Capítulo 18
L a primera gota de lluvia cayó sobre el mapa en el silencio que siguió a la pregunta de Maggie — ¿Alguien más ha resultado herido? —, como si quisiera que Tristan respondiera. Él alzó la vista al cielo, entrecerró los ojos y habló.
—Estoy convencido de que tu prometido no se precipitó desde aquel puente a causa de una recaída alcohólica —dijo Tristan—. De hecho, no creo que recayera en absoluto.
El aire húmedo le pesaba sobre los hombros, y el tamborileo de la llovizna emborronaba la tinta del rotulador de Reid. Reid recogió el mapa y asintió hacia su Bronco. Maggie siguió la indicación y rodeó el coche, pero sentía que se movía a través de una papilla espesa.
¿Tenía razón Tristan? Aquel muñeco cabezón de Ernie era revelador: desde luego, no podía descartarse un homicidio. Quizá incluso deseaba que fuera cierto, si eso la libraba de parte de la responsabilidad. Pero la idea de que no hubiera recaído... No. Era imposible.
—Kevin sí recayó —dijo mientras se acomodaba en el asiento del copiloto—. Estaba borracho. La policía tenía los informes del forense.
Tristan se subió atrás.
—Lo sé.
La puerta trasera se cerró de golpe, y un trueno estalló en el cielo como si quisiera subrayar sus palabras.
—Pero reconstruí los pasos de Kevin aquella noche, revisé todas las cámaras de tráfico que pude encontrar y comprobé sus tarjetas de crédito. Lo que no conseguí fue obtener datos de GPS de ningún teléfono.
Maggie se volvió en el asiento para mirar a Tristan, pero Reid ya se inclinaba para devolver el mapa a la guantera. Se golpeó la cabeza contra su hombro y su resuello le abrasó la manga.
—Perdón —masculló Reid.
Probablemente lamentaba más estar tan cerca de su axila.
Maggie se echó hacia atrás para dejarle espacio y se dirigió a Tristan.
—Kevin no tenía smartphone . Solo uno de esos móviles antiguos de tapa.
—No necesito eso para demostrar lo que digo. —Tristan se encogió de hombros—. En el restaurante me acusaste de obsesionarme con una broma privada entre Kevin y tú. Creo que nuestro sospechoso intenta parecerse a Kevin. Intenta... reemplazarlo.
—Eso no significa que tuviera que matar a Kevin —replicó ella—. No recibí ningún regalo antes de que Kevin muriera. Con esa cronología, tendría sentido que viera el accidente de Kevin como una oportunidad.
Pero el muñeco cabezón de Ernie... Él le había regalado aquel muñeco.
Tristan se aclaró la garganta.
—Anoche pasé mucho tiempo revisando los informes del caso sobre el accidente de Kevin. No había marcas de frenada en el puente; oficialmente, se emborrachó y se quedó dormido. No había indicios de que hubiera intervenido nadie más.
Todo aquello ya lo sabía. Siempre había esperado que hubiera sido un accidente. Siempre había sospechado que él había tomado la decisión de lanzarse por el borde con el coche.
—Cuando Kevin recaía, ¿cómo solía comportarse?
Ella frunció el ceño.
—¿Perdona?
—¿Habría ido a un bar aquella noche, antes de conducir hasta el río?
Ahora Reid también observaba a Tristan, con el cuerpo girado en el asiento y el semblante grave.
—No. Bebía solo. Era... algo que le avergonzaba. Habría ido a una tienda de licores.
—¿Sabes a cuál?
—Que yo sepa, nunca tuvo una favorita —dijo ella—. A alguna que estuviera cerca.
—Eso pensaba yo —dijo Tristan—. Pero la noche que Kevin murió no hubo ni un solo cargo en su tarjeta de crédito, ni de alcohol ni de ninguna otra cosa. Nada, salvo una floristería local a primera hora del día.
Se le cerró el pecho. Le había regalado flores silvestres cuando le pidió que se casara con él. Permanecieron sobre la encimera durante semanas después de su muerte, mientras los pétalos descendían como lágrimas y salpicaban las baldosas de porcelana de la cocina.
—Probablemente pagó en efectivo.
Tristan entrecerró los ojos.
—¿Lo hacía a menudo? No pasó por ningún cajero. Y hay cargos en tiendas de licores del año anterior, imagino que de la última vez que recayó. Entonces usó la tarjeta; no intentó ocultarlo.
No, no lo había intentado. Había vuelto a casa llorando y le había contado exactamente lo que había hecho. Como siempre.
Reid y Tristan la miraban como si esperasen que les diera alguna pista más, pero no sabía qué decir.
Puede que esta vez lo escondiera porque pensó que su alcoholismo era la razón por la que rechacé su propuesta de matrimonio.
Era verdad, y venía a cuento, pero tenía la garganta reducida a una pajita de cóctel: no le cabía ni el aire.
—Además, su tasa de alcohol en sangre era de 0,25 —dijo Tristan.
Maggie parpadeó. El médico forense le había dicho que Kevin iba borracho, pero ella no le había exigido una cifra.
Para un alcohólico en recuperación que llevaba más de un año sin beber cuando le pidió matrimonio, ese nivel le habría impedido conducir.
Se habría quedado inconsciente antes de sentarse al volante.
Joder, con esa tasa podría haber muerto solo por el alcohol.
—Eso no puede ser.
