Capítulo 12 #2
Reid apoyó una cadera en la encimera.
—Sé que no te gusta como sospechoso, pero Harry confesó los asesinatos.
Sabía cómo mataron a Cara. Tenemos la sangre de las dos víctimas en su casa.
Con suerte, mañana tendremos pruebas dentales que vinculen a Harry con el asesinato de Joel: después de que te fueras hoy le tomaron un molde de la dentadura. ¿Entonces creerás que es culpable?
—¿Si sus dientes coinciden? Yo... sí, supongo.
Él abrió mucho los ojos.
—¿ Lo supones ?
—Solo digo que las cajas son... raras. Y su confesión sonaba más chiflada que la mierda de una ardilla.
Había repasado varias explicaciones para su comportamiento —disociación, amnesia provocada por un trauma—, pero ninguna terminaba de encajar.
Reid parpadeó, seguramente por la comparación.
—Pronto sabremos si mordió a Joel. Si no ha sido él, volvemos a un expaciente o a alguien de ese...
Tragó con dificultad.
—Club de bondage.
Tenía razón, y lo sabía, pero se le tensaron los hombros y, en lugar de darle la razón, dijo:
—El club no es solo eso, pero los matices no importan. Está claro que tú no lo entenderías.
Los ojos castaños de Reid se clavaron en los suyos.
—No necesito entenderlo todo, pero creía que te entendía a ti . Lo que quieres, tus...
—¿De verdad estás convirtiendo esto en algo sobre nosotros?
Estamos en la cocina, delante de una caja enviada por un acosador, quizá por un asesino, pero claro, tengamos la conversación que llevamos meses evitando.
Y, aunque sabía que era ridículo hacerlo ahora, incluso una falta de respeto hacia las víctimas, estalló:
—¿Qué pasa? ¿Te sientes inferior porque voy a ese club cualquiera a desahogarme, a intentar escapar de la vida real?
Reid hizo una mueca.
—Puede que un poco. Quizá lo único que quiero es que tengas una vida de la que no quieras escapar.
—¿No crees que yo también quiero eso?
Las palabras salieron ásperas; le ardieron en la garganta como ácido. Rodeó la encimera para acercarse a él.
—Pero no puedo olvidar que mi madre huyó después de interferir en la investigación del asesinato de mi hermano y quebrantar su arresto domiciliario.
No puedo olvidar que mi padre se está muriendo con una lentitud que nadie debería sufrir, que mi prometido precipitó su coche desde un puente porque rechacé su proposición de matrimonio, que asesinaron a mi hermano por mi culpa. Que mis mejores amigas...
Reid salvó la distancia que los separaba, negando con la cabeza.
—Tú no mataste a Aiden.
—Le clavé un cuchillo en la cara a Dylan, él atacó a su hermana y, cuando ella salió corriendo al bosque para esconderse, confundió a Aiden con Dylan y lo asesinó. Yo no sostenía el cuchillo, pero fue culpa mía.
La voz se le quebró en la última palabra. El ardor de la garganta era casi insoportable. El aire estaba en llamas.
A Reid se le desencajó la mandíbula.
—No, Maggie...
—¡Basta!
Alzó las manos, con las palmas hacia arriba.
—¡Deja de intentar que me sienta mejor! ¡No debería sentirme mejor!
En los últimos dos años he perdido al hombre que amaba, me han perseguido asesinos, han incendiado mi casa y destrozado mi coche.
He visto cómo sacaban los huesos de mi hermano de la tierra.
Y ahora ni siquiera puedo hablar con mis mejores amigas, las personas a las que más quiero en este mundo, porque estuvieron implicadas en la muerte de mi hermano; lo encubrieron y jamás me dijeron nada.
Si crees que puedo ir por ahí como si no hubiera pasado nada, estás como una puta cabra.
Apenas consigo mantener la cabeza fuera del agua.
Y el hecho de que lo único bueno que había en mi vida...
Le señaló el pecho con un dedo.
—...saltara por los aires porque a tu hijo no le gustaba...
Las palabras le salieron disparadas de la boca: veneno y dolor, frustración y duelo; todo afilado por el hecho de que había un asesino ahí fuera, en algún lugar, y ella estaba allí discutiendo con Reid.
Pero, en cuanto las palabras quedaron suspendidas en el aire, sintió la espalda pesada.
Bajó las manos y la cabeza, incapaz de seguir mirándolo a la cara.
—No estoy bien —dijo en voz baja, dirigiéndose a la encimera—. Soy un desastre. Estoy...
La última palabra la pronunció contra su pecho, rodeada ya por sus fuertes brazos, con las manos de Reid en su espalda.
