Los muertos no ven (Juegos de la mente 4) Capítulo 25
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Capítulo 25

— S eguramente estén al fondo, en los dormitorios. —Reid echó a andar hacia la casa, con los hombros tensos—. ¿Por qué crees que está aquí? No se me ocurre qué podría necesitar Owen de casa de Alex.

—¿Sabe Owen que Alex está herida? —La hierba se mecía con la brisa, rozándole los zapatos con un tenue shh-shh-shh .

Reid se detuvo en mitad del césped y ella frenó en seco a su lado.

—Que yo sepa, no. Pensaba decírselo a Sammy y a Owen juntos… o dejar que se lo contaras tú más tarde, esta noche.

—Si no sabía que se había apartado del resto del grupo… quizá creyó que necesitaba algo. A lo mejor comentó que se había dejado el pijama en casa de Sherwood, pero sabía que tenía que quedarse con Sammy, o… —Negó con la cabeza—. Joder, no lo sé.

—Vosotros, los psicólogos. Lectores de mentes. —Señaló con la cabeza el camino de entrada—. Quédate allí con Harrison. Vuelvo enseguida.

Se le tensó la espalda.

—Ni de coña.

Reid le sostuvo la mirada, frunció el ceño y subió las escaleras del porche dando fuertes pisotones.

—Sois imposibles, ¿lo sabéis? Todos vosotros. Todo vuestro grupo. —Casi escupió las palabras—. Aquí no hay ninguna emergencia. No hay ni una sola razón para que tuviera que venir esta noche. Es como si todos estuvierais empeñados en que os hagan daño.

—Lo sé.

Y lo sabía. De verdad, de verdad . Pero no conseguía obligarse a volver al coche.

Reid abrió la puerta con la punta del pie.

—¿Agente Billy?

—¿Ese es su nombre? —preguntó ella, acercándose por detrás.

—No sé cuál es su apellido. Es nuevo; Harrison lo está formando.

¿Habían mandado a un novato con Owen, sabiendo que podía estar en la lista de víctimas de un asesino en serie? Genial .

Maggie siguió a Reid al interior y recorrió con la mirada la sala de estar: luminosa, con un sofá de amarillo chillón y sillones de orejas pintados a rayas estridentes.

Y las flores sobre la mesa junto a la puerta…

Se dirigió hacia ellas. Las rosas cortadas seguían frescas en su mayoría; los pétalos empezaban a vencerse, pero todavía no habían derramado su tesoro sobre la alfombra tejida.

Maggie entrecerró los ojos para leer la tarjeta: Con cariño, Kelsey .

—Bingo —dijo, girando la tarjeta para que Reid la viera—. ¿Cuántos Kelsey puede haber por la zona?

—Espero que no muchos —dijo Reid, cruzando el recibidor en dirección al salón—. Además, es un nombre rarísimo para un hombre. ¿Estás segura de que salía con un hombre? Kelsey podría ser mujer, o quizá una persona no binaria.

—No lo creo. Alex tiene un tipo.

—¿Cuál?

—Capullos. Capullos con polla. Y Alex se refería a Kelsey como «él».

Pero Reid ya no la escuchaba. Tenía la vista fija más allá del salón, en el pasillo del fondo. Ella dejó de nuevo la tarjeta junto a las flores, y un puñado de pétalos descendió flotando hasta el suelo del recibidor.

—¿Dónde están? —preguntó él.

Maggie aguzó el oído. Nada. El viento agitaba las ramas contra las mosquiteras de las ventanas, pero del interior de la casa no llegaba ni un sonido.

—¡Billy! —volvió a llamar Reid.

—¡Owen! ¡Katie! —probó ella.

Sus voces resonaron contra las paredes y rebotaron en el gres porcelánico imitación madera que serpenteaba por toda la casa.

Pero cuando el timbre vibrante de su desesperación se apagó, desvaneciéndose entre las sombras, de la negrura como tinta que se extendía más allá de la sala de estar no llegó ninguna respuesta. La casa permaneció en silencio.

Muerta. Eso era: muerta .

Pero ¿Owen también? ¿Y su mujer? La mujer le caía mal, odiaba lo que le estaba haciendo a Owen, pero no quería que muriera.

—Esto no me gusta —dijo Reid, internándose en el salón—. Deberías volver al coche.

—Que te den —espetó ella—. Si Dylan está aquí de verdad, soy yo a quien busca. Puede que te pegue un tiro, pero a mí no me hará daño.

—Intentó arrancarte el cerebro del cráneo a mordiscos.

