Los muertos no ven (Juegos de la mente 4) Capítulo 23
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Capítulo 23

L a cama de hospital de su padre estaba dos plantas más abajo que la habitación donde tenían a Alex, pero la unidad de cuidados intensivos se sentía…

bueno, intensa. Muy bien, Maggie, menuda genio de las palabras.

Pero ¿cómo iba a llamarlo si no? En aquel hospital no había un solo rincón que pudiera ofrecerle tregua.

Era como si cada habitación del edificio albergara a alguien a quien estaba perdiendo, despacio o deprisa, pero sin remedio; y cada vez que atravesaba las puertas del hospital, había más en juego.

El número de habitación que Reid le había mandado por mensaje estaba al final de un pasillo largo y frío, con el aire impregnado de antiséptico.

Tristan la seguía, con el móvil pegado a la oreja, echándole una bronca monumental a la empresa que había contratado para vigilar a Alex y a Sam.

La puerta estaba caliente bajo su palma pegajosa. Pesada.

Y pensar que había querido creer que no corrían peligro. ¿Cómo iba a convencerse de dejar de comerse la cabeza cuando las cosas siempre acababan siendo peores de lo que esperaba?

Otra vez el río. No el puto río.

Reid levantó la vista al verla entrar y rodeó la cama con los brazos cruzados; debía de haber llegado hasta allí a toda pastilla, con las sirenas aullando.

Otro coche patrulla los había escoltado a Tristan y a ella, Maggie al volante del GTO de Tristan mientras él hacía llamadas, intentando averiguar por qué los guardias que había pagado de su propio bolsillo no estaban con Alex cuando acabó en el agua.

Alex yacía en la cama, con una cánula bajo la nariz y los brazos llenos de tubos.

Bajo la luz cegadora de los fluorescentes, sus mejillas hundidas parecían aún más cóncavas, y el brillo de su piel gris azulada la hacía parecer medio muerta…

o muerta del todo. Tenía los labios agrietados.

Su pelo, color de oro hilado, estaba apelmazado y más oscuro de lo que debía.

Maggie no alcanzaba a ver la magnitud del daño en su cráneo, pero distinguía el vendaje blanco, cegador, que asomaba por el lado más alejado de su cabeza.

—¡Se suponía que tu gente tenía que vigilarla! —Las palabras le estallaron en los labios, un torrente de veneno—. De nada sirve atrapar al asesino si antes se muere todo el mundo. ¿Qué coño ha pasado?

Reid alzó las palmas. Eh, tranquila.

—Teníamos a dos agentes de Fernborn, más otra pareja de guardias que contrató Tristan.

Cuando tus amigos salieron de casa de Sherwood, el plan era volver a casa de Sam e Imani.

Pero apenas habían avanzado una manzana cuando llamó la mujer de Owen; él dijo que tenía que ir al aeropuerto, así que mandé una unidad con él…

—¿Llegaron antes?

—Sí. Pero tanto los agentes como los guardias iban de dos en dos. Dos coches. Con una unidad con Owen y otra con Sammy e Imani, Alex debía seguir el coche de Sam. Todo debería haber salido bien. Pero Alex… no lo siguió.

—¿Por qué no? —Sus palabras quedaron acompasadas por el constante bip , bip , bip de las máquinas junto a la cama de Alex.

O quizá eran las máquinas del otro hombre de la habitación, con los ojos cerrados y una barba espesa que le cubría las mejillas hasta los párpados.

¿No debería Alex tener una habitación para ella sola?

Si Alex estaba en peligro, si alguien le había hecho daño, ¿por qué aquel pobre desgraciado tenía que poner en riesgo su culo medio muerto?

Bip. Bip. Bip.

—La patrulla que iba detrás de ella dijo que estaba hablando por teléfono cuando se desvió.

Decidieron quedarse con las cuatro personas que iban en el Jeep de Sammy.

—Reid negó con la cabeza—. Owen tenía prisa y ya había perdido de vista a los hombres de Tristan, así que los desviamos para que fueran tras Alex.

