Capítulo 20
O wen permaneció callado de camino al Sherwood’s.
Miraba al frente con las manos crispadas alrededor del volante, a las diez y las dos, y circulaba exactamente al límite de velocidad, lo que la crispaba más de lo que le habría gustado.
Cada intermitente puesto a la perfección, cada semáforo en el que se detenía le hacía sentir que iba a salirse de su propia piel.
Pero llegaron al Sherwood’s con las entrañas dentro y el exterior fuera.
Owen se quedó quieto, con las llaves aún en el contacto.
—¿Te pone nerviosa ver a Alex?
El pecho le dio un espasmo, un último intento de volverse del revés.
—Sí.
Aun así, salió del coche con las tripas anudadas por la expectación. Ya no había vuelta atrás. No sabían quién estaba en peligro, y aquella era la manera más eficaz de asegurarse de que todos siguieran a salvo. Y, aunque Maggie no confiaba en Alex, tampoco la odiaba.
Vaya. De verdad que no odiaba a Alex. Simplemente…
dolía. Dolía una barbaridad . Pero lo que sintiera en aquel momento no quería decir que la rabia no fuera a aflorar en cuanto le viera la cara.
¿Le daría un puñetazo a Alex? ¿Se echaría a llorar?
Probablemente las dos cosas. La había evitado durante los últimos dos meses porque no quería averiguar cuál de las dos cosas haría. Seguía sin querer saberlo.
La puerta de roble parecía más pesada de lo normal.
El Sherwood’s resonaba con una alegre cacofonía de metal contra madera — pum-clac , clac , pum-clac —, salpicada por el toc más grave de madera contra madera de los lanzadores de lanzas.
Un inmenso mural de bosque cubría todas las paredes y, si ignorabas las docenas de pistas a ambos lados del pasillo, las dianas al fondo de cada una y las mesitas redondas desperdigadas por el corredor, podías imaginarte dentro de un claro entre árboles.
Con la barra al fondo, parecía que un viejo pub inglés se hubiera follado una galería de tiro y luego la hubiera trasladado a un país donde no permitían las armas de fuego.
Maggie y Owen se abrieron paso entre el escaso gentío, compuesto aquella noche sobre todo por hombres mayores.
Algunos eran altos, pero ninguno tenía la corpulencia suficiente para encajar con el hombre al que habían visto escabullirse del jardín trasero de Yuri.
El policía de cara achatada que la había seguido hasta la residencia la noche anterior había ido antes a inspeccionar el local y continuaba junto a la pared del fondo, peinando la sala con sus ojillos atentos.
Muy del Servicio Secreto. Hombros anchos, musculoso, ahora que se fijaba bien.
Atractivo, si no fuera por… bueno, la cara.
Reid entró detrás de ella y de Owen, y se apostó junto a la entrada, en la pared opuesta al otro agente. Demasiados ojos sobre ella. Se sentía expuesta. Como si estuviera desnuda en clase. Como si la presencia de Reid la desnudara por dentro, la desmontara pieza a pieza.
Quizá solo fueran nervios. Expectación. Alex… no estaba allí.
Sammy sí. Estaba entre las dos últimas pistas, cerca de donde Imani permanecía sentada a una mesa alta.
Sus hijos, Kendra y Justin, se preparaban para lanzar: Kendra con un juego de cuchillos que Sammy quizá había comprado para la ocasión; Justin, con un hacha verde que pertenecía a Sam.
Sammy les enseñaba a llevar las armas hacia atrás y lanzarlas hacia delante, en dirección a las dianas. Todos sonreían.
Maggie sintió una calidez en el pecho, pero no pudo obligarse a devolverles la sonrisa.
¿Estaba el asesino observando? ¿Estaba allí?
La esperanza era que creyera que todo volvía a la normalidad.
Así le parecería aún más probable que ella se escabullera para ir al club.
En el pasado, había ido a aquel club varias veces después de quedar con sus amigos.
Era un patrón que el asesino debería haber detectado.
Kendra lanzó su primer cuchillo. Rebotó en una esquina de la diana y se clavó en la esterilla de goma del suelo. Kendra señaló a Justin.
—¡Por poco te doy!
Ella y su hermano estallaron en carcajadas.
Sammy también se rio, antes de enseñarle a Justin cómo colocar el hacha sin cortarse el hombro.
Luego le indicó a Kendra que se acercara a la línea junto a él: uno apuntando alto y el otro lanzando bajo.
Ah, les estaba enseñando la maniobra robodestructo.
La llamaban así desde que vieron una película en la que dos justicieros renegados acababan con un robot malvado inutilizándole la mano-ametralladora con un cuchillo y seccionándole el cerebro robótico con un machete, todo al mismo tiempo. Trabajo en equipo en estado puro.
Imani levantó la vista, vio que Maggie y Owen se acercaban y se puso en pie de un salto. Owen saludó con la mano y se dirigió a la barra del fondo a pedir algo de comer. Antes apenas había probado bocado, pero seguramente se sentía mejor ahora que estaban rodeados de policías.
—Qué bien verte —dijo Imani, rodeándole los hombros con los brazos, con la naturalidad de quien respira.
Maggie le devolvió el abrazo con fuerza; quizá demasiada.
