Capítulo 19
M aggie condujo hasta casa aturdida, con los limpiaparabrisas atronando de un lado a otro y el aire dentro del coche tan denso como la tormenta de fuera. Kevin había sido asesinado por su culpa. Habían muerto inocentes por su culpa. ¿Y para qué? ¿Por qué los habían elegido?
La mayoría de las víctimas no tenían ningún sentido.
No conocía a Cara. Apenas había tratado con Yuri. Lo de Joel lo entendía, aunque nadie en su sano juicio pensaría que suponía una amenaza para una relación de verdad: había sido un polvo de una noche. Pero Reid sí representaba una amenaza importante. ¿Por qué el detective había salido ileso?
Reid la siguió hasta casa para que pudiera cambiarse de ropa y esperó en el salón mientras ella se duchaba.
No podía soportar pasar allí ni un segundo más de lo absolutamente imprescindible.
Media casa de su padre estaba destrozada —eso sí era culpa suya, pero el resto no—.
Las plantas del jardín estaban pisoteadas, los alféizares cubiertos de polvo para huellas.
Al menos los agentes se habían llevado las cajas de regalo.
Se habían llevado el tatuaje ensangrentado. Y a Ernie.
Cuando salió con el pelo limpio y una blusa de rayas, con un lazo ostentoso justo bajo la garganta, la mesa de centro estaba despejada. El lavavajillas estaba en marcha. Los puños de la camisa de Reid estaban mojados, pero se puso la chaqueta sin decir palabra y volvió a salir bajo la lluvia.
Mierda . Había caído muy bajo si necesitaba que un detective guapo le fregara los platos. Las palabras gracias se le quedaron atascadas en la garganta; le avergonzaba que aquel favor hubiera sido necesario. Pero vaya si lo había sido. Necesitaba cambiar… algo. Quizá todo.
Maggie llegó a la consulta en piloto automático.
Reid tenía razón: debía revisar a sus pacientes, comprobar si alguno encajaba con el perfil.
Por inverosímil que fuera la idea de que saliera con un paciente, el asesino no se movía dentro de los límites de la realidad.
Tal vez imaginaba que ella se enamoraría de él mientras lo trataba y, cuando eso no ocurrió, pasó al club de sexo.
Reprimió un escalofrío. Ahora no, Maggie . No podía procesar del todo aquello de haberse tirado al enemigo hasta que el asesino estuviera entre rejas.
Subió las escaleras de dos en dos, alerta por si oía otros pasos; solo estaban los de Reid, resonando detrás de ella. Tenía la palma húmeda y el pomo resbaladizo. Abrió de golpe la puerta de la tercera planta.
Si el sospechoso estaba en su archivador, tenía que ser alguien a quien hubiera tratado antes de la muerte de Kevin.
Un paciente de hacía por lo menos dos años.
¿Cuánto tiempo tardaría en incubarse una obsesión así?
¿Cuánto había esperado tras conocerla antes de empezar a dar pasos para atacarla?
Incluso era posible que no hubiera sentido esa presión hasta que dejó de verla profesionalmente, hasta que dejaron de tener una cita programada.
No había forma de saberlo. Había demostrado tener una paciencia desmesurada. Y ese era el problema. Tenía tantos expedientes que revisar que no sabía por dónde empezar.
Owen estaba de pie en la sala de espera cuando entró.
—Es una locura que esté pasando otra vez. Quiero decir… ni siquiera me lo creo. No puedo imaginar por lo que estás pasando.
Las palabras le salieron a toda velocidad, como si las hubiera tenido todo el día en la punta de la lengua.
—¿Qué has oído exactamente?
—Reid dijo… bueno, técnicamente fue Sammy quien lo dijo, pero se enteró por Reid.
¿Estaría Reid escuchando desde el pasillo? Seguramente hablaba por el móvil. Oía su voz grave retumbar al otro lado de la puerta.
Owen negó con la cabeza, como si intentara recomponerse.
Ella siempre había sido la que buscaba emociones fuertes: conducía a toda velocidad, trabajaba con asesinos, se acostaba con desconocidos, vivía a golpe de adrenalina, buscando un poquito más de…
algo. Owen siempre había sido más bien la manta con la que apagar los incendios que ella provocaba.
—Sammy ha dicho que tenemos que reunirnos —continuó—. Cuantos más seamos, mejor. Ya he cancelado las citas de nuestros dos pacientes hasta final de semana.
Miró hacia la puerta.
—¿Creen que podría ser un paciente? Por cómo lo ha dicho Sammy…
—No lo saben. Nadie lo sabe.
Él tragó saliva.
—Sammy e Imani tienen juicio esta tarde.
He pensado que podía ayudarte a revisar los expedientes.
Y para esta noche… ¿qué te parece el Sherwood’s?
Está céntrico para que todos nos reunamos después del trabajo, y desde allí pueden seguirnos los policías.
Sammy cree que a los niños también les gustará; no los pondrá nerviosos.