Joder.

—¿Owen perdió de vista a los…?

—Está bien, igual que su familia. Esos capullos son guardias de seguridad privada.

No llevan sirenas ni están entrenados para persecuciones a alta velocidad.

Owen tenía prisa por llegar al aeropuerto, pero se apartó al arcén y esperó a que la unidad lo alcanzara.

Cuando localizamos el coche de Alex, quince minutos después…

—¿Dónde? —Se pasó una mano por el pelo. Una uña se le enganchó en un rizo largo y, al tirar, un dolor súbito y agudo le atravesó la mano: la uña se le desgarró hasta la carne viva.

—Un agente la encontró en el río, más abajo del punto donde el coche de Kevin saltó el quitamiedos.

Su coche estaba aparcado en el arcén, justo después de la base del puente, con la puerta abierta y el móvil en el asiento del acompañante.

Creo que quien la llamó la atrajo hasta allí.

Confían en que recupere la consciencia, pero no pueden asegurar cuándo.

Se golpeó la cabeza contra las rocas: traumatismo craneoencefálico.

—Miró la cama, el cuerpo inmóvil de Alex.

A Maggie le ardieron los ojos, con un escozor tan intenso como la culpa que le clavaba sus uñas en el pecho. Debería haber contestado al teléfono.

Alex no le había dejado ningún mensaje; lo había comprobado. ¿La habría llamado antes de abandonar el convoy? ¿Estaría hablando con Maggie cuando se desvió? Pero Maggie no la había atraído hasta allí.

—Haré que Tristan revise las cámaras de vigilancia de la zona, pero esa parte junto al río está bastante desierta.

No podía apartar los ojos de la cama. De su amiga, aunque últimamente Maggie no hubiera sido gran cosa como amiga.

—Entonces la inflamación… Cuando baje, ¿debería despertarse?

Si tenían suerte. Y la suerte era algo con lo que no podía contar; nunca había tenido demasiada. Prácticamente todo el mundo que conocía ya estaba muerto o corría peligro por su culpa.

Bip. Bip. Bip.

Reid abrió la boca para responder, pero ella levantó una mano, igual que él había hecho al verla entrar. No quería oír la respuesta. A la mierda su respuesta. A la mierda todo esto.

—Y el coche de Kevin no saltó el quitamiedos —espetó Maggie—. Alguien lo mató. Igual que intentó matar a Alex.

Maggie echó un vistazo al fondo de la habitación, donde el hombre barbudo se aferraba a la vida. Quizá era él el asesino. El malo. Quizá debería asfixiarlo con una almohada.

¿Qué coño estás pensando, Maggie? ¿Qué demonios?

Reid la estaba mirando… No. Le miraba la mano. Bajó la vista justo a tiempo de ver una gota de sangre manar de su uña herida y caer sobre las baldosas a sus pies con un minúsculo plop rojo.

—Esto es por nuestra culpa —dijo, levantando la cabeza, con la voz estrangulada—. Por la mía. Es más listo que nosotros. Se dio cuenta de que lo del club era una farsa y aprovechó para empezar a ir eliminando a mis amigos.

¿Y si Alex no despertaba aquella noche para contarles qué había pasado? ¿Y si no despertaba nunca ?

—Lo sé, Maggie. De verdad. Ahora tengo a dos agentes en casa de Sammy, junto con los hombres de Tristan, vigilándolos a ellos y a los niños. Y hay otra unidad policial con Owen; él y su familia están de camino de vuelta desde el aeropuerto.

—Desde el principio, cada uno debería haber tenido más de un coche siguiéndolo.

—Siendo justos, ninguno de tus amigos había recibido amenazas; no había indicios de que pudieran correr peligro.

Además, Alex y Owen se largaron por su cuenta, no mis agentes ni el equipo de seguridad de Tristan.