Aferrándose a ella. ¿Cuándo había abrazado a alguien por última vez?
Bueno, aparte de Reid, y aquello había terminado de golpe con aquellas cajas ensangrentadas.
Pero allí no había cajas, e Imani no había matado a su hermano.
Imani no le había ocultado nada. Joder, Maggie, suéltala.
Pero, si Maggie la estaba estrujando demasiado, Imani no pareció darse cuenta. Bajó la voz y habló contra su pelo.
—¿De verdad creen que este asesino podría venir a por nosotros?
Por fin se separaron, y Maggie se encogió de hombros.
—No podemos estar seguras. Más vale prevenir que curar. Ya hemos pasado por bastante, así que, hasta que atrapemos a este cabrón, nos tocará ir al baño de dos en dos.
—De todos modos necesitábamos volver a vernos —dijo Imani—. No es que me apetezca mear contigo, pero te he echado muchísimo de menos. Los niños también. Y… ya sabes. Sam. Evidentemente. Me alegro de que pudieras verle anoche.
—Yo también.
Pero no parecía capaz de decir nada más; no podía contarle a Imani cuánto echaba de menos a Sam.
Le sonaba demasiado a perdonarlo. Aunque, pensándolo bien…
casi lo había perdonado, ¿no? Quizá esa fuera otra cosa de la que preocuparse después de encerrar a aquel asesino.
Si tenía que elegir entre el perdón y asegurarse de que él viviera para ver el día siguiente, una de las dos opciones era claramente más urgente.
Maggie tragó con dificultad y lanzó una mirada a espaldas de Imani. Desde la pared del fondo, el agente de cara achatada parpadeó y luego apartó la vista.
—Debería haberte llamado para tomar un café o algo.
—No te preocupes, tendremos tiempo de sobra para atiborrarnos de cafeína —dijo Imani, pero ya no miraba a Maggie. Tenía los ojos clavados en algún punto detrás de su hombro izquierdo, la mirada oscura, preocupada.
Maggie se volvió en redondo, preparada para ver a un asesino abalanzándose sobre ella, para ver a los agentes acudir en tropel. ¿Ya lo han cogido? Pero Reid seguía inmóvil junto a la puerta principal, como un guardia de la Reina, y… Mierda.
Alex avanzaba por el pasillo con paso lento y arrastrado, los ojos fijos en el suelo. Iba demasiado abrigada para el tiempo que hacía: llevaba un cárdigan de lana abierto, y la camiseta de Pink Floyd que asomaba debajo hacía que su rostro pareciera aún más pálido. Tenía las mejillas… hundidas.
—No está bien, ¿verdad? —preguntó Maggie.
Imani se mordió el labio.
—Sinceramente, hemos estado un poco… sin novedad en el frente amistoso.
—Sin novedad en el frente amistoso es el peor nombre de grupo de la historia —murmuró Maggie.
—Si supiera cantar, me importaría una mierda —replicó Imani, pero Maggie no podía apartar los ojos de Alex.
Más delgada a cada paso que daba.
Alex se quitó el cárdigan de los hombros y se lo anudó a la cintura, dejando al descubierto unos hombros huesudos y unas muñecas demasiado finas.
Dos meses desde que Maggie descubrió que Alex había matado a su hermano.
Dos meses desde que averiguó que Alex era pariente del hombre que la atacó la noche en que asesinaron a Aiden.
Pero ahora… se le encogió el estómago. Maggie había estado dejando la ropa tirada en el suelo y olvidándose de fregar los platos, pero Alex parecía haberse olvidado por completo de comer. Se estaba castigando más de lo que Maggie jamás podría castigarla.
Quizá eso era lo que Alex merecía. Pero Maggie ya no estaba tan segura.
Maggie asintió y, aunque se le oprimió el pecho, dijo:
—Ten preparado el sofá cama. Me quedo a dormir en cuanto termine de trabajar con Reid.
Alex también estaría allí. Tal vez tocaba hablar, para que Alex no se muriera de hambre antes de que el asesino pudiera llegar a por ella.
No, el momento no era el ideal, pero mejor arrancar la tirita de una vez: hurgar en la herida para ver cuánto sangraba.
¿Qué otra cosa iba a hacer, pasarse la noche mirando por la ventana?
—Ya he sacado las sábanas —dijo Imani, devolviéndola al presente—. ¿Estáis trabajando en el perfil del asesino?
—Sí…
Más o menos. No le había hablado a ninguna de ellas de la Operación Sexy Sting.
—Tráete a Reid, si quieres —continuó Imani—. Pero solo si sabe jugar a las cartas. Nada de perdedores.
Imani miró por encima del hombro a su marido, que seguía ayudando a sus hijos a lanzar cuchillos, como cualquier padre responsable.
Owen estaba junto a la mesa donde había estado sentada Imani, colocando aperitivos y preparando los nachos.
Sammy levantó la vista y saludó con la mano que sostenía el hacha; la hoja despedía destellos amenazadores bajo las luces.
—Igual hasta consigo que Sammy no te dibuje un pene en la cara —remató Imani—. Recalco lo de igual .
Maggie sonrió. Sí, había echado aquello de menos.
—Te lo agradecería.