—Lo es. Lo comprobé tres veces. —Tristan asintió—. Que no haya marcas de frenada significa que ni siquiera intentó reducir la velocidad. Pero con esa tasa de alcoholemia, no creo que hubiera llegado al puente. No por sí solo.
—Los agentes que acudieron al lugar supusieron que había aparcado cerca del puente —dijo Reid.
Ella lo miró de reojo, pero él se había echado hacia atrás en el asiento y le hablaba al parabrisas, como si no soportara mirarla.
—Pensaron que se emborrachó allí y que, en un instante de semilucidez, intentó volver a casa conduciendo y acabó en el río.
Maggie observó cómo se le tensaban los músculos de la mandíbula, cómo rechinaba los dientes. Vaya. Sabía mucho sobre el caso de Kevin. ¿Lo había revisado hacía poco, o lo había estudiado... antes?
Tristan también se volvió hacia Reid, como si acabara de recordar que estaba allí.
—¿Te han llamado ya los forenses por lo del muñeco cabezón?
Reid se encogió de hombros.
—Puede que sí, pero llevo en la escena del crimen desde primera hora de esta mañana.
—Pues espera a oír esto —dijo Tristan, inclinándose hacia delante, con los ojos chispeantes de emoción.
A Maggie le dolió el pecho.
—En los informes del accidente no se menciona ningún muñeco cabezón. Nada raro; no es algo que a nadie se le ocurriera buscar. Al principio pensé que alguien lo habría robado de la orilla después de sacar el coche de Kevin del río.
—O que lo robaron de las pruebas —dijo Reid, incorporándose.
—Eso es. Pero el análisis forense no ha encontrado ni rastro de agua del río en el juguete. Dicen que, donde el coche se precipitó, hay una concentración alta de ciertos tipos de algas. Tendrían que haber aparecido restos secos de esos organismos.
A Maggie se le detuvo el corazón.
—Entonces... ¿el asesino se llevó el juguete antes de que Kevin se cayera por el puente?
—Exactamente. Si logramos reconstruir los pasos de Kevin, averiguar cuándo se lo robó el asesino...
—Se lo llevó aquella noche —dijo ella—. Tuvo que ser aquella noche. Ernie estaba allí cuando Kevin se marchó de casa.
Había visto aquel juguete mientras Kevin bajaba a toda velocidad por el camino de entrada después de que ella lo rechazara.
Lo había visto cabecear hasta perderlo de vista.
Y Kevin no se lo había regalado a nadie.
Había ocupado un lugar especial en el salpicadero de todos los coches que había tenido desde que eran adolescentes.
Una vez se rompió el muelle y pagó sesenta dólares para arreglarlo en vez de comprar otro por veinte.
Salvo que por fin hubiera... renunciado a ella y lo hubiese tirado por la ventanilla.
Tristan se recostó despacio en el asiento. Reid frunció el ceño al mirar a su hermano por el retrovisor, pero no dijo nada. Maggie se quedó mirando fijamente.
Aquel cabrón había asesinado a Kevin; había matado al hombre que amaba para llegar hasta ella.
Añade a Kevin a la lista, Maggie, junto a Cara, Joel y Yuri. No te bastaba con Aiden y Dylan, ¿eh?
Se le revolvió el estómago. La bilis le subió por la garganta. Sintió que iba a vomitar. Pulsó el botón para bajar la ventanilla y sacó la cara a la lluvia; las gotas le pinchaban la mejilla como agujas.
—Seguramente Kevin tenía un número en alguna parte; un 1 habría pasado por un simple arañazo.
Apenas reconocía su propia voz; la lluvia se le metía en la boca.
Y los regalos habían empezado unos seis meses después de que Kevin muriera, justo después de conocer a Reid y a Tristan.
El asesino debió de pensar que, con Kevin fuera de escena, podría pasar al siguiente nivel.
El club le había calmado el gusanillo hasta que ella eligió a otro.
Y ahora... los asesinatos. Para moderar su rabia hasta encontrar otra forma de llegar a ella.
—Este tipo intentó acercarse a ti a través del club, pero ¿trataría también de entrar en tu lista de pacientes? La voz de Reid le llegaba desde muy lejos. Tenía los oídos llenos de agua de lluvia.
—En la consulta podría verte de cerca, conseguir que hablaras con él...
—Revisaré mis archivos. Pero, si sabe algo de mí, no creerá que saldría con un paciente. Pedir cita es la forma más rápida de que lo descarte como posible pretendiente.
—Sí, de eso puedo dar fe —bromeó Tristan.
Reid se puso rígido.
Maggie volvió a meter la cabeza en el coche; la lluvia le chorreaba de la barbilla al pecho. Necesitaba una ducha.
—Quiero que protejan a mis amigos —le dijo a Reid.
Tristan resopló.
—Ya he contratado seguridad, pero les vendría bien un refuerzo.
Sammy ya me ha llamado para ponerme verde.
Creo que le cabreó que la jefa no asignara una patrulla; por cierto, sigue sin querer hacerlo.
He mandado a mis hombres a vigilar a sus hijos en el campamento urbano mientras él e Imani trabajan en el juzgado.
Al menos ese edificio debería ser seguro.
—¿Y Alex? —preguntó Maggie.
—Se ha negado.
A Maggie se le desencajó la mandíbula, y Tristan levantó las manos.
—No mates al mensajero. Les dijo a mis hombres que fueran a protegerte a ti y luego se escabulló por la puerta de atrás.