Los muertos no ven (Juegos de la mente 4) Capítulo 17
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Capítulo 17

L a noche anterior, Owen y Sam habían cargado las últimas cajas en su coche; el asiento trasero estaba lleno, igual que el maletero.

Aquella sensación de ir apretujada la reconfortaba.

Con las cajas apiladas tras los asientos delanteros, podía estar segura de que nadie acechaba en la parte de atrás.

Ningún asesino escondido en el maletero, listo para saltarle encima al aparcar.

También agradecía la presencia de los agentes: el capitán Barbanaranja y su compañero, el Bulldog Bajito, eran un bálsamo en una mañana por lo demás estresante.

Pero tener escolta permanente significaba que el jefe había cambiado de opinión, y estaba casi segura de saber por qué: era el cebo.

Si todo aquello iba por ella, el sospechoso no tardaría en cansarse de los sustitutos e ir a por la auténtica.

Lo que no había previsto era acabar camino de la escena de un crimen. Maggie solo acudía de vez en cuando a escenas del crimen, solo veía cadáveres en persona de forma ocasional. Cuando Reid necesitaba contrastar un perfil con ella, iba a su consulta o se reunían en la cafetería.

¿Con qué se iba a encontrar? Tristan le había dicho que la víctima no era alguien cercano a ella, pero ¿la conocía? ¿Se habían cruzado alguna vez?

La dirección correspondía a un bungalow en la zona este de Fernborn, con una valla de estacas blanca que reflejaba los destellos rojos y azules con una nitidez deslumbrante.

Maggie aparcó calle arriba, donde le indicaron los agentes, y bajó hacia la casa.

Tenía la camisa pegajosa bajo las axilas.

Se ciñó la chaqueta de cuadros al cuerpo por si olía mal; ya ni siquiera sabía distinguirlo.

Al menos el petricor impregnaba el aire, y las pesadas nubes oscuras estaban preñadas de lluvia.

Reid esperaba junto a la verja, a la derecha de la entrada de coches, sobre un sendero empedrado que seguramente conducía al jardín trasero. Se frotó la sien izquierda con el índice y alzó la vista al verla subir con paso decidido por la entrada de coches.

—¿Tenías pacientes hoy? —preguntó cuando ella pisó el sendero—. Si es así...

—Owen me los ha cancelado.

Él apartó la mano de la cabeza.

—Ah. Bien.

Aunque tampoco era tan bueno. Aquel caso amenazaba su consulta privada.

¿Qué cliente quería una psicóloga propensa a cancelar sesiones?

Y si sus pacientes más paranoicos descubrían que había tenido que cancelar porque alguien estaba asesinando a la gente de su entorno , podía despedirse de su negocio.

—No hay huellas ajenas en las cajas —dijo Reid—. Tampoco en los regalos. Nuestro hombre es cuidadoso.

Pues claro. Llevaba casi dos años siguiéndola, dejándole regalos, y nadie lo había visto.

—¿Quién es la víctima, Reid? ¿Quién ha muerto?

Él le sostuvo la mirada; sus iris ambarinos parecían enturbiados por el gris espeso del cielo. Hizo un gesto hacia la verja.

—Después de ti.

Tenía el corazón convertido en una apretada bola de roca fundida, pero cuadró los hombros y cruzó la verja.

¿A qué venía tanto misterio? Las piedras eran irregulares, rojas, anaranjadas y grises, dispuestas en un caos que habría dado para una buena rayuela.

La casa de ladrillo rojo ocultaba la mayor parte del jardín.

Maggie pasó junto a una manguera, luego junto a una carretilla volcada, y dobló la esquina hacia la parte de atrás.

Los técnicos ya habían acordonado el perímetro.

Algunos estaban agachados sobre la hierba, buscando pruebas a toda prisa antes de que estallara la tormenta.

La víctima yacía despatarrada sobre el césped, con la cara vuelta hacia las nubes.

La hierba alrededor de su cabeza era de un granate brillante; las salpicaduras describían un arco de más de un metro hacia la derecha.

Una máscara negra le cubría el rostro de la frente a la barbilla. Solo se le veían los ojos y los labios.

Reconoció aquella máscara. Mierda .

—¿Alguien... del club? —preguntó.

¿El hombre con el que había estado antes de Joel? ¿El hombre al que había rechazado para estar con Joel?

—No estamos seguros —dijo Reid—. ¿Te resulta familiar el... ejem... resto?

Frunció el ceño. Llevaba una camisa de cuadros y una camiseta de tirantes debajo; toda aquella estética de leñador no encajaría demasiado bien en el club.

—Es algo más bajo que los hombres que suelo elegir.

Aunque de pie seguramente tendría otro aspecto. Tal vez le resultaría familiar si se pusiera a horcajadas sobre él.

No iba a ponerse a horcajadas sobre él.

Reid señaló algo a la izquierda del cadáver que relucía apagadamente entre la hierba. ¿Una... broca? Estaba cubierta de sangre. El arma homicida.

Desde luego, su asesino era creativo.

—Le encanta la emoción, el subidón —dijo Maggie, mirando fijamente la broca pegajosa, oscurecida por la sangre coagulada—. Encontrar objetos que pueda usar para dar el golpe letal, la incertidumbre de la escena... se lo está pasando bien. No es solo un medio para alcanzar un fin.

Saboreaba cada instante del proceso, paladeando lo que imaginaba que sería el resultado final.

