Capítulo 12
T ristan había insistido en acompañarla a casa, pero salió disparado en cuanto vio el coche de Reid en la entrada.
Maggie había pensado preguntarle qué tal les había ido el fin de semana en plena naturaleza.
Dos meses atrás había conseguido convencerlos de que era buena idea: estaban enfrentados desde que Reid acusó a Tristan de asesinato.
Pero, a juzgar por el chirrido de los neumáticos y porque ni siquiera saludó con la mano a su medio hermano, imaginó que había ido fatal.
Otro patinazo de psicóloga. Más sal en la herida de aquella noche.
Era de esperar.
Maggie bajó del Sebring y atravesó la entrada a grandes zancadas, luego el césped.
¿Había acertado con Harry? ¿ Quería tener razón sobre Harry?
No tenía ni idea. No había ninguna opción del todo buena, solo opciones malas en distinto grado.
Y ni siquiera estaban seguros de que los regalos y los asesinatos estuvieran relacionados.
En su trabajo lidiaba con un montón de personajes turbios...
y también fuera de él, si daba crédito a la valoración de Reid sobre el club de sexo.
Reid la recibió en el porche, con expresión sombría.
—Hoy no ha pasado ninguna patrulla por delante de tu consulta, pero Tristan va a revisar las cámaras de allí y del hospital.
En la residencia tampoco ha aparecido nada sospechoso.
He revisado las grabaciones de seguridad, he hablado con el personal y he mirado los registros de visitas y los partes de incidencias de quienes fueron hospitalizados.
Ninguno de los residentes fue envenenado, y no hubo dos residentes heridos de la misma manera ni en la misma habitación.
Si hubo juego sucio, el sospechoso tuvo que engrasar todos los suelos del edificio.
O simplemente se dedicó a pasearse empujando ancianos, que es bastante llamativo.
Maggie asintió. Ya sabía que lo de la residencia era una posibilidad remota.
También había llamado a Owen de camino; había pensado que el Bronco que había visto frente a la consulta era el de Reid y se había preguntado por qué este se había detenido allí para marcharse acto seguido.
Seguramente no había sido más que una confusión: Reid no era el único que conducía aquel coche.
Owen se había disculpado por equivocarse, pero a Maggie la tranquilizaba saber que, al menos, lo habían comprobado.
Si hubiera tenido una maldita conversación de verdad con Tristan antes de aquello, en vez de limitarse a decirle que parara, habría sabido que algún chalado desconocido le estaba dejando regalos en el porche.
—Así que... —empezó Reid, apoyado contra el ladrillo junto a la puerta—, ¿llevas recibiendo paquetes del asesino?
Había oído a Tristan decírselo, pero no se había molestado en corregirlo.
—Por la cronología, podría tratarse de otro acosador que no sea asesino; desde luego, no son de Harry.
Metió la llave en la cerradura y la giró. Reid la siguió al interior.
—Pero si Harry es inocente...
—¿A pesar del ADN y de lo que sabe sobre los crímenes? Sigo comprobando sus movimientos, pero todas las pruebas apuntan a Harry.
—Es posible que el sospechoso se frustrara por mi falta de reacción a los regalos y decidiera hacer algo más ambicioso para llamar mi atención. Incriminar a Harry podría formar parte de eso.
El rostro de la mujer, sus ojos sin párpados, le cruzaron la mente como un fogonazo, y Maggie sintió una opresión en el pecho.
Mierda. ¿Había algún escenario en el que no se sintiera culpable?
Aquella tendencia a cargar con culpas de más tenía que ser un efecto secundario de la depresión, del duelo o de lo que fuera.
¿O de lo que fuera? Vaya análisis psicológico de primera, Maggie.
Señaló la encimera de la cocina, donde la cometa seguía dentro de su caja de cartón, bien protegida.
—Hasta esta noche pensaba que eran de Tristan, porque siempre me manda cosas.
—Tristan... —Reid negó con la cabeza, mientras se acercaba a la encimera.
Una mosca zumbaba alrededor del fregadero, revoloteando de un plato sucio de espaguetis a una taza medio llena de... ¿eso era leche? Ay, Ay.
—¿Cuánto tiempo lleva mandándote regalos? —preguntó Reid mientras se ponía unos guantes de látex.
¿Le preguntaba si Tristan la había perseguido mientras ellos estaban juntos, aunque fuera brevemente?
¿O eran los celos cosa de su imaginación, como la culpa?
Si estaba celoso, al menos le importaba, ¿no?
No... aquello era una de esas gilipolleces propias de una relación tóxica. Apartó el pensamiento y dijo:
—Solo unos pocos eran de Tristan: flores por mi cumpleaños, algunos bocadillos.
Pensé que el resto eran suyos porque empezaron a llegar poco después de que Tristan y yo nos conociéramos, así que...
¿hace un año y medio? ¿Un año y nueve meses?
Pero con el tiempo han aumentado tanto en frecuencia como en valor.
Billetes de avión, entradas para conciertos, diamantes...
Se sacudió la muñeca; se había vuelto a poner la joya para no perderla. La cometa era una anomalía en ese sentido. Valía menos, pero tenía mucha más carga emocional. ¿Era eso, en sí mismo, una señal de que las intenciones de quien le enviaba los regalos habían cambiado?
