Los muertos no ven (Juegos de la mente 4) Capítulo 22
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Capítulo 22

E l aire del vestuario era distinto aquella noche, cargado de una presión tan intensa que la sentía hasta en las raíces de los dientes.

Maggie quería gruñir, rechinar los dientes, expulsar aquella intensidad al universo, a algún lugar donde no pudiera hacerle daño. Pero no era posible. No aquella noche.

No hasta que lo atraparan.

Le temblaban las manos mientras se ataba las botas de cuero que le llegaban hasta los muslos y se ponía la túnica negra como la obsidiana que había llevado tantas veces; la seda se deslizaba sobre su piel como aceite.

Como siempre, se dejó la máscara para el final: cuero que le cubría el rostro desde la frente hasta el labio superior.

A diferencia del hombre con el que se había encontrado allí tantas veces, el hombre que quizá fuese el asesino, tenía la parte inferior del rostro al descubierto, helada en el aire seco.

Salió del vestuario a la sala de juegos con un nudo en el estómago y el corazón en la garganta.

Aquella noche había mucha gente; las sombras se espesaban en los rincones a los que no llegaba la luz de los candelabros.

Muy de la vieja escuela, muy vampírico, pero la luz de las velas le dibujaba filigranas de encaje sobre la piel y la hacía sentirse como una obra de arte minuciosamente elaborada.

También trazaba patrones parecidos sobre la carne de los demás: sombras alargadas en quienes se hallaban más lejos del centro de la sala, ondulando, centelleando sobre la piel de la mujer del sofá junto a la pared del fondo, rozando las espaldas de los hombres que estaban con ella.

¿Dónde estaba Tristan?

¿Y dónde estaba el asesino?

Quizá fuese uno de aquellos hombres del sofá.

Pero no encajaba con el perfil: el hombre al que buscaba estaría allí por ella, esperando, observando, aguardando su oportunidad.

Había algunos que respondían al perfil físico.

Hombres apostados junto a la pared del fondo, igual que los guardias en casa de Sherwood.

Todos impasibles; uno con los brazos cruzados. Todos con pulseras rojas.

Pero el suyo llevaba verde. El suyo tenía que llevar verde.

Ah... Allí había una pulsera verde. Se le secó la garganta.

Hombros anchos, musculatura nervuda, la parte superior de la cara cubierta.

Abdominales marcados, pecho brillante y sin vello salvo por el rastro que se perdía bajo el botón de sus pantalones negros.

No era el asesino, a menos que hubiera cambiado su máscara por una que le cubriese media cara como la de ella, lo cual era perfectamente posible.

Pero la parte inferior de su rostro... le resultaba familiar.

Sí, muy familiar. Y, mientras lo observaba, se rascó el lóbulo de la oreja derecha.

Un gesto quizá manido, pero estaba segura: Tristan. Sexy a rabiar.

No pienses eso, Maggie. Pero ¿podía culparla alguien? Solo era un pensamiento. No significaba nada.

Se tomó un instante más para recorrer la sala con la mirada. Ninguno de los hombres le prestaba especial atención. Cuadró los hombros y se acercó a Tristan, despacio, despacio. Haz que parezca real, Maggie. ¿Estaba siendo demasiado lanzada? ¿Caminaba demasiado deprisa?

No, aquel era su papel allí: ser la que tomaba la iniciativa.

En aquel lugar nunca había sido del todo ella misma.

Ese era el propósito. Y ahora se suponía que tenía que ser ella misma, una luchadora contra el crimen, pero también aquella zorra enmascarada.

Le dolía la cabeza. Le temblaban las manos. Y su cerebro... mierda .

Maggie se detuvo a un palmo de él. Tristan esperaba sus señales, y ella tenía que estar perfecta, comportarse como siempre, pero tenía la mente embotada, embarrada, rota.

¿Qué hacía normalmente a continuación? Pedirle...

que se acercara a ella. Pero ya era tarde para eso: estaban cara a cara.

Quizá no importaba. Nadie allí se comportaba exactamente igual cada vez. La novedad era parte del atractivo.

Maggie respiró hondo. Se adentró un poco más en la órbita de Tristan y le pasó las yemas de los dedos por la muñeca.

Una descarga eléctrica le subió por el brazo hasta el hombro.

Jugando, solo actuando. ¿No? Entonces ¿por qué le martilleaba el corazón tan condenadamente deprisa?

¿Por qué el aliento de él junto a su oreja le erizaba la piel?

—Me encanta este sitio —dijo él, acercando los labios a su cuello, demasiado dominante para alguien con una pulsera verde—. Puede que tenga que volver cuando atrapemos a ese tipo.

Estaba cómodo allí. Demasiado cómodo para el gusto de Maggie. Aquello venía bien para guardar las apariencias, para la trampa de aquella noche, pero nunca le había parecido un actor excepcional. Le recorrió con los dedos la curva del bíceps: cálido, terso, duro. Y no del todo desconocido .

Se le quedó el aliento atrapado en la garganta.

La asaltó de nuevo la idea de que podría haberse acostado con él sin saberlo; de que el mayor truco del diablo había sido convencer a la gente de que no existía.

