Capítulo 26
L a silla de plástico de la sala de espera del hospital se le clavaba en las caderas, fría incluso a través del pijama quirúrgico.
Aquello era demasiado luminoso. Una claridad de la hostia.
A Maggie le palpitaba la cabeza. También le dolían las manos, en carne viva de tanto restregarse para sacar la sangre de Owen de debajo de las uñas.
Decenas de policías peinaban ya la ciudad en busca del compañero desaparecido de Harrison, Robert —Billy— McGuire, de cuarenta y un años.
No se les había escapado que tenía la edad que tendría Dylan.
Blanco. De la misma constitución que Dylan.
Sin familia conocida. Sus huellas no habían saltado en el sistema cuando ingresó en el cuerpo, pero tampoco tenían las de Dylan: jamás lo habían detenido.
Aunque había dejado ADN en la mordedura de la espalda de Joel, no había dejado ni una sola huella dactilar.
Incluso el cadáver de Ohio estaba demasiado descompuesto para tomarle las huellas.
Y tampoco había registros dentales de Dylan.
De haberlos habido, habría arrancado los dientes al chico muerto.
Maggie contempló la foto policial: pelo rapado al cero, mandíbula cuadrada, hombros anchos.
—¿De verdad crees que Billy es nuestro hombre? ¿Que es Dylan?
Su cara se parecía muy poco a la del adolescente que había conocido veinte años atrás, pero la cirugía plástica podía hacer maravillas hoy en día. Sus ojos tampoco eran del color correcto —marrones, no verdes—, pero unas lentillas podían arreglar eso.
Reid se removió en la silla contigua, dejando un asiento vacío entre los dos. Guardando las distancias.
—No lo sé. De verdad que no. Harrison parece dispuesto a proporcionarle a McGuire una coartada para al menos uno de los asesinatos, así que no podemos descartar a Deejay Kelsey.
Fue su llamada la que alejó a Alex de los agentes, no algo que hiciera McGuire.
A menos que McGuire tuviera el teléfono de Kelsey.
Pero Kelsey la ha llamado todos los días esta semana, y ella le ha devuelto las llamadas.
—Las flores de su casa también estaban frescas —dijo Maggie—. Hayan roto o no, no están distanciados.
—Tristan está recopilando información sobre Kelsey. Iremos a verlo esta noche. Si es nuestro hombre, lo sabremos enseguida.
¿El agente Billy o Special K? ¿Cuál de los dos tenía más papeletas de ser Dylan?
Maggie seguía aturdida; le dolían los dientes tanto como la cabeza. Intentó obligar a la mandíbula a relajarse. No lo consiguió.
—¿Y Owen? Dijo que Alex le había mandado un mensaje para pedirle que llevara el portátil a casa de Sammy, pero está claro que eso no es verdad.
—Cuando Owen recibió ese mensaje, el teléfono de Alex estaba en su coche y Alex estaba en el agua. Nadie sabía aún ni siquiera que estaba herida.
Maggie asintió.
—Así que el asesino tiró a Alex por el puente, le mandó el mensaje a Owen para que fuera a la casa y luego volvió allí a toda prisa mientras Owen acababa lo que tenía que hacer en el aeropuerto.
Seguramente se limitó a esperar a oscuras en casa de Alex, dispuesto a matar a Owen y a cualquiera que tuviera la mala suerte de estar con él.
Si no hubiéramos llegado cuando llegamos…
Owen no habría sobrevivido.
La mirada se le fue hacia el otro extremo de Urgencias, donde las hijas de Owen estaban acurrucadas en una esquina junto a una trabajadora social de aspecto adormilado.
Maggie había intentado sentarse con ellas, pero le habían dado la espalda.
Podía ser por el trauma, podía ser por su madre: Katie nunca dejaba que las niñas pasaran tiempo con el resto del grupo, así que solo habían visto a Maggie un puñado de veces, siempre de pasada.
—Debería haber llamado a Owen para hablar con él cuando me enteré de que Alex estaba en el hospital —dijo—. Aún venía de camino desde el aeropuerto, ¿verdad? Si hubiera sabido que no debía ir a su casa…
—Estabas en el club y todo pasó muy deprisa, Maggie. No puedes culparte. Este tipo ha conseguido sembrar la confusión en cada situación. Y solo llevas trabajando en este caso desde ayer .
Ayer … Le parecía que había pasado un año.