—Lo siento —dijo él contra su pelo—. Lo siento muchísimo, Maggie. Debería haber estado aquí y es que... Estaba preocupado por Ezra. Te creí cuando dijiste que estabas bien; pensé que necesitabas espacio. Pero debería haberlo sabido. La cagué.
Se quedó apoyada contra él, con el ardor en los pulmones cediendo lo justo para que pudiera recuperar el aliento.
El dolor había atravesado cada instante de los últimos dos meses; incluso en el club había sabido, con absoluta claridad, que aquella distracción terminaría enseguida.
Pero esto... esto no era dolor. Podía respirar.
De pronto, podía respirar . No era amor. No era perfecto. Desde luego, no estaba exento de rabia ni de frustración. Pero no podía negar el alivio que le procuraba la presión de la mano de Reid en la espalda, ni que aquel vínculo, de algún modo, la hacía sentirse más ella misma que en meses.
No lo hagas, Maggie. Solo estás desesperada por tener contacto humano. Solo te sientes sola.
Pero era incapaz de preocuparse por los motivos. Le daba igual que no fuera sano; le daban igual las consecuencias. Solo quería unos minutos, quizá una hora, para olvidarse de su vida. Para escapar .
Maggie alzó el rostro hacia el de Reid. Sus labios rozaron los de ella con suavidad, tanteando, pero cuando ella se pegó a él, la presión de sus labios se volvió insistente.
Reid exploró con la lengua la de Maggie, le aferró las caderas y la hizo avanzar con él mientras retrocedía, primero por la cocina y después por el salón.
Reid se detuvo en el pasillo.
—No tengo correas de cuero ni cadenas.
Le agarró las dos manos y le sujetó las muñecas contra la pared, una a cada lado de la cabeza.
—Ah, ¿ahora haces bromitas?
Pero no estaba enfadada. Ni un poco. Temblaba, con la piel erizada.
Llévame a la cama, Reid, antes de que me dé cuenta de lo idiota que es esto.
—Pensé que te gustarían las bromas —Bajó los labios hasta su garganta y recorrió con la lengua la curva bajo su oreja—. Y, para que lo sepas, estoy dispuesto a probar cualquier cosa al menos una vez.
—No necesitamos cadenas. Sin ellas te las apañas estupendamente —susurró.
Él se irguió y le soltó las muñecas. Las yemas de sus dedos descendieron por la cara interna de sus brazos y luego le rozaron las costillas, dejando a su paso regueros de electricidad.
La sangre le palpitaba en el bajo vientre.
Y aunque Reid ya no la retenía, mantuvo las manos donde estaban, invitándolo a que tomara el control.
Aquella noche no quería controlar nada.
—¿Estupendamente? —dijo él—. Eso es justo lo que todo hombre quiere oír sobre su destreza sexual.
Maggie le sostuvo la mirada, con los ojos entornados.
—Eres real, Reid. Eso vale más que el cuero, más que las máscaras. Y creo que ya sabes que tu destreza supera con creces lo de estupendamente.
Una comisura de sus labios se alzó.
—Lo tendré en cuenta.
Volvió a inclinarse hacia ella, pero se detuvo con sus narices rozándose. Frunció el ceño.
—Maggie... ¿hueles eso?
¿En serio?
—Ya lo sé, la casa es un desastre —dijo, molesta, con el calor de sus labios abrasándole la cara.
Voy a cambiar de opinión, Reid. Venga ya.
Pero él retrocedió. Y ella sí lo olió. Algo dulce y pútrido.
Descomposición.
Reid ya miraba pasillo abajo, buscando el origen del olor, pero ella no comía en su dormitorio. Y en el baño tampoco podía haber comida podrida: estaba deprimida, pero no era una lunática. No como... quienquiera que le hubiera enviado aquellos regalos.
Maggie se deslizó alrededor de Reid, y él siguió cada uno de sus movimientos.
La puerta del armario parecía acercarse por arte de magia.
No sentía los pies en el suelo ni oía sus pasos, pero podía oler que se acercaba.
Dios, cómo podía olerlo. Inspiró con un siseo, con las yemas de los dedos apoyadas en el pomo, y luego abrió la puerta con cuidado. Reid se asomó por encima de su hombro.
—¿Qué coño es eso? —preguntó.
—Los otros regalos —dijo ella en voz baja, sin reconocer su propia voz—. Los que no abrí.
Eran el motivo por el que lo había llamado allí en primer lugar, pero en cuanto lo vio... tomó decisiones terribles. Las cosas se le habían ido de las manos. Su vida se le había ido de las manos. Otra vez.
Pero de aquello no había escapatoria.
La última caja que había arrojado sobre el montón seguía arriba del todo, con el lazo rojo aplastado y el cartón mate, sumido en sombras. Pero, a la luz que llegaba del salón, vio que una de las esquinas inferiores se había oscurecido.
La caja estaba sangrando.