Si Tristan había sido una de sus parejas anteriores, ¿se lo creería antes de que volviera a estar dentro de ella?

—¿Seguro que nunca has venido aquí?

—Seguro. Sus dedos le recorrieron las costillas, dejando a su paso un hormigueo de piel de gallina. Giró la mano y los nudillos le rozaron la piel justo por encima del ombligo, a través de la túnica de seda. —Me gusta que mis parejas sepan quién les hace encoger los dedos de los pies.

Volvió a moverse, apoyando la palma plana contra su abdomen.

El calor de su mano floreció en su vientre y se extendió hacia arriba, hasta el pecho, y hacia abajo, más intenso, entre las piernas.

Pero no. Aquello estaba mal. Desvió la mirada a un lado y a otro, buscando ojos indiscretos por la sala.

Los hombres junto a la pared los observaban.

Todos. Uno le dio un codazo al de al lado.

Pero su sospechoso actuaba solo. De eso estaba segura.

—Tenemos que hacerlo creíble —gruñó Tristan.

Maggie se volvió hacia él.

—Tristan, calla, en serio...

—Chist. Le deslizó los dedos hacia arriba, entre los pechos, hasta apoyarlos sobre la clavícula.

Quería decirle que parase, pero estaban allí por una operación, estaban allí para hacer exactamente aquello: fingir.

Sin embargo, él estaba interpretando el papel equivocado y, operación o no, resultaba peligroso porque no le sentaba mal .

Aspiró el aroma de su jabón, especiado, pero fue el rostro de Reid el que le vino a la cabeza cuando Tristan le llevó las yemas de los dedos a la barbilla y bajó los labios hasta los suyos.

La descarga fue aguda e inmediata, inundándole las venas de un calor palpitante.

Cuando él se apartó, ella estaba sin aliento, pero no por la presión de la excitación sexual, sino por el punzante aguijón de la vergüenza.

No estaban allí por sexo, ni por atracción, ni siquiera por algo real.

Estaban allí para atrapar a un asesino. Y cualquiera habría advertido que ella no había tomado la iniciativa en aquel beso.

Dio un paso atrás, fuera de su alcance. Llevaba peleándose con aquel hombre desde el día en que se conocieron y, aunque allí pareciera la única opción, debería haberlo sabido.

Era evidente que aquella noche no pensaba escucharla, igual que no solía escucharla cuando llevaban... bueno, pantalones de verdad.

Maggie quiso espetarle un Vámonos, ya hemos puesto bastante cebo para el asesino , pero rara vez hablaba en aquel club. Le rodeó el antebrazo con los dedos y tiró.

Tristan se limitó a quedarse allí, impasible y satisfecho de sí mismo.

Le cubrió la mano con la suya. ¿Qué demonios estaba haciendo?

Maggie le clavó las uñas en la carne y tiró, tiró con tanta fuerza que le sacó sangre.

El meñique le arañó profundamente la piel cerca de la muñeca, arrancándole una capa de piel como el asesino le había hecho al pobre Joel.

Tristan frunció el ceño, pero entonces pareció recordar qué hacían allí. Los labios se le destensaron. La resistencia desapareció.

La sala de juegos estaba a apenas diez pasos a su derecha, y ella lo condujo despacio hasta el umbral, procurando no parecer demasiado apresurada, intentando que pareciera un encuentro cualquiera.

Se volvió para cerrar la puerta tras ellos y miró hacia la sala mientras la rendija se estrechaba.

Solo un hombre los miraba. Un recién llegado, con la mitad inferior del rostro descubierta y una barba incipiente erizándose a la luz de las velas. Fuerte. De hombros anchos.

Se le hizo un nudo en la garganta. Interesado, pero ¿lo suficiente?

Además, era un poco… más corpulento que su compañero habitual, ¿no?

No, él no. Aunque era posible, por improbable que fuera, que su acosador no fuese el hombre con quien se había acostado.

Que fuera alguien que siempre la había estado observando.

El hombre apartó la mirada de golpe y recorrió el resto de la sala, calibrando a otros posibles compañeros. El aire volvió a entrarle de golpe en los pulmones.

Maggie cerró la puerta y escuchó el clic de la cerradura.

—No me gusta esto —susurró mientras se quitaba la máscara—. No he visto a nadie conocido. No me he sentido… observada. No como suelo sentirme.

¿Sería por Tristan? Cuando alguien te tenía la lengua metida hasta la garganta, podías no darte cuenta de unas cuantas miradas, por intensas que fueran.

—Créeme, había un montón de gente mirándote. —Se despegó la máscara de la cara y bajó la vista.

Ella siguió su mirada hasta sus manos, aún entrelazadas, sus uñas clavadas como garras. Lo soltó y retrocedió para sentarse en la cama. El pie le rebotaba, rebotaba, rebotaba.

—Sabes a qué me refiero. Evaluar a alguien para un encuentro sexual no es lo mismo que sentir los dedos de un acosador sobre la piel.

—¿Quieres decir los ojos de un acosador sobre la piel?

—Sí, los ojos. —Parpadeó—. ¿Qué he dicho?