Capítulo 17 #2
—¿Aquí? —preguntó Reid—. ¿En Fernborn? Es un pueblo bastante pequeño para que un asesino ande rondando entre nosotros.
Pero él sabía que no era tan sencillo. Los asesinos acechaban en todas partes. Alex vivía aquí, había pasado todos los fines de semana con Maggie durante veinte años, y Maggie no tenía ni idea de que aquella mujer había matado a su hermano.
—Aunque viva en otro sitio, la mayoría de los asesinos en serie tienen un punto de anclaje.
—Su voz había adquirido un tono metálico que armonizaba con el olor a cobre que traía la brisa—.
Su zona de confort podría ser incluso la casa de algún pariente.
Pero te garantizo que tiene un lugar desde donde puede observar el mundo a su alrededor, desde donde puede vigilar a quienes figuran en su lista y familiarizarse con cada sitio que pueda necesitar para lograr su objetivo.
—¿Y cuál es su objetivo? —preguntó Reid—. ¿Solo… conquistarte?
¿Conquistarte? Han llamado de los años cuarenta: quieren que les devuelvas su vocabulario.
—Tengo algunas ideas, pero aún no sé cuál es su juego final. No con seguridad.
La verdad era que no quería saber qué clase de desenlace estaba imaginando: los detalles podrían hacerle perder el valor. Sus ojos volvieron a la hierba ensangrentada.
—Puede que podamos identificar esa ubicación central —dijo Reid—. Vamos.
Alzó la vista, sorprendida, pero Reid ya se daba la vuelta y regresaba por el sendero empedrado. Ella fue tras él a toda prisa, agradecida de alejarse del cadáver. De la sangre de Yuri. Pobre Yuri. ¿Quién estaría muerto ahora si Yuri no hubiera estado de servicio anoche?
Pero no tenía tiempo de pensarlo. Cuando llegó al pie del camino de entrada, Reid ya estaba inclinado hacia el interior de su Bronco por la puerta del copiloto.
Reapareció con un mapa de papel; Maggie no había visto uno de aquellos en años.
Se inclinó sobre el capó mientras él sacaba un rotulador de la guantera.
—El primer asesinato del que tenemos constancia, el de Cara Price, tuvo lugar aquí.
Marcó un punto en la esquina de Avalon y Henrietta.
—Después fue Joel Oliver, en su garaje… aquí.
Hizo otra marca.
—Y ahora, Yuri Baladin.
Ella frunció el ceño.
—Un triángulo no es precisamente una diana.
Reid ya apuntaba con la punta del rotulador a un lugar en el centro del triángulo.
—¿Qué hay en esta esquina?
Maggie parpadeó al mirar el rotulador y se quedó rígida. Sí, conocía bien aquella esquina. Allí estaba el club.
Parecía que Reid ya lo sabía, porque dijo:
—Necesito una lista de los hombres con los que has estado.
Qué bien tener una razón legal para preguntarle a tu ex con cuántos tíos se ha acostado.
—Ya te lo dije: es anónimo por definición. No sé cómo se llaman. Nunca he sabido sus nombres.
—Pero alguien tiene que dirigir ese sitio —replicó él—. He ido allí: no había un alma dentro. Todo cerrado a cal y canto. Pero tiene que haber alguna forma de contactar con ellos. Dijiste que es exclusivo y seguro. Tienes que poder enviar justificantes médicos y pruebas de ETS.
—Claro que sí.
La voz era grave y no pertenecía ni a Reid ni a ella. Los dos se volvieron y vieron a Tristan acercarse al coche a grandes zancadas.
—Todo funciona en la web oscura. Imposible de rastrear.
Tristan se apoyó en la parrilla del Bronco.
—Y no hay cámaras de tráfico cerca; no hay una buena forma de seguir a nadie que entre o salga de ese aparcamiento. Seguramente por eso eligieron esa esquina anticuada para una fiesta tan ardiente.
Maggie estudió su rostro.
—Parece que sabes mucho del tema —dijo despacio.
—No más que tú.
Le guiñó un ojo.
Se le tensó la mandíbula. Lanzó una mirada asesina a Reid antes de volver a mirar a Tristan.
—Reid te lo ha contado, ¿eh?
Claro que lo había hecho. Ese tipo de infiltración tecnológica era exactamente para lo que contrataban a Tristan.
Pero Tristan negó con la cabeza.
—Sé de ese sitio desde la semana en que nos conocimos.
A Maggie se le desencajó la mandíbula. A Reid también se le había abierto la boca, aunque sin duda por otros motivos. Fuera lo que fuese lo que Tristan sabía sobre el club, sobre ella, no se lo había contado a su medio hermano.
—¿Tú… me espiabas? —balbuceó.
Y pensar que se había sentido mal por haberse puesto hecha una furia con lo de los regalos; que había supuesto, equivocadamente, que él estaba sobrepasando ciertos límites. Resultaba que sí los había sobrepasado… solo que no los que ella creía.
Tristan se encogió de hombros.
—Sabías que rastreé tu móvil aquella semana. Y sabías por qué: tenía que asegurarme de que era seguro hablar contigo. No es que te esté juzgando. No soy ningún monstruo moralista.
Le lanzó a Reid una mirada rápida. Acusadora.
—No puedo creer que…
—Sí puedes —dijo Tristan—. Pero ¿podemos dejar la bronca para luego? Ahora tenemos asuntos más importantes que discutir que un club intrascendente que solo existe para pasarlo bien. Esto es cuestión de vida o muerte.
Sacó el móvil del bolsillo.
—¿Qué ocurre? —preguntó Reid, al mismo tiempo que Maggie lograba decir:
—¿Le ha pasado algo a alguien?
Tristan apretó los labios. No respondió.
Y aquella era respuesta suficiente.