Los muertos no ven (Juegos de la mente 4) Capítulo 24
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Capítulo 24

S pecial K. Así lo había llamado Alex en Sherwood’s; así lo tenía guardado en el móvil. Pero en Google no aparecía ningún DJ con ese nombre. Claro que no.

¿Kyle? No, no era ese. ¿Kristof? Puaj. No, desde luego que no. Kristof sonaba a vampiro de fraternidad universitaria.

Maggie miraba por la ventanilla del Bronco de Reid. Había viajado muchas veces en aquel todoterreno, pero jamás había sentido tanta distancia entre el asiento del conductor y el del copiloto.

¿Qué había tenido aquella llamada de irresistible para que Alex se alejara de la escolta que habían puesto para protegerla? ¿Qué la había llevado a aquel puente? ¿La había llamado su novio y ella había salido corriendo a reunirse con él? ¿Estaba loca?

Tal vez tuviera un deseo de muerte. Al fin y al cabo, también había mandado lejos al primer equipo de vigilancia.

Maggie entrecerró los ojos al mirar por el retrovisor lateral. No había ninguna otra patrulla vigilándolos a Reid y a ella, aunque tampoco esperaba que las hubiera.

—¿Crees que deberíamos traer a un dibujante para poder describirle... el cuerpo del tipo del club?

—No estoy seguro de que sirviera de mucho —hizo una mueca—. Ya tenemos una idea general de su complexión. Y no conoces ningún rasgo facial identificativo.

—Sí. Vale.

Se reclinó contra el asiento. La bilis le reptaba por el estómago, oleosa y ácida. Tragó saliva con fuerza.

—Lo siento.

Había hablado tan bajo que Maggie creyó habérselo imaginado, pero, al volver la cabeza, vio que él la estaba mirando.

—¿Por qué?

Lo de Alex no era culpa suya. Le habían denegado la petición de más unidades, y Alex era quien se había marchado por su cuenta.

Reid volvió la vista al parabrisas.

—No he sabido manejar esto. Todo el asunto del club, la tensión entre nosotros... Sé que es culpa mía que no estemos juntos. Intentaba hacer lo correcto por ti, por Ezra, pero... me equivoqué. Espero que podamos empezar de nuevo. Espero que no sea demasiado tarde para nosotros.

Maggie parpadeó, atónita. ¿Qué le estaba pidiendo? ¿No estaba hablando de Alex? Todavía sentía las yemas de los dedos de Tristan sobre las costillas. Aún tenía el sabor de su lengua en la boca, aún notaba el calor húmedo de su aliento contra el pelo.

—¿Maggie?

Negó con la cabeza.

—Ahora no es el momento, Reid.

—Puede que nunca sea el momento adecuado. Pero creo que aun así merece la pena arriesgarse.

Maggie apartó la mirada. El ácido le subió hasta la base del esófago, quemando, quemando, quemando.

—Siento no poder concentrarme en mi vida amorosa mientras alguien ataca a las personas que tengo cerca. Sinceramente, me sorprende que ese cabrón no te haya asesinado a ti .

Aquella vocecita volvió a susurrarle en la cabeza: ¿Por qué sigue vivo Reid? ¿Por qué hacerle daño a Alex y no al hombre que de verdad tenía posibilidades de arrebatarle a Maggie?

—Es un misterio —dijo él—. Cuando lo atrapemos, se lo preguntaremos. Quizá simplemente sabe que no te gusto tanto, que no soy una amenaza.

Se encogió de hombros.

—A riesgo de parecer un capullo inseguro, no puedo evitar pensar que tendría más éxito acercándome a ti si llevara esposas.

Maggie frunció el ceño.

—Tú tienes esposas. ¿No?

Él soltó un suspiro hacia el parabrisas.

—Era una forma de hablar.

—Pues es una gilipollez.

—¿Ah, sí?

—Sí.

Volvió la cara hacia su ventanilla.

—Desde luego, ahora no es el momento.

El resto del trayecto transcurrió en silencio, pero, al entrar en la calle de Alex, el aire se cargó de una expectación inquietante. Maggie buscó las llaves en el bolsillo; la de la puerta principal de Alex era rosa y llena de purpurina. Entonces alzó la vista al oír refunfuñar a Reid.

—¿Qué coño...?

Ya había un coche patrulla en la entrada, con las luces apagadas y la puerta del conductor abierta.

Un agente estaba junto a la puerta trasera del cupé de Owen y, cuando Reid aparcó junto al bordillo, las niñas rubias del asiento trasero se volvieron y miraron por la ventanilla. Una de ellas saludó con la mano.

Las hijas de Owen.

Maggie entrecerró los ojos. ¿Dónde estaba Owen? Katie iba con él también, ¿no?

Reid ya había salido del coche y llevaba medio césped recorrido cuando Maggie consiguió librarse del cinturón de seguridad.

—¿Qué está pasando aquí? —espetó.

El agente se encogió de hombros. La gorra le aplastaba contra la frente los cortos rizos grises.

—Nos lo encontramos de camino desde el aeropuerto. Dijo que tenía que recoger algo para llevar a casa. No pensé que quisieras que volviera aquí él solo.

—¡Claro que no quería que viniera aquí él solo! —gruñó Reid—. Y tampoco quería más sorpresas. ¿Qué podía ser tan importante como para tener que parar aquí ahora?

Los ojos del agente se abrieron de par en par. Maggie no conocía al hombre, pero sintió pena por él al instante, aunque se hubiera saltado el plan. Owen, Alex... ninguno se lo estaba poniendo fácil aquella noche.

Al policía se le dilataron las aletas de la nariz.

—Primero pierde a la patrulla que lo seguía de camino al aeropuerto, tengo que ir hasta allí conduciendo como un maldito piloto de NASCAR, ¿y ahora me echas la bronca a mí por haber parado?

—negó con la cabeza—. Hemos llegado hace cinco minutos.

No está detenido, y esta casa pilla de camino a casa de Sam.

Billy está dentro con los dos, yo estoy aquí con las niñas...

Todo el mundo está bien. ¿Qué más quieres?

¿Una prueba de que seguía viva, quizá? ¿Ver la cara de su amiga?

Maggie miró la casa. La puerta principal estaba entreabierta, bien a propósito, bien por descuido. Owen también tenía una copia de la llave.

Todas las luces estaban encendidas.

Pero no se movía nada.

Absolutamente nada.