—¿Y los aceptaste porque creías que eran de Tristan? —Tenía la vista clavada en la pulsera, en los diamantes que centelleaban bajo las luces del techo.
Ella bajó el brazo por debajo de la encimera, ocultando la joya. Fue una estupidez, Reid, lo sé.
—Pensaba devolver la pulsera esta noche.
Ya le había dicho antes que dejara de mandarme cosas, pero como sí me había enviado algunos regalos…
Quiero decir, no especifiqué por cuál de los regalos me había enfadado.
Fue un malentendido. En cuanto comprendí que no era él quien enviaba las cajas, te llamé.
—Llamarlo «enviar» es mucho decir —dijo él, recorriendo con un dedo el borde de la tapa de cartón—. Por la ausencia de franqueo, esto se entregó en mano.
Levantó la cabeza, miró hacia el fregadero y volvió a mirarla.
—Tengo unos plásticos en el coche. Cubriremos la encimera antes de sacar el resto de los paquetes. ¿Conservas el joyero?
—Tengo el estuche de terciopelo en el que venía la pulsera. No había caja de cartón como las otras. Cuando lo encontré, estaba acomodado sobre un lecho de flores.
Reid asintió y se volvió hacia la encimera. Despegó con cuidado las pestañas de la tapa de cartón hasta dejarla abierta como una boca. Se asomó al interior.
—También puedo investigar lo de las flores. ¿Recuerdas de dónde salieron?
—Bueno, las flores sí las mandó Tristan. La joya no.
La mandíbula se le tensó, pero no dijo nada ni apartó los ojos de la caja. Celoso. Sin duda. Y a ella… le gustaba que estuviera celoso. Estaba muy mal de la cabeza. Pero ahora mismo no le quedaban fuerzas para luchar contra esa emoción en concreto.
—Tenemos que ajustar el perfil —dijo.
—No sabemos con certeza que Harry sea inocente.
—Pero es una coincidencia de cojones. Y Harry es muy vulnerable ante las personalidades fuertes.
Se pasó toda la vida sufriendo abusos y manipulaciones: primero por parte de sus padres y luego de su ex.
Si alguien lo convenció de que se ocuparía de su hijo, de que él no podía hacerlo solo…
—Se encogió de hombros—. De hecho, espero que sea verdad.
Porque el asesino no echaría a perder a un buen chivo expiatorio, su salvoconducto para librarse de sospechas, matando otra vez mientras Harry está entre rejas.
Estaré a salvo mientras investigamos, siempre que el verdadero asesino no se dé cuenta de que sabemos que Harry es inocente.
A menos que Harry hubiera confesado por iniciativa propia para volver a la cárcel.
En ese caso, el asesino se pondría furioso porque alguien estaría intentando robarle el protagonismo.
Ya lo resolvería a la mañana siguiente. Después de hablar con Harry.
Maggie se aclaró la garganta.
—Si el asesino es quien me hace los regalos, está intentando seducirme. Busca a alguien que lo entienda. Busca el afecto que cree imposible encontrar en ninguna otra parte.
Él alzó la vista.
—¿De ti? ¿Por qué?
—Quizá me vea como… dañada. No se equivoca. Está claro que conoce mi historia y supondrá que sufro igual que él. Que, entre todas las personas del mundo, yo entenderé sus actos.
Reid metió la mano en la caja, entrecerrando los ojos, y sacó la cometa. La contempló con el ceño fruncido, seguramente sin entender por qué aquel regalo la había hecho estallar, por qué había conducido veinticinco minutos para ir a gritarle a Tristan.
—Ese perfil me sigue sonando a Harry.
—Pero los regalos empezaron antes de que conociera a Harry. Él seguía en la cárcel cuando recibí la primera caja.
—¿Tenía amigos fuera? Quiero decir, ¿y si alguien le entregó esas cosas por él?
—Reid, no me estás escuchando. Ni siquiera nos habíamos conocido cuando empecé a recibir estos regalos.
—Pero ibas a la prisión por otras personas. Puede que oyera hablar de ti, que te viera… A estos tipos les basta casi nada para desarrollar una obsesión. Y, si fue así, quizá se las apañó para colarse en sesiones contigo y continuó con ellas cuando salió.
—Puede ser. —Frunció el ceño—. Pero no me gusta. Me da la sensación de que algo no cuadra.
—Ya veo. —Reid miró al fondo de la caja, aunque ella sabía que no quedaba nada más dentro. Satisfecho, bajó la cometa—. Entiendo que los psicópatas no tienen capacidad para sentir gran cosa, pero algunos de estos cabrones se pegan como el velcro.
—Si este tipo es un psicópata, puede que me quiera igual que a sus vaqueros favoritos.
Como una posesión, no con afecto por una persona autónoma, separada de él.
Y los acosadores que no son psicópatas a menudo creen que su afecto será correspondido, o quizá que ya lo es.
Su obsesión va acompañada de la creencia delirante de que protegen al objeto de su afecto o de que ese objeto desea que lo persigan.