Los muertos no ven (Juegos de la mente 4) Capítulo 15
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Capítulo 15

M aggie se quedó en el umbral, contemplando las paredes desnudas; las paredes que habían estado cubiertas con el papel pintado cuya instalación había pagado aparte.

Un papel que hacía juego con el del salón de su padre.

En la moqueta vacía, justo bajo el lugar donde antes había estado su sillón, había una mancha marrón, como de sangre seca.

Sangre vieja, ¿no? Tenía que ser sangre vieja.

Podía ser incluso Coca-Cola; el refresco, no la droga ilegal.

Recorrió el corto pasillo hasta el dormitorio a grandes zancadas.

La puerta se cerró con un golpe sordo a su espalda.

También habían quitado las fotografías del pasillo; los agujeros de los clavos eran cavidades furiosas en la pintura.

La cama había desaparecido igualmente, y la habitación estaba tan vacía como el salón. Adiós a dormir allí.

¿Alguien le estaba tomando el pelo? Poco probable: la dirección no dejaría que un desconocido entrase y saliese cuarenta veces cargando con las pertenencias de su padre.

Y aquel mismo día había hablado con Dorothy.

¿Habría dado la mujer orden a los de mantenimiento de vaciar la habitación pese a que Maggie le había prometido que trasladaría ella sus cosas?

Le hervía la sangre al regresar al salón de su padre. Le había dicho a Dorothy que ella se encargaría. Pero la mujer se le había adelantado, justo la noche en que de verdad necesitaba la habitación. ¿Dónde coño estaban sus cosas?

—¿Señorita Connolly?

El agente que la había seguido hasta allí estaba de pie justo dentro de la puerta.

Con solo la luz de la bombilla del techo, su cara de luna parecía todavía más plana: proyectaba sombras donde no deberían existir y le afilaba la nariz hasta convertirla en un pico.

Detrás de él había un vigilante de seguridad.

Piel aceitunada, pelo teñido de rubio platino, cejas negras.

—Este es Yuri —dijo el agente.

El vigilante asintió, con una sonrisa tímida, pero aunque tenía los ojos más bondadosos que Maggie había visto en su vida, ella tenía la garganta demasiado cerrada para responder.

Se abrió paso entre los dos y se dirigió a recepción a zancadas.

Las cosas de su padre habían desaparecido.

¿Y si no había sido cosa de Dorothy? ¿Y si tenía que montar una habitación desde cero?

Ya era bastante agobiante redecorar un espacio para alguien sin demencia, y cambiarlo de habitación sería malo de por sí.

Pero ¿un sillón nuevo, una cama nueva? ¿Fotos nuevas?

Cada vez que abriera los ojos, su padre se llevaría un sobresalto. Y quizá no sobreviviera a otro ictus.

La enfermera levantó la cabeza; un rizo rubio y fino le cayó sobre el ojo izquierdo. Al ver la cara de Maggie, se puso en pie.

—¿Dónde están los muebles de mi padre? —espetó Maggie.

Los ojos de la enfermera se abrieron de par en par. El rizo volvió a metérsele en el ojo y se lo apartó con la punta mordisqueada de un dedo.

—¿Señora?

—He venido a vaciar el apartamento de mi padre y trasladar sus cosas a la zona de cuidados. Pero todo ha desaparecido. Así que, dondequiera que hayan puesto sus pertenencias, necesitaré que me den acceso. Por favor, que haya sido Dorothy. Por favor.

La enfermera tragó saliva. En su placa ponía Candy . Pero su cara tenía poco de dulce; parecía amarga, con los labios finos fruncidos como si acabara de chupar un limón.

—Creía que usted lo había autorizado.

Las puntas de los dedos de Maggie se le habían quedado blancas contra el mostrador.

—No lo he autorizado.

—Yo... —Miró por encima del hombro de Maggie hacia el agente, o tal vez hacia el vigilante, y luego rodeó el mostrador—. Venga conmigo. Pero le juro que creía que él estaba con usted.

Él. ¿El mismo él que estaba con su padre en el hospital? No. Su padre había dicho que Kevin estaba con él, y no había manera de que eso fuera cierto.

—¿Le dio algún nombre?

Candy negó con la cabeza.

—Ya estaba aquí cuando llegué. El turno anterior le dejó entrar y autorizó que se llevara los muebles, y yo no le di más vueltas. —Su expresión se contrajo de angustia—. Lo siento muchísimo, pero vamos a arreglarlo todo. Quizá venía a vaciar otro apartamento y se llevó el suyo por error.