Como si respondiera a sus palabras, la vieja cicatriz palpitó con un calor intenso, un latido dentro de su cabeza.

—Eso fue antes.

Él miró por encima del hombro.

—¿Antes de qué?

Sí, Maggie, ¿antes de qué?

Cuando ella no contestó, volvió a mirar hacia el salón.

—Como he dicho… vosotros nunca sabéis qué os conviene —masculló, con una mano sobre la culata de la pistola—. Es como si estuvierais intentando que os maten.

Ella no tenía respuesta: no le faltaba razón.

Avanzaron sigilosamente por el pasillo. Maggie acompasaba sus pisadas a las de él, aunque dudaba que fueran a engañar a nadie haciéndole creer que solo había un hombre avanzando a hurtadillas por la casa: habían echado a perder esa ilusión hablando al entrar.

Pero ¿quién iba a estar escuchando? ¿Kelsey? ¿Dylan fingiendo ser Kelsey?

Le faltaba el aire. Owen ya debería haber vuelto. Si estaba allí, si había entrado a buscar algo para Alex, tendría que haber salido al oír que lo llamaban.

La primera puerta a la izquierda era el despacho: el escritorio de Alex en el centro, estanterías de tres niveles a ambos lados.

El armario no tenía puertas; Alex las había quitado para convertirlo en una librería en la que se podía entrar.

En circunstancias normales era una idea muy chula; ahora resultaba aún más perfecta, porque sin necesidad de entrar podían ver que no había nadie acechando dentro.

La habitación de enfrente era el dormitorio de invitados. No había nadie escondido bajo el futón ni dentro del armario. La puerta del dormitorio de Alex estaba cerrada. Reid extendió la mano, giró el pomo y la abrió de golpe, con el arma preparada…

La bajó cuando ella cruzó el umbral tras él. Vacío.

Maggie frunció el ceño, pero notó que los hombros se le destensaban.

Era mejor no tener noticias que malas noticias; al menos no se habían encontrado a Dylan con un cuchillo en la garganta de Owen.

¿Y si Owen y su mujer ya habían vuelto a la parte delantera de la casa, con el agente Harrison y sus hijos, esperando a Maggie y Reid para irse a casa de Sammy?

—A lo mejor… ¿han salido por detrás?

—¿Y por qué iban a hacer eso? —dijo Reid, irritado.

—¿Porque todos somos idiotas y no sabemos qué nos conviene?

—Me parece bien.

Inclinó la cabeza, entrecerrando los ojos mientras repasaba las paredes y el suelo.

Seguramente buscaba señales de forcejeo, pero ella no veía nada fuera de sitio.

Ni un solo calcetín sobre la moqueta. Si Reid entrase en el dormitorio de Maggie buscando indicios de lucha, entraría directamente en modo pánico: su casa parecía el escenario de una explosión.

Como si hubiera luchado contra demonios en cada habitación.

Supuso que así había sido. Se le cerró la garganta.

—Que estén dando vueltas por detrás es mejor que si Dylan los hubiera sacado de aquí —dijo—. Además, si hubiera sido Dylan, ¿cómo habría podido reducirlos a todos tan deprisa, sin hacer ruido? Tres personas, incluido un agente armado, no habrían sido precisamente presa fácil.

Aunque, claro, a Dylan le gustaban los desafíos. Usar objetos que encontraba por ahí. No matar nunca dos veces de la misma manera. ¿Vería esta noche como un juego? Si era así… iba ganando.

Se le encogió el estómago: rabia y terror, bilis y pena, un guiso hirviente de horrores. ¿Dónde estás, Owen?

Reid se acercó a la ventana del fondo y escrutó el jardín.

Negó con la cabeza. Maggie miró el armario: cerrado.

También la puerta de cristal que daba a la terraza trasera.

Frunció el ceño; el corazón empezó a acelerársele, aunque tardó un momento en entender por qué.

La puerta de atrás no estaba abierta, como la principal; el pomo estaba bien encajado.

Pero… ¿no se intuía una sombra junto al suelo, al otro lado de las persianas?

El aire desapareció de sus pulmones. Quiso detenerse, llamar a Reid, pero ya tenía el tirador en la mano y, al empujar hacia fuera, la puerta golpeó de inmediato contra algo. Algo que la bloqueaba por el otro lado.

—¡Maggie, espera! —gritó Reid.

Pero ella ya empujaba, empujaba, y después se coló por la rendija.

Al otro lado de la puerta había una funda de portátil. La de Alex: reconoció la botella de agua que siempre llevaba enganchada. Maggie había tenido una igual en su consulta.