Maggie tragó con dificultad por el nudo que tenía en la garganta.
Miró el reloj; llevaban allí casi dos horas.
Al menos Owen estaba consciente cuando lo llevaron.
La herida del cuello no había alcanzado la arteria, pero la de la cabeza era más grave: Dylan lo había golpeado con algo, igual que a Alex.
Aunque no con la fuerza suficiente para matarlo. ¿Había cometido Dylan un error?
Dylan no le parecía la clase de hombre que cometía errores.
—¿Crees que dejó vivir a Owen y a Alex a propósito?
Reid enarcó una ceja.
—Cualquiera de los dos podría haber muerto por las heridas. Desde luego, él no intentó mantenerlos con vida. ¿Encaja eso con el perfil?
—Yo… creo que sí. Si ha decidido que vamos a tener una vida juntos, intentará demostrarme lo que vale. Una retorcida carta de amor.
—¿Entonces crees que está diciendo: «Mira, debería haberlos matado, podría haberlo hecho, pero no lo hice porque te quiero»?
—Puede ser. Está loco, quiero decir… —Maggie suspiró—. No lo sé con certeza. Me estoy agarrando a un clavo ardiendo porque el mayor problema del perfil es que debería haber vuelto antes. No debería haberme dejado sola todos estos años, no si su obsesión está tan arraigada.
Reid parpadeó.
—Aunque puedo entender que eso haya tardado en evolucionar. Quizá empezó siendo rabia y se fue transformando en afecto. Desde luego, el día que os conocisteis no intentaba hacerte regalos.
Ella asintió, mirando la pared aséptica, incapaz de mirar a las hijas de Owen, incapaz de enfrentarse a sus ojos vacíos.
—Eso es. Le apuñalé en la cara. Hiciera lo que hiciera para tratar la herida, eso no significa que la cicatriz haya desaparecido.
Puede que verme defenderme y vencer fuera lo primero que le hizo sentir una emoción.
Con el tiempo, quizá llegó a convencerse de que aquello era algo bueno.
Los psicópatas no son precisamente conocidos por entender sus sentimientos.
Incluso la gente normal confunde a veces la excitación con el pánico.
Tal vez acabó interpretando su rabia como una forma de afecto.
Quizá simplemente le encantaba sentir… algo.
Lo que fuera. Al fin y al cabo, esa solía ser la mayor queja de los psicópatas: la insensibilidad emocional absoluta.
Le apretó el hombro y Maggie se volvió.
—Owen lleva una eternidad ahí atrás con los médicos. ¿Crees que…?
La mirada de Reid se desvió un instante, pero bastó: se le abrieron los ojos como platos.
Se levantó de un salto, y Maggie hizo lo mismo.
Miraron hacia el pasillo del fondo, de donde salía Owen con la cabeza envuelta en gruesas gasas blancas y un vendaje pegado con esparadrapo alrededor del cuello, como una bufanda.
Él también llevaba un pijama de hospital, pero aun así Maggie distinguió la sangre seca junto a la clavícula.
Owen parpadeó con los ojos inyectados en sangre y se apoyó en la pared.
La demacrada trabajadora social se puso en pie.
Las niñas avanzaron despacio, frenando a medida que se acercaban, seguramente intimidadas por los vendajes, con los ojos aterrados y los labios temblorosos.
Pero cuando él se arrodilló, se refugiaron entre sus brazos y cada una apoyó la cabeza en uno de sus hombros.
Owen cerró los ojos, aunque eso no impidió que las lágrimas le surcaran la cara.
La trabajadora social le dijo algo; Owen asintió sin mirarla y después hundió la cara en el pelo de una de sus hijas.
Los hombros se le sacudían. Ni siquiera intentaba aparentar valentía.
Solo era un padre. Solo sentía pena… estaba de duelo.
Al cabo de un momento, las niñas volvieron a su rincón y Owen se levantó, aún apoyándose con fuerza en la pared. ¿Deberían buscarle una silla de ruedas? Reid y Maggie se acercaron por fin. La trabajadora social había desaparecido.
—¿Cuál es el diagnóstico? —preguntó Reid.
—Conmoción cerebral —dijo Owen—. Pérdida de sangre, unas «laceraciones graves», según ellos. También tengo hematomas internos, pero la resonancia no ha salido tan mal como temían.
