Capítulo 16
L os chicos instalaron el televisor y después se fueron a llevar las cosas de su padre al garaje.
Sammy quería hablar con Reid de todos modos, aunque ella no sabía si sobre este caso o sobre otro.
Lo único que sabía con certeza era que, cuando terminó de colocar las fotos de su padre, la planta en maceta y las demás baratijas que había comprado y querido en tiempos mejores, estaba completamente agotada.
El sueño llegó enseguida, como si hubiera caído en un agujero, arrastrada al fondo por la negrura como por una resaca.
La retuvo allí, rodeada de sombras, insensible al mundo.
Pero el tejido de su mente no se dejaba doblegar tan fácilmente.
Se extendía hacia la oscuridad, suplicándole que mirase. Que viera.
Fogonazo : El hombre enmascarado del club, el rostro cubierto, oculto.
Fogonazo : Suturas negras en los bíceps, zigzagueando alrededor del contorno de su tatuaje.
Fogonazo : Las serpientes retorciéndose y siseando.
Fogonazo : El hombre se quitaba la máscara, pero no era Joel. Era Reid, sonriendo y mostrando todos los dientes, las puntas afiladas en monstruosos colmillos; el tatuaje de Joel cosido sobre su propia carne.
—¿Es esto lo que quieres, Maggie?
Pero la voz no era de Reid, igual que aquellos tatuajes tampoco eran suyos. Era la voz de Dylan. Sus ojos se iluminaron, pasando del marrón a un verde esmeralda centelleante. Y, mientras yacía allí, sintió los dedos de Reid, afilados como garras, como dientes, hundiéndosele en la nuca—
Maggie se incorporó de golpe en la oscuridad. Le dolía la espalda, le dolía la mandíbula; la cabeza le palpitaba, lanzándole pequeños estallidos de luz ante los ojos y haciéndole zumbar los oídos. Espera… No, no eran los oídos. Algo más zumbaba.
Maggie salió de la cama a trompicones y gritó cuando se golpeó la espinilla contra el lateral de plástico.
¿Dónde estaba? Nada le resultaba familiar: la oscuridad estaba salpicada de formas amorfas.
Pero el teléfono… parpadeaba desde el bolsillo de los pantalones, como un faro en el asiento de la silla.
La moqueta de pelo corto estaba helada, pero logró llegar hasta la esquina y sacar el teléfono.
Se le resbaló dos veces antes de acertar a pulsar el botón y llevarse el móvil a la oreja.
—Ah. Genial. No estaba seguro de que fueras a contestar.
Con gesto soñoliento, separó el móvil de la cara y frunció el ceño al ver quién llamaba: Tristan.
—Pues he contestado. ¿Es por lo de los policías en casa? ¿Los regalos?
—Ah… No, en realidad. Eso es cosa de Reid. Se supone que tengo que decirte que te vistas. Ha habido otro asesinato. La patrulla que está en el aparcamiento te seguirá hasta allí.
Maggie parpadeó y se despejó al instante.
Otro asesinato. Mierda. Había esperado que el sospechoso hubiera convencido a Harry de confesar; solo tenía que dejar de matar y se habría salido con la suya.
Pero estaba furioso porque alguien había intentado atribuirse el mérito.
El sospechoso acababa de dejar clarísimo que aquellos crímenes eran solo suyos al matar a otra persona mientras Harry seguía entre rejas.
—¿Quién era la víctima? —preguntó, sentándose despacio en la cama.
—No estoy seguro. Pero no es nadie cercano a ti. He preguntado.
Maggie sujetó el móvil entre el hombro y la oreja y se puso los pantalones: llevaba cinco minutos despierta y ya tenía las piernas cansadas. El silencio se alargó.
—Sigue. Por favor. Estoy demasiado cansada para gilipolleces. ¿Tengo que ir a comisaría?
Podía hacerles un perfil en cualquier parte. A menos que…
—¿Reid ya ha metido a Harry en la sala de interrogatorios?
Debería darse prisa. Si el asesino no había conseguido que Harry confesara, y parecía que no lo había hecho, hablar con aquel hombre no los ayudaría a resolver el caso. Pero no quería que nadie más hablara con él antes de que ella llegase.
Otra pausa. Maggie alargó la mano y encendió la lámpara; parpadeó ante la brusca claridad.
—¿Tristan? ¿Sigues ahí?
—No vas a hablar con Harry. Folsom se suicidó anoche en su celda.
Maggie se quedó inmóvil, con los dedos sobre el botón de los pantalones.
— ¿Qué?
—Sí, Reid está un poco fuera de sí. Cuando encontraron el cuerpo, los mandos pensaron que quizá el caso estaba cerrado: que lo habías rechazado durante el interrogatorio y que él había decidido escoger la salida fácil. Pero con otro asesinato anoche, eso ya no tiene sentido. Evidentemente.
Maggie se abrochó los pantalones con dedos entumecidos, aunque el pecho le ardía. ¿Los mandos intentaban culparla de la muerte de Harry? Ella se culpaba de toda clase de cosas, pero eso no daba derecho a los demás a hacerlo.
—No le di ningún motivo para pensar que lo estaba rechazando. Es más, validé lo que sentía. De otro modo no me habría contado nada. Es que no consigo imaginarlo… haciendo esto.
Pero sí podía. Había intentado suicidarse después de matar a su ex. Siempre había estado deprimido, consumido por la culpa. Traumatizado por su pasado.
—Oye, no te estoy culpando. O algún manipulador de otro nivel convenció a Harry para que se enrollara esa sábana al cuello, o Harry tomó esa decisión por otro motivo.