Pero nadie la sujetaba. No había ningún cuerpo junto a la funda. Y, aunque debería haber sido una buena noticia, resultaba siniestro.

—¿Dónde están, Reid? —susurró.

Apenas se la entendía, pero daba igual que él pudiera oírla: en aquel jardín negro como la tinta, no veía más de lo que veía ella.

¿Habrían saltado la valla de madera de casi dos metros?

No, era absurdo. Si Owen y Katie estaban allí, solo quedaba otro lugar donde buscar: el cobertizo, apenas visible en la bruma nocturna. ¿Y dónde demonios estaba el agente?

Pensaste que el asesino era policía, Maggie. Más de una vez pensaste que podía ser policía. Y si a Dylan se le ocurría colarse en la vida de otra persona… ¿quién mejor?

Maggie corrió hacia los escalones de la terraza, dispuesta a ir al cobertizo, pero la punta del pie se le enganchó en el peldaño de arriba.

Salió disparada hacia delante, tropezando por los tres escalones de madera, con los brazos girando como aspas.

Consiguió no caerse, aunque el tobillo le lanzó un alarido de dolor al aterrizar sobre el césped.

Dio tres pasos tambaleantes hacia delante.

Tres pasos para recuperar la compostura.

Y uno para volverse.

Para ver con qué había tropezado.

Junto al escalón superior había un único zapato: un zapato de mujer, de tacón alto. Y al pie de la escalera, oculto tras el borde de la terraza, estaba el otro. La abertura dejaba ver sin dificultad el pie que había dentro. El talón. Una pantorrilla.

—Oh… Oh, no.

Fue todo lo que consiguió decir mientras se acercaba cojeando.

Reid bajó decidido el último escalón, con el arma apuntando al jardín. Igual que dentro de la casa, nada más se movía.

Desde luego, los cuerpos no.

Owen y Katie yacían al pie de la escalera como si hubieran intentado escapar: Katie encima, envuelta en los brazos de Owen.

Maggie casi podía imaginar que se abrazaban, de no ser por el ángulo imposible en que se doblaba el codo inferior de Katie, por la forma en que el tramo visible de su garganta estaba salvajemente desgarrado.

¿Se la había arrancado el asesino con los dientes?

Desde allí no veía la cara de Owen, oculta bajo el cuerpo de su difunta esposa, pero era imposible que el charco reluciente que los rodeaba fuese solo de ella.

Vetas de sangre, negras a la luz de la luna, manchaban el lateral de la terraza sobre sus cabezas: salpicaduras arteriales.

Sus corazones aún bombeaban cuando cayeron de rodillas sobre la hierba.

¡Clic!

Se volvió de golpe mientras Reid se acercaba y aseguraba el arma en la funda del cinturón.

—¿Dónde está Billy? —susurró Maggie.

Pero en realidad no necesitaba preguntarlo. El agente había desaparecido. Muerto en algún sitio, casi con toda seguridad. O… culpable.

No puedo respirar.

Reid le rodeó los hombros con un brazo, intentando apartarla de los cuerpos, pero tenía los huesos pesados. Se desplomó de rodillas junto a los pies de Katie.

—Owen…

Tenía la cara húmeda. El cuello también. El silencio del jardín era absoluto. ¿De verdad había esperado que él contestara? Ni siquiera podía verlo.

Quería verlo. Quería despedirse. Avanzó un poco más de rodillas, intentando ignorar la humedad tibia que le empapaba las rodillas: sangre. Estaba arrodillada en su sangre.

—Owen, lo siento tant…

Se le quebró la voz; tuvo hipo, y un gemido tenue rasgó la noche.

Pero espera… ¿había tenido hipo ella? ¿Era ella quien gemía? Frunció el ceño.

Reid se acuclilló a su lado, tendió la mano hacia Katie y, con delicadeza, levantó el cuerpo de la mujer para darle la vuelta. Sus ojos muertos estaban muy abiertos; no tenía párpados, y el blanco vidrioso de los ojos relucía bajo la luna. Muerta, sin duda.

Maggie centró la atención en Owen. La sangre cubría el rostro de su amigo; un tajo oscuro y brillante le cruzaba la garganta, y otra herida de bordes dentados le hendía la frente. Pero él aún tenía párpados. ¿Habían interrumpido a Dylan antes de que lograse completar su misión?

Alargó la mano hacia el rostro de Owen y le tocó la mejilla pálida, uno de los pocos lugares que no estaban cubiertos de sangre. Seguía caliente. Como su esposa. Pero el pecho… ¿se movía?

Se le cortó la respiración.

Owen volvió a gemir.