Sin embargo, seguía necesitando la pared para mantenerse en pie. La tensión en las comisuras de sus labios dejaba claro que el dolor aún lo estaba machacando.
—¿Y te han dado permiso para irte a casa? —preguntó Maggie.
—Sí.
Pero no asintió. ¿Estaba demasiado mareado para mover la cabeza? ¿Le dolía demasiado?
Maggie vaciló. ¿Debería llamar al médico y pedirle instrucciones sobre los cuidados tras el alta?
¿Asegurarse de que de verdad podía marcharse?
Pero, si Owen estaba decidido a largarse de allí, no sería ella quien se lo impidiera.
Sabía lo que le había dicho el médico y era demasiado prudente para jugarse la vida, sobre todo ahora que era padre soltero.
Le apretó el brazo.
—Bueno, ¿adónde vamos? —preguntó.
—No… —Apretó los labios—. Tengo la cabeza hecha un lío.
—Lanzó una rápida mirada hacia el rincón, hacia sus hijas, y bajó la voz; los ojos le iban de Maggie a Reid y de Reid a Maggie—.
Estoy aterrado, ¿vale? Siento que no sé cuál es la decisión correcta.
Mis hijas… Tengo que asegurarme de que estén bien.
—Clavó en Reid una mirada vidriosa—. ¿Y si me desmayo y el asesino entra en casa? ¿Y si no puedo proteger a mis niñas?
—Tendréis a varios agentes vigilándoos hasta que atrapemos a ese tipo —dijo Reid.
—¿Puedo tener uno extra para vigilar a las niñas? ¿O quizá cinco? —Owen sonrió, pero fue una sonrisa dolorida. Sí, le dolía. Por dentro y por fuera.
Reid asintió.
—Nos aseguraremos de que estéis protegidos. ¿Dónde queréis quedaros?
Owen alzó las manos.
—Me da igual dónde. En algún sitio seguro. En cualquier lugar donde podáis protegernos de verdad . —La aspereza de su voz hizo que Maggie se encogiera, pero Reid ni se inmutó.
—Lo más sencillo sería quedaros en casa de Sam —dijo.
Owen asintió —al parecer no estaba tan mareado como ella había creído—, pero Maggie intervino.
—No estoy segura de que sea lo mejor para las niñas —dijo—. Puede que se sientan mejor en su propia casa, en casa de Owen. Acaban de perder a su madre. Y todo esto podría asustar a los hijos de Sammy.
Los ojos de Owen se llenaron de lágrimas. Bajó la vista en lugar de contestar.
—Yo me quedaré en casa de Owen —dijo Maggie—.
Con ellos. Así puedes concentrar a los agentes en un solo sitio, cubrir todas las entradas y salidas y, si este se desmaya, yo podré estar atenta por si aparece ese tipo.
—Le guiñó un ojo a Owen, aunque estaba segura de que el gesto le había salido forzado.
—Yo organizaré a los agentes —dijo Reid—.
Pondré una unidad delante, otra detrás y otra pareja patrullando a pie.
Lo mismo que tendremos en casa de Sam. Si el jefe me toca las narices, usaremos a los hombres de Tristan para completar el dispositivo.
Y Sammy ya sabe que sus hijos no podrán ir a sus actividades de verano durante unos días. Con los tuyos será igual.
—Al menos los tuyos no tienen nada que hacer, ya que pensabais estar en California —dijo Maggie.
Esta vez Owen hizo una mueca. Cómo meter la pata hasta el fondo: guía para idiotas.
Pero ya no podía echarse atrás. La única salida era seguir avanzando.
Y no le serviría de nada a nadie si no descansaba.
Era como si tuviera papel de lija en los ojos.
Le dolían los músculos. Cada centímetro de su cuerpo le pesaba y le dolía.
—Vamos a resolver esto —dijo Reid—. Lo atraparemos.
Cuando Owen no respondió, Maggie miró al detective.
Reid la estaba mirando a ella, no a Owen.
Lo atraparemos. Había sufrido demasiadas decepciones para creérselo sin más; demasiados muertos habían quedado esparcidos tras promesas como aquella.
Pero quería creerle. Tal vez debería intentarlo.
Después de todo, él debería estar muerto…
y no lo estaba. Reid había esquivado a ese asesino cuando tendría que haber sido el primero en caer.
Había burlado a la muerte. Tal vez pudiera hacerlo otra vez.
Tal vez tuviera suerte de sobra para todos.