Estoy haciendo todo lo que puedo. El jefe rechazó mi petición; tuve que tirar de favores para conseguir unidades que protegieran a tus amigos, polis dispuestos a trabajar en sus horas libres.

Lo máximo que estaba dispuesto a hacer el departamento era mandar a unos cuantos agentes a pasar por allí de vez en cuando.

Pero ahora que Alex ha resultado herida...

—Sí, ahora tu jefe se cree que alguien va a por ellos y lo considera un problema de verdad. Si se lo hubiera tomado en serio antes, nada de esto habría pasado.

Pero al menos habían logrado reunir una o dos unidades más.

—Tendremos más agentes en menos de una hora —dijo Reid—. Seguridad del hospital y una unidad aquí. Y quiero la casa de Sam rodeada.

Pero su expresión... Había algo más.

El corazón le aleteaba en el pecho como un conejo atrapado.

—¿Qué ocurre, Reid?

—Hay otra razón por la que todos necesitáis protección. —Parecía incapaz de mirarla a los ojos—. Nos equivocamos. Todo este tiempo, nos equivocamos.

—¿Sobre qué?

—Han llegado los resultados del ADN recogido de la herida por mordedura de Joel.

El pitido de las máquinas se apagó, ahogado por el rugido de la sangre en sus oídos.

—¿Habéis encontrado una coincidencia en la base de datos?

—Bueno, no, pero pedí que hicieran un cotejo urgente por si acaso; otro favor más. Y mi corazonada dio resultado. La persona que mató a Joel está emparentada con Alex.

La habitación quedó inmóvil.

—¿Es...? Quiero decir, ¿su padre ha salido de la cárcel?

Reid negó con la cabeza.

—No. Su padre sigue entre rejas, pero no ha recibido ni una sola visita. Ni cartas. Lo que Dylan esté haciendo no tiene nada que ver con su padre.

Oír a Reid decir su nombre le atravesó el pecho con una cuchillada de hielo. Está vivo. Dylan está vivo. El mejor truco que jamás urdió el diablo...

La cicatriz de la nuca le palpitó, un dolor sordo que le descendió por la columna.

—No puedo... No puedo creerlo. Tienes que estar equivocado.

—No lo estoy. Debió de matar a aquel chico de Ohio; le rajó la cara y, de algún modo, lo mantuvo incapacitado hasta que la infección tuvo tiempo de desarrollarse. Eso demuestra mucha previsión. Mucha planificación, sobre todo para un chaval de dieciséis años. Los detalles eran... meticulosos.

Alex siempre había dicho que era un genio. Pero aquello era una locura, un sinsentido absoluto. Inconcebible. El pitido retumbó de nuevo, más fuerte que antes, resonándole en los oídos.

—Alex nunca creyó que estuviera muerto. Sabía que era demasiado listo para eso.

La mirada se le demoró en Alex, en su piel pálida y cerosa.

Maggie se acercó, de pronto convencida de que Alex realmente estaba muerta, de que las máquinas mentían.

Pero cuando apoyó las yemas de los dedos sobre la inmóvil muñeca de su amiga, el tenue latido de su corazón le quitó el nudo de la garganta.

—Yo no la creí. Pensé que Tristan tenía razón, o quizá solo quería que la tuviera. Pero debería haberla escuchado. La cagué. Otra vez.

—Creo que por eso se está moviendo tan deprisa —dijo Reid, colocándose a su lado—. Supuso que tarde o temprano acabaríamos descubriendo su verdadera identidad. Apostaba a que, para cuando lo hiciéramos, estaría tan cerca de su objetivo final que ya no importaría.

Maggie pasó el pulgar por los nudillos de Alex. Fríos. Húmedos, como si la hubieran sacado del río apenas unos minutos antes.

—¿Y ahora qué hacemos? —Su voz sonó hueca—. Sabemos quién es. Sabemos qué aspecto tiene. Pero ninguno de nosotros lo ha visto.

—Pero él te conoce a ti . De algún modo, sabe todo lo que amas.

