Los muertos no ven (Juegos de la mente 4) Capítulo 22 #2
73%

Capítulo 22 #2

Él arqueó una ceja, pero no contestó.

Ella suspiró.

—Nadie de aquí esta noche encaja con el tipo que yo… creía que era.

—Podemos volver.

—Te encantaría, ¿eh?

—Sí. El negro te sienta bien. —Le guiñó un ojo—. Joder, igual era yo todas esas veces. ¿Te imaginas qué locura?

Ella miró su pecho desnudo. La pulsera verde de su muñeca.

—No. Él tenía más pectorales.

Tristan se llevó una mano a la boca, fingiendo horror.

— Ay .

—No es nada malo. Estoy diciendo que tú no eres un asesino, que no me engañaste para acostarme contigo. Las dos cosas juegan a tu favor, salvo que seas un psicópata absoluto.

Tristan resopló.

—Mi hermano parece pensar que podría serlo.

—Por cierto, ¿qué tal fue el fin de semana en el bosque?

—Fue… largo. Comimos un montón de nubes. Pero te prometimos que lo intentaríamos.

Claro. Maggie se levantó de golpe; no conseguía estarse quieta.

—Algo va mal.

¿Deberían hacer ruidos de sexo? ¿Golpear el cabecero contra la pared? Pero las habitaciones estaban insonorizadas. No serviría de nada.

—Aún es pronto. Si te ha visto entrar aquí…

—Debería haber estado vigilando ahí fuera , para ver con quién entraba yo en esta habitación. Pero ¿y si no está aquí? ¿Y si está en otra parte? ¿O sabe que es una trampa porque tú no has podido ceñirte al plan y hacer de sumiso ni cinco putos segundos?

O por cualquiera de las cien cosas que el asesino hubiera podido advertir a lo largo del último día. Estaba proyectando. No era culpa de Tristan, al menos no del todo. Convertirlo en su saco de boxeo emocional estaba mal, era disfuncional, ridículo. Entonces, ¿por qué no podía parar?

Tristan frunció el ceño.

—¿Crees que la he cagado? Que…

—O se ha enterado de la operación por otra vía —dijo ella, con la voz más baja y tranquila—. Quizá trabaja para la policía; esto no se ha hecho público.

No se le había ocurrido antes, pero, ahora que la posibilidad flotaba en el aire, le parecía plausible.

Cualquiera del cuerpo tendría acceso a todos los detalles del ataque a Maggie; sabría exactamente dónde había mordido Dylan a Alex para reproducir la marca en Joel.

Para ser un civil… sabía demasiado. Por eso Reid había pensado que era alguien cercano a Kevin: manejaba información interna a la que casi nadie tenía acceso.

—¿Crees que es policía? —preguntó Tristan.

Ella se encogió de hombros.

—Yo qué sé. Birman desapareció cuando desapareció mi madre. Igual ha vuelto.

Tristan hizo una mueca.

—¿No es como… viejo? Te darías cuenta si te estuvieras tirando a un viejo con huevos de viejo.

—Tristan, no lo sé, ¿vale? No sé quién es. Si lo supiera, te lo diría. Pero sí sé que esto no me cuadra .

No sentía miedo. No se sentía observada. No tenía el menor presentimiento de que, cuando salieran de aquella habitación, pudieran correr peligro.

Y debería tenerlo. Joder, se sentía intranquila la mitad del tiempo sin motivo alguno.

¿Y si ahora sencillamente se equivocaba?

Desde luego, tenía puntos ciegos. No solía sospechar de quienes tenían la misión de protegerla.

Pero… quizá debería. Los guardias que Tristan había contratado, los agentes del cuerpo, eran quienes debían mantenerlos a salvo, y si uno de ellos era su asesino…

Maggie sacó el móvil del bolsillo de la bata.

Alex la había llamado dos veces. Le devolvería la llamada en cuanto hablara con el detective del aparcamiento.

No se permitían aparatos electrónicos de ninguna clase en la planta principal, por motivos de privacidad, pero aquel día merecía la pena correr el riesgo. Como si fuera a volver allí.

La idea de regresar, de abrirse a otro desconocido después de todo aquello, le revolvió el estómago.

Marcó el número de Reid y se llevó el móvil a la oreja.

—Hola —susurró, aunque las paredes insonorizadas bastaban para ocultar la conversación—. Estamos en la sala privada.

—Nada todavía. —La voz de Reid sonaba tensa al otro lado—.

Sigo comprobando las matrículas de los coches del aparcamiento, pero de momento no veo a nadie que encaje con el perfil físico que describiste: el del hombre al que vieron salir del jardín trasero de Yuri.

La inmensa mayoría tiene al menos un tatuaje llamativo.

Y la mayoría de los hombres que hay ahí dentro son bastante bajos. Mi medio hermano incluido.

—Tristan mide más de uno ochenta —dijo ella.

Tristan arqueó una ceja mientras Reid remataba:

—No es tan alto como yo, eso es todo lo que digo. Me entra otra llamada, pero avísame si ves algo sospechoso. Lo que sea.

Ella bajó el teléfono, frunciendo el ceño.

—¿A qué ha venido eso? ¿Mi hermano intenta hacer ver que soy más bajo que él? Puede que él sea más alto, pero yo tengo…

—Ya nos preocuparemos de tus medidas luego —dijo ella.

El móvil vibró en su mano. Reid otra vez. ¿Había visto algo en el aparcamiento?

Se llevó el teléfono a la oreja de golpe, pero él no esperó a que saludara.

—Maggie, podéis… vestiros o lo que sea.

Los hombros de Maggie se relajaron, pero aquel tono… Seguía empuñando el móvil, apretándolo tanto que le dolían los nudillos.

—¿Lo habéis cogido?

Por favor, di que sí. Por favor, di que sí.

—No, pero no está ahí, en vuestro club.

Lo sabía. Pero ¿cómo…?

El pozo de su estómago se ensanchó, cargado de terror.

—Tenemos que ir al hospital —terminó Reid—. Acaban de sacar a tu amiga del río.