—Si es así, igual le compro un poni en vez de echarle la bronca.

Maggie intentó sonreír, pero tenía los labios tensos y le dolía el pecho.

La cicatriz de la nuca le palpitaba al doble de velocidad que el corazón, vibrando con un ritmo frenético que estaba segura de que la enfermera podía oír.

Sin embargo, Candy se limitó a pasar su tarjeta y empujar las puertas dobles del final del pasillo, dejándola entrar en el corredor acristalado. Se había olvidado de aquella parte.

La calle que separaba la urbanización de jubilados de la residencia atravesaba allí un túnel subterráneo: un breve desnivel en la calzada que conducía al aparcamiento auxiliar de la urbanización. Facilitaba el traslado de los pacientes; hacía seguro cruzar la calle.

Pero no tenía nada de estupendo cuando te escondías de un asesino.

Todo el pasillo era de cristal, de modo que el cielo nocturno podía cernirse sobre ellos: peces dentro de una pecera.

Perfecto para un francotirador. El agente parecía pensar lo mismo, porque se deslizó por un lado de Maggie, mientras el vigilante se colocaba al otro lado.

Sus pisadas retumbaban sobre el linóleo y, en cada pisada tensa, Maggie oía los pasos de otra persona: un asesino.

Ridículo.

Sería una estupidez que el asesino viniera allí.

Había seguridad, cámaras por todas partes, todas donadas por Tristan después de un incidente ocurrido allí el año anterior.

La policía podría identificar al sospechoso en cuestión de minutos.

Él no dejaría que aquello pasara. Llevaba casi dos años persiguiéndola, dejándole regalos, y ella no lo había visto ni una vez.

Ni. Una. Vez.

—¿Qué habitación es? —preguntó Maggie.

Pero la enfermera ya señalaba la puerta abierta al final del pasillo.

Había cajas a ambos lados del marco, apiladas hasta una altura de tres cajas, y la estantería de su padre estaba junto a la pila de la izquierda.

Ah. Claro . Al menos las cosas de su padre seguían allí; no las habían robado ni estaban apiladas en la caja de la camioneta de algún don nadie.

Maggie avanzó hacia la habitación. Le habían permitido elegir el apartamento de la urbanización de jubilados, pero quizá en aquella zona no había muchas habitaciones entre las que escoger.

O quizá no esperaban que su padre fuese a durar lo suficiente para que importara.

Apartó el pensamiento, echó los hombros hacia atrás y cruzó el umbral.

El agente iba tan pegado a ella que oía cómo respiraba.

A diferencia del apartamento de su padre, las habitaciones de la zona de cuidados consistían en una única estancia, aunque amplia.

Ahora no había nadie más allí. La lámpara de su padre iluminaba el cabecero de plástico de una cama de hospital articulada.

Las cajas se alzaban hasta la altura de sus hombros a lo largo de la pared del fondo.

No había sitio para el piano, pero el sillón La-Z-Boy ya estaba colocado en una esquina, con la manta de su padre echada sobre el respaldo.

La cómoda ocupaba la otra esquina. El televisor de pantalla plana estaba en el suelo, aunque ya habían taladrado dos agujeros en el pladur frente a la cama, como si alguien estuviera en pleno proceso de montarlo.

—¿Maggie? —la llamó una voz desde la puerta—. Perdona, pensaba que nos habríamos ido antes de que llegaras.

Se volvió. El corazón le dio un vuelco y se le paró.

La cabeza calva de Sammy relucía bajo la luz de la lámpara mientras entraba en la habitación.

Su mejor amigo desde segundo de primaria; el hombre al que llevaba dos meses evitando.

Maggie había pasado años sentada junto a una tumba vacía, hablando con su hermano, preguntándose si Aiden podría estar vivo por algún inexplicable milagro, y Sammy...

Sammy tenía las respuestas. Sabía lo que Alex había hecho.

Y, aunque él no había matado a Aiden, se le erizaba el vello de la espalda como si le clavaran espinas; le dolía el pecho con solo tenerlo cerca.

Pero también le escocían los ojos. Te echo de menos, Sammy.

Dios, cuánto te he echado de menos. No, espera, quiero darte un puñetazo. No, no quiero. Mierda.

Owen entró detrás de Sammy, agachando la cabeza, con la cara brillante de sudor. Sammy también olía fuerte, ahora que estaba lo bastante cerca para percibirlo bien. Tanta gente en la habitación, apretujada entre las cajas.