No creo que quiera contarles lo que está pasando, y es comprensible, pero me preocupa un poco lo de… bueno…
Apartó la mirada, pero ella sabía a qué se refería: las armas. El Sherwood era un local de lanzamiento de hachas al que ella y sus amigos llevaban años yendo. Una puerta principal, una trasera, ninguna otra entrada; y Maggie y los demás irían armados. Ah, pero… se había dejado las navajas en casa.
Owen ladeó la cabeza, a la espera de una respuesta. Ella asintió.
—Es perfecto. Y hablando de los hijos de Sammy… ¿qué tal están tus niñas?
—Vuelven mañana de California; esta primera vez Katie viaja con ellas. Le dije que no era buen momento, que podía ser peligroso, pero Katie pasó de mí. Dice que tiene que vender la casa. Se comportó como si yo fuera… demasiado protector.
Le ardía la mirada, cruda y furiosa.
—Me da igual lo que piense. Cuando aterrice ese avión, habrá seguridad armada para acompañarlas a casa, aunque tenga que pagarlo de mi bolsillo.
—Buen plan.
El asesino nunca había ido a por niños, pero tampoco había ido antes a por gente que se pareciera a Maggie. Hasta entonces, cada víctima había tenido una relación muy distinta con ella, y esa variedad impedía descartar a nadie como posible próxima víctima.
—Pongámonos a trabajar.
Pasaron cinco horas rebuscando en los archivadores. Cinco y media, si contaba el almuerzo que tomaron de pie en el despacho de Owen, mientras la foto enmarcada de sus hijas parecía mirar a Maggie para decirle: «Más te vale resolver esto antes de que alguien intente apuñalarnos».
Owen parecía pensar lo mismo, porque no dejaba de dirigir miradas inquietas hacia la fotografía. Apenas probó los sándwiches que había pedido Reid. Muy propio de Owen: preocuparse, catalogar, ordenar; hacer el trabajo duro sin rechistar.
Pero cada hora que pasaba no hacía sino agravar la frustración suspendida en el aire como una nube de gas contaminado.
—Podría ser cualquiera, joder. Incluso un familiar de alguno de estos pacientes. Quiero decir, no me di cuenta de que Harry tenía tendencias suicidas activas. ¿Quién sabe qué más se me habrá pasado?
Owen negó con la cabeza.
—Lo conocí una vez, ¿recuerdas? Tu padre se puso enfermo y Harry vino aquí de todos modos; yo le hice el papeleo.
Cuando ella asintió, prosiguió:
—No es que tuviéramos una relación, precisamente, pero él era de los que no cuentan nada. —Sus ojos estaban tensos, pero eran sinceros—. Esto no fue culpa tuya.
¿No lo fue?
—Gracias por decirlo.
Pero su voz sonó hueca.
Owen frunció el ceño y dejó su carpeta a un lado.
—¿Te ayudaría que llamáramos a los servicios sociales? Los dos conocemos a gente que trabaja en protección de menores. Podemos asegurarnos de que a su hijo lo manden a un sitio donde lo quieran. No es perfecto, pero es algo concreto. Podemos ayudar. Tú puedes ayudar.
El pecho se le aflojó un poco.
—Sí. Quizá eso… estaría bien.
Sonrió, pero la sonrisa no le llegó a los ojos.
—Haremos esa llamada. Y luego volveremos a esto. Todo saldrá bien.
No sentía que nada estuviera bien, pero sí que avanzaban. A veces era lo único que se podía pedir.
Cuando Owen guardó la última carpeta en el archivador, Maggie tenía los dedos llenos de cortes de papel y le dolía el pecho.
No habían encontrado buenos candidatos entre sus pacientes.
Los que encajaban con el perfil físico no respondían a ningún perfil psicológico que tuviera sentido para el asesino; y los que, en su cabeza, podían ser acosadores y asesinos no encajaban físicamente: demasiado bajos, demasiado mayores, demasiado mujeres para ser el hombre al que habían visto salir del local de Yuri.
Aun así, apartó a los sospechosos más probables: quienes habían dejado de ser pacientes suyos poco antes de que Kevin muriera.
Tristan podía investigar a cada uno con mucha discreción, comprobar si tenían coartada.
Si habían viajado a Nueva Orleans por las fechas en que el asesino le mandó aquellas entradas para el concierto de Weird Al.
Si al menos aún las tuviera. Si al menos hubieran podido rastrearlas. Si al menos el asesino no fuera tan condenadamente… listo.
Si aquella encerrona en el club no funcionaba… ¿qué harían entonces?
Reid estaba fuera cuando ella y Owen bajaron al aparcamiento y se subieron a su coche.
Maggie tenía la boca seca y el corazón en la garganta.
Más tarde pensaba ir con Tristan al club para la Operación Trampa Sexy, una combinación de palabras que jamás se habría imaginado pensando, y mucho menos formando parte de ella.
Pero el hormigueo que le recorría la espalda no era solo ansiedad.
¿Emoción?
Maggie frunció el ceño ante la oscuridad que se les echaba encima mientras Owen tomaba la carretera principal. A veces las emociones se enredaban; el sistema nervioso central se confundía con facilidad. Seguro que era eso.
Y ya tenía bastante de lo que preocuparse.
Tenía que centrarse en sus amigos, antes de que le arrancaran para siempre a alguien más a quien quería.