejos convirtiéndose en mejor persona, al menos sobre el papel. Querría construirse una imagen a la que ella no pudiera decir que no.

—Los polis son buenos padres de familia, ¿no?

A Reid se le dispararon las cejas hasta la línea del pelo.

—Hemos crecido juntos, así que estoy bastante seguro de que te habrías dado cuenta si alguien me hubiera cambiado por otro.

—Me refería a McGuire. Pero sí que es raro que no te matara. —Tristan se encogió de hombros—. A no ser que no seas una amenaza porque tu rollo de una noche con la doctora no llegó a nada y él lo sabe.

Reid frenó suavemente ante un semáforo en rojo y fulminó a su hermano con la mirada.

No le gustó cómo lo había dicho Tristan; tampoco que siquiera lo supiera.

¿Se lo habría contado Maggie? ¿Lo habría deducido él?

Fuera como fuese, parecía condenadamente seguro de que aquello no había sido nada.

Pero para Reid... aquella noche había sido de todo menos insignificante. El móvil le vibró en el bolsillo.

Tristan apartó la mirada primero.

—El ADN de Dylan no figuraba en la base de datos policial, pero el hecho de que diera una coincidencia por parentesco con Alex me ha dado una idea. No sé si saldrá algo de ahí, pero podríamos tener suerte.

—Ojalá.

El semáforo se puso en verde. Reid sacó el móvil del bolsillo, activó el manos libres y pisó el acelerador.

—¿Detective? —Era una voz de mujer, baja y ronca.

Entrecerró los ojos al mirar la pantalla: el hospital.

—Soy Lydia. Me dijo que lo llamara si Alex despertaba.

Por esa voz de fumadora de un paquete al día, Reid podía imaginársela perfectamente: pijama sanitario verde chillón y una horquilla morada. Y por la tensión que había en su tono, supo que no le iba a gustar lo que dijera a continuación.

—¿Está bien? —preguntó despacio, sin saber si quería oír la respuesta. No quería tener que decirle a Maggie que otra persona a la que quería había muerto.

—Bueno... está despierta.

Los hombros se le relajaron. Tristan se recostó en el asiento con una sonrisa.

—¿Sí?

Reid puso el intermitente y se cambió al carril izquierdo. De vuelta al hospital. Si Alex estaba despierta, quizá pudiera responder algunas preguntas.

—Bueno, no es exactamente eso lo que quería contarle. —La enfermera hizo una pausa—. Ha desaparecido.