Owen miró de reojo a los agentes mientras pasaba junto a ellos y después a Maggie, con tensión en la mirada pero una sonrisa en los labios. Rodeó la habitación hasta situarse delante del sillón reclinable.

—Esta tarde parecías preocupada por tu padre, y cuando he pasado por el hospital a verlo, Dorothy ha mencionado que iban a trasladar sus cosas. Así que... he llamado a Sammy.

Maggie se quedó mirando, atónita. Owen sabía que llevaba tiempo evitando a Sam. Y, por la expresión de su cara, le preocupaba haber metido la pata.

La mirada de Sammy estaba tan tensa como la de Owen. Él también estaba incómodo, aunque hubiera venido a ayudarla. No es que trasladar las cosas de su padre fuese a compensar veinte años de mentiras. ¿O sí? No, claro que no, pero...

Le palpitaba la cabeza.

Sam soltó una risita, pero sonó forzada.

—Sí, este cabeza hueca no iba a mover todos esos muebles él solo.

—Le dio un codazo en las costillas a Owen, que hizo una mueca mientras se frotaba el costado.

Medían lo mismo, pero Owen era un intelectual que vestía chaquetas de tweed y hacía ejercicio por lo bien que le sentaba a la cabeza, mientras que Sammy era un friki cachas, con un físico forjado a base de años peleándose con los deportistas...

hasta que dio el estirón en el instituto y lo dejaron jugar a Dungeons tenía los ojos tristes.

Tan jodidamente tristes. —Se le encogió el pecho—.

Por ahora, al menos tu padre podrá meterse en la cama y ver su programa.

Ella asintió hacia la pared; le dolía demasiado el pecho para mirarlo a la cara.

—Ahora mismo la policía está en mi casa, pero seguro que podéis entrar en el garaje.

Owen y Sammy se quedaron rígidos.

—¿La policía? —dijeron al unísono.

Se obligó a apartar la atención de la pared y a mirar a los dos hombres.

—Resulta que tengo un acosador, así que...

—¿Era ese el problema principal? No. Pero se lo estaba contando poco a poco, como una ardilla listada con una nuez de más en los carrillos.

Y no quería contarles aún lo del muñeco cabezón, no hasta saber qué significaba.

Kevin había estado muy unido a los dos. Sobre todo a Sammy.

¿De verdad estás protegiendo sus sentimientos, Maggie? ¿Después de lo que hizo?

Sí, lo estaba. Y le daba igual que fuera algo enfermo, que estuviera mal. Pese a lo que había hecho, no quería hacerle daño. Él tampoco había querido hacérselo a ella.

Él también había creído que la estaba protegiendo.

—¿Un acosador? ¿Otra vez? —dijo Sammy, devolviéndola al presente. —Negó con la cabeza—. En serio, ¿cuántos chalados intentan meterse en tus bragas?

—No estoy segura de que esto tenga que ver con mis bragas. Me ha enviado un tatuaje que le arrancó de la piel a una víctima de asesinato. A un hombre al que mató. Por mi culpa, porque me tiré a Joel en aquel club.

Owen palideció, algo que Maggie no habría creído posible, con lo blanco que ya era.

—¿Por eso está aquí la policía?

Maggie asintió.

—Sí. —Señaló con el pulgar la puerta abierta; los fluorescentes del pasillo proyectaban la sombra alargada del guardia más allá del marco—. Y he llamado a seguridad porque creía que alguien había robado las cosas de mi padre.

—Nunca sobran mantas de ganchillo —declaró Sammy con solemnidad.

La idea de que alguien se hubiera llevado las cosas de su padre, su sillón, sus macetas, resultaba ridícula en retrospectiva.

Igual que pensar que alguien había envenenado el agua de la residencia o engrasado los suelos para convertir el edificio en un tobogán para octogenarios.

Esbozó media sonrisa, aunque estaba segura de que no le llegaba a los ojos.

—Así que has ido al hospital —le dijo a Owen—. ¿Has hablado con mi padre?

Un misterio resuelto.

—Bueno, he ido. Pero estaba dormido, así que solo he hablado unos minutos con Dorothy, fuera de la habitación. Ha dicho que acababas de irte.

Ah. Había llegado después de que Maggie se marchara. No era él a quien su padre había confundido con Kevin. Pero su padre también creía que su madre la esperaba en casa con magdalenas y una sonrisa en los labios.

Había esperado que su visitante fuera un amigo.

Tendría que conformarse con que fuera un fantasma del pasado.