Pero nadie entró en esa celda y lo asesinó: tienen grabaciones de seguridad.
Si quieres ver las imágenes de fuera de la celda mientras moría asfixiado…
No, no quería ver aquello. Ya le bastaba con saber que lo había hecho por decisión propia.
Maggie se calzó los zapatos con las manos temblorosas.
Debería haberlo visto venir, pero su cometido en comisaría no era valorar el riesgo de suicidio, sino evaluar los instintos asesinos de Harry.
Había hecho lo segundo, había sospechado que era inocente de aquellos crímenes, pero no había conseguido sacarlo de la celda a tiempo.
Maggie se encaminó hacia la puerta y dejó que se cerrara a su espalda. Cierre automático. Guay. El pasillo estaba vacío, anegado en sombras difusas. La patrulla estaría en el aparcamiento, pero ¿dónde estaba el vigilante?
—Ya que te tengo al teléfono, quería hablar un momento de los regalos.
Apresuró el paso por el pasillo y entró en el pasadizo acristalado que conectaba con el atrio.
La luz gris del amanecer hacía que el tubo de cristal pareciera empañado.
Desde allí veía el aparcamiento: el coche patrulla estaba estacionado junto a su Sebring.
Esta vez era un Caprice, no un Mustang, así que en algún momento habían cambiado de turno.
Probablemente al vigilante le había pasado lo mismo.
—Lo siento muchísimo, Tristan. Fui una idiota. Debería habértelo preguntado en vez de dar por hecho que...
—No me preocupa eso. Pero quien va detrás de ti parece saber mucho de tu pasado. Al principio pensaron que las noticias recientes podían haber desencadenado algo en el asesino. Y ahora...
Maggie empujó la puerta al final del pasillo. No cedió. Estaba cerrada con llave. La golpeó con la palma de la mano y miró por la pequeña ventanilla de la puerta de acero. No había nadie en el vestíbulo. Tampoco enfermeras.
—Lo de los regalos empezó antes de que encontraran los huesos de mi hermano, antes de que salieran las noticias. Así que esa teoría se descarta.
Volvió a aporrear la puerta, una y otra vez, pero nadie respondió desde el control de enfermería.
No había nadie allí, de hecho. Qué raro.
¿Había algún botón que pudiera pulsar? Examinó la zona alrededor del marco de la puerta.
Nada. A su derecha no había más que una pared desnuda de yeso verde.
Pero a la izquierda... había un botón de emergencia. ¿Aquello contaba como una emergencia?
La blusa se le pegaba a la espalda.
—Exacto —dijo Tristan—. Y los regalos sentimentales, la cometa y todo eso... apuntan a alguien de dentro. Los regalos de Kevin no salieron en ninguna noticia, ni entonces ni ahora; lo he comprobado. Este asesino sabe más de lo que debería, ya sea por ti o por el propio Kevin.
Ah, ya veía adónde quería llegar, pero le costaba concentrarse; estar atrapada en aquel tubo hacía que le sudara la nuca. ¿Hacía más calor allí dentro? Se obligó a decir:
—¿Crees que es alguien que conocía a Kevin? ¿Alguien que pensó que podía sustituirlo?
—Puede ser.
Y ahora... el asesino se estaba frustrando porque, casi dos años después, seguían sin estar juntos.
Pero si ese era el caso, ¿por qué nadie la había perseguido?
En el año transcurrido desde la muerte de Kevin, nadie salvo Reid había intentado salir con ella.
Bueno, y el propio Tristan. Frunció el ceño.
El asesino debería haber intentado acercarse a ella después de la muerte de su novio y, en vez de eso, se había limitado a...
¿dejar cajas en su porche? ¿Qué se le estaba escapando?
—Oye, ¿Maggie?
—Perdona, estoy atrapada en este pasillo y...
—¿Qué? ¿Dónde?
—Estoy...
La puerta zumbó y se abrió. El aire del otro lado era deliciosamente dulce; el hormigueo que le recorría la columna se calmó. Un enfermero asomó la cabeza por encima del mostrador, la saludó con la mano y volvió a sentarse.
—Falsa alarma —dijo Maggie.
—Sinceramente, creo que no tenemos suficientes alarmas.
La voz de Tristan era baja, seria.
—Sea quien sea este tipo... no se conformará mucho tiempo con imitaciones. Quiero contratar seguridad adicional.
—El jefe de Reid se resiste bastante a eso. Y preferiría que las patrullas vigilaran a mi familia. A mis amigos.
Se le erizó el vello; la irritación le arañaba la garganta.
Hasta sus pisadas por el vestíbulo sonaban furiosas.
¿Cuántas veces más iba a encontrarse en aquella situación?
¿Cuántas veces más tendría que andar con mil ojos porque alguien iba detrás de ella o de las personas que le importaban?
Y... ¿iba a proteger a la mujer que había matado a su hermano?
Eso parecía. Puede que no quisiera hablar con Alex, pero no podía permitir que un asesino la pillara desprevenida.
—Si te digo que me encargaré de la seguridad, ¿vas a echarme la bronca por hacerte regalos?
Esta vez no, colega.
—Aceptaré tu seguridad privada y te estaré eternamente agradecida. Sobre todo porque has conseguido que mi DeLorean acabe reducido a cenizas.
—Y tu casa.
—Por esa ya te pediré un favor más adelante —dijo mientras por fin salía del edificio, a la brumosa mañana.
La puerta del conductor del Caprice se abrió y dejó ver a un policía delgaducho con una rala barba pelirroja. El agente le hizo señas para que se acercara, seguramente para decirle adónde se dirigían.
Tristan soltó una risita al otro lado de la línea.
—Más te vale.