Capítulo 21
P ermaneció de pie, silencioso y alerta. ¿Lo habían visto? No lo creía. No sentía ojos sobre él. Los guardias, por lo que sabían —por lo poco que podrían hacer para detenerlo—, bien podían estar trabajando para él.
La piel le hormigueaba de expectación. Ellos no lo veían, pero él sí los veía a ellos. Era un experto en camuflarse, en moverse a escondidas por los barrios, en usar prismáticos y sudaderas con capucha. Y máscaras, por supuesto.
Siempre las máscaras.
Allí no necesitaba una. Allí era uno de los buenos.
Se apoyó en la pared y dirigió la atención a las pistas, donde los hijos de Samuel lanzaban cuchillas contra las dianas.
Les dedicó un gesto con la cabeza, esperando que resultara lo bastante cordial, y después cuadró los hombros: un profesional.
Nadie se fijaba demasiado en quienes protegían a los demás.
Él solo interpretaba un papel en la película de la vida de Maggie, con ese nombre, esa cara, esos ojos.
Todo era falso, pero sabía interpretar bien aquel papel.
Ni siquiera Reid lo había cuestionado jamás, aunque apenas se conocían.
Un saludo con la cabeza al cruzarse por el pasillo.
Pero Maggie lo recordaría cuando le dijera su nombre.
Su verdadero nombre.
La chica entrecerró los ojos ante la diana.
Supuso que era mona, con aquel pelo negro de rizos apretados sujeto por una cinta y los labios fruncidos con determinación.
Arrojó la cuchilla. Impactó en el anillo exterior con un ¡tac!
Cada víctima a la que había perseguido poseía su propia clase de arma: cuchillos, rifles, espray de pimienta. Todo inútil.
Luego avanzó el chico, con la mandíbula igual de resuelta, pero el pobre diablillo no se acercó ni de lejos al centro. La chica se rio de él.
Se puso rígido y su sonrisa forzada flaqueó. La burla, la risa, le crispaban los nervios, lo dejaban en carne viva. Y la forma en que Maggie dejaba que Alex apoyara la cabeza en su hombro… no. Parecía estar a punto de perdonarla. Se apretó más contra la pared para no echarse a temblar.
¿Maggie ya había olvidado cómo sus amigos mataron a Aiden?
¿Cómo se lo ocultaron? Eran peligrosos. Todos.
Cada miembro de aquel grupo, incluso quienes no estuvieron allí aquella noche.
Pero Maggie tenía tendencia a perdonar. A él le vendría bien, porque también tenía sus propios demonios, pero precisamente por eso Kevin tenía que morir.
Jamás habría dejado ir a Kevin mientras siguiera respirando, por muy malo que aquel hombre fuera para ella.
Él era el único que la había protegido. Incluso dentro de aquel club, la había mantenido a salvo de otros hombres que tal vez habrían querido aprovecharse de ella. Hasta que escogió a otro.
Volvió la mirada hacia las pistas.
Llevarse a un niño era lo más parecido que podía hacer a un ojo por ojo, un castigo por Aiden.
Podría ser divertido y útil. Se aseguraría de que no encontraran jamás los cuerpos.
Un niño por cada adulto pecador. Solo dos de los niños estaban allí, pero las hijas de Owen no tardarían en volver a la ciudad, junto con la zorra de su mujer.
Y se lo tendrían bien merecido, ¿verdad?
¿Verdad?
Le hervía la sangre. Se despegó de la pared con los brazos cruzados. Sí. Se lo tendrían merecido. Era hora de ocupar el lugar que le correspondía: junto a Maggie.
Durante años había cuidado de ella desde las sombras. La había dejado vivir su vida con una paciencia divina. Nadie podría acusarlo de haberla apremiado.
Pero ya era hora.
La chica —Kendra— miró en su dirección. Alzó una ceja, sorprendida de descubrir a alguien observándola, y sonrió.
Sammy no se dio cuenta, por supuesto. Sammy tampoco lo veía a él: solo veía a otro profesional encargado de ayudar. Solo la máscara.
Le devolvió la sonrisa a la chica.
Oh, sí. Por fin había llegado el momento.