Capítulo 14
L a casa estaba llena de policías cuando se marchó.
Maggie no había conseguido convencerse de quedarse a mirar cómo la registraban.
Querían peinar el exterior, buscar cualquier rastro del hombre que había dejado aquel colgajo de piel en una caja sobre su porche, con el tatuaje expuesto como un trofeo de caza.
Pero no necesitaba soportar sus miradas de reproche al ver el salón hecho una pocilga. Ni sus cabezas ladeadas cuando comprendieran que ni siquiera había advertido el hedor a carne muerta por cómo tenía la cocina.
El pelo se le pegaba a la nuca y la ropa empezaba a oler.
Llevaba dieciséis horas con aquella blusa, y las ventanillas cerradas del Sebring no ayudaban.
Pero la noche parecía demasiado alerta como para bajar una, incluso con un poli pegado a su culo: protección en forma de un tipo alto y corpulento, de cara plana y fofa.
Al parecer, el jefe lo había escogido personalmente y le había echado una bronca a Reid por lo de asignarle una patrulla, hasta que Reid le mandó por mensaje una foto del colgajo de piel en la cocina de Maggie.
Pero el jefe se había reservado el derecho de retirarla en cualquier momento. Seguro que al día siguiente Maggie volvería a estar sola. Casi mejor. Controlar la velocidad no era lo suyo, y ahora mismo no necesitaba nada más de qué preocuparse.
Tenía muchísimo de qué preocuparse. Muchísimo que considerar.
Sus pensamientos eran una masa borrosa y revuelta.
¿Había sido Kevin la primera víctima? Que ella supiera, no había ningún número en su cuerpo, ni tampoco en el muñeco cabezón; lo habían comprobado.
Y al asesino le encantaba exhibirse. Aunque, bien pensado, el regalo ya era bastante explícito.
Quizá no necesitaba un número; tal vez obligarla a adivinar formaba parte del juego.
No, Maggie, lo que quieres es que Kevin sea víctima de un asesinato.
¿Lo quería? Era un pensamiento absurdo, pero no le parecía falso.
Si lo había matado algún maníaco, Kevin no se había emborrachado después de que ella rechazara su propuesta de matrimonio y se había tirado con el coche por un puente.
No había sido un accidente, ni se había suicidado.
Si habían asesinado a Kevin, su muerte no era culpa de ella.
Aunque, claro… si el asesino había matado a Kevin por Maggie, era otra trampa sin salida. De un modo u otro, ella no quedaba libre de culpa.
Fantástico.
Le dolían los nudillos de aferrar el volante. Puso el intermitente, se cambió al carril derecho y pisó el acelerador. El coche patrulla la siguió. Miró la velocidad —siete por encima del límite— y levantó el pie.
Limítate a sobrevivir a esta noche, Maggie. Mañana ya procesarás todo esto.
La residencia tenía seguridad, así que era poco probable que quien hubiera dejado aquellas cajas fuera a por ella allí.
Dormiría en la cama de su padre. Una noche más en el apartamento por el que pagaba.
Si no conseguía dormir, adelantaría algo del embalaje.
De algún modo tenía que trasladar todas las cosas de su padre a la residencia con cuidados integrales de enfrente antes de que le dieran el alta, que podía ser como muy pronto al día siguiente.
Cuando llegara el momento de mover la cómoda, le pediría ayuda a un guardia de seguridad.
O contrataría a un mozo de mudanzas insomne. Eso existía, ¿no?
Maggie tomó la salida despacio, apenas consciente del semáforo; dio un frenazo justo a tiempo y se quedó mirando la bruma rojiza que se extendía por el interior del Sebring. Los faros de la patrulla iluminaban el retrovisor.
¿Quién eres, acosador misterioso?
Camisetas, joyas, billetes de avión… todo aquello eran regalos románticos, sobre todo lo de Weird Al, al menos para Maggie.
Estaba intentando seducirla. Eso significaba que la veía como un ser humano, como alguien a quien tenía que conquistar, no como un objeto del que pudiera adueñarse sin más.
Querría que ella lo aceptara en su vida.
Pero si era así, ¿por qué la había dejado ir al club de sexo?
¿Por qué había dejado que se follara a Reid?
¿Por qué limitarse a seguirla y mandarle regalos durante casi dos años sin hacer nada más?
¿Por qué insinuar siquiera que había matado al hombre al que amaba?
Tenía que saber que eso la pondría furiosa.
Aunque en Ernie no había ningún número. Tal vez no estuviera diciéndole que había matado a Kevin.
Tal vez le estuviera diciendo que haría cualquier cosa por ella, que se sumergiría hasta el fondo de un río si con ello conseguía hacerle un regalo con significado.
Y, por muy demente que fuera, ahora mismo a Maggie le vendría bien alguien así.
Suspiró. Una cosa estaba clara: llevaba años detrás de ella. Tenía la paciencia de un santo y la brutalidad de un demonio. Una combinación aterradora.
Frunció el ceño al mirar la residencia, bajo el resplandor agresivo de las luces de sodio.
Ni siquiera recordaba haber entrado en el aparcamiento.
La patrulla se había detenido junto a ella, seguramente a la espera de que saliera, pero tenía la espalda pegajosa y los músculos pesados.
¿Estaba siquiera segura de que aquel acosador asesino fuera un hombre?
No del todo, pero era lo más probable desde un punto de vista estadístico.
Reid seguía esperando los informes forenses, pero Joel era un hombre alto; Maggie no habría podido cortarle el cuello desde atrás. Alguien de… al menos un metro ochenta.
El portazo del coche de Maggie retumbó en la noche; inmediatamente después sonó el del agente, ambos compitiendo por abrirse paso en su cabeza.
El Sebring y la patrulla —un Mustang azul— eran los únicos vehículos en la parte delantera del aparcamiento.
Sentía al policía a su espalda, siguiéndola a una distancia respetuosa.
Quizá debería haber llamado antes. Pero no pasaría nada. El agente hablaría con el guardia de seguridad y ella se pondría a embalar. Si le ponían problemas, les diría que estaba allí para trasladar las cosas de su padre. Todo saldría bien.
Bonito discurso, Maggie. Mientes de maravilla.
Tenía las tripas convertidas en un amasijo aceitoso cuando se coló en el vestíbulo.
La enfermera de noche apenas levantó la vista hacia ella.
El agente se detuvo en el mostrador, a juzgar por cómo cesaron sus pasos, pero desde allí aún podía verla: el pasillo era una línea recta.
El apartamento de su padre quedaba a la derecha; sus pisadas resonaban mientras se acercaba, como un latido, aunque mucho más lento que el que le martilleaba en las sienes.
Metió la llave en la cerradura. La puerta se abrió.
Maggie soltó un jadeo.
No había cadáver, ni párpados, ni carne cercenada, pero no se habría quedado más atónita si hubiese encontrado otro tatuaje clavado en la pared.
El La-Z-Boy de su padre, sus fotos de ella, el piano… habían desaparecido.
La habitación estaba completamente vacía.