¿Qué ocurriría cuando no consiguiera lo que quería?

Nada bueno.

Reid asintió.

—Esta vez tenemos una testigo. Vio al asesino cuando le estaba poniendo la máscara a la víctima. Nuestro sospechoso es alto y ancho de hombros, tal como describiste a tu... compañero habitual del club.

Ella tragó saliva.

—¿La testigo le vio la cara?

—No. Él también llevaba máscara. Dijo que era brillante, como de cuero.

Como algo que él habría llevado en el club. Pero no era solo eso: estaba casi segura de que el hombre tendido en el suelo llevaba la máscara de su amante. Si el sospechoso tenía aquella máscara en su poder... había estado con ella. Se había estado follando al asesino. ¿No?

Una mezcla de acidez y náuseas le revolvió el estómago. Le había estado enviando regalos, había conseguido entrar en el club y, cuando ella eligió a Joel en vez de a él, perdió los papeles y empezó a matar. Pero ¿cómo había conseguido que ella lo eligiera? ¿Cómo había podido ser tan estúpida?

Quizá robó la máscara, Maggie. Pero no se lo creía. Ni un poco. Alguien tan obsesionado haría cualquier cosa por acercarse a ella, y el club era la oportunidad perfecta. Con razón se había dado por satisfecho sin acercarse a ella en la vida real.

Reid seguía observándola. En vez de comentar nada sobre el club, las máscaras o siquiera la testigo, ella se aclaró la garganta.

—¿Lo habían mordido como a Joel?

Reid negó con la cabeza.

—¿Hay números cerca de él? ¿Grabados en su cuerpo?

—No que hayamos visto.

Frunció el ceño mientras miraba el suelo y los pies descalzos de la víctima; no veía señales de mordeduras ni números, pero llevaba demasiada ropa para estar segura. Y si una testigo había interrumpido al sospechoso, era poco probable que hubiera terminado su ritual.

—Aun así podría haber números. En un papel metido en la garganta, un dígito trazado con tinta bajo los testículos...

Reid se echó hacia atrás.

—¿Los testículos?

—Vale, seguramente no, teniendo en cuenta que lo interrumpieron.

En realidad, más que nada estaba dando largas; lo notaba. Porque mientras siguieran lanzando hipótesis sobre el resto del caso, no tendrían que quitarle aquella máscara para averiguar qué relación tenía con ella.

Si es que lo conocía.

Como si le hubiera leído el pensamiento, Reid preguntó:

—¿Te dice algo el nombre de Yuri Baladin?

Sorbió la nariz, empezó a negar con la cabeza, pero el nombre sí le sonaba. Yuri… Yuri… —Creo que conozco ese nombre de la residencia de mayores. El guardia de seguridad, ¿verdad? El que no estaba esta mañana.

—Sí. Trabajaba en la residencia de tu padre. ¿Era miembro del club?

Bajó la vista hacia el cadáver.

—Lo conocí anoche. No creo que hubiera estado nunca… ya sabes. Con él.

—Pero no puedes estar segura, ¿no? —Su voz era suave, quizá un poco avergonzada; odiaba tener que preguntarlo—. Quiero decir, has dicho que es más bajo, pero…

—El uniforme de seguridad le quedaba más ceñido que la camiseta que lleva ahora. Así que sí, estoy segura. Me gustan altos y musculosos. Como tú, Reid, pedazo de hombre alto y apetecible.

Reid arqueó una ceja. ¿Lo había dicho en voz alta? Pero entonces ella volvió a mirar el cuerpo y se le hizo un nudo en el estómago. Aquel hombre estaba muerto, y lo único que sentía era alivio por no haberse acostado con él antes.

—¿Por qué él? —preguntó casi en un susurro—. Ni siquiera creo que hablara con Yuri anoche. Ni siquiera lo había saludado, ¿verdad? Joder, Mags, qué zorra eres. ¿Ha muerto solo para demostrarnos que Harry era inocente?

Reid entrecerró los ojos y después asintió, al comprenderlo.

—Ah. Necesitaba otro cadáver porque Harry le robó el protagonismo.

La mirada de Reid volvió a posarse en la hierba. En la broca cubierta de sangre.

Maggie siguió su mirada. Se lo debía a Yuri: tenía que mirarlo. Ver qué le había acarreado aquella conexión breve y tangencial con ella.

—Está claro que el asesino es fuerte —empezó.

La hierba ensangrentada pasó de un granate apagado a un carmesí intenso; los técnicos estaban sacando fotos.

—Alto y sano, por el tipo de hombres a los que ataca.

Varón blanco, de entre treinta y cuarenta años, como ya hablamos.

Tendencias narcisistas: el mundo gira a su alrededor.

Soltero. Inteligencia por encima de la media.

Como actúa de noche, seguramente tenga un trabajo diurno, pero uno que le permita cierta libertad de movimientos.

Quizá sea autónomo, o trabaje desde casa sin apenas supervisión.

Probablemente tenga un empleo de poca categoría, por debajo de sus capacidades, y eso lo frustra y lo enfurece.

Como no traslada a las víctimas del lugar donde las mata, no necesita una furgoneta ni ningún vehículo especial.

Pero sí tiene vehículo propio. Querrá disponer de esa libertad para ir y volver de las escenas del crimen.

No se arriesgaría a usar el transporte público ni a pedir un Lyft.

Alzó los ojos del cuerpo.

—Y vive aquí.