—Yo... no tengo ni idea de cómo. No estoy en redes sociales. Mis amigos saben qué aspecto tiene Dylan; al menos Sammy y Alex. Aunque no lo supieran, aunque hubiera cambiado de aspecto, nadie cercano a mí le contaría a un desconocido cualquiera cuáles son mis gustos y manías.

—Pero unas preguntas aparentemente inocentes pueden tener consecuencias importantes. No puede ser ningún secreto que te gusta Weird Al.

Frunció el ceño. Su obsesión con Weird Al podía ser de dominio público, pero los regalos de Kevin no.

Aunque, si él la había vigilado todos aquellos años, una cámara bien colocada podría haberle revelado todo cuanto quisiera saber.

Y ya no había manera de comprobarlo: la casa en la que había vivido con Kevin se había quemado hasta los cimientos.

—¿Te dice algo el nombre «Special K»? —preguntó Reid—. Fue la última llamada entrante en el móvil de Alex.

¿Special K? La comprensión fue abriéndose paso despacio, pero con tal intensidad que le electrizó la frente. No lograba recordar su nombre, su nombre real, pero Alex lo había mencionado aquel mismo día. El pinchadiscos.

—Su novio... su exnovio. ¿Crees que la atrajo hasta el puente?

Frunció el ceño mirando a Alex, intentando recordar el aspecto de aquel tipo, el hombre al que solo había visto una vez, a través de un parabrisas.

—Sabemos que la llamó. Pero su móvil es de prepago, así que no podemos sacar ni una dirección ni un nombre.

Pip. Pip. Pip.

—Suponiendo que se haya sometido a una cirugía estética considerable, este tipo encaja con tu perfil, ¿verdad?

Entre treinta y cuarenta años, un fracasado que vive muy por debajo de lo que considera su capacidad intelectual.

Y, por lo que me contó Sammy, rompieron justo antes del asesinato de Cara Price.

Puede que el detonante fuera doble: el rechazo de ambas, el tuyo en el club y el de Alex en la vida real.

Maggie se quedó mirándolo.

—¿Crees que estaba... saliendo con su hermano?

Aunque, pensándolo bien, Alex había dicho que no habían tenido sexo. ¿Sería por eso?

No... aquello no tenía sentido. Jamás había visto a aquel hombre antes de encontrárselo en el coche de Alex.

Dylan habría intentado acercarse primero a Maggie, y seguramente mucho antes de que Alex conociera al pinchadiscos.

Además, Maggie jamás saldría con alguien con quien Alex hubiera estado.

Si la intención era conquistar a Maggie, salir primero con Alex era garantizarse el fracaso.

—No sé si estaba saliendo con Dylan sin saberlo o si ese tipo se limita a ayudar a Dylan —dijo Reid.

Maggie se giró bruscamente hacia él. Se había acercado más; sus codos se rozaban. Su mirada era sincera. Preocupada.

—Pero sí creo que él la llamó, y que eso hizo que abandonara su escolta. Ese tal Special K está implicado en el ataque. Y ni siquiera sabemos cuál es su nombre real.

El brazo de Reid estaba caliente. De repente, quiso apoyarse en él, dejar que la sostuviera apenas un segundo, que la alejara de los pitidos de los monitores. En vez de eso, se aclaró la garganta y dio un paso atrás. El brazo se le quedó frío.

—Tengo la llave de repuesto de Alex. Puedes ir a su casa y registrar a fondo.

—¿Crees que sabrías reconocer sus cosas? Al menos podrías identificar cuáles no pertenecen a Alex. Si tiene un cepillo de dientes en casa de Alex, podremos cotejar el ADN. Y conseguir una foto sería más rápido que hacerte un retrato robot, además de dar un resultado más preciso.

Maggie asintió, muda. De pronto, hablar le parecía un esfuerzo excesivo. Tras dirigir una última mirada a Alex — por favor, que no sea la última —, se encaminó hacia la puerta.

Reid le apoyó una mano protectora en la zona lumbar y la siguió.